Amanecer en la cosecha

Capítulo 10

Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha

Capítulo 10

Segunda Parte: El granuja

El corazón me da un vuelco y después me pesa como una piedra. Recuerdo la sangre que brotaba del cráneo aplastado de Louella y me caía en la mano. Sus ojos vacíos. Estaba muerta y bien muerta, no había vuelta atrás. Así que ¿quién es la niña del umbral? Sin duda se parece a Louella. Misma talla, misma altura. Cara con forma de corazón, grandes ojos grises, largas trenzas oscuras. Tiene las uñas mordidas y una cicatriz en la frente que encaja con la que se hizo la Louella de verdad al caerse de nuestra cisterna. Lleva el traje de entrenamiento del Distrito 12, como si se hubiera vestido con nosotros esta mañana, en el piso. Del cuello le cuelga el collar de cuentas de flores moradas y amarillas de Maysilee. Cumple todos los requisitos. Pero no es Louella. Igual que sé, por instinto, que las peras de cera de la mesa no tienen jugo, a esta chica le falta la esencia de mi amiga. —Entra. Ya conoces a Haymitch —dice el presidente. La Louella falsa cruza la habitación hasta llegar al extremo de la mesa. —Hola, Haymitch. El acento solo le falla un poquito, pero el saludo la delata del todo. Louella siempre me recibe con un «Hola, Hay» o un «¿Cómo vas?». Los pómulos también están raros. Como si le hubieran inyectado algo para rellenarle el rostro. Y, sobre todo, no me mira a los ojos, cosa que mi preciosa hacía todas y cada una de las veces. —¿Quién eres? Ella contempla el montón de peras de la mesa, desenfocando la mirada. —Me llamo Louella McCoy. Soy del Distrito 12.

—No lo eres —le digo, y después me dirijo a Snow—. No lo es. Cualquiera se daría cuenta. —Lo dudo. Su familia, quizá algunos amigos cercanos. Nadie que no estuviera entre el público borracho del desfile ha sido testigo del accidente. Todos se creerán que es Louella. Sobre todo, porque tú vas a estar a su lado, entrenándola, como el buen aliado que eres. Una pareja perfecta en lo que va a ser un Vasallaje de los Veinticinco perfecto. Ahora lo entiendo. A los que vieron el accidente en persona les dirán que Louella se recuperó. A Incitatus Loomy, el director del desfile, lo han asesinado por su incompetencia; envenenado por un plato de ostras al que Snow, no sé cómo, sí ha sobrevivido. Y queda en mis manos y en las de la falsa Louella encubrir la peor muerte de la noche. Plutarch entra corriendo en la habitación, cargado con un vaso de leche y un plato de panecillos. Se detiene en seco al ver a Louella. —¿Es esa…? —Louella McCoy —dice Snow—. Ah, mi pan. —Le da un buen bocado a uno de los bollitos y gruñe para dar su aprobación—. Recién hecho. Creo que ya hemos acabado aquí. ¿Te importaría devolver a nuestros tributos a su alojamiento? Louella, este es Plutarch. —Hola, Plutarch. —Hola —responde él, que no puede dejar de mirarla. —Es una buena doble. Hemos tenido suerte —dice Snow. —Sí, señor presidente. Sin duda. Por aquí, chicos. La falsa Louella y yo seguimos a Plutarch por unos cuantos pasillos de antepasados antes de que vuelva a hablar. —No sabía nada de esto. Solo me dijo que quería hablar contigo. —Vale —respondo—. ¿Quién es la chica? —Pues supongo… que hija de traidores. Podría ser de los distritos o del Capitolio. Puede que ni ella lo sepa. No me cabe duda de que la han programado. Y es probable que también esté drogada. —Hola, Plutarch. Me llamo Louella McCoy. Soy del Distrito 12 — interviene ella. —Entonces ¿va a enviar a esta chica, sea quien sea, para que la maten en los Juegos? —pregunto. —Ese parece ser el plan —reconoce Plutarch—. No lo apruebo.

