Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha
Capítulo 7
Primera Parte: El cumpleaños
En general, no lloro mucho. Solo cuando muere alguien, y entonces lo hago deprisa, con ganas y a lágrima viva, como ahora. Porque Louella está muerta y se suponía que debía cuidarla y no lo he hecho. Y, aunque Lenore Dove siempre será mi amor verdadero, Louella es mi primera y preciosa novia. Mags me sostiene mientras me estremezco con los sollozos y le mancho el hombro de lágrimas y mocos. Wiress se lleva a Maysilee y a Wyatt a otro sitio del piso para darnos un momento. —Lo siento —digo con voz ahogada. Pero Mags niega con la cabeza y sigue dándome palmaditas en la espalda. Cuando me calmo un poco, me lleva a un cuarto de baño en el que me espera una bañera llena de agua humeante. Me da una bolsa y me dice: —Mete aquí tu traje. Magno lo quiere de vuelta. Después, báñate y únete a nosotros. Cuando se va y cierra la puerta, lanzo una toalla a la cámara para tener algo de intimidad, sin importarme que me castiguen por ello. Después me deshago del repugnante disfraz y lo meto en la bolsa. En mi casa, los baños calientes son un ritual de los domingos, mientras que el resto de la semana nos duchamos con cubos de agua fría porque se tarda mucho en bombear el agua y calentarla para llenar la bañera de hojalata. Esta versión más profunda, de porcelana, llena casi hasta el borde, con la pastilla de jabón cremoso y el champú líquido son un lujo inimaginable. Me sumerjo y me
dejo envolver por el calor; los hilitos de la sangre de Louella tiñen de rosa el agua limpia. Cierro los ojos e intento vaciar la mente para que solo quede el calor, el murmullo de las voces lejanas y el olor a sopa mezclado con el aroma ligero y floral del jabón. A eso se reduce el mundo. Nada más. Debo de llevar aquí tumbado un buen rato porque el agua está fría y la punta de los dedos arrugada cuando abro de nuevo los ojos. Vacío la bañera y me restriego bien bajo la ducha para limpiarme el insecticida, la suciedad del camino y los últimos rastros de la vida de Louella. Después de secarme con una toalla enorme y mullida, me pongo la ropa interior, la camisa y los pantalones negros lisos que me han dejado, y me calzo un nuevo par de botas. Al abrir la puerta del baño, intento decidir si debería sentirme avergonzado por mi crisis, y me doy cuenta de que en realidad me importa un pimiento lo que piensen los demás. El piso, que tiene un no sé qué extraño e impersonal, lo ha decorado alguien cuyo gusto tiende a las cosas peludas y al color naranja tostado. Los adornitos de gatitos y cachorritos no parecen encajar con los barrotes de las ventanas. Me guío por mi olfato hasta la cocina, donde Mags, Wiress y Wyatt están sentados a la mesa, comiendo. —Siéntate con nosotros —dice Mags—. Tu amiga está dándose un baño. Estoy demasiado cansado para corregirla sobre el estado de mi relación con Maysilee; compañera de clase parece más apropiado. Me sirve un gigantesco cuenco de lo que, efectivamente, es sopa de alubias con jamón. —Mags lo ha pedido expresamente a la cocina —dice Wiress. —Sí. Creo que es reconfortante. —Mags me deja el cuenco delante. —Lo es. Aspiro el vapor y pienso en mis hermanas gemelas, en papá y en la nana. Y, ahora, en Louella. Me tomo una cucharada y dejo que el sabor de casa me recorra y me dé fuerzas para lo que está por venir. —¿Dónde estamos, por cierto? —pregunto. —Es un piso diseñado para alquileres temporales. Lo han reservado para alojar a los tributos de este año —responde Mags. —El año pasado, los veinticuatro dormimos en barracones. Esto es más privado —añade Wiress.
