Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha
Capítulo 27
Tercera Parte: El cartel
La pesadilla siempre empieza dándole esa gominola. Estamos en la Pradera, abrazados con fuerza, ella con el rostro reluciente de lágrimas de alegría. Y no compruebo la bolsa. Nunca compruebo la bolsa. ¿Por qué no recordé hacerlo? Simplemente le pongo aquella gominola rojo sangre en los labios, y ya no hay forma de impedir lo que ocurre a continuación. El momento de la comprensión, su terror, la espuma ensangrentada, mi súplica para que se quede, la promesa que me exige. Entonces aparecen los tíos. Clerk Carmine me la quita de los brazos e intenta reanimarle el corazón mientras la llama a gritos. Tam Amber permanece rígido, de pie, sacudiendo la cabeza mientras masculla: —Otra vez no. No, otra vez no. Es entonces cuando empieza la música, el poema de su nombre, su canción, dándome vueltas por el cerebro como un tren a la fuga. En cierta medianoche sombría, mientras, débil y agotado, discurría sobre un pintoresco volumen de olvidado conocimiento, mientras cabeceaba, casi dormido, oí un golpe, un crujido, como si alguien llamara a la puerta de mi aposento… «Alguien de visita —mascullé—, que llama al portón… Nada más que eso y se acabó». Sí, recuerdo claramente que fue en un crudo diciembre y que cada brasa moribunda forjaba en el suelo una sombra espectral. Con ansia esperaba la mañana; en vano había intentado tomar
de mis libros prestado un alivio para el alma, alivio por la perdida Lenore, por la insólita y radiante doncella a la que los ángeles llaman Lenore, cuyo nombre aquí por siempre se apagó. El cuervo. Ese despiadado pájaro cantor. Que me recuerda constantemente el claro mensaje de Snow sobre mi vuelta a casa. Que jamás volveré a querer a nadie. Nunca más. Porque él se asegurará de que esa persona sufra una muerte horrible. Así que me alejo de todos por los que una vez sentí algún afecto. Antiguos vecinos. Hattie. Clientes. Compañeros de clase. Blair y Burdock son los que más aguantan. Blair al final reconoce que mi postura es la correcta, me abraza por última vez y se marcha, sollozando. Incluso entonces, Burdock insiste en seguir apareciendo, a veces con Asterid, que me trae botellas de jarabe para dormir. Desafiante. Sordos a mis súplicas. Recurro a lanzarles pedradas. Al final consigo que me dejen solo cuando acierto a Asterid en la frente y la sangre le chorrea sobre su rostro perfecto. Hacerle daño así me duele más que todo lo que hice en la arena. Y cada susurro sedoso, triste e incierto de las cortinas moradas me estremecía y me rebosaba la imaginación de desconocido pavor; así que, para acallar el latido de mi corazón, me repetía las palabras: «Alguien de visita que suplica entrar en mi habitación; Alguien que llega tarde y suplica entrar en mi habitación… Nada más que eso y se acabó». En breve mi alma se fortaleció y de vacilar cejó. «Señor —dije— o señora, apelo de veras a vuestra comprensión, pues cabeceando me encontraba, y su llamada fue tan delicada, y con tal sutileza llamaba quedamente a mi habitación, que apenas la escuchaba», y entonces abrí de par en par el portón. Oscuridad al otro lado, y se acabó. El mundo guarda silencio. No veo a nadie. Nunca antes había estado solo de verdad, siempre había tenido a mi familia. O a mis amigos. O a mi amada.
Cada semana, un agente de la paz mete por debajo de la puerta un sobre con mi sueldo de vencedor y me deja un paquete de comida en el porche. Del contenido del sobre restan meticulosamente la carne, el pan, la leche y los distintos suministros. ¿Quién ha organizado este servicio? ¿El presidente? ¿Sigue insistiendo en mantenerme con vida? Le daría la bienvenida a la muerte, si no fuera porque le prometí a Lenore Dove que, no sé cómo, conseguiría evitar que volviera a amanecer en un mundo en el que siga existiendo la cosecha. Es una imposibilidad de tal magnitud que solo sirve para desesperarme más. Me bebo todas las botellas de jarabe para escapar de la realidad, aunque solo me sirve para darle las gominolas en sueños. Largo tiempo a esa oscuridad estuve asomado, preguntándome, temiendo, dudando, soñando sueños que ningún mortal se atrevió a soñar jamás; pero el silencio permaneció y la quietud no cesó, y la única palabra que allí se pronunció fue aquel susurro, «¿Lenore?». Y, tras mi susurro, un eco la palabra me devolvió, «¡Lenore!». Solo eso y se acabó. De vuelta a mi habitación me revolvía, el alma entera me ardía, y no tardé en escuchar un golpe algo más fuerte que el anterior. «Sin duda —dije—, hay algo en la ventana, en la celosía; veré, pues, de qué amenaza se trata y cuál es el misterioso clamor; veré, pues, si mi corazón se calma y me permite investigar el misterioso clamor. ¡Es el viento y se acabó!». Una noche voy en su busca; me interno en el cementerio de la colina e intento dar con la tierra recién removida y la lápida nueva. Los demás están aquí (mamá, Sid, mis compañeros tributos), pero no Lenore Dove. La casa torcida de la Bandada se alza, oscura y silenciosa, a la luz de la luna. Doy vueltas por el patio como un perro callejero y me acurruco bajo su ventana, deseando que su fantasma me encuentre. Deben de ser las tres de la madrugada cuando empieza a sonar el violín, suave y bajo, tocando su canción.
