Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha
Capítulo 2
Primera Parte: El cumpleaños
Las pantallas se oscurecen durante un segundo y después regresa la bandera. Está claro que no quieren que el resto del país sea testigo de la revuelta en el Distrito 12. El caos se adueña de la plaza cuando algunas personas corren hacia los callejones laterales y otras van a ayudar a Woodbine, aunque de poco le servirá ya. Los agentes de la paz siguen disparando, sobre todo como advertencia, pero aciertan a algunos desgraciados que están un poco más allá. No sé adónde ir. ¿Voy a buscar a Sid y a mi madre? ¿Saco a Lenore Dove de la plaza? ¿O corro a refugiarme? —¿Quién ha sido? ¿Quién ha sido? —grita Drusilla. Alguien empuja hasta el borde del tejado del Edificio de Justicia a un agente de la paz joven y desconcertado. —¡Imbécil! —lo insulta la mujer desde abajo—. ¿Es que no podías esperar a que llegara al callejón? ¡Mira la que has montado! Y la ha montado, sí. Veo a Sid y a mi madre al fondo, y doy un paso hacia ellos cuando una tosca voz masculina resuena por los altavoces. —¡Al suelo! ¡Todo el mundo al suelo! ¡Ahora! Automáticamente, me hinco de rodillas y me pongo en posición: manos entrelazadas detrás del cuello, frente contra los ladrillos ennegrecidos de la plaza. Por el rabillo del ojo, veo que casi todo el mundo me imita, pero Otho Mellark, un atontado enorme, hijo de los dueños de la panadería, parece desorientado. Le cuelgan las manos carnosas a los lados y arrastra los pies adelante y atrás, y entonces me doy cuenta de que tiene el pelo rubio manchado de la sangre de otra persona. Burdock le da un buen
puñetazo detrás de la rodilla, lo que basta para que caiga y salga de la línea de fuego. Por el micrófono abierto oímos retumbar la voz de Drusilla, que grita a su equipo. —¡Tenemos cinco minutos! ¡Una tregua de cinco minutos y después tendremos que terminar esto en directo! ¡Deshaceos de cualquiera que sangre! Por primera vez comprendo que, cuando muestran la cosecha en directo, en realidad no lo es. Debe de haber un retardo de cinco minutos en la retransmisión, por si ocurre algo como esto. Las botas de los agentes se abren paso entre el público, y los soldados levantan a cualquiera que tenga sangre encima, incluido Otho, y se los llevan a las tiendas cercanas para esconderlos. —¡Necesitamos a otro chico! ¡El muerto no nos sirve! —dice Drusilla, que baja los escalones que dan a la plaza. Se oye un gemido agudo seguido de las órdenes de los agentes. Entonces distingo la voz de Lenore Dove y mi cabeza se gira hacia ella como si tuviera vida propia. Está intentando ayudar a la madre de Woodbine, que se ha aferrado a la mano de su hijo mientras un par de agentes de la paz intentan llevárselo. Lenore Dove tira del brazo de uno de los soldados y le suplica que deje a su madre quedarse con él, que la permita verlo un minuto más. Pero no parecen tener un minuto. Esto no va a acabar bien. ¿Debería acercarme? ¿Sacar de ahí a Lenore Dove? ¿O empeoraré la situación? Es como si tuviera las rodillas pegadas al suelo. —¿Qué pasa aquí? —pregunta Drusilla—. ¡Sacad ese cadáver de la plaza! Un pelotón compuesto por otros cuatro agentes se dirige hacia ellas. Cuando la madre de Woodbine oye decir que su hijo es un cadáver, pierde por completo los papeles. Empieza a chillar y le rodea el pecho con los brazos para intentar apartarlo de los soldados. Lenore Dove se le une y agarra las piernas de Woodbine para ayudarla a liberarlo. Mi madre me va a matar por intervenir, pero no puedo quedarme humillado contra el suelo mientras Lenore Dove está en peligro. Me levanto y corro hacia ella con la esperanza de conseguir que suelte a