—Yo no diría que ese cuarto de baño es privado. He colgado mi toalla en la cámara. —Las acaban de instalar para los tributos. Es imposible saber cuándo están mirando —dice Mags—. Pero todo queda grabado. Wyatt se aparta de la mesa. —Supongo que me toca bañarme. Quiero decirle: «Siento lo que te dije antes. Lo de que tu padre estará aceptando apuestas sobre ti». Pero no me queda energía para hacerlo, así que permito que se vaya sin decir palabra. Mis mentoras me dejan comer en silencio: sopa, pan blanco y mantequilla, y, para terminar, un buen trozo de tarta de melocotón. Temo que vayan a ponerse a hablar enseguida de estrategias, pero Mags se limita a decir: —¿Por qué no te vas ya a la cama, Haymitch? Podemos hablar por la mañana. Me lleva a una habitación con dos camas cubiertas con unas colchas peludas de color naranja, cada una con un pijama encima, y me da las buenas noches. Me cambio y me meto entre las sábanas pensando que no me quedaré dormido, pero caigo en un segundo. Lenore Dove dice que mis sueños son como ventanas a mi mente, tan claros que no necesitan interpretación. Lo que es una forma bonita de decir que son muy evidentes. Esta noche se centran en las cosas horribles que han pasado (cabezas que estallan y accidentes de carro) y en las cosas horribles que pasarán en los próximos días. Como no sé bien qué me voy a encontrar cuando suene el gong de los Juegos, mi cerebro toma prestados elementos de las arenas pasadas. Armas. Hambre. Mutos. Los dos primeros son males muy antiguos, pero las mutaciones o mutos, para abreviar, son atrocidades genéticas creadas en el laboratorio para entretener al público sediento de sangre del Capitolio. Como las comadrejas que comen caras o, en la arena de Wiress, los escarabajos plateados que cubrían por entero a los tributos y los asfixiaban. Mi cerebro se obsesiona con estos últimos. Cuando los escarabajos me chupan el oxígeno de los pulmones, me despierto, jadeando. Wyatt ronca en la otra cama. Solo con eso me reafirmo en mi idea de que no lo quiero de aliado. ¿Cómo va a esconderse en la arena si lía esa escandalera? Claro, en el tren, cuando nos escuchó hablar a
Louella y a mí, estaba fingiendo roncar. Le echo una mirada asesina, pero parece estar frito de verdad. Aunque podría levantarme, me quedo bajo las sábanas, agradecido por contar con un momento para aclararme las ideas. Todo ha ido demasiado deprisa. Todavía no logro hacerme a la idea de que Louella ya no esté. Y ahora tengo una oferta de Ampert, que me cae bien, no puedo evitarlo. Me intriga su idea de una manada compuesta por los no profesionales. Me pregunto si aceptaría también a Wyatt y a Maysilee. No parece demasiado tiquismiquis. Los tributos del Distrito 7 y el Distrito 8 no tienen nada de especial. Debe de preferir la cantidad a la calidad. Aunque el 11… Eso podría cambiarlo todo… De todos modos, no sé si debería unirme a ellos. Quizá le pregunte a Mags por su opinión. Qué curioso tener a alguien del 4 (una profesional) de mentora. Aunque tuvo que ser tributo casi al principio, y quizá entonces no hubiera profesionales. En cuanto a Wiress… No debería ser tan duro con ella. Si yo lograra ser más listo que los demás como hizo ella, sin mover un dedo, claro que lo haría. Sin embargo, parece algo más propio de Ampert. El olor a comida frita me saca de la cama. Me pongo la ropa de anoche y voy a la cocina. Mags y Wiress están sentadas