¿Sabe Clerk Carmine que estoy aquí? ¿Intenta volverme loco de remate? Llamo a la puerta, gritando a pleno pulmón: —¿Dónde está? ¿Dónde está? El violín guarda silencio. Pero es demasiado tarde. Ya tengo la melodía metida en la cabeza. Entonces abrí la contraventana y, con aleteo y jarana, un majestuoso cuervo de tiempos postreros hizo su aparición. En nada me obedecía; ni un minuto se detuvo ni paró, sino que, con maneras de cortesano, se posó sobre la puerta de mi habitación, allí, sobre un busto de Palas justo encima del portón. Se encaramó allí y se acabó. Este pájaro de ébano logró tornar en sonrisa mi triste semblante ante el serio y adusto decoro de su elegante expresión, «Por más que tu cresta esté ajada y rala, tu actitud es bien osada. Espantoso cuervo de antaño que, desde la oscura orilla, acudes a mi balcón, dime cómo a ti se refieren en la oscura orilla de Plutón». El cuervo dijo: «Nunca más», y se calló. Se me acaba el jarabe para dormir y, desesperado, empiezo a visitar al viejo Bascom Pie y a salir de allí cargado con un saco lleno de botellas de garrafón que tintinean durante todo el camino de vuelta a casa. Algunas noches logro sumirme en el olvido; otras, vago por la oscuridad. Una mañana, me despierto medio desnudo en el césped de la entrada de mi casa, cubierto de picaduras de mosquito, y entonces caigo en dónde tiene que estar Lenore Dove. Que sus tíos no le habrán dado descanso eterno en el cementerio del Distrito 12, sino en algún sitio que ella amara. Que todos amaran. El bosque. Soy un hombre con una misión. Me paso semanas dando vueltas entre los árboles, rodeando el lago, examinando la tierra bajo los manzanos, buscando cualquier rastro de ella. Ruego a los sinsajos que me den alguna pista sobre su paradero. Grito su nombre al viento. Las hojas se tiñen de escarlata y oro, y me crujen bajo los pies. —¡Lenore Dove! ¡Lenore Dove! —aúllo, pero no se me revela.
Entonces aparece Burdock, como salido de la niebla. Lleva la chaqueta de cuero bien cerrada para protegerse de la helada, el arco en la mano y un par de pavos salvajes colgados de la cadera. No me ha perdonado, no lo hará nunca, aunque no le falta compasión. Puede que porque sabe lo que es amar. —Si es lo que quieres, ven conmigo —se limita a decir. Y sí que quiero, tanto como hace tiempo quería las manzanas que él me prometió, así que lo sigo hasta lo más profundo del bosque. Más allá del lago, más allá de lo conocido, hasta un bosquecillo oculto que ningún ojo humano normal sería capaz de detectar. Y allí me deja. Un cementerio pequeño y secreto con bellas lápidas labradas. La Bandada. En cada piedra han grabado un fragmento del poema del nombre correspondiente. Entre ellas, en una lápida blanco crema: SEÑORA, MAUDE CLARE —DIJO ÉL—, MAUDE CLARE, Y OCULTÓ LA TEZ. En una losa cubierta de musgo: PERO ALGUNOS AFIRMAN TODAVÍA QUE LA DULCE NIÑA NO ESTÁ MUERTA, QUE A LUCY GRAY SE LA VEÍA POR LA SOLITARIA LADERA. Y, sobre una roca gris, moteada de rosa y morado: PERO EL SILENCIO PERMANECIÓ Y LA QUIETUD NO CESÓ, Y LA ÚNICA PALABRA QUE ALLÍ SE PRONUNCIÓ FUE AQUEL SUSURRO, «¿LENORE?». Y, TRAS MI SUSURRO, UN ECO LA PALABRA ME DEVOLVIÓ, «¡LENORE!». SOLO ESO Y SE ACABÓ. Me tumbo sobre su sepultura y me quedo aquí hasta que cae la noche, rompe el alba y cae de nuevo la oscuridad. Se lo cuento todo y le suplico que vuelva conmigo, que me espere, que me perdone por todas las veces que le he fallado.
