Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha
Capítulo 8
Primera Parte: El cumpleaños
A pesar de las costillas doloridas, pienso en borrarle de un puñetazo la pregunta de la cara. Porque lo que implica está claro: no solo quiere saber por qué no hemos iniciado una rebelión en miniatura en este gimnasio, sino que también se refiere al Distrito 12. ¿Por qué dejamos que los animales del Capitolio nos gobiernen? ¿Porque somos cobardes? ¿Porque somos estúpidos? —¿Por qué os sometéis a todo esto? —insiste. —Porque vosotros tenéis las armas —responde Ringina, sin más. —¿De verdad es por las armas? Efectivamente, son una ventaja. Por otro lado, si se tiene en cuenta la gran diferencia en el número de habitantes entre gente del distrito y del Capitolio… —medita Plutarch. Sí, en el Distrito 12 somos más vecinos que agentes de la paz. Pienso en las armas con las que podríamos hacernos. Picos, cuchillos, puede que algunos explosivos. Sin embargo, ¿frente a fusiles automáticos, bombas aéreas, gases y la colección de mutos del Capitolio? —No creo que nos «sometamos» —le digo. —Está implícito. Aceptáis las condiciones del Capitolio. —¡Porque no queremos acabar muertos! —le suelto—. ¿De verdad que no lo entiendes? —No, sí que lo entiendo. Veo los ahorcamientos, los tiroteos, el hambre y los Juegos. Lo veo —dice Plutarch—. Aun así, sigo sin creer que el miedo que inspiran justifique este acuerdo que todos cumplimos. ¿Tú sí? —Lo miro. No nos toma el pelo ni se burla de nosotros, lo pregunta de verdad—. ¿Por qué lo aceptáis? ¿Por qué lo acepto yo? Y, ya puestos, ¿por qué siempre
se ha aceptado? —Como no respondo, se encoge de hombros—. Bueno, es algo en lo que pensar. —Te toca, Haymitch —dice Hersilia, que me ofrece un cuchillo. Podría (a) lanzarlo o (b) apuñalar a un agente de la paz en el corazón, con lo que me aseguraría de mi muerte inmediata. Estoy un poco mareado, pero acierto en el blanco. Plutarch me espera al final de la cola. Intento no hacerle caso, pero no deja de parlotear. —Anoche diste todo un espectáculo. —Sí, bueno, seguro que usaste tu toque especial para convertirlo en un cumplido al presidente. —No hacía falta. La retransmisión acabó cuando estalló el petardo. Las noticias del Capitolio afirman que la ceremonia de inauguración fue perfecta. —Dudo que los que se toman en serio las noticias del Capitolio dediquen mucho tiempo a cuestionarlo —digo—. Les da igual lo que nos pase a los tributos, muertos o vivos. Me pregunto qué harían con el cadáver de Louella. Espero que lo hayan enviado a casa de los McCoy. La tumba de su familia está al lado de la nuestra, así que nos reuniremos pronto. Empiezo a darle la espalda, pero Plutarch me pone una mano en el brazo. —Siento lo de Louella, Haymitch. Era una persona con mucho que ofrecer. Me di cuenta desde el principio. ¿De verdad me está dando el pésame? —¿Por qué no dejas de perseguirme? —le suelto—. Hay un gimnasio lleno de gente que está deseando que le des visibilidad. ¿Por qué no te das una vueltecita? —Me han asignado la cobertura del Distrito 12. —Levanta las manos y retrocede—. Pero intentaré darte algo de espacio. Molesto por su interrogatorio, me llevo a un lado a Maysilee y a Wyatt. —Mirad, si nos unimos a la alianza de Ampert, los del 7 estarán en nuestro equipo. Ahora os voy a presentar a Ringina. —Miro muy serio a Maysilee—. Procura ser simpática. No hagas ningún comentario sobre su