como si no se hubieran acostado, pero la comida ha aparecido. Se me hace la boca agua al ver los grandes platos llenos de huevos, beicon y discos crujientes de patata. —Buenos días, Haymitch —dice Mags—. Sírvete, por favor. Me lleno mi plato hasta arriba y cojo otro para poner tostadas con mantequilla y mermelada; después me sirvo vasos de zumo y leche, pero paso del café. De nuevo, me dejan comer en paz, lo que les agradezco. La comida siempre me anima, así que, después de un par de platos llenos, creo que seré capaz de sobrevivir al día de hoy. Voy a necesitar mucha energía para enfrentarme a los profesionales, sobre todo a Panache. Estoy bastante seguro de que cree que le debo un carro. Estoy bebiendo té caliente con azúcar cuando entra Maysilee, vestida exactamente como yo, salvo por sus collares. Toda de negro, con el pelo apartado de la cara y las marcas de la fusta, tiene un aspecto duro. O puede que siempre haya sido dura, pero con tanto volante y tanto lazo parecía
presumida. Estaría fuera de lugar detrás del mostrador de los dulces, que, además, está claro que odiaba. ¿Con qué soñaría en realidad? —Buenos días, Maysilee. ¿Has dormido bien? —le pregunta Mags. —Mejor que la noche anterior. Maysilee se sirve una taza de café solo y la envuelve con las manos. —¿No vas a comer? —le pregunto. —No soy mucho de desayunar. No me extraña que saque de quicio a todo el mundo. En la Veta, si hay algo para desayunar, a todo el mundo le gusta verlo. Me unto mermelada en otro trozo de pan tostado. —Eso te va a venir muy bien en la arena. Sobre todo si tampoco eres mucho de comer o de cenar. —No sería mala idea que consiguieras comer un poco más en los próximos días —comenta Mags. Maysilee se lo piensa, se sirve una tira de beicon y le da un bocadito. No usa los dedos, por supuesto. Seguro que los Donner se comen las palomitas con cuchillo y tenedor. Wyatt se nos une, con las marcas de las sábanas todavía en la cara, también vestido de negro. —Bonito conjunto —le digo, intentando relajar un poco la tensión entre los dos. —Es igual que el tuyo —responde, a la defensiva. —¿Vamos a ir por ahí vestidos como trillizos? —pregunta Maysilee—. Bastante tenía con una gemela. Las Donner tienen una amplia selección de trajes a juego. —Creía que eso te gustaba —le digo. —A mi madre le gusta —me corrige. Vaya. Puede que use tanta joyería porque es la única forma de ser ella misma. —Es la ropa que nos da el Capitolio —dice Mags—. Todo el mundo llevará la misma durante el entrenamiento y en la arena. Aunque Magno debería proporcionaros trajes para la entrevista. El año pasado envió a los tributos de vuestro distrito con la ropa de entrenamiento. Lo castigaron poniéndolo en periodo de prueba, así que, con suerte, estará buscando algo que merezca la pena. Os toca entrenamiento en breve. ¿Empezamos?
Intento concentrarme. Es probable que sea la única ayuda que recibamos. —He sido mentora varias veces a lo largo de los años —dice Mags—. En los primeros Juegos, no preguntaba a los tributos lo que querían porque la respuesta me parecía evidente. Queréis vivir. Pero entonces me di cuenta de que, aparte de eso, hay muchos otros deseos. Los míos tenían que ver con mi compañero de distrito. Con protegerlo. —Recuerdo que yo no quería morir de noche —interviene Wiress—. No quería morir a oscuras. La idea me aterraba. —Así que vamos a preguntároslo ahora: ¿qué queréis? Guardamos