Amanecer en la cosecha

Capítulo 9

Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha

Capítulo 9

Primera Parte: El cumpleaños

Una frágil colección de músculos y huesos, unos cuantos litros de sangre, todo envuelto en un finísimo paquete de piel. Eso es lo único que soy. Nunca me he sentido tan vulnerable como al cruzar las puertas de esta fortaleza de mármol. Recorro con la mirada las paredes hasta llegar al alto techo de la entrada. Aquí no hay ni caniches ni naranjas. Solo más mármol y urnas enormes llenas de ramos de flores del tamaño de arbustos. Una criada con delantal almidonado pasa el plumero por una estatua desnuda. Al captar mi mirada, entreabre los labios con compasión. Le falta la lengua. Es una avox, los prisioneros mutilados obligados a trabajar en silencio en el Capitolio hasta el fin de sus días. ¿Me quitarán la lengua? La idea me deja la boca seca como un zapato. Morir ensartado por la espada de Panache ahora me parece compasivo. —Por aquí —dice Plutarch. La moqueta es mullida como un lecho de musgo y absorbe mis pasos como si yo ya no pudiera hacer ningún ruido. Soy uno de los fantasmas que habitan las canciones de Lenore Dove. Una vez me habló de cuando la detuvieron los agentes de la paz en nuestro distrito, de lo asustada que estaba. Entonces recordó haber leído que, en ciertos momentos, lo único que puedes controlar es tu actitud ante una situación. «Así que podía decidir si estaba asustada o no, pasara lo que pasara. Vamos, que continuaba estando asustada, pero me ayudó darle vueltas a eso». Intento darle vueltas, pero me corre demasiada adrenalina por las venas. «Ayúdame, Lenore Dove», pienso. No puede, claro. Nadie puede.

Plutarch me conduce por un largo pasillo arqueado lleno de cuadros a tamaño natural de gente altiva vestida con ropa elegante y antigua. Cada una de esas personas sostiene un objeto (una balanza, un harpa, una copa tachonada de rubíes) que parece usarse para definirla. Plutarch hace un gesto indiferente hacia ellos. —Te presento a los Heavensbee. Espera un momento… ¿Los Heavensbee? ¿Será esta su casa? No hay pocos; nos observan a lo largo de varios pasillos, presumiendo de su posesión más característica (una rama con hojas, un pájaro blanco lustroso; una espada, ¿es eso una pata de pavo?). Y todos ellos chorrean riqueza. Dejamos atrás umbrales, algunos bien cerrados, otros abiertos de par en par para dejar a la vista habitaciones llenas de muebles elegantes y centelleantes luces de cristal. Salvo algún que otro avox escabulléndose entre las sombras, está todo vacío. Pienso en la cantidad de personas que tuvieron que dedicar su vida a construir este lugar, en cuántas morirían antes de terminarlo para que los Heavensbee pudieran tener un sitio en el que colgar sus retratos. Sus retratos ridículos, engreídos y pagados de sí mismos. Bueno, pues les salió el tiro por la culata: ahora, también ellos están muertos. Al final, llegamos a una habitación en la que un anciano de barba blanca que sostiene un libro abierto sonríe desde su cuadro sobre la chimenea. —Trajan Heavensbee —dice Plutarch—. Soy su tatatatara… Nunca recuerdo cuántos «tata» hay que poner. En fin, que es uno de mis antepasados. El único que ha servido para algo, en realidad. Esta era su biblioteca. Es un buen sitio para hablar. Hablar no es torturar, así que me calmo un poco. Me fijo en las paredes, que no están llenas de instrumentos para provocar dolor, sino de estantes con libros que llegan hasta el techo. Miles y miles de volúmenes. En la esquina, una escalera de caracol dorada sube por una columna de mármol blanco y lleva hasta una balconada que recorre toda la sala. Un águila dorada nos vigila desde la baranda de lo alto de la escalera. Esta habitación es el sueño de Lenore Dove hecho realidad. Un mundo de palabras en las que envolverse. Cada libro es tan preciado como una persona, dice, ya que preserva sus pensamientos y sentimientos incluso

