Amanecer en la cosecha

Capítulo 3

Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha

Capítulo 3

Primera Parte: El cumpleaños

Al cabo de un rato, me deslizo por la pared acunándome las manos hinchadas, jadeando. El dolor me atraviesa el pecho y me pregunto si el corazón se puede romper de verdad. Probablemente. La expresión «tener el corazón roto» ha de venir de alguna parte. Me imagino que el mío estalla en una docena de pedazos rojos vidriosos y los bordes afilados se me clavan en la carne con cada latido. Por poco científico que sea, encaja con lo que siento. Parte de mí cree que moriré ahora mismo, que me desangraré por dentro. Pero no va a ser tan sencillo. Al final, se me calma la respiración y la desesperanza se apodera de mí. No volveré a ver a Lenore Dove. No volveré a oír su risa bajar hasta mí desde lo alto de los árboles. No volveré a sentir su calor en mis brazos, tumbados en un lecho de agujas de pino, con mis labios contra el hueco de su cuello. No volveré a quitarle una pluma de ganso del pelo ni a escucharla tocar su concertina, ni a apretar con un dedo la arruga que se le forma entre las cejas cuando reflexiona sobre algo. No volveré a ver cómo se le ilumina la cara con una bolsa de gominolas o una luna llena, o cuando le susurro «te quiero más que el fuego a las brasas». Me lo han quitado todo. Mi amor, mi hogar, mi madre, mi dulce hermanito… ¿Por qué le he dicho que ahora era el hombre de la casa? No ha sido justo. Es demasiada carga para alguien tan pequeño y optimista. Mi nana por parte de padre decía que Sid había nacido viendo el lado bueno de las cosas. Yo creo que se ha perdido gran parte de los problemas de aquí abajo, en la tierra, porque siempre está examinando el cielo. Le fascinan el sol, las nubes, los astros que salen por la noche. Tam Amber le enseñó a

Lenore Dove todo lo que sabía sobre las estrellas, ya que la Bandada las usaba hace tiempo para guiarse, y ella se lo enseñó a Sid. En las noches claras, nos arrastra a todos afuera para observar los dibujos que forman. «Esa es el cazo, como el que tenemos en el cubo. Esa es el cazador, con el arco. Se parece a Burdock, ¿verdad? Esa es el cisne, pero Lenore Dove dice que es un ganso. Y esa es la tuya, mamá, ¿ves la uve doble? Es la tuya. Uve doble por tu nombre, Willamae, y, si le das la vuelta, ¡es la eme de mamá!». Y mi madre siempre se pone contenta porque ¿cuántas veces le regalan algo bonito, y menos algo tan bonito como su propio grupo de estrellas? Siempre es ella la que nos da cosas. Anoche fingí no verla cuando trajo un pollo que seguro que pensaba freír para mi cumpleaños. Es probable que aceptara trabajo extra para permitírselo. ¿Será capaz de llegar a fin de mes sin mi paga de Hattie? Lo hará o morirá en el intento. Mamá… Ay, mamá… Plutarch tenía razón: la he liado. La he liado bien. Y lo pagaré con mi muerte, y con el corazón roto y la vida de todas las personas que me quieren. Me quedo mirando los árboles que pasan a toda velocidad. Siempre pensé que, si alguien se libraba del 12, sería Lenore Dove. Los suyos antes eran grandes viajeros, iban de un distrito a otro tocando su música. Tam Amber lo recuerda porque tenía mi edad cuando terminó la guerra y los agentes de la paz reunieron a la Bandada, mataron a todos los adultos y encerraron a los niños en nuestro distrito. No hay nada que le guste más a Lenore Dove que esas historias de los viejos tiempos, cuando su familia iba por ahí en una camioneta destartalada. Cuando empezó a escasear el combustible, la engancharon a unos caballos. Para cuando los condujeron a la fuerza al Distrito 12, los caballos tiraban de una vieja carreta y casi todos ellos iban a pie, pero se apañaban. Cocinaban en fogatas al aire libre, llegaban hasta los pueblos, tocaban en almacenes como el Quemador, o en campos si no había techo disponible, eran famosos a su manera entre los locales. Seguro que tenían sus dificultades, pero ella lo ve desde una perspectiva muy romántica, así que no se lo menciono. Regresar a eso es imposible, ya que nadie puede salir del distrito y, además, a sus tíos no se les ocurriría volver a la carretera. Pero Lenore Dove está convencida de que tiene que haber gente fuera de Panem, más al norte. A veces desaparece en