Woodbine. Veo que uno de los agentes de la paz que se acercan levanta su arma para golpearla. —¡Para! Doy un salto para escudarla, justo a tiempo de interceptar la culata del fusil que se estrella contra mi sien. La cabeza me estalla de dolor y veo destellos de luz que atraviesan mi campo visual. Antes incluso de caer, unas manos de hierro me sujetan por los antebrazos y me arrastran hacia delante, dejándome la nariz a pocos centímetros de los ladrillos. Después me sueltan de bruces delante de un par de botas amarillas. La punta de una de ellas me levanta la barbilla antes de dejarla caer de nuevo al suelo. —Bueno, creo que hemos encontrado a nuestro sustituto. Lenore Dove está detrás de mí, suplicando. —No os lo llevéis… ¡No ha sido culpa suya! ¡Ha sido culpa mía! ¡Castigadme a mí! —Ay, por favor, pegadle un tiro de una vez a esa chica —dice Drusilla. Un agente de la paz cercano apunta con su fusil a Lenore Dove, pero Drusilla resopla, exasperada—. ¡Aquí no! Bastante sangre tenemos que limpiar ya. Buscaos un sitio discreto, ¿vale? Cuando el soldado da un paso hacia Lenore Dove, un tipo con un mono violeta aparece y le pone una mano en el hombro. —Espera. Si me permites, Drusilla, me encantaría contar con ella para una despedida dramática. Al público le encantan esas cosas y, como siempre nos recuerdas, es todo un reto que se fijen en el Distrito 12. —Vale, Plutarch. Lo que tú quieras. Pero pon en pie a los demás. ¡Arriba! ¡De pie, cerdos de los distritos! —Cuando me levantan, me fijo en que Drusilla lleva una fusta enganchada al lateral de una bota y me pregunto si es meramente decorativa. Noto su aliento a pescado en la cara —. Pórtate bien o te disparo yo misma. —¡Haymitch! —grita Lenore Dove. Empiezo a responder, pero Drusilla me agarra la cara con sus larguísimos dedos. —Y dejo que ella lo vea. Plutarch le hace un gesto a uno de los miembros del equipo. —Apunta con una cámara a esa chica, Cassia, por favor. —Después sigue a Drusilla—. Tenemos grabados a los agentes de la paz controlando a
la multitud. Podría ser una oportunidad para vender el enfoque de «Si no hay agentes de la paz, no hay paz». —¡No tengo tiempo, Plutarch! ¡Apenas me quedan unos minutos para dejar las cosas como estaban! Ve a por el primer chico… ¿Cómo se llamaba? —Wyatt Callow. —Vuelve a meter a Wyatt Callow en el redil. —Drusilla se da un golpe en la frente—. ¡No! —Lo medita un momento—. ¡Sí! Los llamaré a los dos. Quedará más natural. —Te costará otros treinta segundos. —Pues vamos a ello. —Me señala—. ¿Cómo te llamas? —Haymitch Abernathy —respondo, y es como si fuera el nombre de un desconocido. —Haymitch Abernanny —repite ella. —Haymitch Abernathy —la corrijo. Ella se vuelve hacia Plutarch, exasperada. —¡Es demasiado largo! Él garabatea en su portapapeles y arranca una hoja. Ella la coge y lee: —Wyatt Callow y Haymitch… Aber… nathy. Wyatt Callow y Haymitch Abernathy. —Madre mía, eres toda una profesional —la alaba Plutarch—. Será mejor que te pongas en posición. Yo lo coloco a él. —Cuando Drusilla sube a toda prisa los escalones, él me agarra por el codo y susurra—: No seas estúpido, chaval. Si la lías otra vez te matará con tan solo un chasquido. No sé si se refiere a chascar los dedos o a una forma de morir extrahorrenda y rápida. En cualquier caso, no quiero morir con un chasquido. Plutarch me conduce a un punto más cerca del escenario. —Aquí va bien. Quédate donde estás y, cuando te llame Drusilla, subes muy tranquilo al escenario, ¿vale? Intento asentir. Me palpita la cabeza y los pensamientos me dan tumbos como piedras dentro de una lata. ¿Qué acaba de pasar? ¿Qué está pasando ahora? En algún lugar de mi interior, lo sé. Soy un tributo en los Juegos del Hambre. Dentro de unos días, moriré en la arena. Sé todo eso, pero es como si le pasara a otra persona mientras yo lo observo de lejos.
