Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha
Capítulo 6
Primera Parte: El cumpleaños
Un polluelo muerto de sinsajo, con los ojos todavía relucientes y las plumas de un color negro azulado a la luz del sol, las garras vacías, sobre un lecho de musgo. Lenore Dove le acarició el plumaje con la punta del dedo. «Pobre bebé, pobre pajarito, ¿quién cantará ahora tus canciones?». El caos nos rodea, pero Louella, tan diminuta, sigue inmóvil. Qué bien la he protegido. Ha muerto incluso antes de llegar a la arena. ¿Quién cantará ahora tus canciones, Louella? El impacto de la caída me ha dejado sin aliento y magullado, sí, pero no parezco tener nada roto. —¿Louella? —la llamo al arrodillarme a su lado. Aunque sé que es inútil, intento despertarla, localizar el pulso, pero ya ha volado de su cuerpo. Me lo confirman sus ojos vacíos cuando le cierro los párpados. Una de sus trenzas descansa sobre la sangre que le mana de la base del cráneo, que se ha cascado como un huevo al golpearse contra la acera. Las cejas delineadas en negro destacan en su rostro exhausto. Le recoloco las trenzas, me lamo el dedo y le limpio de la mejilla una gota de sangre. Al parecer, se ha roto la barra que conectaba nuestro carro a los caballos, que se han largado hace tiempo dejando un rastro de destrucción a su paso. Wyatt y Maysilee, que han conseguido seguir sujetos a las barandillas, salen como pueden de debajo de las ruinas de nuestro carro, machacados pero vivos. Wyatt recoge el casco de Louella, que debe de habérsele caído al salir volando. Cuando se unen a nosotros, ninguno de los dos necesita preguntar si está muerta.
Maysilee se quita uno de sus collares, una pesada sarta de cuentas con flores moradas y amarillas entretejidas. —Iba a darle esto. Como símbolo. Para que tuviera algo de casa. Se arrodilla, y yo levanto el cráneo aplastado de Louella para que le ponga el collar. La sangre fresca me moja la mano. —Gracias —le digo—. Le gustan las flores. No puedo hablar de ella en pasado porque sigue aquí, caliente, cerca. —Van a venir a por ella —nos advierte Wyatt. Veo a cuatro agentes de la paz que corren hacia nosotros entre los sanitarios, los adiestradores y los tributos aturdidos. Quieren llevarse a Louella, esconder limpiamente sus delitos en una caja de madera y enviarlos con ella de vuelta al Distrito 12. No quieren que nadie vea la muerte que se ha producido bajo su tutela porque no estaba planeada y deja clara su incompetencia. No es la sangre con la que quieren pintar sus carteles. Cojo a Louella en brazos y empiezo a retroceder. —No sirve de nada —dice Wyatt—. Se la llevarán de todos modos. —No les pertenece —suelta Maysilee—. No se la des. Que luchen por ella. ¡Corre! Así que lo hago. Y se me da bien correr. El único chico que me gana en las carreras del colegio es Woodbine Chance. Bueno, me ganaba, claro. Corro por Louella, pero también por Woodbine, que no volverá a correr. No tengo ni idea de adónde voy. Solo sé que no quiero entregar a Louella al Capitolio. Maysilee tiene razón. No les pertenece en absoluto. Esquivo todos los uniformes blancos de agente que veo y me abro paso entre cuerpos manchados de rojo, dejando atrás el carro destrozado del Distrito 6. Al parecer, sus caballos han saltado por encima de las barricadas y se han echado sobre la gente. Hay sanitarios por todas partes, gritando y llevando camillas cargadas con habitantes del Capitolio; a los tributos heridos del Distrito 6 los han dejado tirados donde estaban. Mi camino de huida me conduce por la avenida hacia la mansión del presidente. Varios de los carros están parados a lo largo de la ruta del desfile. Tengo vía libre hasta la mansión, pero no llegaré. Oigo cada vez más cerca los gritos de los agentes de la paz. Louella cada vez me pesa más. Me están saliendo ampollas en los pies porque las botas me aprietan
