Amanecer en la cosecha

Capítulo 4

Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha

Capítulo 4

Primera Parte: El cumpleaños

En mi casa no comemos tarta de cumpleaños. No parece lo más adecuado para el día de la cosecha, y mi madre piensa que es injusto que Sid y ella tengan tarta si yo no la tengo. Así que prepara algo rico para desayunar, como el pan de maíz y la salsa, y se guarda todas sus ganas de preparar tarta para el día de Año Nuevo. Empieza a reservar ingredientes con meses de antelación: las manzanas secas, el jarabe de sorgo, la harina blanca. Las especias (jengibre, canela y lo que sea) son tan caras que las compra en la botica de los March, dentro de papelitos. Un par de días antes de Año Nuevo, prepara el relleno de manzana y las seis capas de bizcocho, y los alterna (bizcocho, relleno, bizcocho, relleno) hasta que se forma una pila enorme y preciosa. Lo envuelve todo en una toalla para que repose, y así el dulce relleno de manzana empapa el bizcocho. Entonces, el día de Año Nuevo, a la hora de la cena, sirve a todo el mundo un gran vaso de leche cuajada y comemos tarta hasta reventar. Así que la tarta que tengo ante mí, con sus elegantes flores glaseadas, no debería existir. Las velas huelen a Capitolio. Y la canción que Tibby empieza a cantar para que los agentes de la paz lo acompañen, aunque habitual en el Distrito 12, jamás se canta en mi casa porque sería tan poco apropiada como una tarta de cumpleaños. ¡Feliz cumpleaños para una persona muy especial! ¡Y que cumplas muchos más!

¡Una vez al año, celebramos tu cumpleaños, Hay-ay-ay-mitch! ¡Y que cumplas muchos más! Que el cámara del equipo de Plutarch cuele su lente por encima del hombro de Tibby para grabar mi reacción es la guinda del fiasco del pastel. Está claro que Plutarch quiere captar mi alegría para después retransmitirla a todo Panem. «Mirad qué bien trata el Capitolio a los tributos y qué compasivos son con su enemigo. Está claro que son superiores a esos cerditos apestosos». Ya he visto más de una vez vídeos similares en los que tratan a los tributos como a mascotas mimadas. Los acicalan, los alimentan y los halagan, y ellos lo aceptan con entusiasmo. Le hacen el juego a la propaganda del Capitolio. Puede que así consigan más patrocinadores, pero, si ganan, al volver a casa no los van a recibir con desfiles. «No dejes que te usen, Sarshee. No les dejes pintar sus carteles con tu sangre, siempre que puedas evitarlo». Eso es. Eso es lo que mi padre le dijo a Sarshee en el Edificio de Justicia. Eso es lo que mi madre quería que recordara. A pesar de que (o quizá sobre todo por eso) acababa de dejar que Plutarch los usara como marionetas a Sid y a ella. Donde mi madre ha fracasado, quiere que yo sea fuerte. Plutarch puso a mi familia entre la espada y la pared cuando estábamos desesperados por abrazarnos por última vez, pero ahora no tiene nada que yo desee. Me levanto mientras sopeso mis opciones. Podría tirar la tarta al suelo y escupir en ella, o aplastarla contra la estúpida cara de Tibby. Sin embargo, lo que hago es ponerme en plan Maysilee Donner, darle la espalda y acercarme a la ventanilla para mirar por ella. En el reflejo, veo que Tibby se desinfla. —Está rellena de piña —comenta. Niego un poco con la cabeza. —Un error de cálculo por mi parte —dice Plutarch—. Llévatela, Tibby. Lo siento, Haymitch. ¿Una disculpa? ¿De un tipo del Capitolio? Entonces entiendo lo que es: otra de sus formas de manipularme fingiendo que soy un ser humano, merecedor de una disculpa. Hago como si no lo oyera.