—Mi héroe. De mayor quiero ser como tú. Ah, no, espera un momento, que eso no va a pasar. Hay una furgoneta esperando en la entrada, con el motor encendido. Subo a ella antes de que puedan esposarme. La falsa Louella se mete en la furgoneta y se sienta en el suelo. —Hola, Haymitch. Me llamo Louella McCoy. Soy del Distrito 12. —Los va a dejar impresionados en las entrevistas —le digo a Plutarch antes de cerrar la puerta yo mismo. Me paso el camino de vuelta aterrado por si me toca. La odio y odio lo que su presencia me va a exigir, aunque sé que nada de esto es culpa suya. De vuelta en el apartamento, Maysilee, Wyatt y nuestras mentoras esperan mi regreso en el salón. Cuando entro con la falsa Louella, todo el mundo ahoga un grito. Los señalo. —Estos son Maysilee y Wyatt. Y esas son nuestras mentoras, Mags y Wiress. La falsa Louella clava la vista en la punta de sus botas. —Hola, Maysilee, Wyatt, Mags y Wiress. —Pero no pueden haber… —empieza a decir Wyatt—. ¿Quién eres? —Me llamo Louella McCoy. Soy del Distrito 12. Tras una larga pausa, Maysilee dice: —Esa cosa no va a dormir en mi cuarto. —¿De dónde viene? —pregunta Mags tras mandarla callar. —El presidente Snow nos ha presentado en la biblioteca de Plutarch Heavensbee. La han drogado, programado o algo. Se supone que, ante las cámaras, debemos fingir que es real. No tengo ni idea de quién es. —Es una nube rancia —dice Maysilee—. Se supone que tenemos que venderla. Mags toca el hombro de la falsa Louella. —¿Tienes hambre? —La chica retrocede, sobresaltada, y la mira sin saber qué decir—. Vamos todos a comer algo. Nos reunimos alrededor de la mesa de la cocina, donde Wiress nos sirve estofado en unos cuencos. Mags le pone una cuchara en la mano a la falsa Louella. Ella la agarra con el puño, envuelve el cuenco con el brazo,

como para protegerlo, y empieza a devorar el estofado mientras se le escapan gemiditos. —La han matado de hambre —dice Wiress—. Entre otras cosas. Tiene razón. Aunque las muñecas de Louella eran finas, las de la falsa Louella son más bien huesudas. Con razón han tenido que rellenarle la cara. La rabia irracional que sentía hacia esta niña se disuelve en un mar de pena cuando levanta el cuenco para lamerlo como un perro. —¿Quieres más? Tenemos mucho —dice Mags. —¿Pan? —le pregunta Wiress, que le ofrece la cesta llena de panecillos de todo tipo. La Louella falsa se queda mirando la cesta, fascinada, hasta que coge un bollito oscuro con forma de media luna salpicado de semillas. Se lo acerca a la nariz e inhala el aroma, respirando con breves jadeos. Wiress y Mags se miran. —¿Eres del Distrito 11, pequeña? —le pregunta Mags en voz baja. La Louella falsa se echa a llorar mientras aprieta el pan contra los labios y se da con la mano en la oreja—. No pasa nada, cariño. Ven conmigo. Le echa un brazo sobre los hombros y la saca de la cocina. —Sea quien sea, supongo que ahora es nuestra —dice Wyatt. Me sorprende oír algo tan compasivo salir de los labios de un analista de apuestas, pero es lo que sentimos todos. No podemos hacerle más daño a la Louella falsa. Supongo que la protegeré lo mejor que pueda; solo tengo que pensar en ella como si fuera otra paloma del Distrito 6. —Tienes razón —respondo—. Aunque no soy capaz de llamarla Louella. —Si usamos otro nombre, es posible que la desconcertemos más todavía —me advierte Wiress. —¿Qué tal Lou Lou? —sugiere Maysilee—. Era el nombre de mi canario. Yo ya sabía que Maysilee había tenido esa mascota porque Lenore Dove se enteró y se enfadó muchísimo al descubrir que la gente encerraba a los pájaros en jaulas, sobre todo a los cantores. Sin embargo, eso no es razón para rechazar el nombre. —Creo que puedo con ese nombre —digo; no me cabe duda de que Louella McCoy no era ninguna Lou Lou.