demasiado. Me duele el pecho y no he respirado hondo desde que caí al suelo. ¿Qué más da entregarla ahora que después? Algunas de las pantallas sobre la multitud apuntan ahora a la bandera ondeante, pero unas cuantas todavía muestran la ruta del desfile. Me veo en una. Louella parece serena, como si durmiera en mis brazos. Si eso todavía se graba y se retransmite, por lo menos en el Capitolio, quizá sí sirva de algo resistir todo lo posible. Quizá así pintaré mi propio cartel. Más adelante localizo el carro del Distrito 1, un cacharro dorado y reluciente, tirado por caballos blancos como la nieve. Los tributos han desmontado y se han hecho a un lado, salvo Panache, que tira de la bridas de los caballos. —¡Vamos! —les grita—. ¡Moveos! Está claro que quiere seguir con el desfile y ser el único tributo que llegue en carro a la mansión del presidente. Una gran entrada para un futuro vencedor. Pero los caballos se resisten, patalean y echan la cabeza atrás. Silka se quita uno de sus elegantes zapatos de aguja y empieza a pinchar con él al caballo exterior en el flanco hasta que le hace sangre. El caballo relincha de dolor y da una coz que altera a sus compañeros. Silka acaba en el suelo y Panache se ve obligado a echarse a un lado para que no lo aplasten. Con los agentes de la paz pisándome los talones y mis brazos a punto de ceder, aprovecho el momento y salto al carro justo cuando la angustia de los caballos por fin consigue que olviden su adiestramiento. La idea de Panache era estupenda, así que se la robo en las narices. Quiero ser el tributo que llegue en carro y quiero a Louella a mi lado para que todos la vean. Cuando los caballos dan un salto hacia delante, me golpeo contra la baranda y dejo que cargue con parte del peso de la chica. Oigo detrás de mí el aullido de rabia de Panache, pero no le hago caso. Los caballos recuperan su ritmo normal y consigo enderezarme. He perdido mi lamentable casco de imitación en el accidente y, sin eso encima, nuestros trajes se convierten en algo neutral, negro y olvidable. Nuestros símbolos son lo que llama la atención: el colorido collar de cuentas de Louella y mi exquisito eslabón. Por primera vez, en esta cuadriga tan impresionante, con nuestros bellos adornos, parecemos tributos importantes, no posibilidades remotas. O, al
menos, somos posibilidades remotas que quizá merezca la pena patrocinar. Es una lástima que uno de nosotros esté muerto. Los caballos se detienen justo debajo del balcón. Levanto la mirada y me quedo paralizado, tan intimidado que apenas logro respirar. El presidente Snow. No en pantalla, sino en persona. La persona más poderosa y, por tanto, más brutal de Panem. Está tranquilo y firme, examinando el desastre de la ceremonia de inauguración. Baja un poco la cabeza, y un rizo rubio plateado y cubierto de laca le cae sobre la frente. Nos miramos a los ojos y una sonrisa le asoma a los labios. Sin ira, sin indignación y sin miedo alguno. No lo he impresionado con mi actuación. El insensato chico de la montaña con la niña muerta en brazos parece algo ridículo, ligeramente entretenido, nada más. Recupero las fuerzas y pienso: «Estás subido a un pedestal, amigo. Pero algún día alguien te bajará de un empujón y caerás directamente a tu tumba». Desmonto del carro y dejo en el suelo a Louella; después doy un paso atrás para que Snow no pueda fingir que no ve su cuerpo roto de pajarito. Después lo señalo y aplaudo para darle al César lo que es del César. «Dale tu viejo toque a esto, Plutarch», pienso. De repente, al presidente le cambia la cara. Mira hacia la pantalla de mi derecha, en la que se me ve de cintura para arriba, aplaudiendo. Mueve los dedos hacia la característica rosa blanca que siempre lleva en la solapa, la endereza y mira de nuevo abajo. Entorna sus ojos azules, pero no está concentrado en mi cara. ¿Está mirando el eslabón? Alguien me agarra por detrás y me aparta a rastras. Los sanitarios caen sobre Louella, aunque sé que no hay forma de traerla de vuelta. Odio dejarla atrás, pero, si no la suelto, ¿qué voy a hacer con ella? ¿Su familia habrá visto su despedida? ¿Y la mía? Seguramente no habrán retransmitido esto para el Distrito 12. Cortarían la emisión cuando nuestros caballos salieron corriendo. Me resisto un poco, pero después me da la sensación de que me esfuerzo demasiado. Me dejo caer y obligo a los agentes de la paz a arrastrarme por la larga carretera de vuelta al establo, hasta que se dan cuenta de mi estratagema, me esposan y me obligan a caminar. Entonces es