lo más profundo del bosque y me preocupa que no vuelva. Bueno, no mucho, pero sí un poco. Supongo que ahora puedo dejar de preocuparme. O adelantamos a la tormenta o ella nos adelanta a nosotros. Las gotas de lluvia que quedan en la ventana me recuerdan a la cisterna y que salí corriendo a ver a Lenore Dove en vez de volver a casa para llenarla. No lamento ese preciado encuentro final con mi amor, pero ojalá les hubiera dejado a Sid y a mi madre un depósito lleno, no solo los pocos litros del barril para el agua de lluvia. Aunque tampoco creo que mamá sea capaz de hacer la colada esta semana. O, no sé, quizá sí. No perdió ni un día cuando murió papá. Se limitó a preparar una olla gigante de sopa de alubias con jamón, que es lo que hacemos en la Veta siempre que muere alguien, y volvió al trabajo. Recuerdo estar sentado junto al fuego de la cocina, con las lágrimas cayendo en el suelo a pocos centímetros del charco que formaba una camisa de minero. En invierno hay que tender la ropa dentro para que se seque, así que siempre hay algo chorreando. El tren sigue adelante y me aleja cada vez más de todo lo que he amado o esperado. Mis sueños de conseguir que mi madre dejara algún día de lavar ropa. Mi empeño en que Sid hiciera los deberes para que le dieran uno de los codiciados empleos de la mina que no eran bajo tierra, como encargarse de la contabilidad o cargar trenes, donde siempre pudiera ver el cielo. Y una vida con Lenore Dove, amarla, casarme con ella, criar a nuestros hijos, que ella les enseñara música mientras yo hacía lo que fuera, extraer carbón o fabricar licor blanco; me habría dado igual, siempre que ella estuviera a mi lado. Todo se ha perdido, no me queda nada. Woodbine ya no me parece tan temerario, porque al menos él ha muerto en el Distrito 12 y no en una arena sádica del oeste, como me pasará a mí. Hace unos años, la arena se oscurecía sin motivo, y unas comadrejas gigantescas y negras como el carbón se desprendían de las sombras y atacaban a los tributos. Pienso en esos dientes puntiagudos arrancándole la cara a la chica del Distrito 5… Debería haber huido. Debería haber dejado que los agentes de la paz me volaran la cabeza en la plaza. Hay muchas cosas peores que una muerte rápida y limpia. Ahora podría estar envuelto en lino blanco, durmiendo con mi familia bajo la losa de los Abernathy. Nosotros no solemos dejar que los cadáveres se pudran al sol.

Pasan varias horas hasta que alguien gira una llave en la cerradura y Plutarch asoma la cabeza. —¿Te apetece unirte a los demás? Lo dice como si me estuviera recuperando de un dolor de barriga, no de una descarga de pistola eléctrica y una vida rota. No sé qué pensar de este Plutarch. Lo odio por obligar a Sid y a mi madre a actuar para las cámaras, aunque me dejó abrazarlos después de que Drusilla dijera que no podía. Y seguramente le haya salvado la vida a Lenore Dove al pedirles que la reservaran para la despedida lacrimógena. Es más impredecible que un relámpago. Puede que sea buena idea llevarse bien con él. Además, tengo que ver cómo está Louella. Ahora soy lo único que tiene. —Claro —respondo. Plutarch ordena a los agentes de la paz que me quiten las esposas y me lleva por el movidito pasillo del tren hasta otro compartimento. En los laterales hay asientos de plástico moldeado en una amplia variedad de colores fosforitos. Me siento al lado de Louella, frente a Wyatt y Maysilee. —¿Alguien tiene hambre? —pregunta Plutarch. Nadie responde—. Voy a ver qué están preparando. Se retira y cierra con llave la puerta del vagón. Le doy un codazo a Louella. —Hola, chica —le digo, y le ofrezco una mano. Ella desliza la suya, helada, en la mía. —Hola, Hay —susurra—. Lo que te ha pasado no ha sido justo. Por primera vez, pienso en ello. ¿Justo? Claro que no. Mi cosecha ha sido irregular, puede que incluso ilegal. Pero la cantidad de personas del Capitolio ante las que puedo exponer mi caso es exactamente cero. No soy nada más que una anécdota divertida que Drusilla contará entre el caviar y los hojaldres rellenos de crema. —Ni para mí ni para nadie —le digo. Está tan compungida que, antes de pensarlo bien, le suelto—: Bueno, ¿qué? ¿Vas a ser mi aliada, preciosa? Sonríe de verdad. Es una broma nuestra. Cuando ella tenía cinco años y yo ocho, decidió que era mi novia; me seguía a todas partes y se lo contaba a todo el que quisiera escucharlo. Duró como una semana, después me sustituyó por un chico que se llamaba Buster y le había regalado una rana