pelo, ni sobre sus uñas, ni sobre cómo le sienta el marrón, ni le pidas que te deje examinar su broche porque eres una experta en joyas. Maysilee resopla. —Me gusta su pelo. —Y, Wyatt, no seas raro. No empieces a hablar sobre sus probabilidades de morir. —¿Y sobre las de otros? —¡No! Todavía no. Puede que nunca. ¡Da mal rollo! Si tienes que calcular alguna probabilidad, hazlo sobre regalos, patrocinadores o algo así. Olvídate de lo de ser bombas de relojería. Hay que parecer personas a las que querrías de aliadas. Como gente que te gustaría tener a tu lado en un accidente minero. Estables. Listos. De confianza. Ampert, reluciente con su traje azul eléctrico, se acerca corriendo y agitando sobre la cabeza un trozo de cuerda negro. —¡Eh, Haymitch! El Distrito 10 se apunta. Son los de carmesí. Los he conocido haciendo nudos. Uno de los chicos, Buck, me ha hecho este lazo. Creo que lo voy a convertir en una especie de símbolo, porque no me he traído ninguno. —Le da varias vueltas flojas a la cuerda alrededor de la mano, se mete el improvisado collar por la cabeza y baja la voz—. Después puedo desenrollarlo y usarlo en la arena. A Maysilee se le crispan los labios. —Bueno, no lo puedes llevar así. No queda nada bien. Pareces una comadreja atrapada en una alambrada. —¿Sí? Ampert no parece ofendido, sino que me mira con curiosidad. —¿Qué acabo de decirte? —le pregunto a Maysilee. Ella no me hace caso y, sin que nadie se lo pida, le quita la cuerda del cuello a Ampert. —Esta es Maysilee, de mi distrito. Quiere aliarse con vosotros. Maysilee examina la cuerda, comprueba su flexibilidad y la retuerce entre los dedos. —Podrías hacer un collar trenzado. Es una cuerda de un hilo. Tendría más o menos este aspecto. —Saca uno de sus collares, una trenza muy elaborada en la que han engarzado un medallón con el grabado de una flor —. Sin flor, claro.
—Vale —dice Ampert—. ¿Puedes hacerme uno? —Supongo que sí, pero no tengo cinta, así que tendrás que sujetarlo mientras trabajo. —Lo sujetaré. —Y no tenemos ganchos, así que habrá que atarlo, cosa que nunca recomiendo como primera opción. Ampert se mete la mano en el bolsillo y saca mi imperdible de anoche. —Tengo esto. Ella se lo piensa. —De acuerdo. Pero ten cuidado cuando te lo quites si no quieres que se deshaga entero. Vamos. Se dirige a las gradas sin tan siquiera comprobar si la sigue o no. —Mi padre quiere conocerte. Está en la cabina con la patata —me dice Ampert antes de salir corriendo detrás de ella. ¿Su padre? ¿Una patata? Vuelvo a sentir dudas. ¿Qué estoy haciendo? ¿Es Ampert un niño iluso que vive en un mundo de fantasía? Antes de comprometerme, necesito saberlo. Así que le presento a Wyatt a Ringina (cruzando los dedos para que mi compañero se comporte medio bien) y me voy en busca de un hombre con una patata. Tras recorrer las cabinas abarrotadas, efectivamente, encuentro a uno. Es un hombrecillo de pelo negro que me da la espalda, encorvado sobre un mostrador en el que hay una patata solitaria; nadie se acerca para aprender sus habilidades. Jugueteo con una tira de venda en la cabina de al lado, que es de primeros auxilios, mientras lo observo. Cuando se gira, me fijo en las gafas de montura de acero. Aunque se parece bastante a Ampert, no me resulta familiar por eso: es Beetee, un vencedor del Distrito 3. Un terror helado me corre por las venas al atar todos los cabos. Ampert no es ni un lunático ni un mentiroso. Su padre lo ha acompañado al Capitolio porque es un vencedor. Y, por tanto, un mentor, asignado a entrenar a su propio hijo para que muera en los Quincuagésimos Juegos del Hambre. No tengo ni idea de por qué han elegido a Beetee para que se encargue de una cabina con una patata, pero se supone que es una especie de genio de la tecnología. La verdadera pregunta es: ¿cómo ha acabado Ampert aquí,