cuando me fijo en la gente, que sigue en las gradas, y oigo las voces que gritan: —¡Eh! ¿De dónde eres? —¡Aquí, chico! ¿Cómo te llamas? —12, ¿verdad? ¿Eres del 12, chico? Eso me llama la atención. ¿Conmigo? ¿Hablan conmigo? Vuelvo la cabeza de un lado a otro. —¡Habla, chico! ¡No podemos patrocinarte si no sabemos quién eres! ¿Estas personas quieren patrocinarme? ¿Enviarme comida y provisiones a la arena? ¿Y después apostar por mí como si fuera un perro hambriento en una pelea? Puede que deba sentirme agradecido o, al menos, ser listo, pero me resulta imposible con las manos manchadas de la sangre de Louella. Preparo un lapo y se lo escupo directamente a un hombre a la cara, que está hinchada y tintinea porque se ha injertado espejos en ella. Le aterriza en la mejilla y la multitud se parte de risa. —¡Di que sí! —¡Me gusta tu estilo! —¿Haymitch o Wyatt? ¿Cuál eres? Lo último lo pregunta una mujer que lleva un nido de pájaros en la cabeza. Agita un programa de los Juegos del Hambre en cuya cubierta se ve un número cincuenta dorado y brillante contra el fondo de la bandera de Panem. Estoy preparando otro escupitajo cuando uno de mis guardias me advierte que pare. Escupo de todos modos. Me pega un codazo fuerte en el costado y la multitud vitorea, aunque no sé bien a quién. Hartos, los agentes me tiran dentro del carro en el que están los tributos del Distrito 4, y así tengo la oportunidad de ir hasta el establo agarrándome al tridente falso de otro tío para no volver a caerme. A él no le parece demasiado bien y, en cuanto llegamos a nuestro destino, me estrella el mango contra el plexo solar y vuelvo a estar en el suelo. —Muy buena, Urchin —se ríe una chica del Distrito 4 antes de despedirse agitando su cola de pez. No encuentro ninguna buena razón para levantarme, así que me limito a quedarme tirado, sin importarme si me pisotean o no. Se me ha grabado dentro de los párpados la imagen del cuerpo sin vida de Louella bajo el balcón de Snow. Es como si nunca fuera a ver otra cosa.
Todo se calma a medida que el lugar empieza a vaciarse. De todos modos, nadie tiene prisa por mover al tributo rebelde del Distrito 12. Al cabo de un rato, aparece Maysilee sobre mí, con su fuente de rizos colgándole de un lado de la cabeza. —Bueno, señor Abernathy, esta noche ha tenido la última palabra. —Ah, ¿sí? ¿Y qué he dicho exactamente, señorita Donner? —No os metáis con el Distrito 12. Consigo sonreír con la mitad de la boca. —¿Crees que les he dado un buen susto? —No. Pero, al menos, ahora saben que estamos aquí. —Me ayuda a levantarme—. Prefiero que me desprecien a que me ignoren. Wyatt se nos acerca. —Buen trabajo con la multitud. Seguro que consigues unos cuantos patrocinadores. Nuestras probabilidades han mejorado un poco con el accidente. Todos los del Distrito 6 están heridos. Los del 10 también están regular. Me resisto al impulso de pegarle. —Y Louella está muerta —replico. —Sí, pero era poco probable que Louella nos matara a alguno de los tres. Y, al ser una cría menuda de trece años del Distrito 12, apenas se la tenía en cuenta en la clasificación, de todos modos. Lo miro, asombrado por su frialdad. —¿Qué cálculos estará haciendo tu padre sobre tus probabilidades de ganar, Wyatt? Veo que se avergüenza un poco, pero se limita a decir: —De cuarenta a uno, más o menos. —Entonces, si vences y yo he apostado un dólar por ti, ¿me darían cuarenta? —Cuarenta menos la comisión de los corredores. —Supongo que eres una posibilidad remota para que tu padre te venda tan barato. —Nunca he fingido lo contrario. Wyatt da media vuelta y se dirige a nuestra furgoneta, una de las pocas que quedan en los establos.
