Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha
Capítulo 5
Primera Parte: El cumpleaños
—No solo es un corredor, también un fisgón —dice Louella. —No soy un corredor —contesta Wyatt—. Soy un analista. Decido las probabilidades para cualquier acontecimiento en el que la gente apueste. Eso es todo. El resto de los miembros de mi familia son corredores; ellos se encargan de recibir las apuestas. —Suena igual de mal. Y, además, eres un fisgón de todos modos. —¿Y dónde querías que nos metiéramos, Louella? —le pregunta Maysilee, lo que da a entender que también oyó nuestra conversación—. Puede que Wyatt y yo tampoco queramos ser vuestros aliados, ¿se te ha ocurrido pensarlo? —Entonces no tenemos ningún problema —responde Louella. Plutarch nos llama para que nos acerquemos a la puerta. —Vale, chicos, vamos a salir de aquí. Aunque el tren no ha sido lo que se dice acogedor, bajar por las escaleras hasta la deslumbrante estación me hace sentir pequeño y vulnerable. Los cuatro nos pegamos más unos a otros, aunque no seamos precisamente amigos. Los agentes de la paz vuelven a esposarnos y espero a que nos encadenen, pero, cuando sacan la cadena, el agente al mando agita una mano y dice: —No te molestes. —Una posibilidad remota —murmura Wyatt. Eso me confirma lo que ya sé: que no tenemos madera de vencedores. Por otro lado, esta podría ser mi oportunidad para escapar. Sin embargo, ¿adónde va un tributo huido a buscar protección en el Capitolio? Pienso en
la niebla gris de mis montañas, a la que Lenore Dove llamaba la amiga de los condenados, y no veo aquí su equivalente. Así que me quedo parado como la posibilidad remota y lamentable que soy, y observo las banderolas que adornan la estación. ¡si no hay paz, no hay prosperidad!, ¡si no hay juegos del hambre, no hay paz! Es la misma campaña que usaron en nuestra plaza, en el Distrito 12, pero con eslóganes adaptados a los residentes del Capitolio. Parece que también tienen que convencer a sus propios ciudadanos. Drusilla taconea escalones abajo con unas botas de plataforma y un mono pegado a la piel adornado con la bandera de Panem. Su sombrero es una columna de pelaje rojo que mide sesenta centímetros de alto y se le inclina alegremente sobre un ojo. Una mancha de glaseado amarillo le cuelga de la comisura de los labios. A alguien no le ha parecido mal celebrar mi cumpleaños. —¿Estaba buena la tarta? —le pregunta Maysilee, que no ha cedido ni un centímetro. Drusilla la mira, sorprendida, hasta que Plutarch se da un toquecito en la cara. —Tienes una manchita ahí. A falta de espejo, Drusilla se mira en la ventanilla del tren y se limpia el glaseado con la lengua. La mejilla en la que le pegó Maysilee se ve un poco amoratada bajo la gruesa capa de maquillaje. —Estás preciosa —le dice Plutarch. Supongo que Drusilla no es más que otro juguete que debe manejar, salvo que a ella la controla con cumplidos. —De acuerdo, vámonos ya —dice Drusilla antes de alejarse por el andén. En el exterior, disfrutamos de unos treinta segundos de aire fresco antes de que los agentes de la paz nos metan en una de sus furgonetas sin ventanas. He estado muy pocas veces dentro de un automóvil: en el coche que nos llevó ayer a la estación y en un camión en un par de excursiones escolares a las minas. Nunca en uno desde el que no viera lo de fuera. Nunca para llevarme a la muerte. Sin luz ni aire. Como si ya me hubieran enterrado.