silencio, intentando dar con una respuesta. Ayer, la mía habría sido proteger a Louella. Ahora, pienso sobre todo en mis seres queridos, en que mi muerte les resulte lo más fácil posible. —No quiero que mi chica y mi familia me vean sufrir una muerte larga y horrible —digo—. Por ejemplo, no dejo de pensar en esos mutos de comadreja de hace unos años… Nunca lo superarían. —Sí, si muero, que sea deprisa —dice Wyatt—. No quiero que la gente que apueste por que mi muerte sea larga saque dinero con eso. Es una idea estremecedora. —¿Tu familia aceptaría apuestas sobre eso? —pregunto. Wyatt se encoge de hombros. —Alguien lo haría. Seguro que alguien ya lo ha hecho. Y sobre la vuestra. Así funciona. —No quiero suplicar —dice Maysilee—. Ni implorar por mi vida. Quiero irme con la cabeza bien alta. —De acuerdo —dice Mags tras una pausa—. ¿Algo más? Hay algo carcomiéndome por dentro, algo que tiene que ver con Sarshee y papá, con el amanecer de Lenore Dove, con los verdugones de Maysilee y con sostener en alto a Louella para que la viera el presidente. ¿Qué es lo que dijo anoche Ampert sobre Louella? «Obligaste a Snow a responsabilizarse de su muerte, ¿verdad?». —Yo también quiero todo eso. Lo que acabáis de decir. Pero, si pudiera, también me gustaría… —Miro hacia la cámara de la esquina. ¿Cómo decirlo sabiendo que el Capitolio puede estar observando? ¿Que quiero que el Capitolio se responsabilice de lo que nos están haciendo?—. Quiero
recordarle a la gente que estoy aquí porque el Capitolio ganó la guerra y cree que, cincuenta años después, es una forma justa de castigar a los distritos. Pero me gustaría que pensaran que cincuenta años es suficiente. Ha sonado lo bastante diplomático. Espero a que se rían o a que pongan cara de fastidio, cosa que nadie hace. —Así que quieres que acaben para siempre con los Juegos del Hambre. ¿Cómo? —pregunta Maysilee. —Todavía no lo sé —reconozco—. Supongo que, para empezar, habría que recordarle a la audiencia que somos seres humanos. Ya has visto cómo hablan de nosotros: cerditos, bestias… Llamaron garras a mis uñas. Y has visto cómo nos miraban los críos de fuera del gimnasio. Como si pensaran que somos animales. Y que ellos son superiores. Así que no pasa nada por matarnos. Pero los habitantes del Capitolio no son mejores que nosotros. Ni más listos. —Si acaso, más estúpidos —responde Maysilee, a la que no pueden importarle menos las cámaras—. Mira la que montaron en nuestra cosecha. Y en el desfile de carros. Y en los Juegos de Wiress, el año pasado. Ni siquiera eran capaces de hacerle llegar sus regalos. Hay que enseñarles algo así. —Sí, obligarlos a reconocer que también somos personas —dice Wyatt —. Y que las bestias son ellos, por matarnos. —Eso. Pero yo no soy tan listo como Wiress. No puedo superar en eso a la arena. —Puede que sí —me anima Wiress—. En realidad, la arena no es más que una máquina. Una máquina de matar. Es posible ser más listos que ella. Wyatt hace rodar su moneda por los nudillos. —El truco sería conseguir que lo muestren en directo. —Si tiene que ver con matar a alguien, lo mostrarán —dice Maysilee. —O con suicidarte —añade Wyatt. —Es algo que debemos meditar con cuidado. Podrías ponerte en peligro o poner en peligro a tus aliados —advierte Mags, señalando con la cabeza a Wyatt y a Maysilee. —Ah, bueno, Haymitch no nos quiere de aliados —dice Wyatt. ¿En serio? ¿Por ahí va a tirar?