con él? Dos tributos cosechados de la misma familia… ¿Acaso son las personas más desafortunadas de Panem? Abandono el intento de ser sutil y me acerco. —¿Eres el padre de Ampert? —Sí. Y seguro que te preguntas por qué estoy aquí, Haymitch. —Beetee se quita las gafas y se las limpia en la camiseta—. Es porque me han castigado por idear un plan para sabotear los sistemas de comunicaciones del Capitolio. No quieren matarme porque soy demasiado valioso, pero mi hijo es prescindible. Eso responde a mi pregunta. —Qué horror. Lo siento mucho. Es un chico estupendo. —Sí que lo es. Beetee mira a Ampert, que está sentado frente a Maysilee en las gradas, charlando, mientras ella trenza la cuerda para darle forma. —¿Y te obligan a ser su mentor? —pregunto. —Forma parte del castigo. Que sea testigo de lo que están casi convencidos que serán las últimas horas de vida de mi hijo. Incluso me han dado un puesto en el entrenamiento, al que los mentores no suelen asistir, para que no me pierda ni un minuto. Si no lo veo, el castigo no tiene sentido. No se me ocurre nada que pueda consolarlo, pero lo intento. —No es culpa tuya. —Claro que lo es. Del todo. Me arriesgué. No sospechaba que me habían descubierto hasta que llegó la cosecha. Lo calcularon todo. De haberlo sabido, podría haberme suicidado, y Ampert estaría sano y salvo, en casa. Así funciona Snow. —Deja caer la cabeza y apoya la punta de los dedos en el mostrador de madera para sujetarse. Espero a que se desintegre, pero se limita a decir—: ¿Te gustaría aprender a convertir una patata en una batería? La luz puede ser importante en la arena. «Lo cierto es que no, Beetee —pienso—. Lo que de verdad me gustaría es huir del horror absoluto que es tu vida». Pero sería de cobardes. Como lo que les estarán haciendo los vecinos ahora mismo a Sid y a mi madre. Así que le digo: —Vale. ¿Habrá patatas en la arena?
—No lo sé. Sospecho que me han encargado esto para humillarme, pero no lo han conseguido. Puede que ese sea su único objetivo. Sin embargo, si no puedes encontrar una patata, hay otras cosas (los limones, por ejemplo) que también funcionan. Eso sí, no te comas nada que hayas usado antes como batería. —Saca una bandejita con unos paquetitos de plástico. En cada uno hay un par de clavos, un par de monedas de cobre, unos rollitos de alambre y dos bombillas diminutas—. Con dos patatas se tendría más energía. —Supongo que, si puedo encontrar una, hay bastantes posibilidades de que encuentre dos. —Si no, podrías intentar cortar una por la mitad. —Saca una segunda patata y me la pone delante; después me ofrece algo que parece un lápiz con una hojita afilada en la punta—. Por ahora, usaremos las dos. Haz lo que yo. Beetee abre un paquete y vuelca su contenido en el mostrador. Levanta la mirada un segundo. Tengo a un agente de la paz mirando por encima de mi hombro. El fino cuchillo me tiembla en la mano. Ya estamos otra vez. Armado y con acceso. «Bueno, es algo en lo que pensar…». —Vale, esta batería está hecha de cobre, zinc y el ácido fosfórico del jugo de la patata, que es una solución que conduce la electricidad. Permite que los iones viajen entre dos metales. Nuestro objetivo consiste en crear un circuito para iluminar esta bombilla. Ya me he perdido, pero asiento como si tuviera sentido. —Primero, necesitamos espacio para la moneda. —Beetee corta una ranura del tamaño de la moneda en el lateral de la patata, y yo lo imito—. Después, envolvemos una de las monedas de cobre con el alambre y la introducimos, dejando la cola larga fuera. Clavo la moneda envuelta en alambre en mi patata. —¿Significa eso que nuestra arena estará a oscuras? —Bueno, la verdad es que no sé nada de la arena. Dicen que, si hierves la patata, aumentas la potencia, así que tenlo en cuenta. —Pero, si pudiera hervir la patata, ya tendría un fuego, así que… Una sonrisa le baila en los labios.