Louella se aprieta contra mi hombro y me infunde valor. Presiento que gracias a ella sobreviviré a la pesadilla que serán los próximos días. Cuidar de Louella me dará un motivo para seguir adelante; que ella cuide de mí mantendrá a raya el horror de enfrentarme a la muerte yo solo. Espero que, al menos, abandonemos juntos este mundo. —¿Estás bien, preciosa? —le pregunto. —He estado mejor. —Permaneceremos juntos, ¿vale? —Vale. Cuando se abren las puertas, de nuevo vuelve a abrumarme la luz. La sequedad del aire me hace echar de menos el agua fría del arroyo de montaña al que Hattie me envía a recoger el agua. ¿Qué hará ahora que no estoy? Buscarse otra mula, supongo. Una con más suerte. No veo por ninguna parte ni a Drusilla ni a Plutarch. Los agentes de la paz nos ordenan salir de la furgoneta. Mis viejas botas resultan peculiares sobre los adoquines de mármol blanco de la pasarela, que se expande para dar a una amplia extensión de edificios imposibles llenos de personas que nos señalan y nos miran de lejos. No son adultos, sino chicos de nuestra edad con uniformes a juego. Escolares. Me siento como un animal en exposición, esposado y mudo, bajado a rastras de las colinas para divertirlos. Todos nos encogemos un poco. Maysilee mantiene la cabeza alta, aunque las mejillas le arden de vergüenza. —Sigo pensando que no es buena idea llevarlos a la Academia — murmura uno de los agentes de la paz. —Ese gimnasio lleva casi cuarenta años vacío —dice otro—. Así le damos algún uso. —Deberían tirarlo abajo —dice el primero—. Causa daño a la vista. La furgoneta se retira y deja a la vista el gimnasio, una estructura amenazante y ruinosa con una banderola en la entrada en la que pone en letras doradas centro de tributos. Los agentes de la paz sujetan las puertas de cristal rajadas para que entremos, y entonces nos llega el olor a friegasuelos y moho. Somos los últimos tributos en aparecer. Nuestros competidores están sentados alrededor de la sala, en grupos de cuatro dentro de unos puestos
marcados con el número de su distrito. Los agentes de la paz nos conducen al cartel con el doce, en la otra punta del gimnasio, entre abucheos y burlas. Los profesionales de este año son un puñado de bocazas. Cada puesto consiste en cuatro mesas acolchadas separadas por unas cortinas birriosas. Las mesas las flanquean parejas de ayudantes vestidos de blanco con cinturones de herramientas llenos de utensilios para acicalarnos: tijeras, cuchillas y demás. Los agentes de la paz envían a los tributos varones a un vestuario y a las chicas a otro. No me gusta abandonar a Louella, pero no hay elección. Puede que Maysilee la proteja en caso necesario. Tiene pinta de peligrosa, con los verdugones y el ceño fruncido. Como alguien que te devolvería el golpe, cosa que ya ha hecho. En la puerta de los vestuarios ponen en fila a los chicos ordenados por número de distrito, así que Wyatt y yo no tenemos que cubrirnos las espaldas, solo vigilar a los tributos musculosos del Distrito 11 que nos preceden. Pero son una pareja taciturna y poco interesada en lo que los rodea. Dentro nos ordenan desnudarnos, lo que resulta fácil de cintura para abajo pero imposible por encima del cinturón por culpa de las esposas. Los agentes de la paz se acercan y nos cortan las camisas con unos cuchillos. Si alguien se queja, se ríen y le dicen que, de todos modos, la ropa la van a incinerar. Me duele verlos rajar las cuidadosas puntadas de mi madre. La recuerdo colocando con mucho esmero los pañuelos para aprovechar cada pizca de tela. Ahora está hecha jirones, a mis pies. Un agente de la paz le da un toquecito con el cuchillo a mi eslabón. —¿Es tu símbolo? ¿Mi símbolo? Entonces recuerdo que a los tributos se les permite llevar a la arena un objeto de su hogar, siempre que no sea un arma. Mi eslabón podría considerarse una ventaja injusta, pero no pienso ayudar a que me lo quiten. —Sí, es un collar. —Es bonito —reconoce a regañadientes el agente, después de acariciarlo entre los dedos—. Se lo llevarán para evaluarlo. Asiento. Aunque lo examinen, quizá no reconozcan su potencial. Aquí, donde hay mecheros de carburante y cerillas de sobra, nadie necesita