—Muy bonito, Wyatt. Así que yo soy el capullo, ¿no? ¿No la chica más cruel de la ciudad ni el chico que calcula las probabilidades para que la escoria apueste sobre la muerte de unos niños? Mags me mira, preocupada. —Es bueno tener aliados. Puede que, de todos modos, acabéis por gravitar los unos hacia los otros cuando empecéis con el entrenamiento. —Yo podría ser tu aliada —le dice Maysilee a Wyatt—. Si no eres demasiado exigente. —Vale —responde él. Aunque todo lo que he dicho es cierto, me arrepiento de haberlo dicho. No es que yo sea perfecto. Los dos me ponen de los nervios, pero los culpo de demasiadas cosas. No son ellos los que han matado a Louella, ni los que me han elegido en la cosecha, ni los que crearon los Juegos. Tengo que dar marcha atrás. Además, si quiero enviar un mensaje en condiciones, necesitaré tiempo, y para ganar tiempo necesitaré aliados. —Vale, mirad, hay un niño del 3, Ampert, que quiere que me una a su alianza. Tiene al 7 y al 8. Puede que el 11 se anime. No sé si voy a hacerlo, pero puedo preguntar si os quieren a vosotros. Puedo decirles que sois listos. Maysilee se encoge un poco de hombros, y Wyatt asiente y dice: —Los miembros de una manada tienen más probabilidades. Al menos, al principio. Alguien que les cubra las espaldas. Ojalá dejara de hablar de probabilidades. —Lo tendré en cuenta. Entonces ¿cómo va a ser el entrenamiento? —Será en el mismo gimnasio donde os arreglaron —responde Mags—. Habrá puestos donde podréis prepararos para lo que os espera en la arena. No os distraigáis con lo que elijan los demás; dadle prioridad a lo que vais a necesitar para sobrevivir. —Una forma de defenderme —digo. —O una buena forma de ocultarse —dice Maysilee. —¿Qué es lo más importante? —pregunta Wyatt. Wiress se pone a cantar una cancioncita muy rara: Primero evita la matanza, consigue armas, busca agua. Comida y refugio hay que encontrar,
fuego y amigos pueden esperar. —Me la inventé para recordar lo importante, de mayor a menor. Para tener un plan en la arena. Sabía que no podía luchar en el baño de sangre, lo que significa que tenía que alejarme a toda prisa de la Cornucopia. Al final, la única arma que necesité fue mi cerebro. Pero vosotros seguramente necesitéis otras. Puede que la Cornucopia sea la mejor oportunidad para conseguir una. Si no, fabricadla, aunque sea solo un palo afilado. Después, buscad agua. Agua antes que comida. Moriréis de sed mucho más deprisa que de hambre. Después, comida. El fuego puede estar bien para iluminaros, cocinar y calentaros si hace frío, pero quizá no lo necesitéis y podría ser peligroso si desveláis vuestra posición. Los amigos, para mí, habrían sido muy arriesgados. —Pero eran lo primero de mi lista —dice Mags—. Debéis decidirlo vosotros. —¿Y fabricar un refugio? —pregunta Wyatt. —Es bastante posible que estéis en movimiento —responde Mags—. Quizá tengáis que dormir cada noche en un sitio distinto. Según mi experiencia, es más importante contar con aliados para montar guardia que con un techo. —Roncas —le digo a Wyatt. —No, qué va. En el tren fingía. —Malas noticias: también roncas de verdad. —Como un oso —confirma Maysilee—. Te oía a través de la pared. —Intenta dormir en un sitio en el que haya ruido —le aconseja Mags —. Cerca de una corriente de agua. O amortigua el sonido en una cueva. —Te pondré una manta o algo en la cabeza —dice Maysilee—. O te despertaré si haces demasiado ruido. —Se me había olvidado que estarás allí —dice Wyatt—. Supongo que los amigos también son lo primero de mi lista. ¿Qué más pasa en el entrenamiento? —Habrá expertos que os enseñarán a usar las armas, a hacer una fogata —dice Mags—. Buscad pistas sobre vuestra arena. Los Vigilantes de los Juegos a veces ocultan en su diseño pequeñas claves sobre su naturaleza. No al principio. Mis Juegos fueron hace mucho. Entonces, el