—Así que habrías conseguido una fuente de iluminación alternativa y todo este ejercicio con la patata sería una pérdida de tiempo. —No quería decir eso, lo siento. —No tienes que disculparte por ser astuto. Me alegro de que prestes atención. Noto que el agente de la paz se aleja. —Wiress dijo que en el entrenamiento habría pistas sobre la arena. —Bueno, yo le haría caso. Como fui su mentor, sé lo lista que es. — Sostiene en alto un clavo—. Esto está galvanizado. Cubierto de zinc. Que no toque la moneda. No hace falta que sea una moneda y un clavo, lo que necesitas es cobre y zinc. Los fragmentos de metal funcionan igual de bien. Quizá consigas algunos en la arena, si te metes debajo del decorado. Mete el clavo en la patata, a pocos centímetros de la moneda. Lo imito. —También dijo que la arena no es más que una máquina —comento. —Sí, todas son máquinas, en cierto modo. Recuerdo la conversación en la cocina, cuando dije que quería ser más listo que la máquina y conseguir que el Capitolio parezca estúpido. Ahora me parece un gesto vacío. Wiress se pasó todos los Juegos haciendo eso mucho mejor de lo que podría hacerlo yo y ¿qué consiguió? Además, cualquier cosita que haga la mantendrán fuera de cámara. El verdadero golpe sería… —Entonces, si es una máquina, podrá romperse, ¿no? Beetee mira a Ampert. —Sí, en teoría. En la práctica siempre es un poco más complicado. Ahora, vamos a conectar las patatas. Engancha el alambre de su moneda a mi clavo y un tercer alambre a su clavo. De repente, recuerdo un vídeo de los Juegos de Beetee. No sé cómo, pero consiguió recoger algunas piezas de su arena y electrocutó a los competidores que le quedaban. Me doy cuenta de que, si de verdad voy en serio con lo de romper la máquina, necesitaré a este hombre que una vez no solo fue más listo que su propia arena, sino que la usó en su beneficio. Porque, aunque sea bastante avispado por naturaleza, no dejo de ser un crío de las colinas sin apenas educación que no tenía ni idea de que se puede convertir una patata en una batería.
—¿Cómo, Beetee? ¿Cómo puedo romperla? —digo en voz muy baja—. No sé nada de máquinas. —Seguro que sí, aunque no seas consciente de ello. Un tornillo es una máquina simple. Una rueda y un eje. Una palanca. ¿Estás familiarizado con las bombas de agua? —Demasiado. —Eso es una palanca. Ayuda a crear un vacío parcial para que el agua suba. Algunas máquinas requieren más conocimientos que otras. —Sé cómo funciona un alambique de licor blanco. ¿Acaso eso cuenta? Capto el fantasma de una sonrisa. —¿Por qué no? —Beetee coge el alambre de mi moneda y el de su clavo, y los une a cada uno de los cablecitos que asoman de la base de una bombilla diminuta—. Allá vamos. Emite un brillo tenue. A mi madre le encantaría esto. ¡Cuánto dinero ahorraríamos en velas! Pero no me sirve para destruir la arena. —¿Con qué se rompe, Beetee? —insisto. Él se inclina hacia delante, se levanta las gafas y se asoma bajo ellas para examinar la batería. —¿El circuito? Bueno, solo hace falta desconectar una pieza (digamos, quitar un alambre) para que toda la batería muera. —Me doy cuenta de que tengo a otra agente de la paz detrás de mí y que Beetee habla para ella—. Recuerda, estamos convirtiendo energía química en energía eléctrica para iluminar la bombilla. Hay que mantener intacta la ruta circular. La agente se acerca, ahora con la nariz a pocos centímetros de la batería, y su interés atrae a cuatro tributos vestidos de melocotón. El Distrito 8. Mis aliados extraoficiales, si todo sale bien. —¿Podemos probar? —pregunta uno. —Por supuesto —responde Beetee—. Bueno, gracias por pasarte por aquí, Haymitch. Vuelve si necesitas practicar más. Y feliz cumpleaños, aunque sea con retraso. —Supongo que se lo ha contado Ampert. Me ofrece la mano para que se la estreche—. Es curioso: me cosecharon el día que tú naciste. Cuando estrecho su mano, noto algo, lo escondo en la palma y me lo meto en el bolsillo.