Los demás miembros del público se han puesto ya de pie, aunque no han recuperado la compostura. Todos se susurran e intentan averiguar qué está pasando. —¡En directo en treinta! —grita alguien por los altavoces—. Veintinueve, veintiocho, veintisiete… —¡Callaos! —chilla Drusilla al público mientras alguien le empolva el rostro sudoroso—. ¡Como no os calléis ahora mismo os mataremos a todos! Como si deseara enfatizar la amenaza, el agente de la paz que tiene al lado dispara unas cuantas balas al aire y un aerodeslizador sobrevuela la plaza. Todo se queda en silencio muy deprisa y oigo la sangre latirme en los oídos. Siento el impulso de huir, como Woodbine, pero me viene la imagen de su cerebro colgándole del cráneo. —… diez, nueve, ocho… En el escenario, todo está como antes del tiroteo: Louella y Maysilee, los agentes de la paz, y Drusilla, que rompe a toda prisa el papel que le ha dado Plutarch y mete las tiras en la pila del interior de la bola de cristal. Busco con las manos a Burdock y a Blair para sujetarme, pero, claro, no están. Solo hay un par de críos más pequeños que me dan todo el espacio del mundo. —… tres, dos, uno y ¡en el aire! Drusilla finge sacar un nombre. —Y el primer caballero que acompañará a las damas es… ¡Wyatt Callow! En una especie de extraña repetición de los acontecimientos, veo a Wyatt, tan impasible como antes, acercarse y ocupar obedientemente su lugar en el escenario. La mano de Drusilla flota sobre la bola y después saca una tira con precisión quirúrgica. —Y nuestro segundo chico será… ¡Haymitch Abernathy! Me quedo donde estoy por si esto es una pesadilla y estoy a punto de despertarme en mi cama. Todo está mal. Hace unos minutos, había esquivado esta bala. Me iba a casa, después al bosque, y estaría salvo durante otro año.
—¿Haymitch? —repite Drusilla, que me está mirando. Mi cara ocupa toda la pantalla de encima del escenario. Empiezo a mover los pies. Veo que enfocan a Lenore Dove, que se ha llevado una mano a la boca. No llora, así que Plutarch no obtendrá la despedida dramática que buscaba. Ni de ella ni de mí. No permitiré que nuestras lágrimas les sirvan de entretenimiento. —Damas y caballeros, ¡demos la bienvenida a los tributos del Distrito 12 de los Quincuagésimos Juegos del Hambre! —Drusilla nos mira —. ¡Y que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte! Empieza a aplaudir y oigo por los altavoces que la gente la imita, aunque solo veo a un puñado de personas aplaudir en la plaza. Localizo a Lenore Dove entre la multitud y nos miramos a los ojos; empezamos a sentir de verdad la desesperación. Por un momento, todo lo demás desaparece y estamos solo los dos. Ella baja la mano y se la lleva al corazón mientras, con los labios, forma las palabras en silencio. «Te quiero más que el fuego a las brasas». «Y yo a ti», respondo de la misma manera. Los cañones rompen el hechizo. Me cae encima una lluvia de confeti que cubre también todo el escenario y la plaza. Pierdo a Lenore Dove de vista entre los trocitos voladores de papel. Drusilla abre mucho los brazos. —¡Feliz segundo Vasallaje de los Veinticinco a todos! —Y… estamos fuera —dice la voz de los altavoces. La retransmisión ha pasado a la cosecha del Distrito 11. Los aplausos enlatados se cortan, y Drusilla gruñe y se deja caer con mucho teatro contra el podio. Los miembros del equipo de televisión del Capitolio estallan en vítores cuando Plutarch aparece por un lateral del escenario gritando: —¡Maravilloso! ¡Bravo a todos! ¡Fluidez absoluta, Drusilla! Drusilla se recupera y se arranca el sombrero de narciso tirando de la correa de la barbilla. —No sé ni cómo lo he hecho. —Se saca de la bota un paquete de cigarrillos y enciende uno; deja escapar el humo por la nariz, como una chimenea—. Bueno, ¡es una gran historia para contarla en las fiestas! Uno de los ayudantes aparece con una bandeja cargada de copas con un líquido pálido y me ofrece una por accidente.