entrenamiento, si es que se le podía llamar así, era mínimo. No nos daban pistas, ni fuera ni dentro de la arena. —El año pasado, algunos de los puestos de supervivencia tenían objetos reflectantes. Mantas isotérmicas. Cuencos metálicos. Y, en el puesto de cómo hacer fuego, un espejito redondo. Creo que era una pista, aunque no lo comprendí hasta que vi la arena —dice Wiress—. Dentro, cuando entendí cómo era aquel lugar, mi instinto me dijo que corriera hacia el peligro porque, de hecho, solo era el reflejo del peligro, no el peligro en sí. Confiad en vuestros instintos. —Es un buen consejo para casi todo —dice Mags. El intercomunicador cobra vida y una voz anuncia que es la hora de irnos al entrenamiento. Mags nos sujeta en la espalda, con imperdibles, unos trozos de tela con el número doce. Los agentes nos esperan en el ascensor, nos cargan en la furgoneta y nos transportan al gimnasio. Al salir a la luz del sol, Maysilee le echa un vistazo a Wyatt. —Necesitas más presencia, Wyatt. —Él intenta parecer más duro—. No, eso es peor. Saca la mandíbula. Ponte erguido. Ahora, saca pecho. —Le alborota el pelo y le sube las mangas—. Tienes los músculos de las minas. Enséñalos. —Sí, así está mejor —reconozco—. La ropa negra ayuda. —Somos del Distrito 12. La pocilga más miserable de Panem —dice Maysilee—. Somos salvajes como los caballos de nuestro carro. Yo le pegué a nuestra acompañante y Haymitch desafió al presidente Snow. Nadie nos mangonea. —Somos impredecibles —dice Wyatt. —Unas bombas de relojería —coincido. Los agentes de la paz abren las puertas y entramos procurando emitir nuestras mejores vibraciones de bombas de relojería. Han transformado el lugar. Los puestos para el cambio de imagen ahora son cabinas con habilidades de supervivencia (hacer fuego y nudos, despellejar animales, camuflaje) dirigidas por entrenadores con monos blancos ajustados. La otra punta del gimnasio la han reservado para varios tipos de armas. Los otros tributos dan vueltas alrededor de las cabinas, vestidos con el mismo traje que nosotros, pero en distintos colores. Me alegro de que nos haya tocado el negro porque todo el mundo parece
medio enfermo cuando lo vistes de verde moco (mala suerte, Distrito 1) y el amarillo mantequilloso del Distrito 9 hace que parezcan tan amenazadores como unos polluelos. Unas cuerdas de nailon separan las gradas a nuestra derecha en doce secciones marcadas con el número de cada distrito. Nuestros asientos son los que están más cerca de la puerta. Las gradas están vacías, salvo por los chicos del 11, que forman un grupo verde oscuro muy prieto y están discutiendo acaloradamente sobre algo. —¿Es que siempre somos los últimos en llegar a todo? —se queja Maysilee. —Así nos tienen que esperar —le digo, aunque la verdad es que siempre reparan en nosotros en el último momento. Y nadie nos ha estado esperando. —Bombas de relojería —nos recuerda Wyatt, así que nos enderezamos y nos metemos en medio de la acción. Mags tiene razón: aquí, en el gimnasio, tendemos a permanecer juntos. Somos a los únicos que conocemos. Y, en los Juegos, somos los que menos probabilidades tenemos de matarnos entre nosotros. —Deberíamos lanzar cuchillos —decide Maysilee. No es mala idea. A pesar de lo que le prometí a mi madre, no me son del todo desconocidos los juegos con cuchillos, aunque les tengo demasiado cariño a mis dedos de los pies como para ponerme a lanzar navajas al suelo. Por otro lado, un blanco en un antiguo cobertizo o en un árbol… Bueno, eso es otra cosa. A Blair se le da muy bien y a mí tampoco se me da del todo mal. Pienso en la navaja nueva, regalo de cumpleaños, que no podré lanzar ni una vez, y espero que Sid la disfrute. Mientras nos abrimos paso hacia la zona de los cuchillos, me fijo en que hay unos cuantos equipos de televisión cubriendo el entrenamiento y algunos agentes de la paz patrullando el gimnasio. A nuestra izquierda, la sección superior de las gradas está llena de Vigilantes de los Juegos vestidos con túnicas blancas. Se pasean por allí, bebiendo café y tomando notas sobre los tributos de abajo. Dentro de unos días, cada uno de nosotros recibirá una puntuación del uno al doce para indicar nuestras posibilidades de ganar los Juegos. La gente la usará como guía para patrocinarnos o no.