—Gracias, señor —le digo antes de alejarme mientras toco con los dedos el paquete de plástico lleno de monedas y clavos. Un regalito de cumpleaños de Beetee. Si descubro el modo de colarlo en la arena, convencer a la gente de que he encontrado los materiales por allí (puede que cueste con las monedas, pero quizá pueda desenterrar algo de cobre) y encontrar una patata, estaré a medio camino de encender una bombilla muy tenue. Estoy bastante seguro de que mi eslabón es el medio más rápido para conseguir luz, pero quizá le sirva a esos chicos del Distrito 8. En las gradas, Maysilee le da los últimos toques a un collar trenzado muy profesional. La verdad es que podría pasar perfectamente por un símbolo de su distrito. Lo sostiene en alto para inspeccionarlo. Ampert lo acaricia, admirado. —Es precioso. Y completamente simétrico. No puedo creerme que sea de un solo hilo. ¡Eres muy lista! —Y tú tienes buen gusto —responde ella al colocárselo al cuello. —Ojalá fueras mi hermana —dice él, sin más. Un expresión extraña recorre brevemente el rostro de Maysilee. Seguro que nunca le han dicho nada parecido. Espero a que le suelte una bordería, pero se limita a responder: —Seré tu hermana. —Genial. ¡Se lo voy a enseñar a mi padre! Ampert le da un abrazo que ella, un poco rígida, le devuelve, y sale corriendo. Maysilee frunce el ceño. —¿Su padre? —Sí, va en serio —respondo—. ¿Recuerdas a Beetee, el vencedor del Distrito 3? Sacó los pies del tiesto. Lo castigan obligándolo a ser mentor de Ampert. —Eso es de una crueldad suprema. ¿Tú querrías que tu familia estuviera aquí? —No se me ocurre nada peor. Un Vigilante anuncia la hora de comer y nos dirigen de vuelta a las gradas asignadas, donde un agente reparte cuatro cajas. Todavía estoy lleno del desayuno, me duele la barriga por culpa del ataque de Panache y ver la
caja de la comida que Louella no podrá reclamar acaba con el poco apetito que me queda. Un desfile de uniformes azules, marrones, melocotón y rojos se dirige a nuestras gradas. Reconozco a los distritos 3, 7, 8 y 10. —¿Podemos unirnos a vosotros? —pregunta Ampert. —Claro. Si van a ser nuestros aliados, es bueno que estrechemos lazos. Suben a nuestro lado y todo el mundo se presenta, aunque olvido de inmediato casi todos los nombres. Los chicos del 10 están magullados y llenos de costras por culpa de la debacle del carro, pero parecen bastante fuertes. En la zona de al lado, el Distrito 11 finge no hacernos caso, pero, como se han callado todos de golpe, supongo que están pegando la oreja. Intentan averiguar qué clase de aliados seríamos. —Ampert, tú eres el que manda —le digo—. ¿Por qué no nos dices lo que tienes en mente? Me encanta que, a pesar de tener solo doce años, vaya directo al grano. —Veréis, los profesionales ganan los Juegos de forma desproporcionada. Sin embargo, solo son un cuarto de los tributos. Nosotros somos tres veces más. Así que la idea es unir a todos los demás y, para variar, cazarlos a ellos en vez de dejar que nos cacen. —¿Crees que podemos hacerlo? —pregunta una chica del Distrito 10. —¿Por qué no, Lannie? —contesta Ampert. «¿Por qué no?». Pienso en que en los distritos somos más que en el Capitolio, en una proporción de tres a uno. —No tenemos que dejarnos manipular y creernos que van a conseguir vencernos —afirma Ampert—. Todo el mundo actúa como si la suerte no estuviera de nuestra parte, pero estoy seguro de que podemos darle la vuelta a esas probabilidades. Al oír la palabra «probabilidades», Wyatt parece cobrar vida. —Bueno, hay que tener en cuenta su estatura, entrenamiento, temperamento y los regalos de los patrocinadores. Pero, incluso así, si somos suficientes… Deja la mirada perdida. —Sí, es así siempre —le explico al grupo—. Está calculando la probabilidad de que ganen los doce profesionales si se enfrentan al resto de