—¿Champán? —pregunta, antes de darse cuenta de su error—. ¡Huy, no! ¡Nada para los niños! Drusilla coge una copa y se fija en los habitantes del Distrito 12 que esperan allí parados, en silencio y abatidos, mientras les caen encima los últimos trocitos de confeti. —¿Qué estáis mirando? Bestias mugrientas. ¡Marchaos a casa! ¡Todos! —Se dirige a un agente de la paz—. Sácalos de aquí antes de que se me pegue su olor en el pelo. —Se huele un mechón y hace una mueca—. Demasiado tarde. El agente da la señal y los soldados empiezan a empujar a la multitud para echarla. Aunque veo que Burdock y Blair se resisten, la mayoría corre hacia los callejones, encantada de escapar del calvario de la cosecha para volver a casa, abrazar a sus hijos y, los que frecuentan el puesto de Hattie, emborracharse a fondo. Me entra el pánico al ver a un agente de la paz del Distrito 12 sujetar a Lenore Dove. ¿Por qué no intervine antes? ¿Por qué esperé hasta que no me quedó más opción que desafiar a ese soldado? ¿Tenía miedo? ¿Estaba desconcertado? ¿O solo me sentía indefenso ante esos uniformes blancos? Ahora estamos los dos condenados. El agente está sacando las esposas cuando Clerk Carmine y Tam Amber aparecen. Hablan con él deprisa, en voz baja, y creo ver dinero que cambia de manos. Es un alivio cuando el hombre mira a su alrededor, la suelta y se aleja. Lenore Dove intenta ir hacia mí, pero sus tíos se la llevan por un callejón. Los otros desafortunados seres queridos de los tributos de este año se quedan atrás. El señor Donner se acerca corriendo al escenario con un puñado de dinero, con la esperanza de comprar la libertad de Maysilee, mientras que su esposa y Merrilee se abrazan cerca del escaparate de su tienda. —¡Papá, no! —grita Maysilee, pero su padre no deja de agitar los billetes delante de la cara de la gente. En una familia, supongo que los Callow, una mujer llora histéricamente mientras que los hombres han empezado a pegarse. —¡Lo has gafado! —acusa uno a otro—. ¡Es culpa tuya! Nuestros vecinos, los McCoy, abrazan a mi madre, que apenas se mantiene en pie. Sid cuelga de su mano y tira de ella hacia delante mientras
berrea: —¡Haymitch! ¡Haymitch! Ya los echo tanto de menos que me siento morir. Sé que tengo que ser fuerte, pero verlos así me destroza. ¿Cómo se las van a apañar sin mí? Lo que se supone que pasa ahora es que los tributos entran en el Edificio de Justicia para una despedida final con sus amigos y familiares. Lo he hecho antes. Mi madre y mi padre me llevaron cuando eligieron a Sarshee Whitcomb, la hija del antiguo jefe de la cuadrilla de mi padre. Se había quedado huérfana ese mismo año porque su padre, Lyle, había muerto de la enfermedad del pulmón negro. Mi madre les dijo a los agentes de la paz que éramos familia y nos metieron en una sala de estar con muebles incómodos y polvorientos. Creo que fuimos sus únicas visitas. Sé que debería esperar a la despedida oficial, pero ahora lo único que me importa es abrazar a Sid y a mi madre. Como el señor Donner y Maysilee están formando un escándalo, aprovecho para acercarme al borde del escenario, agacharme y alargar los brazos para recibirlos. —¡De eso nada! —Un agente de la paz tira de mí mientras Drusilla sigue hablando—. Para esta gente no hay despedidas. Tras su intolerable comportamiento, han perdido ese privilegio. Llévatelos directos al tren y vámonos de esta pocilga. Un par de agentes tiran al señor Donner del escenario. Mientras está en el aire, se le escapa el dinero, que baja flotando y se mezcla con el confeti del suelo. Después sacan las esposas. Louella, que ha estado aguantando muy bien, ahora me mira, muerta de miedo. Le pongo una mano en el hombro para darle fuerzas, pero, como si fuera metal frío al tocar piel, deja escapar un chillido que suena a cachorro en una trampa. Al oírlo, las familias corren al frente, desesperadas por reclamarnos. Los agentes los retienen mientras Plutarch dice: —No quiero ser un grano en el culo, Drusilla, pero la verdad es que tengo pocas reacciones de la multitud para el resumen. ¿Podría grabar unas cuantas? —Si no hay más remedio… Pero si no estás en el tren dentro de quince minutos, te vuelves andando a casa.