Nos unimos al grupo formado por los tributos del Distrito 7, vestidos de marrón rojizo. Todo el mundo se estudia mientras una mujer del Capitolio, Hersilia, nos instruye en el lanzamiento de cuchillo. Ampert me dijo que el 7 ya había aceptado unirse a su alianza, y me causan una impresión favorable. Parecen seguros de sí mismos, sin resultar engreídos. Uno de ellos, una chica delgada con un montón de trenzas negras relucientes y un brochecito tallado de un árbol en la camiseta, me dice que se llama Ringina, así que yo también me presento. Una vez que hemos captado lo esencial (cómo sostener la hoja, el movimiento con el brazo recto, no girar la muñeca), nos ponemos en fila para lanzar. En un puesto hay una cesta con una docena de cuchillos distintos, pero no puede haber más de un tributo con armas a la vez. Lanzas, un tipo de blanco recoge el cuchillo y lo devuelve. Hersilia selecciona el modelo para el siguiente tributo. Muchos cuchillos rebotan en la diana, aunque Maysilee acierta más de los que falla y, no es por presumir, pero yo lo clavo todas las veces. Lanzar los cuchillos me relaja un poco porque solo los asocio con cosas buenas, como estar con mis amigos en el bosque haciendo el tonto. Cuando Ringina acierta en el centro de la diana, se me olvida dónde estoy y le digo: —Muy bueno. Como Ringina acepta el cumplido con una sonrisa rápida, la energía cambia. Sé que nunca seré capaz de matar a esta chica, igual que no voy a matar ni a Maysilee ni a Wyatt. Así que bien podría hacerme aliado del Distrito 7 y unirme de verdad al equipo de Ampert. Abro las negociaciones con un: —Oye, Ampert dice que vais a… Pero, de repente, veo un borrón verde moco a mi izquierda, el tintineo de los cuchillos de la cesta al agitarse y la sensación de un mazo golpeándome las costillas. Si alguna vez te han dado un golpe por sorpresa, sabes que la indignación es doble: por el dolor y por la injusticia del ataque. Tirado en la colchoneta, jadeante, veo a Panache acercarse y agarro el mango del cuchillo. Antes de poder levantarme, un agente de la paz le da una descarga eléctrica y otros tres se lo llevan a rastras. Wyatt me ofrece una mano para ponerme de pie mientras los demás tributos recogen los cuchillos.
Hay un momento, justo al enderezarme, en el que miro a mi alrededor y estoy armado, y mis compañeros están armados. Media docena de nosotros sostiene cuchillos afilados y letales. Y veo que hoy no hay muchos agentes. En absoluto. Los superamos cuatro a uno. Y, si nos movemos deprisa, podríamos liberar algunos de esos tridentes, lanzas y espadas de los otros puestos, y conseguir un buen arsenal. Miro a Ringina a los ojos y juraría que está pensando lo mismo. Cuando Hersilia acerca la cesta, a la chica le cuesta bastante soltar el cuchillo dentro. Los dos volvemos a nuestro lugar al final de la cola, aunque nos quedamos un poco atrás, donde no puedan oírnos, mientras los demás entrenan. —Levanta los brazos —dice Ringina. Lo hago con cuidado, y ella me toca las costillas, donde me ha dado Panache—. Creo que no están rotas. — Da un paso atrás y aprieta los labios, consternada—. Podríamos haber acabado con ellos. Cuanto más lo pienso, peor me siento. Todos los años permitimos que nos conduzcan como ovejas a su máquina de matar. Todos los años se libran de pagar por su matanza. Simplemente montan una gran fiesta y meten nuestros cadáveres en cajas, como si fueran regalos, para que nuestras familias los abran en casa. —Al menos podríamos haberles hecho algún daño —le digo a Ringina. —Al menos un poco. Probablemente bastante —dice alguien detrás de mí. Al volverme, veo a Plutarch, que hace gestos a su equipo para que grabe el lanzamiento de cuchillo, pero sin dejar de mirarme a mí—. La pregunta es: ¿por qué no lo habéis hecho?
Fin del capítulo