mucho después de su muerte. La Bandada tiene una colección de ellos, ejemplares antiguos con tapas de cuero agrietado y un papel tan delicado como las alas de una polilla. El tesoro familiar. Aunque casi todos nosotros aprendemos a leer y escribir en el colegio, en el Distrito 12 no hay muchos libros. A veces aparece uno en el Quemador y, si tengo algo por lo que cambiarlo, lo compro y lo guardo para el cumpleaños de Lenore Dove, sea del tema que sea, porque es muy difícil conseguir alguno. Una vez fue una guía en pasta blanda sobre cómo criar aves de corral y, aunque hablaba sobre todo de pollos y ella es de gansos, le encantó. En otra ocasión encontré una colección de mapas de antes de los Días Oscuros, algo que ahora resulta bastante inútil. Sin embargo, el año pasado di con una joya: un librito de poemas de autores fallecidos hace tiempo. Algunos de los poemas son ahora canciones. Recuerdo la cara de alegría de Lenore Dove cuando le di la poesía y los besos de después, y me siento más fuerte. No pueden destruir lo que de verdad importa. —¿Tú lees, Haymitch? —me pregunta Plutarch. —Sé leer. —No, me refiero a si te gusta hacerlo. —Depende de lo que sea. —A mí me pasa igual. Leer, en general, no es un pasatiempo popular en el Capitolio. Es una pena. Todo lo que se necesita saber sobre la gente está aquí mismo, en esta habitación. Gira un pomo con forma de cabeza de cabra en lo que parece ser un escritorio empotrado en las estanterías. La parte superior se divide en dos y aparece una bandeja llena de botellas relucientes. Plutarch se sirve un vaso de líquido ámbar. —¿Puedo ofrecerte algo? —No bebo. Sin embargo, me puede la curiosidad profesional (al fin y al cabo, me dedico al alcohol de contrabando) y me acerco para examinar el producto. Lo que nosotros llamamos licor es claro como el agua, pero en este bar veo todos los colores del arcoíris. No sé si llevan algún tinte, si están envejecidos o si se mezclan con otras cosas, como hierbas. Es todo licor

blanco, salvo que lo emperifollan. Las botellas llevan el nombre puesto en plaquitas de plata colgadas de cadenas: vodka, whisky de centeno, coñac. Entonces localizo un nombre que reconozco, aunque nunca había visto el líquido en la vida real. Levanto la botella y dejo que la luz baile en sus profundidades rosáceas. —Se llama «nepente» —dice Plutarch—. Es probable que no hayas oído hablar de él. «Ahí te equivocas, Plutarch». No solo he oído hablar de él, sino que lo conozco del poema que le da nombre a mi amada. Estoy cansado de paternalismo, así que decido ponerlo en su sitio. —¿Te refieres al de «Embriágate, sí, con este amable nepente…»? Plutarch arquea las cejas, sorprendido, y concluye el verso: —«y olvídate de tu perdida Lenore». Ahora soy yo el que está sorprendido y, puede, también algo inquieto. Supongo que, con tantos libros, su poema podría estar aquí. Pero que no solo lo haya leído, sino que lo haya memorizado, me perturba. No me gusta oír el nombre de Lenore de sus labios. —Por supuesto, en el poema no queda claro si el nepente es el licor o la droga añadida al licor —sigue diciendo. Recuerdo haber mantenido la misma discusión con Lenore Dove. Ella decía que «embriagarse» significa emborracharse o también atontarse. Y que el tío que cuenta la historia de la canción intenta dejar de pensar en que perdió a su amor verdadero. —Creo que lo más importante es que te ayuda a olvidar cosas horribles —digo. —Exacto. Estoy seguro de que esto es una mala imitación. Alcohol de grano coloreado con bayas. En los viejos tiempos contenía morflina, pero era tan adictivo que lo prohibieron. ¿Puedo preguntarte cómo es que conoces ese poema, Haymitch? —Todo el mundo lo conoce en mi distrito —respondo, lo que es una mentira bien gorda, pero quiero que piense que todos lo aprendimos de un libro, como él. —¿En serio? Vaya. Bueno, tengo algo que te va a interesar. Está en el invernadero.