chispas para encender una fogata. Nos meten en una sala abierta enorme con baldosas azules en el suelo y alcachofas de ducha repartidas por las paredes. No soy un puritano (me he bañado en pelotas muchas veces en el lago con Burdock), pero no estoy acostumbrado a estar desnudo delante de otros veintitrés tíos. Al principio me limito a mirar un desagüe del suelo, hasta que me doy cuenta de que es el mejor momento para estudiar a la competencia, así que lo hago. La media docena de profesionales parece dedicar su tiempo libre a posar de modelos para estatuas. Otra docena de nosotros quizá tengamos alguna oportunidad si se nos da bien manejar un hacha. Y la media docena restante da pena, con las costillas marcadas y palillos por huesos. Panache, al que reconozco del tren, se pavonea por ahí empujando a la gente con sus partes íntimas y gruñendo, lo que les hace mucha gracia a los otros profesionales. Comete el error de intentarlo con uno de los tributos del Distrito 11 y acaba con una patada rápida en el estómago. Panache está a punto de vengarse cuando las duchas cobran vida y nos empapan de agua ardiendo. Todos nos movemos para intentar esquivar los chorros. Las cosas se ponen de mal en peor cuando sustituyen el agua por un repugnante espray jabonoso que me da arcadas y me quema los ojos como si fuera pimienta en polvo. Entonces regresa el agua, aunque esta vez luchamos por meternos debajo para quitarnos el jabón de encima. Cuando la cascada se vuelve goteo, todavía me siento cubierto de cieno irritante de pies a cabeza. Una toalla vendría bien, pero lo que hacen es lanzarnos un chorro de aire caliente que aumenta nuestra desgracia y me cuece el cieno en la piel, de modo que pica una barbaridad. Han conseguido arrebatarnos el poco espíritu guerrero que nos quedaba. Ahora no somos más que un puñado de críos que se rascan y se sorben los mocos, con los ojos llorosos y el pelo de punta. De vuelta en el vestuario, nos dan a cada uno un trozo de papel crepé para envolvernos con recato y nos envían otra vez a la zona de nuestro distrito en el gimnasio. Espero que Louella no haya pasado por lo mismo, pero cuando le veo las trenzas de punta, como una veleta rota, sé que también lo ha sufrido. Maysilee habrá sentido un dolor atroz, con todos esos verdugones. Nos
conducen a cada uno a una mesa, nos ordenan que nos sentemos y, esta vez, como a los profesionales, sí que enganchan las cadenas a las esposas. Es lo único que veo de los otros tributos durante un rato, porque los agentes de la paz corren las cortinas blancas de mi cubículo. Una chica con el pelo magenta recogido en pompones esponjosos y un chico con manzanas metálicas clavadas en las mejillas se me acercan, nerviosos. Ninguno de los dos parece mucho mayor que yo. —Hola, Haymitch —dice la chica, sin aliento—. Soy Proserpina, y este es Vitus. Somos tu equipo de preparación y nuestra misión consiste en dejarte guapísimo. —¡Sí! ¡Sí! —exclama Vitus—. ¡Guapísimo pero feroz! —Enseña los dientes y gruñe—. ¡Para asustar a los otros! —¡Y conseguir muchos patrocinadores! —Proserpina baja la voz y susurra—: A nosotros no nos está permitido enviarte nada, claro, porque formamos parte de tu equipo. Pero mi tía abuela ya me ha dicho que te patrocinará. Y no solo para ayudar con mis notas. ¿Sus notas? —¿Sois estudiantes? ¿De este instituto? —No no, somos estudiantes universitarios, no de la Academia. Bueno, no somos de último curso ni nada —dice Vitus—. Esos querían los mejores distritos. —Pero nos caes bien, de verdad. ¡Eres muy mono! —me asegura Proserpina—. Y, de todos modos, todavía tenemos un par de años más por delante. Así que mi equipo consiste en Drusilla, que me odia, un mentor que quiere que gane otro distrito, un par de estudiantes novatos y… —¿Quién es mi estilista? Los dos pierden la sonrisa y se miran entre sí. —Al Distrito 12 le ha vuelto a tocar Magno Stift —reconoce Vitus—. Pero no es tan malo como dicen, ¿eh? Gruño. Magno Stift es el tipo asignado a los tributos del Distrito 12 desde que tengo uso de memoria. Y, sí, es tan malo como dicen. Mientras que los otros estilistas preparan trajes nuevos cada año para el desfile y las entrevistas que preceden a los Juegos, él parece tener un suministro