—Tío, eso ha sido cruel, incluso para mí —me dice Maysilee—. A los padres no se los elige. —Podría darle la espalda a su negocio. —Qué va —responde ella—. Yo iba a pasarme el resto de mi vida detrás del mostrador de los caramelos, por mucho que lo odiara. Y seguro que tú habrías ido en mono de minero hasta que te murieras. Ninguno de nosotros podía elegir nada. Sigue a Wyatt hasta la furgoneta y me deja meditando sobre la idea de que quizá haya sido más cruel que Maysilee. No es algo de lo que sentirse orgulloso. Sin embargo, tampoco lo es calcular cómo influye la muerte de Louella en nuestras posibilidades. Su cadáver todavía no está frío, y él ya la ha reducido a un número. Y no era un número, era la niña que conocí el día que nació, cuando el señor McCoy, con el rostro iluminado por la alegría, la sostuvo frente a la ventana para que todos los niños la viéramos desde fuera. Una pena horrible y oscura se apodera de mí y amenaza con ahogarme, pero la empujo hacia dentro. Me trago la tristeza, la sujeto con una tapa y la represo. No permitiré que mis lágrimas les sirvan de entretenimiento. El esfuerzo me deja mareado, así que me siento con la espalda contra un pilar y observo a los pájaros que aletean alrededor de las vigas. Los caballos desaparecen en el interior del establo. Los tributos rezagados salen de la avenida y se unen a los otros de su distrito. Unos agentes de la paz se pasean por ahí esposando a los recién llegados. Me echan un vistazo, pero me dejan en paz. Al final doy con una pizarra electrónica en la que sale la lista de tributos. Al parecer, no nos merecemos tener apellidos. SEGUNDO VASALLAJE DE LOS VEINTICINCO DISTRITO 1 Chico Panache Chica Silka Chico Loupe Chica Carat DISTRITO 2 Chico Alpheus Chica Camilla
Chico Janus Chica Nona DISTRITO 3 Chico Ampert Chica Dio Chico Lect Chica Coil DISTRITO 4 Chico Urchin Chica Barba Chico Angler Chica Maritte DISTRITO 5 Chico Hychel Chica Anion Chico Fisser Chica Potena DISTRITO 6 Chico Miles Chica Wellie Chico Atread Chica Velo DISTRITO 7 Chico Bircher Chica Autumn Chico Heartwood Chica Ringina DISTRITO 8 Chico Wefton Chica Notion Chico Ripman Chica Alawna DISTRITO 9 Chico Ryan Chica Kerna Chico Clayton Chica Midge
DISTRITO 10 Chico Buck Chica Lannie Chico Stamp Chica Peeler DISTRITO 11 Chico Hull Chica Chicory Chico Tile Chica Blossom DISTRITO 12 Chico Wyatt Chica Maysilee Chico Haymitch Chica Louella Cuarenta y ocho críos. Menos una. Nunca recordaré todos sus nombres. Dudo que ellos recuerden el mío. Somos demasiados. Un chico con mono de color azul eléctrico, más o menos del tamaño de Sid, se me acerca haciendo tintinear un poco las esposas. Otro cordero para el matadero. —Hola, soy Ampert. Del Distrito 3. Miro detrás de él, pero no lo acompaña nadie. Es probable que sea una posibilidad aún más remota que yo. No tengo ni idea de qué quiere, aunque a mí me gustaría que alguien fuera agradable con mi hermano en estas circunstancias, así que le digo: —Hola, Ampert. Soy Haymitch. ¿Cuántos años tienes? —Doce. ¿Y tú? —Cumplí dieciséis ayer. —Eso sí que es un asco. —Se acuclilla a mi lado y juguetea con sus esposas—. Podría abrirlas en un segundo si tuviera una horquilla. —O una llave —respondo, sonriendo con su fanfarronada. —Suenas como mi padre. Se reirá cuando se lo cuente. Podría comentar que Ampert no volverá a ver a su padre, pero ya he excedido mi cuota de crueldad de hoy. Es más considerado seguirle la corriente. Me quito un imperdible del mono y se lo ofrezco.