toro. Creo que, de todos modos, no habría tardado en pasar página, ya que no se puede sentir tanto amor por alguien con el que mantienes competiciones de eructos, pero seguimos siendo buenos amigos. Si tuviera una hermana pequeña de su edad, querría que fuera como Louella, y he albergado la esperanza de que esperase a que creciera Sid antes de decantarse por un novio de verdad. Ahora no tiene ninguna oportunidad de crecer, claro. Se quedará estancada para siempre en los trece años. —Seré tu aliada —dice—. Tú y yo podemos confiar el uno en el otro. Cabría pensar que eso daría pie a una alianza general del Distrito 12, pero, mientras observo a los otros candidatos, no estoy seguro de que sea buena idea. No consigo captar a Wyatt. Por un lado, esa mirada vacía no indica una mente demasiado aguda. Por otro, es bastante grande y nunca he oído hablar mal de él, que es más de lo que puedo decir de Maysilee. De ella tengo información de sobra, casi toda de primera mano, y ninguna demasiado halagüeña. Maysilee Donner… ¿Por dónde comenzar? Ya desde que empezamos en el colegio, Merrilee y ella me llamaron la atención. No solo por sus modales de ciudad, sino porque mi madre acababa de perder gemelas. Dos niñas, unas criaturas diminutas que llegaron antes de tiempo. Las lloró mucho, a su manera, restregando la ropa hasta hacerla pedazos contra su tabla de lavar, y, aunque mi padre no era de los que demuestran sus sentimientos, lo oí sollozar cuando creía que yo estaba dormido. Las gemelas de los Donner siempre me han fascinado porque me preguntaba cómo habrían sido mis hermanas. No como ellas, espero. Supongo que Merrilee no está tan mal, excepto que tiende a seguirle la corriente a Maysilee en todo lo que hace. Y Maysilee se ha creído demasiado buena para nosotros desde el primer día. Va por ahí pavoneándose con sus zapatos relucientes y su esmalte de uñas, y siempre luce algún tipo de adorno. A esa chica le encanta la joyería. Ahora mira por la ventanilla del tren, con los dedos enredados en las vueltas de media docena de collares. Algunos de cuentas, otros de cordón trenzado, otros con colgantes y, como mínimo, uno de oro de verdad. Mientras que los habitantes de la Veta puede que guarden como un tesoro un adorno o dos, nadie tiene seis collares. Y, si los tuviera, no presumiría llevándolos todos puestos a la vez.