inagotable de horrorosos monos de minero en una enorme variedad de tallas. —¡Ha prometido un nuevo look deslumbrante para el Vasallaje de los Veinticinco! —me tranquiliza Proserpina. —Lo que está bien, porque nadie va a patrocinarte con esos trajes viejos —dice Vitus. —Y hoy no deberíamos tener ningún accidente porque han prohibido la ropa con reptiles vivos entre bambalinas —añade ella—. No solo la de Magno, sino la de todo el mundo. Aunque la verdad es que él es el único que la viste. —El año pasado se le cayó el cinturón y mordió a Drusilla —susurra Vitus—. Era una tortuga muy enfadada. Y Drusilla se cabreó tanto que le devolvió el mordisco. A Magno, no a la tortuga. Y nosotros lo vimos todo, aunque se supone que no debemos hablar sobre ello, a pesar de que todo el mundo… —Bueno, pues no se va a repetir —interviene Proserpina, lanzándole una mirada reprobadora a Vitus—. ¿Empezamos con el vello corporal? ¿Han desaparecido todos los bichos? Así que eso era el producto químico. Insecticida. Si fuera a seguir vivo el tiempo suficiente como para preocuparme por los efectos a largo plazo, me enfadaría. —¡Espera! —chilla Vitus—. ¡Tenemos que hacer las fotos del antes! Proserpina saca una cámara diminuta y me fotografían de pies a cabeza. —Ha estado cerca. Sin las fotos del antes, seguramente nos habrían puesto un «incompleto». El equipo de preparación me afeita todo el vello corporal visible con maquinillas eléctricas. No tengo mucho vello facial, pero deciden quitármelo también. Me siento como una ardilla desollada y expuesta. Después me cortan las uñas y aceptan mi petición de dejármelas lo bastante largas como para luchar porque, como dice Proserpina, «Puede que necesites tus garras». Me pregunto si mi nariz le parece un morro, mi pelo, pelaje, y mis pies, patas. Vitus me echa un puñado de pringue en el pelo de erizo y lo masajea hasta que ya no corre riesgo de partirse por la mitad. Se le da bastante bien
el pelo, la verdad, y consigue recuperar mis rizos y librarme del picor. Lo convenzo para que me dejen echarme el mismo potingue en el cuerpo y, por fin, dejo de rascarme. Procuro dejarme hacer con las fotos del después, dado que mi equipo de preparación ha respondido bien a mis peticiones y no me vendría mal contar con un par de amigos en el Capitolio. Me recompensan con una nueva sábana de papel y una pastilla de menta con pelusilla que mi orgullo no me impide aceptar. Me quita de la boca el sabor a insecticida y me recuerda días más felices. Después salen corriendo porque la hermana de Proserpina quiere darles un retoque a sus pompones de color magenta por si acaba saliendo por la tele y Vitus prometió a su madre que la ayudaría a decorar la casa para su fiesta de celebración de los Juegos, esta noche. Me siento aliviado cuando se marchan y agradezco la intimidad de la cortina blanca. Todo parece irreal, como un sueño delirante y eterno inducido por la fiebre. La ducha química, mi estrafalario equipo de preparación, mirarme las piernas peladas mientras espero a un hombre que se sujeta los pantalones con un reptil vivo. Toco la cabeza de serpiente que llevo al cuello y recorro las escamas que se transforman en plumas y después el pico puntiagudo del pájaro. Regreso a aquel día nublado, en lo más profundo del bosque, abrazado a Lenore Dove mientras caía la noche sin que a ninguno de los dos nos importara. En una rama cercana se posa un mirlo precioso. —Es un cuervo. El pájaro del poema del que sacaron mi nombre —dice en voz baja—. Es el pájaro cantor más grande que existe. —Es un tipo impresionante —comento. —Una tipa. Y lista como una ardilla, además. ¿Sabías que usan la lógica para resolver problemas? —Ahí me has pillado —reconozco. —Y nadie les ordena lo que tienen que decir. Cuando crezca, quiero ser como ese pájaro. Alguien que dice lo que cree que es correcto, pase lo que pase. Pase lo que pase. Eso es lo que me preocupa. Que diga una imprudencia. O que no solo diga algo peligroso, sino que lo haga. Algo con lo que no se ganará una advertencia del Capitolio, sino unos latigazos. El año que cumplió los doce, cruzó esa línea dos veces.