Mags regresa, inquieta. —La he metido en la cama. Lleva una especie de dispositivo pegado al pecho, creo que le inyecta una droga. Me ha dado miedo quitárselo. Podría matarla. Una vez vi algo parecido. —¿Por qué le has preguntado si era del Distrito 11? —dice Maysilee. —Por el pan que ha elegido. Con las semillas. Es suyo. La llegada de Lou Lou ha acabado con el subidón de energía que nos produjo unirnos a los novatos. Hace un par de horas teníamos un objetivo claro, pero el regalo de Snow nos recuerda nuestra fragilidad y la futilidad de oponernos a él. No recuerdo cuál era nuestro estúpido plan ni por qué importaba. Cenamos en silencio, todos sumidos en nuestros sombríos pensamientos. «Sombrío». Lenore Dove me enseñó esa palabra. Está en el primer verso de su canción. Qué no daría yo por volver a verla. En cierto momento, cuando Snow me dijo que tenía un regalo para mí, creí que se refería a Lenore Dove. Por todo lo que había estado diciendo sobre el eslabón y la Bandada. Aunque me alegro de que no fuera ella. En la «horrenda tierra salvaje» del Distrito 12 está mucho más segura. Mags y Wiress intentan volver a centrarnos. Después de la cena, nos reunimos en el salón y hablamos de nuestro día. A Mags parece gustarle la alianza y nos anima a seguir con ella. Yo ya empiezo a ver mucho mejor la idea de formar equipo con Wyatt y Maysilee. Wyatt es más honorable de lo que debería serlo, teniendo en cuenta quién es su familia, y Maysilee ha ganado muchos puntos al ayudar a los otros tributos con sus símbolos. Wiress pregunta si en el entrenamiento hemos encontrado alguna pista sobre la arena. —Lonas impermeables —dice Wyatt sin perder pie. —¿Te refieres a… sábanas de plástico? —pregunto. —Sí. ¿No viste el puesto de esa señora? Solo estaba allí para enseñarnos todo lo que se podía hacer con una lona: un poncho, recoger agua de lluvia, convertirla en mochila… Creo que vamos a un sitio mojado. Porque en las minas las usamos para mantenerlo todo seco. —Me parece que has dado con algo realmente importante —dice Wiress—. ¿Y tú, Maysilee?

—No he visitado demasiados puestos. Estaba demasiado ocupada fabricando símbolos para adornar los trajes de los demás. Pero ¿habéis visto que cada distrito lleva un color? Son los mismos que nos dieron anoche, para los carros. Rojo para el 10, melocotón para el 8. Y, si nos visten así en la arena, cosa que quizá hagan para que la audiencia nos distinga, ir de negro podría ser una ventaja. Sobre todo de noche. Podríamos movernos para reunir comida o lo que sea, mientras los otros distritos se esconden. —También está muy bien —dice Wiress—. Haymitch, ¿te has fijado tú en algo? —Bueno, ahora mismo me estoy fijando en lo buenos que son Maysilee y Wyatt fijándose en las cosas. Tengo que prestar más atención. Pero hay algo. —Les cuento lo de Beetee y la patata, aunque destrozando la parte científica—. Lo único que he sacado de todo esto es que podría estar oscuro y que los tubérculos podrían venirnos bien. —Si está mojado, como cree Wyatt, puede que no hay madera seca y que hacer una fogata para iluminarnos sea imposible, así que tendremos que enchufar patatas —dice Maysilee. Wyatt se lo piensa. —O quizá tengamos que excavar para conseguir comida. —Has establecido una relación interesante —dice Mags. Él se encoge de hombros. —No es nada del otro mundo. Me gano la vida excavando. A la hora de dormir, nos plantamos en la puerta del dormitorio de las chicas sin saber bien qué hacer, viendo a Lou Lou dormir. —Puedo quedarme con tu cama —le ofrezco a Maysilee. —No, no pasa nada. —Podríamos dormir en el suelo —se ofrece Wyatt—. Seguramente será más parecido a estar en la arena. Así que eso hacemos. Mags ayuda a Wyatt y a mí a llevar nuestra ropa de cama y algunos cojines del sofá al dormitorio de las chicas y preparamos jergones en el suelo. —¿Creéis que deberíamos practicar lo de hacer guardia? —pregunta Maysilee cuando ya estamos listos para apagar las luces.

—Buena idea. Yo hago el primer turno —respondo, y me siento con las piernas cruzadas y una manta sobre el regazo. Mags le echa un último vistazo a Lou Lou, nos da las buenas noches, apaga la luz y cierra la puerta al salir. Al cabo de un rato, Wyatt se queda dormido y empieza a roncar como un descosido. Maysilee está tan enterrada en sábanas y mantas que no sé si está despierta. Me duelen las costillas y acabo apoyando la espalda en la cama de Lou Lou; estiro los brazos y dejo que su colchón soporte el peso. Lou Lou se agita con violencia y la oigo murmurar algo, aunque no distingo las palabras. La verdad es que tampoco quiero hacerlo. No será nada bueno. Como estoy reventado, empiezo a cabecear, pero me despierto con un sobresalto al notar unos deditos helados agarrándose a los míos. Mientras dormía, Lou Lou se ha tumbado de lado y ahora se agarra a mi mano como si le fuese la vida en ello; el pulso le late muy deprisa, como si fuera el corazón de un polluelo. Recuerdo que Louella me dio la mano en el tren y me resisto al impulso de retirarla. —No pasa nada, Lou Lou —le susurro mientras le doy una especie de palmaditas en el costado—. Aquí nadie te va a hacer daño. Podría cantarle una nana para calmarla, pero no quiero despertar a los otros. Además, no es que sea un gran cantante, y se supone que tengo que practicar lo de montar guardia. Pienso en cómo me canta Lenore Dove de vez en cuando. La echo tanto de menos que cierro los ojos un momento y dejo que su voz me encuentre… Mientras cabeceaba, casi dormido, oí un golpe, un crujido, como si alguien llamara a la puerta de mi aposento… «Alguien de visita —mascullé—, que llama al portón… Nada más que eso y se acabó». Me despierto de repente. ¿He oído un golpeteo? ¿O lo he soñado? La tira de luz por debajo de la puerta, los números del reloj de la mesita de noche e incluso la luz verde que parpadea en el aparato de la pared (¿una cámara? ¿Un detector de humos? ¿Un regulador de temperatura?) han desaparecido. Solo mantiene la oscuridad a raya el tenue brillo de las luces del Capitolio que entran a través de las persianas. Ya no se oye el