Claro, el invernadero, sea eso lo que sea. Me conduce a una puerta lateral, después recorremos un pasillo estrecho y entramos en una habitación cuyo techo de cristal abovedado enmarca un pedazo de cielo nocturno. El cristal se curva también para formar las paredes, que permiten ver el jardín lleno de flores y árboles del exterior. Parece excesivo, puesto que la habitación ya está llena de plantas que brillan con la humedad del aire. Hay pájaros sueltos que vuelan libres entre las vigas del techo, piando a más no poder. Mesitas con sillas cargadas de florituras rodean una fuente que vierte agua en un estanque. En una mesa hay un teléfono con forma de cisne dormido, de modo que la cabeza y el cuello doblado forman el auricular. Algo me zumba junto a la oreja y lo ahuyento de un manotazo. Es como si hubieran intentado meter dentro todo lo de fuera. ¿Por qué? ¿Es que abrir una puerta y pasear por el exterior les cuesta demasiado? Como diría mi madre, a los tontos les dura poco el dinero. —Ven a ver esto. Plutarch me señala una planta que cuelga de una viga, dentro de una cesta que está cerca del teléfono de cisne. De las hojas largas y relucientes penden unas vainas rosáceas, cada una con lo que parece ser una pequeña tapa. En el fondo de cada vaina hay un charquito de líquido. Cuando me acerco a oler su aroma, que recuerda a algo un poco dulce y un poco podrido, Plutarch me indica una. —Sueltan un néctar. A los insectos les encanta. Pero la superficie es resbaladiza, así que se caen dentro de la vaina y no pueden salir. Se ahogan y la planta los consume. —Creo que se me escapa algo. Le da un toquecito a la placa grabada en el lateral de la maceta. Aquí tiene que haber alguien que se dedica a etiquetar cosas a tiempo completo. Pone nepenthes. Tengo que reflexionar sobre esto. —Bueno —concluyo—, es otra forma de ahogar tus penas. Plutarch se ríe entre dientes. —Eres la primera persona que pilla el chiste. Otra vez lo está haciendo, está intentando que me sienta humano. —¿Por qué estoy aquí, Plutarch? Antes de poder responder, otra voz interviene.

—Por mí. En un principio, no la reconozco porque su suavidad se ha deteriorado hasta convertirse en un gruñido ronco. Me vuelvo y veo al presidente Snow apoyado en el umbral, limpiándose la frente con un pañuelo. De nuevo, estar en su presencia me altera. El poder de su posición. Su historial de crueldades. La maldad encarnada. ¿De verdad ha sido tan grande mi delito como para exigir un encuentro en persona? Sobre todo cuando, ahora que lo veo de cerca, resulta evidente que no está bien. Suda, y está sin aliento y blanco como la cal. Se encorva sobre su vientre, abandonado su porte regio. Por una vez, a pesar de los tratamientos cosméticos, aparenta los cincuenta y ocho años que tiene. —Ah, señor presidente —dice Plutarch—. ¿Se encuentra bien? Es el calor. Vamos a buscarle un asiento. —Corre a recolocar una silla junto a la fuente—. Pretendía que usara la biblioteca. Allí hace más fresco. ¿Lo prefiere? El presidente parece demasiado angustiado para responder. Da unos cuantos pasos inestables hacia la fuente y, por un momento, todo el cuerpo se le agarrota. De la comisura de los labios le caen unas gotas de sangre que le manchan la camisa blanca al sentarse en la silla. —¿Puedo traerle algo? ¿Puede que una bolsa de hielo? —pregunta Plutarch—. Hay un aseo justo ahí… —Snow se echa hacia delante y vomita un líquido asqueroso en la fuente—. Ah, vale. Me alegro de no ser yo el que tenga que limpiarlo. El sudor corre por la cara cerosa de Snow, pero no hay ni disculpa ni vergüenza. No se esfuerza por ocultar este momento de debilidad. Es casi como si quisiera que lo viéramos. Seguramente estaré muerto dentro de poco. ¿Lo hace por Plutarch? El presidente se echa hacia atrás en la silla, jadeando. —Demasiado calor. —Claro, volvamos a la biblioteca. —Plutarch pone en pie al presidente y mete un hombro bajo su brazo—. Haymitch. No es una petición, sino una orden. Me ocupo del otro brazo de Snow mientras contengo el aliento para no inhalar el desagradable olor a vómito y perfume floral que emite. El contacto físico con él, en este estado, me hace sentir un poco más valiente. No es más que un hombre, mortal como