En primer lugar, la noche antes de que colgaran a Clay Chance en la plaza, alguien trepó por la soga y limó la cuerda. A la mañana siguiente, delante de todo el mundo, la cuerda se partió y Clay cayó al suelo, donde una docena de balas de los agentes de la paz acabaron con él. Como aquella noche había sido muy oscura y llovía, la cámara de seguridad no captó demasiado, pero un vecino había visto a Lenore Dove saliendo de la plaza y la denunció. La llevaron a la cárcel de la base para interrogarla y ella solo les dijo que no había hecho nada malo. Los agentes no sabían qué hacer con ella. Una cosita tan pequeña, con los pies colgándole de la silla y las muñecas demasiado delgaduchas para las esposas. Entonces, la hermana de Clay, Binnie, que llevaba un año viviendo de tiempo prestado por culpa de un problema de corazón, confesó que había sido ella. Tres días después, Binnie murió en su celda y los tíos de Lenore Dove pudieron llevarse a la niña tras prometer que se quedaría en casa por la noche. Después de aquello, Clerk Carmine la ató más corto todavía. Sin embargo, la mañana de los Cuadragésimo Sextos Juegos del Hambre, nuestro primer año en la cosecha, empezó a brotar humo de debajo del escenario temporal cuando nos reunimos en la plaza. Los agentes de la paz sacaron un fardo de tela humeante que resultó ser la bandera de Panem. Quemar la bandera son diez años de cárcel, o puede que más si se retransmite para toda la nación, pero se borró todo rastro de aquello antes de que las cámaras empezaran a grabar. Habían montado el escenario la noche antes y a los agentes no se les había ocurrido instalar cámaras de seguridad debajo, donde alguien había movido la rejilla que daba a las tuberías de suministro. Al parecer, una vela encendida horas antes había ardido hasta prender la bandera impregnada de queroseno. Podría haber sido cualquiera. Sin pruebas ni testigos, reunieron a los que tenían un historial de comportamiento sospechoso, y detuvieron de nuevo a Lenore Dove. Ella les dijo que había estado en casa escribiendo su testamento por si anunciaban su nombre en la cosecha. Después les leyó el documento, siete páginas en las que legaba la mayoría de sus posesiones a sus gansos. Puede que exagerara un poquito con la preparación. Puede que los agentes de la paz captaran que les tomaba el pelo. La dejaron ir otra vez, pero con la estricta advertencia de que la tenían vigilada.
Fue ella, claro. Las dos veces. Estoy convencido, aunque ella nunca me lo haya reconocido; ni a sus tíos. Dice que todas las chicas de la Bandada son un misterio, que forma parte de su encanto. Cuando la presiono, se ríe y dice que, si fuera cierto, esa información podría ponerme en peligro, y si fuera falso, ¿qué más da? «Tampoco es que sirviera de mucho, ¿no? Clay está muerto y la cosecha sigue vivita y coleando». Desde aquel año, su comportamiento ha sido ejemplar. El último Año Nuevo, incluso, la Bandada tocó en la fiesta del comandante de la base, aunque a Lenore Dove no le entusiasmaba la idea. Clerk Carmine dijo que un trabajo era un trabajo, y la música puede servir de puente entre las personas para comprenderse mejor, porque todo el mundo adora las buenas melodías. Lenore Dove respondió que la mayoría también adora respirar, lo que no nos ha servido de mucho. Algunos amores no importan. Esa clase de comentarios son los que me hacen pensar que esa parte suya sigue ahí, a la espera, hasta que vuelva a liarla. No sé bien lo que hubiera hecho ayer de haberse intercambiado los papeles. Habría querido seguir a Lenore Dove, puede que colándome de polizón en el tren, y ayudarla a escapar o morir en el intento. O, al menos, habría quemado la base de los agentes de la paz para que ardiera hasta los cimientos. Sin embargo, en realidad, pensar en cómo sobrevivirían Sid y mi madre sin mí me habría hecho frenar cualquier plan que se me hubiera ocurrido. Probablemente me hubiera vuelto loco en silencio. Para ella es distinto. Nadie depende de Lenore Dove para subsistir. Es libre como el viento. Al cabo de una hora o así, los agentes de la paz me dejan dos sándwiches de mantequilla de frutos secos y mi primer plátano. Aunque no lo llamaría fruta (tiene demasiada fécula y nada de zumo), está bastante bueno. Lo bajo con una botella de agua a la que le han metido burbujas, que es la cosa más inútil que se le puede meter al agua porque acabas eructándolas de todos modos. Los agentes de la paz corren las cortinas y veo que a todos nos han preparado igual. Algunos de los profesionales tenían barba cerrada, pero ahora, afeitados, parecen más jóvenes y menos terroríficos. Perder el pelo del pecho también ayuda.