Plutarch abre la puerta corredera y da un paso atrás para dejar pasar a un ayudante del Capitolio que carga con una bandeja llena de sándwiches. Cada uno de ellos está relleno de una carne que costaría la paga de un día entero (jamón fresco, rosbif o pollo cortado en lonchas finas formando un buen montón) y coronado por una banderita de Panem pinchada en lo alto. Se me hace la boca agua y me doy cuenta de que no he comido nada desde el desayuno. El ayudante le ofrece la bandeja a Louella, que vacila, abrumada por tanta abundancia. Los McCoy se pueden pasar varias semanas sin carne y, cuando la consiguen, suele venir en lata. El ayudante nota su incomodidad y adopta un tono paternalista. —¿Hay algún problema, señorita? Louella se ruboriza (los McCoy tienen orgullo de sobra), pero, antes de que pueda responder, Maysilee le suelta: —¡Pues claro que hay un problema! ¿Acaso esperas que se lo coma con las manos? ¿O es que en el Capitolio no tenéis platos y cubiertos? Ahora le toca ruborizarse a él, que tartamudea: —Solo son sándwiches. Vamos, que la gente los come con las manos… —¿Sin servilletas, siquiera? —pregunta Maysilee—. Lo dudo mucho. El ayudante se vuelve hacia Plutarch, confundido. —¿Les podemos dar servilletas? —Sin duda. Son nuestros invitados, Tibby —dice apaciblemente Plutarch—. Voy a comprobar una cosa en la cocina. A ver si también podemos sacar unos cuantos platos. Perdonadnos. Cuando se cierra la puerta, se me escapa la risa. —Calla —le dice Maysilee—. Mira, Louella, si permites que te traten como un animal, lo harán. Así que no se lo permitas. Es demasiado para la chica, que entorna los ojos y responde: —No pensaba hacerlo. Alguien me interrumpió. —Como quieras —dice Maysilee—. No necesitas mi ayuda. —No necesito la ayuda de alguien que dijo que mi hermana usa polvo de carbón para maquillarse —responde Louella. Maysilee sonríe un poco al recordarlo. —Después de eso, se limpiaba mucho mejor.

Eso me recuerda a cuando tenía seis años y me picaron los ácaros rojos, y Maysilee me apodó «Haymitchita pica pica». Durante dos semanas, nadie se acercó a mí, aunque les expliqué que no era contagioso. Diez años después, ese nombre todavía me horroriza. Así desaparece cualquier intención de formar equipo con Maysilee. —Nos está poniendo muy fácil lo de aliarnos —le digo a Louella. —Y tanto —responde ella, que cruza los brazos. Entonces, algo le llama la atención y frunce el ceño. Sigo su mirada hasta Wyatt, que parece tan remoto como siempre y tiene los ojos clavados en el cartel de la puerta que pone cuidado al pasar. Algo refleja la luz de última hora de la tarde; con gran habilidad, se pasa un pagaré en moneda por los nudillos. Al oír la llave en la cerradura, la moneda desaparece. Tibby entra con un carro cargado con las cosas de la cena. En este tren todo parece de plástico: el carro, los asientos, los utensilios, las tazas, los platos. Fácil de rociar y desinfectar cuando salgamos, supongo. —Lo he comprobado y hay una sorpresa de postre —nos tienta Plutarch desde la puerta. Como si hoy necesitáramos más sorpresas. Tibby se pone delante de Louella. —¿Qué puedo servirte? Tenemos pollo, jamón y rosbif. —Jamón —responde Louella. —¿Seguro que no quieres también uno de rosbif? El chef usa una marinada que le da un toque muy especial —dice Tibby. —¿Por qué no? —dice Louella, que acepta su plato, la servilleta, cubiertos y una botella de limonada. Cuando Tibby se vuelve hacia Maysilee, su amabilidad desaparece. —¿Y tú? Maysilee se toma su tiempo para examinar la bandeja. —El rosbif, lo menos hecho posible. —Extiende la servilleta para protegerse la falda y dispone los cubiertos encima—. Tampoco nos vendrían mal unas bandejas, pero qué le vamos a hacer. Después de servirnos a Wyatt y a mí unos platos bien cargados (he pedido los tres sándwiches), el ayudante y Plutarch se retiran. Miro a Maysilee, que, con mucha delicadeza, corta el suyo en pedacitos y los pincha con el tenedor. Juro que nadie más en todo Panem (ni en el