el resto de nosotros. Hasta donde yo sé, bien podría estar ya con un pie en la tumba. Plutarch y yo cargamos con el presidente hasta la biblioteca, donde lo depositamos en un sofá bordado. —Necesita un médico, señor presidente —aconseja Plutarch. —Nada de médicos —grazna él, y lo agarra del brazo—. Leche. —¿Leche? Haymitch, mira en el bar. Guardamos algo de leche para el ponche. El frigorífico está a la derecha. Me tomo mi tiempo, haciéndome el cerdito torpe del distrito que no sabe distinguir la derecha de la izquierda y que, incluso después de averiguar eso, no es capaz de adivinar cómo abrir la puerta de madera con muelle que oculta el frigorífico. Cuando por fin la abro, localizo la leche en una jarrita de porcelana blanca. Una escalera dorada envuelve el cilindro y un águila decora la tapa. Es una réplica de los escalones de la esquina de la biblioteca. Miro al otro lado de la puerta del frigorífico, donde Snow tiene otro ataque de tos mientras Plutarch lo atiende. Probablemente sea la mejor oportunidad que se me presente para luchar contra Snow en persona. «Va por ti, Louella». Abro la tapa del águila, me bebo la leche y me limpio el bigote blanco del labio. Después cierro la puerta y sostengo en alto la jarra. —Está vacía. Plutarch abre mucho los ojos, incrédulo; sabe bien lo que he hecho. Espero a que me delate, pero murmura, exasperado: —¡Estos criados! Y desaparece por la puerta gritando que le lleven más leche. Como he dicho, es más impredecible que un relámpago. Me quedo a solas con Snow, que sigue con arcadas. Da miedo la posibilidad de verlo morir. Da aún más miedo que sea capaz de resistirme a ayudarlo. Antes de la cosecha, seguro que habría acudido a él sin dudarlo. La muerte de Louella me ha cambiado. Quizá sí que tenga madera de vencedor, al fin y al cabo. Snow tiene otra arcada, vacía en la mesa un cuenco de cristal lleno de peras de cera y vomita de nuevo, esta vez una sustancia más negruzca que sanguinolenta. Me pregunto qué pensará de eso el viejo Trajan Heavensbee.

Sigue sonriendo, Trajan, que se trata del presidente. La respiración de Snow se calma. Deshacerse de esa última tanda parece haber ayudado. Observa la habitación, el retrato y a mí, se limpia la boca con el pañuelo y se lo guarda en el bolsillo. —A veces, la cura es peor que la enfermedad —susurra. —¿Qué enfermedad? —La incompetencia. Si se hace caso omiso de ella, se propaga. Plutarch regresa con una segunda jarra de leche. —Había alguna en la habitación del billar. Snow se bebe de un trago la leche y le devuelve la jarra vacía. —Otra. Y un poco de pan. Plutarch observa el cuenco apestoso. —¿Seguro, señor presidente? A veces, cuando uno está mal del estómago, es mejor… —No es una enfermedad. Es una intoxicación. Ostras en mal estado. Pero me ha ido bastante mejor que a Incitatus Loomy. —¿El director del desfile? —pregunta Plutarch, y una expresión extraña le asoma a la cara durante una fracción de segundo. —¿Eso era? —Snow le pasa el cuenco—. Tráeme lo que te he pedido. Cuando Plutarch se va, Snow examina la pared de libros ante él. —Mira todo esto. Supervivientes. Durante los Días Oscuros, la gente quemaba libros para sobrevivir. Nosotros lo hicimos. Pero no los Heavensbee. Siguieron siendo asquerosamente ricos, incluso cuando las mejores familias se hundieron en la miseria. —Se saca una botellita del bolsillo, le quita el corcho y se traga su contenido, que le provoca un estremecimiento—. Uno de mis compañeros de clase, Hilarius, era uno de ellos. Un llorica inútil. —Se seca los labios hinchados en el puño de la camisa—. Al menos, Plutarch resulta práctico de vez en cuando, ¿no crees? ¿Que Plutarch me resulta práctico? ¿Qué sabe Snow? —Creo que piensa que se atrapan más moscas con miel que con vinagre —respondo. Snow resopla. —Ah, los aforismos sobre miel del Distrito 12 siguen vivitos y coleando. —No sé qué es un aforismo, ¿una especie de dicho? Lenore Dove lo sabría. Sin embargo, me doy cuenta de que se burla de mi forma de hablar, por