Juvenia aparece con una mujer que empuja un perchero lleno de ropa lujosa, y los equipos de preparación del Distrito 1 trotan tras él camino del vestuario de los chicos, donde los engalanarán para el desfile en carro, el plato fuerte de las ceremonias de inauguración. Los agentes de la paz desencadenan a sus tributos y los meten en la habitación. En cuestión de minutos, la misma rutina se repite con el Distrito 2 y el vestuario de las chicas. Media hora después, los tributos del Distrito 1 se pasean por el gimnasio con vestidos de noche y trajes brillantes de color verde, casi como si fueran del Capitolio. Cuando pasan junto a nosotros, Maysilee dice en voz alta: —¡Estás estupenda, Silka! ¡Espero que nos vistan a todos de verde moco! Se oyen risas por todo el gimnasio. Silka, que debe de medir unos veinte centímetros más que Maysilee y pesar cuarenta y cinco kilos más que ella, hace ademán de echársele encima, pero un agente le golpea rápidamente las costillas con una porra. La chica mira a Maysilee y se pasa un dedo por el cuello. Maysilee hace un mohín. —Mujer, para ser bella hay que parecerlo. ¿Y si sonríes un poco? Louella me mira con cara de guasa desde su mesa. —No han congeniado en el vestuario. —Yo tampoco soy muy fan del Distrito 1 —reconozco mientras los veo dirigirse a su furgoneta y el Distrito 2 se pavonea vestido de cuero morado y tachuelas. —¿Adónde van todos? —oigo preguntar a alguien. —A su sesión fotográfica —responde un agente de la paz—. Después, a los carros. A continuación aparecen los equipos del 3 y del 4, y sé que seremos los últimos. La sala se vacía poco a poco. Regresa Proserpina, que lleva los pompones recién teñidos, y también Vitus, que está de mal humor porque su madre ha convertido su dormitorio en un bar para la fiesta. El estilista de los tributos del Distrito 11 se los lleva justo cuando Drusilla se acerca taconeando por el suelo del gimnasio con sus botas de plataforma y el sombrero de piel bajo el brazo.
—¿Dónde está ese idiota de Magno? —le pregunta a mi equipo, que se encoge de hombros sin saber qué responder—. ¡Vamos a llegar tarde a una de las fiestas más importantes del año! Para nuestra acompañante no hay nada más importante que las fiestas. Pasan otros diez minutos. —Tengo que mear —digo. Los agentes de la paz nos quitan las esposas y nos llevan al vestuario de las chicas, donde podemos ir al baño. Magno sigue sin aparecer. Me siento en un banco, al lado de Louella. Le han arreglado las trenzas y le han pintado unas cejas muy marcadas. El cabello rubio de Maysilee cae formando una fuente de rizos apretados que le quedan bastante bien y Wyatt tiene exactamente el mismo aspecto que antes de la preparación. —Si no viene, ¿podemos saltarnos la parte del carro? —pregunta Louella—. ¿O salimos envueltos en papel? Nadie parece haber caído en eso. De repente, todo el mundo es presa del pánico, yo incluido. Por mucho que rechace todo esto, no quiero hacer mi gran entrada enrollado en una sábana de papel. Para tener alguna oportunidad, para conseguir patrocinadores, no puedo salir ahí fuera con el trasero al aire. —¿Dónde está el vestido con el que vine? —exige saber Maysilee—. Puedo arreglarlo. —Ya lo han quemado —responde un agente. Como el tiempo se agota, Drusilla ordena a los equipos de preparación que nos presten parte de su ropa. Estoy intentando embutirme en los pantalones cortos de terciopelo azul de Vitus cuando aparece nuestro estilista con una bolsa de plástico al hombro. La piel curtida por el sol de Magno Stift tiene tatuada un diseño de escamas de serpiente. Viste una camisa larga hecha de diamantes metálicos y no parece llevar pantalones. Las sandalias van atadas hasta la pelvis y, de cada una de sus orejas, cuelgan diminutas culebras rayadas vivas que se retuercen, desesperadas. —¡Sabes que eso está prohibido! —exclama Drusilla—. Te voy a denunciar. —Ay, Drusie, si dentro de unas horas van a estar todos muertos —dice Magno, que vacía la bolsa en el suelo; dentro hay media docena de trajes,