Capitolio ni en los distritos) se come así un sándwich. Decido empezar por el de jamón y le doy un bocado enorme. Madre mía, qué bueno. Ahumado, salado y con unas gotas de algo que sabe al chow-chow de mi madre. Veo que Louella levanta el pan de arriba para echarle un vistazo. —Venga, come —le digo, porque a mi aliada no le vendría mal algo más de carne en los huesos, y lo hace. No tardo en pulirme los sándwiches y beberme toda la limonada. La comida me anima un poco. Puede que haya una escapatoria. Como saltar del tren y salir corriendo. Mientras le doy vueltas a cómo hacerlo, Plutarch aparece de nuevo y nos invita a pasar al coche salón con él. En el pasillo, busco posibles vías de escape, pero hay agentes de la paz bloqueando todas las salidas. Nos reubicamos en la parte de atrás del tren, donde hay una zona decorada como si fuese un salón. Los muebles de plástico tapizados son más blandos y pegajosos que los asientos de nuestro vagón. En la pantalla empotrada en la pared están poniendo las noticias del Capitolio, y, cuando nos acomodamos, empieza el resumen de la cosecha de hoy. —He estado toda la tarde trabajando en el segmento del Distrito 12 — dice Plutarch—. Le he dado el viejo toque Heavensbee. Los cuatro habéis quedado estupendamente. Drusilla se tambalea en la puerta, con una copa alta y roja en la mano, decorada con verduras. La pechera de su chaqueta militar amarilla, ahora desabrochada, no deja de abrirse para dejar al aire la ropa interior. Plutarch le ofrece un asiento. —Te he reservado el mejor. Ella se deja caer en él, saca un tallo de apio de su bebida y empieza a comérselo. —¿Cuántos años parecía tener hoy, Plutarch? —Ni un día más de treinta —le asegura él—. Todo el mundo lo comentaba. —Bueno, consigues lo que pagas —dice ella, arrastrando las sílabas mientras se tantea el pómulo con el apio. Entonces señala la pantalla y se ríe—. ¡Ja! ¡Ahí está Juvenia! La señorita perfecta no ha contado con la ayuda de las nubes. Está horrorosa, ¿verdad?

Juvenia, una señora tamaño mini con vestido de lunares rosas y encaramada a unos tacones de quince centímetros, empieza a anunciar los nombres del Distrito 1. El programa avanza y van sacando el sorteo de cada distrito. Además de nosotros, hoy han cosechado a otros cuarenta y cuatro tributos, la mitad chicas y la mitad chicos, de todas las formas y tamaños. Como siempre, los de los distritos 1, 2 y 4 hacen honor a su sobrenombre de «profesionales», lo que significa que han estado entrenando para los Juegos desde que nacieron. El azar ha querido que haya unos cuantos críos fuertes, aparte de ellos, pero también hay muchos flacuchos para compensar. En la escala entre fuerte y flaco, no salgo mal parado, sobre todo por todos esos sacos de cereales que cargo para Hattie. Sin embargo, algunos de esos profesionales podrían aplastarme como a un insecto. Y Louella todavía no ha pegado el estirón. Cuando un chico fornido sube al escenario en el Distrito 11, Drusilla comenta lo evidente. —Espero que se os dé bien correr. Ni siquiera lo dice con maldad, lo que da más miedo todavía. —Hay otros factores en juego: inteligencia, habilidad, estrategia. Y nunca se debe descartar la suerte —dice Plutarch—. Vuestros mentores os hablarán de todo eso. Nuestros mentores. Nuestros guías, nuestras mentes maestras, nuestros protectores en los Juegos del Hambre. Salvo que el Distrito 12 no tiene mentores automáticos, ni uno, porque somos el único distrito sin vencedores vivos, y el trabajo suele tocarles a esos. En cincuenta años, solo hemos tenido un vencedor, y eso fue hace mucho tiempo. Una chica de la que nadie parecía saber nada. Por aquel entonces, en el Distrito 12 apenas nadie tenía televisor, así que los Juegos eran más bien de oídas. Nunca la he visto en las grabaciones de las ediciones antiguas, aunque esos primeros intentos rara vez se emiten, ya que dicen que estaban mal rodados y les faltaba espectáculo. Mis padres todavía no habían nacido, y ni siquiera nana podía contarme mucho sobre la chica. Le comenté lo de nuestra vencedora unas cuantas veces a Lenore Dove, pero no quería hablar de ella. —¿Y quiénes son nuestros mentores? —pregunto.