mucho que no sepa exactamente a qué se refiere—. Me sorprendería que aquello hubiera cambiado mucho. No hay más que carbón y mineros empapados en el licor de mala muerte del Quemador. Todos a la espera de que los consuma esa horrenda tierra salvaje. —Su insulto me preocupa menos que lo mucho que conoce nuestro distrito. Los mineros empapados en licor de mala muerte del Quemador… Somos nosotros, sin duda. Los peores, al menos—. Ven, siéntate donde pueda verte. De nuevo, no es una invitación, sino una orden. Dejo la jarra de leche junto al nepente del bar y doy un rodeo para sentarme frente al presidente, en un sofá. En el cojín bordado que tiene bajo el codo veo la misma imagen de la escalera dorada. Todo a conjuntito, como diría con sorna Maysilee. Snow se fija en el eslabón, como hizo anoche. —Es un collar chocante… Chocante, eslabón… Puede que haya reconocido para qué sirve en realidad y ahora me prohíba llevarlo en la arena. Alarga la mano. —¿Puedo echarle un vistazo? A Maysilee podía rechazarla, pero al presidente no. Desato los nudos del cordón de zapato, le doy un buen apretón con la mano al eslabón para despedirme de él, por si acaso, y se lo entrego. Snow acaricia con los pulgares la cabeza del pájaro y de la serpiente. —Hace buena pareja. —Le da la vuelta—. Y hay una inscripción. ¿Una inscripción? Debí de pasarla por alto con todo el follón del día de la cosecha. Sin pedir permiso, se saca unas lentes del bolsillo del pecho y ladea el eslabón para que le dé la luz. —Ah, muy dulce. De L. D. ¿De quién se trata? Mentir para ocultarla no serviría de nada. Aunque no lo retransmitieran para todo el país, seguro que le enseñaron a Snow lo sucedido durante la cosecha. Que yo intenté salvar a una chica de los agentes de la paz. Su reacción ante mi cosecha. El Distrito 12 es pequeño. Si se lo propone, encontrará a mi novia. —Lenore. —Pero ¿Lenore qué? No no, no me lo digas. Deja que lo adivine. D… D… No es fácil. No me valen los sospechosos habituales, aunque rara vez lo hacen. Se me ocurren muchos colores que empiezan por deep o dark.

