Amanecer en la cosecha

Capítulo 28

Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha

Capítulo 28

Tercera Parte: El cartel

EPÍLOGO Ahora, cuando Lenore Dove viene a visitarme, no está enfadada ni moribunda, así que creo que me ha perdonado. Ha envejecido conmigo, tiene el rostro surcado de finas arrugas y el pelo pincelado de gris. Como si hubiera estado viviendo conmigo a lo largo de los años, en vez de yacer muerta en su tumba. Sigue siendo insólita y radiante. Cumplí mi promesa sobre la cosecha o, al menos, eché una mano, aunque ella dice que todavía no podemos estar juntos. Que debo cuidar de mi familia. La primera vez que vi a la chica en el Quemador no era más que un bebé. Burdock estaba muy orgulloso de ella, la llevaba en brazos a todas partes. Cuando él murió en la explosión de la mina, ella empezó a ir sola de vez en cuando para hacer trueques con ardillas o conejos. Parecía fuerte y lista, y llevaba el pelo recogido en dos trenzas, lo que me recordaba punto por punto a Louella McCoy, mi preciosa novia de antaño. Y, después de que se presentara voluntaria para los Juegos, era inevitable que se me escapara ese apodo. No quería dejarlos entrar, ni a Peeta ni a ella, pero los muros del corazón no son inexpugnables, no si alguna vez han conocido el amor. Al menos, eso dice Lenore Dove. No quería tener nada que ver con su libro conmemorativo después de la guerra. ¿Para qué? ¿De qué sirve? Para revivir todo lo perdido. Sin embargo, cuando tocó la página de Burdock, tenía que mencionar que él me enseñó la tumba. Y me sentí obligado a hablarles de Maysilee Donner, la antigua propietaria del broche del sinsajo. Y que a Sid le encantaban las estrellas. Antes de darme cuenta, se abrió la presa y salió todo: familia, tributos, amigos, camaradas, todo el mundo, incluida mi amada. Por fin conté nuestra historia. Unos días después de eso, Katniss apareció en mi puerta con una vieja cesta llena de huevos de ganso.

—No son para comer, sino para empollarlos. He saqueado varios nidos, para que se críen bien. Le da igual que hayamos comido ganso asado para cenar. No es una persona fácil; Peeta siempre dice que se parece a mí. Sin embargo, fue más lista que yo o tuvo más suerte. Es la que por fin evitó que ese sol volviera a salir. Peeta diseñó una especie de incubadora y, cuando los huevos eclosionaron, mi cara fue lo primero que vieron esas crías. A veces, se limitan a pastar en el césped, pero, cuando hace bueno, deambulamos hasta la Pradera. A Lenore Dove le gusta más, y, si ella está contenta, yo también. Como los gansos, sí que nos emparejamos de por vida. No sé bien si estaré mucho más tiempo en el viejo más acá. Tengo el hígado destrozado y solo dejo de beber cuando el tren llega tarde. Aunque estos días me emborracho por otros motivos, más por costumbre que por olvidar. Mi hora llegará y me parecerá bien, pero no sabría decir cuándo. Lo que sí sé es que el Capitolio no volverá a quitarme a Lenore Dove. Nunca me la quitó, en realidad. No hay nada que robar que merezca la pena guardar, y ella es lo más preciado que he conocido nunca. Cuando se lo digo, siempre responde: —Te quiero más que el fuego a las brasas. A lo que contesto: —Y yo a ti. FIN

Fin del capítulo

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