zumbido del piso; no hay máquinas que ronroneen ni suaves corrientes de aire que rompan el silencio. A lo lejos, alguien toca la bocina de un coche. Después, nada. Sudo debajo de la manta. El aire cálido y estancado huele al interior de la cisterna y a cena rancia. Y ahora me queda claro que alguien llama a la puerta de mi habitación. Con delicadeza. Oigo que gira el pomo y la madera roza la moqueta. La figura que entra por la puerta lleva algo que emite un fino rayo de luz. Son un par de patatas cocidas conectadas a una bombilla del tamaño de un guisante. Beetee se lleva un dedo a los labios y después hace un gesto con la cabeza para que lo siga. Con cuidado de no despertar a nadie, suelto la mano de Lou Lou y salgo del dormitorio. Tras alejarnos de la puerta, Beetee y yo hablamos en voz baja. —¿Qué haces aquí? —le pregunto. A Beetee le falta un poco el aliento. —He subido por la escalera de servicio desde la tercera planta. Wiress ha cortado la electricidad del edificio. Las cámaras de vigilancia están apagadas. Calcula que nos quedan unos diez minutos. ¿De verdad estás dispuesto a romper la arena? —¡Sí! Dime qué tengo que hacer y lo haré. ¿Qué rompe una máquina? —El tiempo, normalmente. Con él llega el desgaste, el deterioro, la erosión, la deformación. Pero no contamos con ese lujo, así que necesitamos otro enfoque. Viste la arena de Wiress el año pasado. ¿Te preguntaste cómo la controlaban? —Desde el Capitolio, ¿no? Nos enseñan la sala de control durante los Juegos… —Sí, nos enseñan cómo dan las órdenes, y algunas pueden activarse por control remoto. Sin embargo, últimamente también hay un nivel para los Vigilantes en la arena, de modo que puedan llevar a cabo ciertas órdenes. Es todo un nivel subterráneo apodado Sub-A que nunca enseñan a la audiencia. No quieren destruir la ilusión de que todo se controla de lejos. En el Sub-A se encargan de las tareas manuales, como soltar a los mutos o preparar un banquete. Desde allí os lanzarán a la arena dentro de unos días. Sin embargo, todo eso es secundario, porque su verdadero trabajo consiste en gestionar el sistema informático in situ, que resulta

esencial para que funcionen los Juegos. Ese es el objetivo de nuestro equipo: el cerebro de la arena. Llevo toda la vida viendo los Juegos sin tan siquiera cuestionar cómo funcionaban las arenas. No sé qué pensaba que sería romper la arena, ¿cortar un cable con un hacha o algo así? En cualquier caso, no tenía nada que ver con un ordenador subterráneo que no sabría romper, salvo con el hacha ya mencionada; y eso suponiendo que pudiera llegar hasta él. Sin embargo, Beetee ha mencionado a un equipo. Quizá yo pueda ser el músculo y Ampert el que rompa. —Entonces ¿vamos a buscar ese ordenador y desenchufarlo? ¿Introducir comandos erróneos? Beetee niega con la cabeza. —Es prácticamente imposible que uno de vosotros llegue hasta él. El ordenador está en un área restringida con sistemas de seguridad de última tecnología. Pero el cerebro no puede funcionar si el resto del cuerpo no lo hace. Como lo de esta noche, en este edificio. Cuando cortamos la electricidad, todo se queda muerto. —¿Vamos a cortar la electricidad? —No no, Haymitch. Aunque lo hiciéramos, tienen un enorme generador de emergencia en el extremo superior, justo al otro lado de la arena. —Entonces ¿qué? —Vamos a ahogarlo.

Fin del capítulo

Anterior
0%
Siguiente