Pero me hace sentir fatal. Esa tarta. Lo que me faltaba ya era un enorme recordatorio del Capitolio de que este será mi último cumpleaños. Lo mismo puede decirse de los demás. Y, aunque no seamos todos aliados, agradezco que nadie grite: «¡Eh, no os la llevéis, que yo quiero un trozo!». Después de que tanto mi tarta como los cantantes del Capitolio se hayan retirado, Plutarch sigue hablando. —De vuelta a lo nuestro. Además de los mentores, al Distrito 12 se le asignará su propio estilista. —Y menos mal —resopla Drusilla, que examina el vestido a cuadros de Louella—. En serio, ¿de dónde sacan esas cosas? —Lo hizo mi madre —responde Louella sin perder la calma—. ¿De dónde has sacado el tuyo? Louella se defiende bien, pero Maysilee apostilla el insulto. —Me estaba preguntando lo mismo. Es como si alguien hubiera apareado a un agente de la paz con un canario y… magia, ahí estás tú. —¿Qué? —exclama Drusilla, que se levanta de la silla, aunque se tambalea un poco antes de recuperar el equilibrio sobre sus tacones con pinchos. —Cuidado —dice Maysilee, dulce como la miel mientras ataca a la yugular—. Quizá sea el momento de pensarse mejor lo de esas botas. Para alguien de tu edad, sería más seguro no alejarse tanto del suelo. Drusilla se abalanza sobre Maysilee y le da una bofetada, pero la chica, sin perder un solo segundo, se la devuelve. Una guantada de las buenas. Drusilla pierde pie en sus botas de tacón y cae en la silla que acabo de dejar libre. Todo el mundo se queda paralizado y me pregunto si nos ejecutarán en el acto. —Ni se te ocurra volver a tocarme —advierte Maysilee, cuyo rostro ha empalidecido, salvo por la huella de la mano de Drusilla. Hay que reconocérselo: nadie va a usar una grabación de esta chica para hacer propaganda. —¿Por qué no nos tomamos todos un momento para respirar hondo? —propone Plutarch—. Ha sido un día difícil. Todo el mundo tiene los nervios de punta y… Drusilla se levanta de un salto, se desengancha la fusta de la bota y empieza a pegar con ella a Maysilee, que grita y levanta los brazos para

protegerse la cabeza. Pero la otra no deja de golpearla y la tira al suelo. —¡Drusilla! ¡Para! ¡Drusilla, mañana tenemos que ponerla delante de las cámaras! —le advierte Plutarch, que tiene que llamar a dos agentes de la paz del pasillo para que la aparten de Maysilee. —Criatura asquerosa y desagradable —jadea Drusilla—. Te destruiré antes de que llegues a la arena. En los brazos y el cuello de la chica ya han empezado a salir los verdugones, aunque no les hace caso. Dudo que le hayan pegado antes, y menos azotado. A mí tampoco. Mi madre me daba coscorrones en la cabeza, pero más para que le prestara atención que para hacerme daño. Maysilee se levanta poco a poco del suelo, usando la pared para apoyarse, antes de responder: —¿De verdad? ¿Cómo? No eres una Vigilante de los Juegos. Ni siquiera eres una estilista. No eres más que una acompañante de baratillo que se aferra como puede al distrito más cochambroso de todo Panem. Eso mete el dedo en la llaga. A Drusilla se le nota un instante de miedo antes de recuperarse. —Y tú vas de camino a una muerte sangrienta y dolorosa. Maysilee deja escapar una carcajada amarga. —Cierto. Sí. Entonces ¿por qué va a importarme lo que me digas? A no ser que gane, por supuesto. Pero, incluso así, ¿quién crees que sería más popular? ¿La vencedora del Vasallaje de los Veinticinco… o tú? A Drusilla le cambia la cara y esboza una sonrisa maliciosa. —Espero que ganes. No tienes ni idea de lo que te espera después. No sabes nada. Se aleja cojeando hacia la puerta. —Sé que mi abuela tenía una chaqueta como la tuya, pero no la dejábamos ponérsela fuera de casa —responde Maysilee. Drusilla se tensa, aunque intenta salir con dignidad. Tras una larga pausa, Plutarch dice: —Entiendo que Drusilla os parezca ridícula, pero tenéis que ser listos. No contáis con un mentor de vuestro distrito. El trabajo de vuestro estilista empieza y acaba con vuestra aparición. Aunque no sea justo, puede que Drusilla sea la mejor baza con la que contéis en el Capitolio. Pensad en eso antes de quemar por completo ese puente.