nosotros. Todo el mundo espera, muy respetuoso. —Sí, puede hacerse. Podríamos hacerlo. Todavía no es probable, pero sí bastante posible —informa Wyatt—. Sobre todo si ponemos de acuerdo a los nueve distritos. —Si matamos a todos los profesionales, ¿qué haremos los demás después? —pregunta Ringina. —Mantener otra reunión —dice Maysilee—. Al menos, esta alianza nos permite hacer algo que no sea solo pasar miedo. —Pero ahora mismo no contamos con los nueve distritos —nos recuerda Wyatt—. Solo con cinco. —Se lo he pedido a los demás, pero no todos quieren unirse — responde Ampert. Observamos las gradas que se extienden por el gimnasio. En el otro extremo, los profesionales nos imitan, ya que se han reunido a comer. El verde moco se une al morado del 2 y al azul abisal del 4. Los distritos 11, 9, 6 y 5 siguen sueltos. Vemos que unos cuantos profesionales tiran las cajas vacías al suelo del gimnasio y después se dirigen a los asientos del Distrito 6 para robarle la comida a un par de críos. Con Juegos o sin ellos, si eres una persona medio decente, tienes que odiar a los abusones. El Distrito 6 se compone de cuatro chicos enclenques con unas extremidades raquíticas que indican que nunca han visto la luz del sol. Como fueron víctimas del episodio de anoche con los carros, tienen vendas encima como para ahogar a un caballo. Uno se ha torcido un pie y recuerdo que otro se derrumbó en el suelo de la ducha, resollando por culpa del insecticida. Siento la tentación de descartarlos por completo; ¿qué podrían aportar a la alianza salvo una carga? Pero me quedo pillado con el color de sus trajes: gris paloma. Parece una señal. —¿El Distrito 6 ha dicho que no? —le pregunto a Ampert. —Dijeron que querían permanecer neutrales para que los profesionales no los convirtieran en su objetivo. —Veo que les está funcionando —digo. Una niña delgada como un palillo y vestida del color de Lenore Dove se derrumba en las gradas y se echa a llorar. Cojo mi caja de la comida, recojo la de Louella y, al acercarme, sostengo la de Louella en alto.
—Toma. Tenemos dos de más. —Ella vacila, pero después la acepta con una mano temblorosa. El niño resollante acepta la segunda—. ¿Cómo os va después del accidente? La niña asiente. —Sentimos mucho que nuestro carro lastimara a tu amiga —dice. Es frágil, pero considerada. —No es culpa vuestra. Ni se me ha pasado por la cabeza que lo fuera. —Gracias por no culparnos. —¿Culparos? Parece que estamos todos juntos en esto. No sé si lo sabéis, pero estamos montando una alianza bastante interesante. Aunque entiendo que queráis permanecer neutrales, la verdad es que eso os convierte en un objetivo para todos. De todos modos, la invitación sigue en pie. Para cuando vuelvo con los míos, tengo a cuatro palomas rotas detrás. Se posan en los asientos y susurran sus nombres: Wellie es la chica que llora; Miles es el chico asmático; Atread y Velo, los otros dos. Después, se ponen a comer. —Con el 6 somos seis —dice Wyatt. —Necesitamos un nombre —dice Ringina—. Si ellos son los profesionales, ¿qué somos nosotros? Todos aportan ideas. Ahora que somos aliados, el Distrito 12 propone las «bombas de relojería»; al Distrito 10 se le ocurre los «caballos oscuros»; y el Distrito 7 dice que los «invasores». —No —responde con vehemencia Wellie—. Suenan como si intentáramos parecer duros. Pero no lo somos, comparados con los profesionales. Lo que somos es inexpertos, no entrenados para ganar los Juegos desde que nacemos. —¿Y eso tiene gancho? —pregunta Lannie. —En cierto modo —responde Ampert—. En primer lugar, significa que no nos hemos pasado la vida aceptando que aspiramos a participar en los Juegos. —No somos colaboradores —dice Ringina. —Eso. Pero lucharemos si tenemos que hacerlo —añade Ampert—. Necesitamos un buen nombre para unas personas que acaban de empezar algo difícil. Un nombre de distrito.