—Los están seleccionando entre los vencedores que no han sido elegidos para supervisar a los tributos de sus distritos —responde Plutarch —. No os preocupéis, hay candidatos con mucho talento. Sí, candidatos que se convertirían en parias si condujeran a la victoria a un tributo del Distrito 12 mientras los de su distrito mueren. La mayoría de los años, ni siquiera me entero de quién es el mentor de los chicos del 12. Seamos realistas: estamos solos. Drusilla deja escapar un grito ahogado. —¡La luz del sol es letal! Han pasado al Distrito 12, donde se sella nuestro destino. —Y, a pesar de eso, estás radiante —le asegura Plutarch. Observo, entre fascinado y asqueado por la impecable transición de la elección de Maysilee a la de Wyatt y la mía. Ni rastro del disparo a Woodbine ni de la revuelta posterior. Y ahí está mi nombre, y ahí estoy yo, y ahí está mi madre ahogando un grito, Sid llorando y Lenore Dove con la mano en la boca. —Eso no es lo que ha pasado —digo. —No hemos manipulado nada; no había tiempo para hacerlo, la verdad —comenta Plutarch—. Solo he jugado un poco con las cartas que me han tocado. —¿Que has hecho qué? —pregunta Louella. Antes de que pueda responder, interviene Wyatt, que no ha abierto la boca salvo para comer desde que salimos de casa. —Quiere decir que ha usado lo que tenía para favorecernos. Ha mezclado las tomas para darnos ventaja. —¡Exacto! —exclama Plutarch, sonriente. A Louella le tiembla un poco la comisura de los labios. —Como en los juegos de cartas, quieres decir. Cuando la gente apuesta. ¿Eso no es hacer trampas? —Sí y no —responde Plutarch—. Mirad, tenemos que venderos a los patrocinadores. Si le hubiera mostrado al público lo que sucedió de verdad, que al hijo de los Chance le volaron los sesos, que hubo que controlar a la multitud, que Haymitch atacó a los agentes de la paz… —Yo no ataqué a nadie —protesto—. Ellos atacaron a mi chica y yo intervine.

—Es lo mismo —dice Drusilla—. No se os permite interferir en el trabajo de nuestros agentes de la paz. —Intento mostrar vuestra mejor cara —añade Plutarch. Maysilee pone los ojos en blanco. —Como cuando en nuestra tienda llamamos «masticables» a las nubes de azúcar rancias. Y después cobramos un penique más por ellas. La miro con el ceño fruncido. He caído más de una vez en el timo de las nubes «masticables». —Enfatiza lo positivo, ignora lo negativo —dice Plutarch. —En vez de cuatro cerditos violentos de los distritos que odian al Capitolio… —empieza Drusilla. —¡Sois un cuarteto de chicos atractivos que se subieron de un salto al escenario entre los vítores de vuestro distrito, ansiosos por empezar! — concluye Plutarch. —Deberíais arrodillaros para besarle los pies a este hombre. Puede que no consigáis patrocinadores, pero al menos no los habéis ahuyentado. Os ha proporcionado un cambio de imagen total —dice Drusilla. —Quieres decir que le ha proporcionado un cambio de imagen total al Capitolio —se burla Maysilee—. Os ha hecho parecer competentes cuando ni siquiera habéis sido capaces de sacar adelante la cosecha. —Prefiero pensar que el beneficio ha sido mutuo —dice Plutarch—. Y el público no se ha enterado de nada. Me he asegurado de ello. No soy más que un juguete del Capitolio. Me usarán para entretenerse y después me matarán, y la verdad no tendrá nada que ver con todo el proceso. Plutarch se comporta como un amigo, pero sus favores (la despedida de mi familia, sus sándwiches elegantes) son solo su forma de controlarme, porque los juguetes felices son más fáciles de manejar que los enfurecidos. Para conseguir sus tomas, seguirá haciéndome favores hasta que esté en la arena. Como para confirmarlo, la puerta del salón se abre de golpe, y por ella entra Tibby con una tarta de cumpleaños gigante coronada por dieciséis velas que le iluminan la cara.

Fin del capítulo

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