Se marcha y cierra la puerta en silencio al salir. —¿Estás bien? —le pregunto a Maysilee. —Mejor que nunca —responde, pero se toca con cuidado los verdugones y se le saltan las lágrimas. No puedo evitar sentir lástima por ella, aunque también me ha impresionado cómo se ha enfrentado a Drusilla. Por muy rica que sea, no está intentando hacerle la pelota a los del Capitolio. Todos por igual estamos por debajo de ella. —Ahí estaba yo, intentando hacerme el digno con la tarta, y vas tú y te revuelves como una gata salvaje. Maysilee esboza una sonrisita. —Bueno, la moda es muy importante para mí. —No me cabe duda —comenta Louella. —Ya era hora de que alguien le dijera a la señorita Conjuntitos que está horrorosa —dice Maysilee—. Pero tú estás bien, Louella. Tu madre hizo un gran trabajo con ese dobladillo. Las chicas se miran. Siento que el hielo se derrite un poco, pero Louella se limita a responder: —Yo también lo creo. Una agente de la paz nos llama para que la sigamos por el tren hasta un compartimento con dos literas empotradas en las paredes. Una puerta conduce a un cuartito de baño con retrete y lavabo. —Hay cepillos de dientes y toallas en el baño, y tenéis una cama para cada uno. Espera, como si aguardase algún tipo de agradecimiento, pero la única que responde es Maysilee. —Aquí dentro huele a col cocida. —En los viejos tiempos, os metíamos en los vagones para el ganado — contesta la agente antes de encerrarnos. Hay pijamas sobre las almohadas, así que los distribuimos según la talla. Nos turnamos para ir al baño y nos retiramos a nuestros catres. Las persianas de las ventanillas se bajan automáticamente, y las bombillas del techo se oscurecen y nos dejan en penumbra. Wyatt se queda dormido casi de inmediato, a juzgar por los ronquidos, y Louella no tarda en seguirlo. Maysilee está sentada en la cama de arriba de la litera que tengo enfrente y

se refresca los verdugones con una toalla mojada. Me tumbo boca arriba, miro al techo e intento encontrarle sentido al día de hoy. Rodeo con los dedos el eslabón que me cuelga del cuello. En ese momento me cae encima la imagen de Lenore Dove empapada y gimiendo bajo la tormenta, y el corazón se me astilla de nuevo. Cierro los ojos con fuerza e intento llegar a ella a través del espacio que nos separa, sabiendo que ella también intenta llegar a mí. La oigo cantar parte de su poema, la canción de su nombre. Largo tiempo a esa oscuridad estuve asomado, preguntándome, temiendo, dudando, soñando sueños que ningún mortal se atrevió a soñar jamás; pero el silencio permaneció y la quietud no cesó, y la única palabra que allí se pronunció fue aquel susurro, «¿Lenore?». Conozco toda la letra de la canción porque me la aprendí para el cumpleaños de Lenore Dove el diciembre pasado. Es lo que ella llama pegadiza, lo que significa que se queda contigo lo quieras o no, así que no me costó mucho. Y de verdad que resulta adictiva, que rima y se repite de un modo que te reta a parar mientras te cuenta una historia inquietante. Se la canté en una vieja casa junto al lago, frente a una fogata. Estábamos tostando nubes y nos habíamos saltado las clases, por lo que después nos la cargaríamos. Ella me dijo que era el mejor regalo que le habían hecho en la vida… Y, tras mi susurro, un eco la palabra me devolvió, «¡Lenore!». —¿Qué es eso? Intento no hacer caso de Maysilee. Solo eso y se acabó. —¿Qué llevas al cuello? La conexión se ha roto. Lenore Dove ha desaparecido. Miro a Maysilee y la descubro con la vista clavada en mí; sus ojos parecen muy grandes en la oscuridad.