—Te debo una —dice Plutarch, que les echa un vistazo rápido a las familias y nos señala a Louella y a mí—. Dejadme a esta y a este. Los agentes se llevan a Maysilee y a Wyatt al Edificio de Justicia, y golpean a sus parientes con las porras cuando intentan seguirlos. No sé cómo, pero Merrilee se les escapa y, por un momento, las gemelas Donner son una sola persona, fundidas en un abrazo, con la frente y la nariz pegadas. Una imagen en espejo que los agentes de la paz desgarrarán en dos. Veo que Wyatt le echa un último vistazo a la Callow histérica antes de cruzar la puerta. Louella y yo corremos hacia nuestras familias, pero Plutarch interviene. —Vamos a conseguir esas tomas. El equipo barre el confeti de una zona frente a las tiendas. Un cámara se coloca en posición, y Plutarch sitúa a los padres de Louella y a su media docena de hermanos y hermanas delante de la panadería. —Esperad, si estabais en la cosecha, salid del plano. —Dos de los niños se apartan—. Bien. Muy bien. Ahora, lo que necesito que hagáis es que reaccionéis exactamente igual que cuando oísteis que anunciaban el nombre de Louella. En tres, dos, uno, acción. La familia McCoy lo mira, paralizada. —¡Y corten! —Plutarch se acerca a los McCoy—. Perdonad. Está claro que no lo he explicado bien. Cuando oísteis que llamaban a Louella os quedasteis conmocionados, ¿verdad? «¡Oh, no!». Puede que se os escapara un jadeo o que gritarais su nombre. El caso es que algo hicisteis. Y ahora necesito que repitáis para la cámara, ¿vale? —Retrocede—. Así que en tres, dos, uno, ¡acción! Los McCoy se quedan más impávidos todavía que antes, si cabe. No es confusión: es que se niegan en redondo a actuar para el Capitolio. —Corten —dice Plutarch, que se restriega un ojo y suspira—. Llevaos a la chica al tren. Los agentes meten a Louella en el Edificio de Justicia mientras los McCoy por fin se quiebran y gritan su nombre, angustiados. Plutarch hace un gesto para que el equipo grabe su reacción. Cuando los McCoy se dan cuenta de que su desgracia ha quedado recogida en la cinta, se enfurecen, pero los agentes los echan a la fuerza de la plaza. Plutarch se vuelve hacia Sid y mi madre.
—Escuchad, sé que esto no es fácil, pero creo que podemos ayudarnos mutuamente. Si consigo una reacción que pueda usar, os doy un minuto con Haymitch. ¿Está claro? Veo que Sid mira un momento al cielo, ya que suena un trueno que parece una advertencia. Miro la cara pálida de mi madre y los labios temblorosos de mi hermano. Las palabras me salen sin que se lo pida. —No lo hagas, mamá. Sin embargo, ella me desautoriza y se dirige a Plutarch. —No, lo haré. Lo haremos los dos, si nos dejas abrazarlo por última vez. —Trato hecho. —Plutarch los coloca uno al lado del otro, pero mi madre se pone detrás de Sid y lo abraza—. Muy bonito. Me gusta. Vale, así que estamos en plena cosecha, Drusilla está sacando las papeletas de los chicos. Acaba de decir «Haymitch Abernathy». Y tres, dos, uno, acción. Mi madre ahoga un grito y Sid, desconcertado, como sin duda estaba en aquel momento, gira la cabeza para mirarla. —¡Corten! Ha estado genial. ¿Podemos intentarlo otra vez y, quizá, jadear un poco más fuerte? Vale, en tres, dos, uno… Al final no es una vez. Plutarch no deja de pedir respuestas más dramáticas («¡Grita su nombre!», «¡Esconde la cara en el vestido!», «¿Puedes echarte a llorar?») hasta que Sid empieza a llorar de verdad y mi madre parece a punto de desmayarse. —¡Basta! —estallo—. ¡Ya basta! ¡Tienes suficiente! Entonces crepita el walkie-talkie que lleva colgado del cinturón y oigo a Drusilla decir con impaciencia: —¿Dónde te has metido, Plutarch? —Terminando. Estoy contigo en cinco minutos. —Plutarch les hace un gesto a Sid y a mi madre para que se me acerquen, y ellos corren a abrazarme—. Tenéis dos minutos. Los aplasto contra mí y sé que es la última vez. Pero no hay tiempo que perder y somos una familia muy práctica. —Tomad esto. Vacío en sus manos el contenido de mis bolsillos, dinero y cacahuetes en las de mamá, cuchillo y la bolsa blanca de gominolas en las de Sid. Les lego los restos de mi vida en el 12.