—Prueba con esto, amigo. Se le ilumina la cara como si acabara de regalarle un juguete nuevo. Abre el imperdible y empieza a agitar la punta dentro de uno de los cierres de las esposas. —Esto no nos lo enseñan en el colegio. Se centran en la tecnología que usamos en las fábricas. Pero me enseñó mi madre. Ella es la mecánica. Sé muchas cosas que deberían ser útiles en la arena. Si quieres ser mi aliado. Así que es eso. Los tributos de su distrito lo han rechazado y está buscando a alguien más lamentable que él. Un minero del carbón del Distrito 12 parece un candidato adecuado. —Tenía una aliada y ya está muerta —respondo. —Lo siento. Creía que solo se había quedado inconsciente. Louella McCoy, ¿verdad? Obligaste a Snow a responsabilizarse de su muerte, ¿verdad? Bueno, hay que reconocerle que no se le escapa una. —Verás, Ampert, no sé si merezco la pena como aliado. Creo que podrías conseguir a alguien mejor. ¿Por qué no vuelves y les pides a los tributos de tu distrito que se unan a ti? —Ah, ya lo han hecho. Pero estoy intentando montar una alianza para enfrentarnos a los profesionales. Tengo a todos los del 7 y el 8, y el 11 se lo está pensando. —Con un último giro, la esposa izquierda se le cae de la muñeca. Levanta el imperdible, triunfal—. ¡Te lo dije! —¡Toma! —exclamo—. ¿Cómo lo has hecho? —Te lo enseñaría si tuviéramos más tiempo. —Ampert se recoloca la esposa antes de que alguien se dé cuenta y se guarda el imperdible—. Si cambias de idea, estaré por aquí. Sale corriendo y veo que vuelve a informar al resto de los tributos del Distrito 3, que alargan el cuello para echarme un vistazo. No sé para qué me necesita ese chico. No será por mi cerebro. Puede que, como Hattie, crea que soy una buena mula. Pero mis días de aliado empezaron y terminaron con Louella. Cuando solo quedo yo fuera, una agente de la paz me ordena que suba a la furgoneta. Nos encadena a Maysilee, a Wyatt y a mí, después mira a su alrededor y frunce el ceño.
—¿Dónde están vuestra acompañante y vuestros estilistas? ¿Vuestros mentores? No respondemos. No lo sabemos, ¿por qué íbamos a saberlo? Entonces interviene otra agente. —Drusilla salió pitando después del accidente. Magno Stift no se ha presentado. —Consulta su portapapeles—. Y en la lista no veo ningún mentor para el 12. —¿Qué se supone que tenemos que hacer con ellos? —pregunta la primera—. Mi turno acaba dentro de diez minutos. Mi pelotón ha montado una fiesta para después y soy la única que sabe hacer un buen ponche de ron. —No podemos dejarlos aquí. Supongo que tendremos que llevarlos a sus habitaciones. Que ellos se las ingenien. Se cierra la puerta y el motor cobra vida. En la oscuridad absoluta de la furgoneta, apoyo la cabeza en la pared. No puedo seguir reprimiendo las desgracias de los últimos días: el dolor que me palpita en la cabeza por el golpe de fusil en la cosecha; el terror de la descarga eléctrica; el corazón roto tras despedirme de mis seres queridos; la ducha tóxica; el humillante desfile ante Panem; el accidente del carro; y, lo peor de todo, el horror de verme empapado en la sangre de Louella. Me duele todo, por dentro y por fuera. Nos descargan en una calle bordeada de edificios de pisos pintados como si fueran caramelos de colores. La agente de la paz disgustada nos dirige a un edificio vigilado por guardias armados, y entramos en un vestíbulo con paneles de madera falsa en las paredes y después en un ascensor que huele a calcetines viejos y perfume barato. Gira una llave en la ranura que pone doce y nos quita las esposas mientras subimos. —Nos han informado de que vuestros mentores os esperan arriba. Nos han dicho que nada de esposas, pero que sepáis que hay agentes de la paz pendientes de cualquier aviso y cámaras por todas partes. Señala con la cabeza la de la esquina del ascensor. No han intentado disimularla. Quieren que sepamos que están observando. O que creamos que están observando, aunque no haya nadie al otro lado. —Si no hay agentes de la paz, no hay paz —mascullo.