—Un regalo de cumpleaños. De mi chica. —¿Puedo verlo? Colecciono joyas. No es algo que suela oírse en el Distrito 12, pero el señor Donner tiene a sus hijas muy consentidas. Lenore Dove me contó que, cuando cumplieron trece años, su padre les regaló unos broches de oro puro que habían pertenecido a su madre. Los había hecho Tam Amber hacía más de treinta años. No los vi nunca, pero el de Merrilee tenía un colibrí y el de Maysilee, un sinsajo, ya que los pájaros son uno de los grandes amores de la Bandada. Al parecer, Merrilee llevó el suyo unos cinco minutos antes de perderlo en un pozo. Maysilee se pilló una rabieta porque decía que los sinsajos eran unas criaturas muy feas, y que por qué Tam Amber no lo fundía y le hacía algo más bonito, como una mariposa. Cuando él se negó, ella metió la insignia en un cajón y no se la puso ni una vez. Lenore Dove se enfureció cuando oyó lo de las gemelas, ya que le parecía que ninguna de las dos apreciaba ni se merecía el arte de Tam Amber, y durante un tiempo estuvo diciendo que pensaba colarse en la casa de los Donner para robarle la insignia del sinsajo. Burdock y yo la convencimos para que no lo hiciera. Después de dos detenciones recientes, no parecía lo más sensato. Pero todavía la carcome por dentro. Sé que no querría que las manos de uñas perfectas de Maysilee tocaran mi collar. —Es bastante personal —le digo—. Vamos, que no pienso quitármelo nunca. Además, no es una joya, la verdad. Ella asiente y no insiste. Deja su toalla en la baranda de la cama, se mete bajo las sábanas y se gira para mirar hacia la pared. Estoy congelado por culpa del aire refrigerado del tren, así que me tapo hasta arriba con la manta del Capitolio, que está tiesa y huele a algo químico. No tiene nada que ver con la suave colcha de retales que mi madre seca al sol los domingos, cuando la mina está en silencio y hay poco hollín, para que así huela a aire fresco. Mamá… Sid… No espero dormirme, pero el día ha sido tan agotador que el movimiento del tren me deja en un estado de semiinconsciencia. Unas cuantas horas después, me despierto con un sobresalto y veo que alguien me sacude la pierna. —Hay. ¡Hay! —susurra Louella por encima de los ronquidos de Wyatt.

Me apoyo en un codo y la miro con los ojos entornados para distinguirla en la penumbra. —¿Qué pasa? —No quiero a Wyatt. No lo quiero de aliado, ¿vale? —¿A Wyatt? Vale, pero ¿puedo saber por qué? Parece bastante fuerte y… —Es un corredor. Al menos, su padre lo es. Los corredores son los mineros que se encargan de las apuestas en el Distrito12. Aceptan apuestas de cualquier tipo (peleas de perros, la elección del alcalde, combates de boxeo) y organizan noches de apuestas. Los sábados suelen estar en un viejo garaje detrás del Quemador, dirigiendo juegos de dados y cartas a cambio de un porcentaje. Si las cosas se ponen tensas con los agentes de la paz, como aquella vez que alguien le prendió fuego a un jeep, se esconden un poco más y usan callejones y casas abandonadas. Por mi parte, nunca apuesto. Si mi madre se enterara de que me he estado gastando dinero en las cartas, me mataría; y, además, es que no entiendo qué gracia tiene. La vida en general ya me parece arriesgada de sobra. Pero si la gente quiere tirar su dinero, no es asunto mío. —Bueno, yo destilo licor blanco, así que no soy quién para juzgar —le digo a Louella—. Los dos funcionamos fuera de la ley. ¿No le gustaban los dados a Cayson? Cayson es su hermano mayor y, cuando no está en las minas, se dedica a buscar el placer allá donde se encuentre. Louella niega con la cabeza, impaciente. —No solo los dados. Me refiero a ahora. A nosotros. Entonces lo entiendo: más o menos por esta época del año, un par de corredores aceptan apuestas sobre los tributos de los Juegos del Hambre, como lo mayores que serán los niños, si saldrán de la Veta o de la ciudad, o cuántas teselas llevan. Las apuestas continúan durante todos los Juegos, e incluyen quién morirá y de qué distritos, y quién será el ganador. Debería ser ilegal, pero a los agentes de la paz no les importa. Está diseñado siguiendo el mismo sistema de apuestas que en el Capitolio. La mayoría de los corredores lo rechazan porque es demasiado despreciable, pero algunos