los mismos que he visto lucir a los tributos del Distrito 12 desde que tengo uso de razón. Levanta los brazos, burlón—. Vale, ¿listos para matarlos de la impresión? Estamos tan estresados que corremos a ponernos esta ropa usada; imagino que era lo que Magno pretendía desde el principio. Me meto dentro de un apestoso mono negro de minero que se sostiene gracias a imperdibles y me coloco sin rechistar un casco barato de plástico negro. Las botas me aprietan, pero me ato los cordones porque es un alivio tener algo con lo que calzarme. Drusilla es la única que se enfrenta a él. —¿Qué ha pasado con su deslumbrante nuevo look? Con un gesto teatral, Magno enciende la luz del casco de Maysilee. El foco es tan tenue que casi ni se ve. —¡Tachán! Les he cambiado las pilas. —¿Y esto es lo que has traído para el Vasallaje de los Veinticinco? Si no te despiden por fin después de esto, será un milagro —dice Drusilla, satisfecha. Magno se limita a reírse. —A nadie le importa el Distrito 12. Y menos a ti. Encadena a estos mocosos y llévalos a los establos. Mi trabajo aquí ha concluido. Salimos pitando de allí y nos metemos en la furgoneta que nos espera, que también sale a toda velocidad por las calles del Capitolio, tocando la bocina. No basta para ahogar la estridente versión del himno que debe de estar sonando por toda la ciudad. Las ceremonias de inauguración de los Juegos del Hambre han empezado sin nosotros. Cuando termina el himno, frenamos en seco y las puertas de la furgoneta se abren de par en par para dejarnos ver el interior de unos establos cavernosos cuyo techo sujetan unos pilares de hormigón. Los adiestradores están intentando subir a cuarenta y ocho tributos disfrazados a doce carros mientras les ponen los arreos a los caballos que van a tirar de nosotros por las calles. Todo el mundo grita y nadie escucha. Entonces empieza la música del desfile, las puertas de los gigantescos establos se abren y los tributos del Distrito 1 posan para los fotógrafos antes de salir en su cuadriga a la avenida, donde la multitud los recibe con gritos de entusiasmo. Un fotógrafo corre hacia nosotros, nos saca varias fotos y
desaparece. ¿Esa ha sido nuestra sesión? ¿Encadenados dentro de la furgoneta? Drusilla empieza a mangonear a los adiestradores. —¡Montad ya al Distrito 12! Nos desencadenan, nos liberan de las esposas y nos suben a un carro desvencijado tirado por un cuarteto de caballos viejos, grises y asustadizos. Recorro el establo con la mirada y confirmo mis sospechas: todos tienen mejor aspecto que nosotros. Los demás tributos llevan trajes nuevos relacionados con su distrito: disfraces de vaqueros sexis para el Distrito 10, relucientes disfraces de sirena azul mar para el Distrito 4, monos gris iridiscente con coronas en forma de rueda para el Distrito 6. Sus carros también van adornados, algunos para resultar amenazadores, otros elegantes, pero todos llamativos. Sus lustrosos caballos lucen plumas y flores a juego, mientras que los nuestros van sin nada. El carro es demasiado pequeño para los cuatro. Los caballos bailotean, nerviosos, dándole unas sacudidas que nos dificultan el poder subir. Uno de ellos se encabrita y Louella cae hacia atrás. —Tranquila —le digo al sujetarla—. Puedes hacerlo. —Creo que no. Le ceden las rodillas y se deja caer al suelo. —¡De pie, señoritucha! —le grita Drusilla. —Mírame —le digo a la chica mientras la levanto—. Eres mil veces mejor que cualquier persona del