Sid levanta las gominolas. —¿Para Lenore Dove? —Sí, asegúrate de que le lleguen, ¿vale? Sid está ronco por culpa de las lágrimas, pero habla con decisión. —Las tendrá. —Lo sé. Porque siempre puedo contar contigo. —Me arrodillo frente a mi hermano menor y le ofrezco la manga, como hacía cuando era diminuto para que se limpiara la nariz—. Ahora eres el hombre de la casa. Si fueras otro crío, estaría preocupado, pero sé que tú puedes hacerlo. —Sid empieza a negar con la cabeza—. Eres el doble de listo que yo y diez veces más valiente. Puedes hacerlo. ¿Vale? ¿Vale? —Asiente y le revuelvo el pelo. Después me levanto y abrazo a mi madre—. Tú también puedes, mamá. —Te quiero, hijo —susurra. —Y yo a ti. A través de la estática del walkie-talkie de Plutarch, oigo de nuevo la voz impaciente de Drusilla. —¡Plutarch! ¡No te creas que no soy capaz de irme sin ti! —Tenemos que irnos, amigos —dice Plutarch—. Drusilla no espera a nadie. Los agentes de la paz se acercan para separarnos, pero mi madre y Sid me agarran con fuerza. —¿Recuerdas lo que le dijo tu padre a la hija de Whitcomb? —me pregunta mi madre a toda prisa—. Todavía vale. Hago memoria, recuerdo el Edificio de Justicia, a la niña llorando y el olor enfermizo a flores medio marchitas que impregnaba aquel lugar. Mi padre habla con Sarshee y le dice: «No dejes que te usen, Sarshee. No…». —¡Plutarch! —chilla Drusilla—. ¡Plutarch Heavensbee! Los agentes de la paz nos separan a la fuerza. Me llevan en volandas mientras Sid suplica: —¡No os llevéis a mi hermano, por favor! Por favor, no os lo llevéis. ¡Lo necesitamos! No puedo evitarlo, debería ser un buen ejemplo para él, pero forcejeo para soltarme. —¡No pasa nada, Sid! Todo va a ir…
Una descarga eléctrica me recorre el cuerpo y me quedo sin fuerzas. Noto que los talones de las botas rebotan en las escaleras y en las moquetas del Edificio de Justicia, y que se arrastran por la grava del camino que hay detrás. En el coche, permito que me esposen sin resistirme. Tengo el cerebro adormecido, aunque sé que no quiero que vuelvan a darme una descarga. Con piernas temblorosas, subo los escalones metálicos del tren y me lanzan a un compartimento con una sola ventana con barrotes. Aprieto el rostro contra el cristal, pero lo único que veo es un vagón mugriento lleno de carbón. A pesar de todas las quejas de Drusilla, nos pasamos una hora sin movernos. El cielo se oscurece y estalla la tormenta. El granizo golpea la ventana, seguido de una manta de lluvia. Para cuando las ruedas del tren empiezan a girar, se me han aclarado las ideas. Intento memorizar todas y cada una de las imágenes fugaces de mi casa: los relámpagos iluminando los almacenes maltrechos, el agua cayendo por los montones de escoria y el brillo de las colinas verdes. Entonces veo a Lenore Dove. Está en lo alto de una cumbre, con el vestido rojo pegado al cuerpo y la bolsa de gominolas en la mano. Al pasar el tren, echa la cabeza hacia atrás y le chilla al mundo su pérdida y su rabia. Y, aunque me destroza, aunque golpeo con los puños el cristal hasta que se me ponen morados, agradezco su último regalo: que le haya negado a Plutarch la oportunidad de retransmitir nuestra despedida. El momento en el que se nos rompió el corazón nos pertenece solo a nosotros.
Fin del capítulo