—Exactamente —responde ella, asintiendo con un gesto brusco de cabeza. Cuando se abre la puerta, nos empuja hasta un vestíbulo. Hay un cuadro de un caniche blanco con esmoquin colgado sobre una mesita con un cuenco de naranjas de cera. —¡Son todo vuestros! —grita la agente, y las puertas del ascensor se cierran. Nos quedamos donde estamos, abandonados, bajo la mirada crítica del caniche, a la espera de la siguiente ronda de abusos. En el silencio, me percato de un aroma familiar. Es la sopa de alubias con jamón que prepara mi madre cuando alguien muere. No puede serlo, por supuesto. Aun así, con la pérdida de Louella tan reciente, algo se me rompe dentro. Se me llenan los ojos con las lágrimas que llevo acumulando desde la cosecha. Eso me enfurece, así que parpadeo con ganas para reprimirlas. Oímos unos pasos suaves que se acercan hasta que aparece una mujer joven y bajita. La reconozco de inmediato: es la chica de pelo negro del Distrito 3 que ganó los Juegos del año pasado. —Hola, soy Wiress y voy a ser vuestra mentora. Era una arena llena de superficies brillantes. Lagos que reflejaban el cielo, nubes que le devolvían el favor y, por todas partes, cantos rodados, cuevas y barrancos cubiertos de espejos. Cuando soltaron a los tributos en la arena, no eran capaces de orientarse. Allá donde miraran, otros tributos vestidos con túnicas relucientes les devolvían la mirada. Mientras lo veíamos, en casa, Sid me susurró: «No puedo ni mirar. Me pongo bizco». Si te desorientabas mirando desde fuera, desde dentro era incomprensible del todo. Había un botín de suministros en una enorme Cornucopia plateada, pero incluso llegar hasta ella era peligroso. Un tributo intentaba agarrar un arma y solo encontraba un puñado de aire; saltaba a un claro y se daba contra una pared; o esquivaba a un atacante para acabar ensartándose en su espada. La mayoría de los tributos enloquecieron, pero no Wiress. Ella lo observó todo; después se alejó con muchísimo cuidado de la Cornucopia y consiguió encontrar mochilas de suministros donde no parecía haberlas. Al final se produjo un baño de sangre bastante torpe, pero ella ya se había
marchado de allí y estaba explorando la arena centímetro a centímetro, hasta que se acomodó en una roca que sobresalía sobre un lago, a plena vista de sus competidores. Salvo que… no podían verla. Había encontrado un punto ciego y, aunque llegaban a pocos metros de ella, hechos una furia, no la detectaban. Se quedó allí sentada, más silenciosa que un ratón, comiendo y bebiendo del lago, y durmiendo hecha un ovillo. Lo más gracioso, si es que algo puede considerarse gracioso en los Juegos del Hambre, fue ver a los Vigilantes intentar enviarle regalos de los patrocinadores, sin conseguirlo. Aquel punto era ciego también para ellos. Y, mientras bromeaban al respecto, se notaba que les daba vergüenza que una chica del Distrito 3 comprendiera su arena mejor que ellos. Cuando finalmente se despejó el campo, solo quedaron Wiress y un chico del Distrito 6. Wiress por fin se levantó y se dejó ver, y el chico saltó hacia donde creía que estaba ella, se golpeó la cabeza y se ahogó en el lago. El aerodeslizador que recogía a los vencedores estuvo una hora, más o menos, intentando localizarla, y no lo hizo hasta que ella regresó a la Cornucopia para que la recogieran. Más tarde, cuando le preguntaron cómo había dado con su estrategia, ella contestó: «Seguí los rayos de luz». No pudo o no quiso decir más. De no haber sido una chica tan desconcertante, la habría vitoreado por ser más lista que los Vigilantes de los Juegos. Así que, por supuesto, nos la han dado a nosotros. Siempre nos tocan los restos. Disfraces asquerosos, caballos viejos y, ahora, ella. Intento asimilarlo, pero me cabrea mucho. No quiero de mentora a Wiress. No es más que otra persona rara a la que enfrentarme cuando ya no puedo más. ¿Cómo va a ayudarme una chica que sigue rayos de luz? ¿Cómo va a enseñarme a protegerme una chica que salió de la arena sin un arañazo? ¿Cómo va a ser mentora de nadie una chica que no ha luchado contra nadie ni ha matado a nadie? No puede, punto. Me preparo para decir todo eso cuando aparece una segunda mujer. Tardo un momento en ubicarla. Es mayor, probablemente ronde la edad de Hattie. Entonces recuerdo unos Juegos de cuando era pequeño y a un chico histérico vestido con un traje de conchas marinas que acababa de ser coronado frente a toda la nación de Panem. La histeria había empezado cuando pusieron el resumen de los Juegos, en el que se veían las veintitrés
muertes de sus competidores. Y esta mujer había abrazado al chico y había hecho todo lo posible como su mentora por protegerlo de las cámaras, que devoraban cada uno de sus gestos. Es Mags, vencedora del Distrito 4. Me mira con tristeza, con comprensión, y entonces abre los brazos y dice: —Siento muchísimo lo de Louella, Haymitch. Por un momento, vacilo entre la rabia y la pena. Pero la presa por fin se rompe. Acepto su abrazo, dejo caer la cabeza en su hombro y me echo a llorar.
Fin del capítulo