—Como pollino novato —digo sin vacilar. Los demás se ríen—. No, es algo de verdad. En las minas, si acabas de empezar, te llaman pollino novato. Mi padre me llamaba así cada vez que me enseñaba algo nuevo. En plan: «Venga, pollino novato, vamos a aprender a atarnos las botas». —Me gusta —dice Wellie, y la sonrisa le cambia la cara surcada de lágrimas—. Somos los novatos. Ringina se lo piensa y sonríe. —Y orgullosos de serlo. Todos nos sentimos mejor después de la comida. No es tanto porque no tenga que temer a la mitad de los tributos, sino porque no tengo que pensar en matarlos. Porque lo segundo es mucho peor. Ahora puedo unirme a mis aliados en los puestos y saber que me cubren las espaldas mientras aprendemos a preparar trampas, lanzar hachas y arreglar una pierna rota. Los cuatro tributos del Distrito 6 se me pegan como lapas. Mi propia bandada de color gris paloma. Espero que no piensen que puedo protegerlos cuando lleguemos a la arena, porque no es así. Wyatt parece haber encontrado a su gente. Los compañeros de Ampert del Distrito 3 están fascinados por su sistema de probabilidades y él parece encantado de compartirlo con ellos. Imagino que los fanáticos de los números acaban por encontrarse. La que me sorprende es Maysilee. En casa no es popular, sino conocida. No es una persona respetada, sino temida. No se recurre a ella, sino que se la evita. Aquí, siguiendo el ejemplo de Ampert, los críos le llevan sus baratijas y le piden que las convierta en algo especial, y ella accede. La chica debe de saberse unas cincuenta formas de trenzar, retorcer y enrollar una cuerda para convertirla en un adorno elegante. Con sus diseños, resalta los humildes objetos que traen de casa. El orgullo de distrito está muy arraigado. Del 6, que se dedica al transporte, Wellie trae un viejo timbre de bicicleta y Miles, el silbato de lata de un tren. El Distrito 10, que vive para el ganado, ha traído herraduras; los leñadores del Distrito 7, figuras talladas en madera. Las chicas del Distrito 8 tienen unas muñequitas con unos vestidos cosidos a la perfección. Uno de los críos del 3 tiene un pomo, aunque no sé bien cómo puede eso representar a la tecnología. Le lleven lo que le lleven, Maysilee consigue darles dignidad a sus símbolos y, aunque ofrece bastantes consejos de moda que nadie le ha pedido (dos chicas se
cambian de peinado y un chico promete dejar de morderse las uñas), nuestros aliados la adoran. Para cuando termina la sesión de entrenamiento, el Distrito 11 no ha dicho que sí, pero tampoco que no. Si están dispuestos, ojalá nos avisen. No nos vendría mal más músculo. He visto a Hull, el chico que le dio una patada a Panache en la ducha, lanzar una horca y decapitar un muñeco. ¿Por qué fingir que no estamos aquí para eso? Cuando llega el momento de volver a las furgonetas, todos los novatos caminamos un poco más erguidos. A pesar de estar encerrados y a oscuras, Maysilee, Wyatt y yo seguimos haciendo planes, compartiendo información sobre nuestros aliados y preparando una estrategia. La furgoneta no tarda nada en pararse. —Qué rápido —comenta Maysilee. La puerta se abre y un agente de la paz me hace un gesto para que salga. Wyatt se levanta para seguirme, pero el agente levanta la mano. —No, solo Abernathy. Esto no puede ser bueno. Salgo de la furgoneta y me encuentro frente a un edificio de mármol blanco mucho más imponente que el de los pisos para tributos. Abarca una manzana entera y solo se accede a la estructura a través de un par de puertas de madera grandísimas en las que han grabado un diseño de estrellas doradas. Veo el ceño fruncido de Wyatt un segundo, hasta que cierran la puerta de golpe y la furgoneta se aleja a toda prisa. ¿Qué está pasando? ¿Dónde estoy? Dos hombres con uniforme violeta hacen guardia en la entrada, silenciosos. Como si respondieran a una señal inaudible, abren las puertas, y ahí está Plutarch Heavensbee. Se me acerca con una expresión difícil de descifrar. —Hola, Haymitch. Me temo que ha habido un cambio de programa de última hora. —¿Solo para mí? —Solo para ti. Parece que el presidente tiene dudas sobre tu… actuación. Louella bajo el balcón. Snow arriba. Mientras yo aplaudía ante todo el Capitolio.
No hace falta que me explique más. Ahora es cuando pago por dibujar mi propio cartel propagandístico.
Fin del capítulo