se sacan un buen dinero. Son personas morbosas y retorcidas, y no es buena idea confiar en ellas durante unos Juegos del Hambre. —¿Estás segura, Louella? —Todo lo segura que puedo estar. No he atado cabos hasta que he visto a Wyatt con esa moneda. Cayson me dijo que todos los corredores aprenden a hacerlo, que es una señal para que la gente sepa que hay un juego en marcha cuando no pueden decirlo en voz alta. —Parecía saber mucho sobre cartas… —Y, una vez, alguien mencionó al señor Callow, y Cayson escupió y dijo que no quería tener nada que ver con los que sacaban dinero a costa de niños muertos. Bueno, que hayan cosechado a Wyatt es la ironía definitiva. Pienso en los Callow, desesperados por llegar a él en la plaza. Sin poder despedirse. Ahora me cuesta sentir lástima por ellos. —¿Crees que aceptó apuestas sobre la cosecha con su padre? —Yo diría que sí. —Yo también —coincido—. Los corredores mantienen el negocio dentro de la familia. Yo tampoco quiero a Wyatt, Louella. Somos solo tú y yo. Intenta dormir un poco, ¿vale? Sin embargo, yo no lo hago. Más o menos al alba, las persianas se suben y me quedo mirando unas montañas que no conozco, lo que añade sal a la herida. ¿Qué está pasando en mis montañas? ¿Estará Hattie preparando otro lote de olvido líquido? ¿Estará mi madre pagando su pena con la tabla de lavar mientras Sid llena la cisterna bajo un cielo sin nubes? ¿Estarán los gansos protegiendo el corazón de Lenore Dove? A pesar de todo el dolor que sentirán mis seres queridos ahora mismo, ¿cuánto tardaré en convertirme en un mero recuerdo? Plutarch asoma la cabeza para anunciar alegremente que el desayuno está listo, como si ayer no hubiera pasado nada. Nos vestimos y regresamos al coche salón a por sándwiches de huevo y beicon, y más limonada. Maysilee pide café, una bebida de persona rica del Distrito 12, y Tibby nos trae una taza. No me gusta ese brebaje, está amargo. El tren sube y sube, y, de repente, estamos en un túnel negro como el carbón y Plutarch dice que no tardaremos en llegar, aunque parece una eternidad. Cuando por fin entramos en la estación, la luz del sol que se

filtra por las ventanillas me deslumbra, y después veo otro tren en el mismo andén que el nuestro. Reconozco a Juvenia, la acompañante del Distrito 1 de la que se rio Drusilla, calzada con botas de piel de serpiente, bajando con cautela los escalones del tren. Detrás de ella salen sus cuatro tributos, esposados y encadenados en fila, mucho más altos que sus agentes de la paz. Cuando se cierra tras ellos la puerta del vagón, el chico que va delante se vuelve de repente y le da una patada a la ventanilla. Se hace añicos como la cáscara de un huevo. Una voz baja detrás de mí dice: —Panache Barker, tributo del Distrito 1, profesional entrenado, más o menos ciento treinta y cinco kilos. Su apellido sugiere que es pariente de Palladium Barker, que se coronó hace cuatro años. Ahora mismo, las apuestas estarán cinco a dos a su favor, lo que en la arena se traduce en una media de dos comidas al día de los patrocinadores. Parece zurdo, lo que puede ser una ventaja o un inconveniente, pero también es impulsivo, y eso podría costarle caro. Basándome en las estadísticas de la cosecha (entrenamiento, peso, linaje), ahora será el favorito, mientras que nosotros somos una mera posibilidad remota. Todos miramos a Wyatt, que no les quita ojo a nuestros competidores mientras añade: —Puede que no me queráis con vosotros, pero apuesto lo que sea a que me necesitáis.

Fin del capítulo

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