Capitolio, en todos los sentidos. Te han querido mejor, te han educado mejor y eres mucho mejor compañía que ellas. Eres la mejor aliada que se pueda tener. ¿De acuerdo, preciosa? Ella asiente y se endereza. —Tú y yo hasta el final. ¿De acuerdo, Hay? —Tú y yo hasta el final —le prometo. —¡Las chicas delante! —ordena Drusilla. Maysilee y Louella se suben a la cuadriga y se agarran a la barandilla delantera. Wyatt y yo las seguimos y nos sujetamos a los laterales. Intentamos mantenernos en pie, dando prioridad a la supervivencia antes que a la presencia. Uno de nuestros caballos corcovea, golpea con un casco el carro y deja escapar un relincho agudo. Se supone que debemos avanzar,
pero bastante tienen con conseguir que no volquemos. El carro del Distrito 11 desaparece por la puerta antes de que por fin nos suelten. Llegamos tarde, pero ¿qué podemos hacer? Se supone que los caballos están entrenados para cubrir la ruta del desfile a un ritmo elegante sin ninguna guía. Los nuestros salen disparados al aire nocturno sin detenerse para nuestra segunda sesión fotográfica. Durante los primeros cien metros, más o menos, los rocines se recuperan y trotan al ritmo de la música. Levanto la mirada hacia una de las pantallas gigantes instaladas por encima de las gradas de la avenida y me veo en mi desastroso disfraz, encorvado sobre la baranda. «Una posibilidad remota», pienso, y me obligo a enderezarme. La multitud parece borracha, aullando y vociferando, con la cara roja y sudorosa. La gente nos lanza botellas y basura. Algunos potan por encima de las barricadas que delinean la ruta del desfile. A pesar de todas sus galas, el público huele como la panda del Quemador una noche mala de sábado: una mezcla de sudoración, licor puro y vómito. Un tío intenta pinchar a Maysilee con su bastón, acaba de boca contra el suelo y pierde una paleta. Una mujer casi desnuda me hace gestos obscenos. Cuesta ignorar a la turba, pero el Distrito 12 aguanta como puede hasta que alguien lanza un petardo que sale volando en espiral delante de nuestro carro y estalla en una nube azul. Nuestros caballos pierden el control, se tiran hacia un lado e intentan mantenerse en vertical. Caigo de rodillas, aunque consigo agarrarme a la baranda mientras nuestros caballos echan a correr. La multitud se vuelve loca al ver que esquivamos el carro del Distrito 11 y nos libramos por muy poco de chocar con el Distrito 10, cuyos caballos también se descontrolan. Quiero proteger a Louella, pero no puedo más que sujetarme yo mientras recorremos con estrépito la avenida. Todo se vuelve borroso: el público, el suelo y los demás carros que intentan apartarse de nuestro camino. Suena una sirena y vislumbro unas luces rojas que dan vueltas, lo que solo sirve para empeorar la histeria de nuestros caballos. Recuerdo que el desfile termina en el camino circular que lleva a la mansión del presidente Snow, así que sé que esto no va a durar para siempre, pero ¿cómo vamos a parar?
Al bajar la vista, veo cada vez más cerca las ruedas con pinchos del carro del Distrito 6 y obtengo mi respuesta. Saltan las chispas, noto como los ejes se hacen pedazos y me abalanzo sobre Louella con la esperanza de protegerla. Ella se mueve hacia mí justo cuando las ruedas se sueltan y salimos catapultados por los aires. Y, de repente, estoy tirado en el suelo, con la mano en un charco de sangre, mientras las luces del Capitolio centellean sobre mí como luciérnagas. «Esto es mejor —me digo—. Mejor que morir en la arena. Mejor que las comadrejas, el hambre y las espadas». Estoy aceptando con agrado mi destino hasta que me doy cuenta de que la sangre no es mía. Ese destino no es mío. Y el tributo que ha escapado de la arena es Louella.
Fin del capítulo