Deep blue, un tono de azul, o dark green, de verde. Pero no funciona así. ¿Puede que algo de la naturaleza? Como Ivory y Amber, el marfil y el ámbar. Daffodil, por los narcisos. Dandelion, por los dientes de león… ¿Diamond? No, eso no es un color de verdad, es una piedra preciosa. Vale, estoy atascado. ¿Lenore qué? La leche se me agría en el estómago al escuchar sus reflexiones y lo que desvelan. Sabe que Lenore Dove es de la Bandada; solo ellos llaman así a sus hijos. El primer nombre, de una balada; el segundo, un color. Amber y Ivory son nombres reales. ¿Cómo ha descubierto ese dato tan desconocido sobre un puñado de músicos de un distrito tan prescindible como el nuestro? ¿Informantes del Capitolio? —Dove. —¡Dove! —exclama, y se da una palmada en la frente—. Dove. ¿Quién puede resistirse cuando sirve para el color y para el pájaro? Los dos sabemos cuánto les gustan sus pájaros. —Me devuelve el eslabón. En la parte de atrás, con una letra minúscula, se leen las palabras que no había visto antes: «Para H. Te quiero más que el fuego a las brasas. L. D.»—. ¿Sabes mucho sobre palomas, Haymitch? —Son pacíficas. —Solo cuando se trata de casos atípicos. Todos los pájaros que he conocido son despiadados. —Un hilo de saliva ensangrentada le cae por la comisura de los labios—. Seguro que sé un par de cosas sobre tu paloma. —¿Cómo cuáles? —Como que da gusto verla, que se pasea por ahí vestida de colores alegres y que canta como un sinsajo. Que la quieres. Y, ah, que ella parece quererte. Salvo que a veces lo dudas, porque da la impresión de que no te incluye nunca en sus planes. No es exacto, pero se acerca demasiado. Pienso en la mirada perdida que pone Lenore Dove cuando habla sobre la carretera, la vida de la Bandada y una libertad que nada tiene que ver conmigo. Peor aún, pienso en Clay Chance y en el fuego debajo del escenario de la cosecha, y en que se niega a compartir una parte de ella conmigo. Lenore me diría que es para mantenerme a salvo, pero quizá sea que no confía lo suficiente en mí. —Me quiere —insisto.

—Es lo que te dice ella, no lo dudo. Pero, créeme, románticamente hablando, con estos Juegos has esquivado una bala. —¿Así que debería darle las gracias? Snow se ríe. —Deberías. Aunque quizá no por eso. —¿Por qué, entonces? Me envía a la muerte. —Sí, te lo has ganado con tu comportamiento. —Ahí está, por si acaso me quedaba una chispa de esperanza. De primera mano. Con aliados o sin ellos, soy hombre muerto—. Lo bueno es que, cuando desaparezcas, Lenore Dove y tu familia deberían ser libres para disfrutar de una vida larga y feliz. —Aunque su seguridad sea mi principal preocupación, que me recuerde que su futuro no me incluye es, como diría Maysilee, de una crueldad suprema. Snow se limpia la saliva con el puño de la camisa—. Sin embargo, hay muchas formas de morir en la arena. Puede que te apuñalen, que te estrangulen o que mueras de sed. La muerte por muto suele ser la más memorable. Este año contamos con algunas bellezas. Programables, para adaptarlas a cada tributo. Y mucho más terroríficas que las comadrejas. Entonces, lo vio. Vio nuestra sesión en la cocina, donde desvelamos nuestros últimos deseos. —No está en mi mano —respondo. —No, pero sí en la mía. Y organizaré tu muerte según cómo te comportes en los días venideros. Tú decides lo que quieres que vean Lenore Dove, tu madre y tu hermanito. Puedes morir de una manera limpia y justa o podemos abrir los Juegos con la muerte más lenta y dolorosa que haya sufrido un tributo. Y, sí, deberías darme las gracias por darte la posibilidad de elegir. Lo miro a esos ojos azul pálido que tiene. —Supongo que me tiene atrapado. —No te sientas demasiado mal. Estás en buena compañía. Mi familia también tiene su pequeño aforismo, por si no lo sabías. —¿Cuál? —Los Snow siempre caen de pie. —Sin apartar la vista de mí, exclama —: ¡Se acabó el juego del escondite! ¡Puedes salir! —¿A quién llama? ¿A mi torturador, para remachar la amenaza?—. Bueno, creo que se acabaron los paseos en carro no autorizados. Y también el burlarse de mí fuera de

cámara. Y tengo un regalo de cumpleaños para ti, aunque sea con retraso. Quiero que lo trates con la gratitud que se merece. Señala con la cabeza el invernadero. En el umbral está Louella McCoy.

SEGUNDA PARTE EL GRANUJA

Fin del capítulo

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