Cuando amanece el segundo día, no ha regresado. Entierro el eslabón de la serpiente y el pájaro frente a su lápida. Le pido que me libere de mi última promesa. Le pido que me deje ir ahora con ella. Le pido una señal. Entonces, no sé cómo, consigo volver a casa y quedarme dormido… para ponerle en la boca otra gominola. Qué maravilla escuchar a aquella fea ave con tal claridad hablar, aunque su respuesta poco significara y no me diera solución; porque es por todos sabido que ningún ser humano vivo se ha visto bendecido por la presencia de un pájaro sobre su portón, ni pájaro ni animal posado en el busto esculpido sobre su portón, por nombre «Nunca más» y se acabó. Pero el cuervo, posado en soledad en el plácido busto, no dijo más que esas palabras, como si toda su alma en ellas volcara. Tras eso, no volvió a agitar pluma ni emitió expresión alguna hasta que susurré mi amargura: «No es el primer amigo que voló… Por la mañana me dejará, como mi esperanza ya antes me dejó». Raudo el pájaro dijo: «Nunca más», y se calló. Le doy a la botella, mucho más que antes. Bebo, desaparezco en la noche y recupero la consciencia en los lugares olvidados del Distrito 12. Una mañana, al romper el alba, me despierto de golpe, temblando, en un callejón de la ciudad. Estoy mirando un mensaje en la pared, escrito en naranja chillón: ¡si no hay capitolio, no hay árbol del ahorcado! Es una versión rebelde de la propaganda del Capitolio. «¡Si no hay Capitolio, no hay cosecha!». Aquí, oculto, un grito a la revolución más allá del radar de los agentes de la paz. Me viene un recuerdo a la cabeza… Maysilee en la arena… después de matar a un Vigilante de los Juegos… Seda de araña y la canción de su nana… «Bueno, tu chica está llena de sorpresas. Supongo que al final se nos adelantó a todos».
Llena de sorpresas. Llena de secretos, incluso conmigo. Pero Maysilee supo atar cabos. Pintura naranja bajo las uñas. Esto es obra de Lenore Dove. Su señal. Su mensaje para mí. Su recordatorio de que tengo que evitar otro amanecer en la cosecha. Y dice: «Me lo prometiste». Con eso, me condena a vivir. Sorprendido de que el silencio rompiera de forma tan certera, «Sin duda —dije—, lo que masculla es lo único que aprendió de algún infeliz dueño al que un desastre poco halagüeño siguió deprisa y con empeño hasta que solo una canción le quedó… Hasta que la endecha de su esperanza en una frase resumió, la de “nunca… nunca más”, y se acabó». Pero el cuervo seguía tornando en sonrisa mi triste guisa, y acerqué un cómodo sillón frente a ave, busto y portón; después, sobre el terciopelo del cojín, me dediqué con esmero a unir un detalle con otro, a cavilar sobre lo que el viejo pájaro agorero, lo que aquel pájaro serio, espantoso y demacrado querría decir al graznar: «Nunca más», y se acabó. Ahora que Lenore ha dicho lo que tenía que decir, otros fantasmas llenos de odio y rabia me visitan por las noches. Panache parece tener poco que hacer, salvo perseguirme, y Silka cree que le debo una corona. El terror me acompaña también cuando estoy despierto. Empiezo a dormir con un cuchillo en la mano. Es Effie Trinket la que me encuentra así la mañana de la Gira de la Victoria. Me despierto, sobresaltado, y descubro que ha tomado posesión del cuchillo. —Siento mucho el accidente de tu familia, Haymitch. Y qué tragedia lo de la apendicitis de tu novia. Pero esto no puede seguir así. Tenemos unas responsabilidades que atender. ¿El accidente de mi familia? ¿La apendicitis de Lenore Dove? Tiene razón. Tengo responsabilidades que atender. Pero ¿cómo?
Dejo que me sirva café. Que me envíe a la bañera hasta que Proserpina y Vitus son capaces de mirarme. Que me abotone un traje de cachemir que el tío abuelo Silius nunca tuvo ocasión de estrenar y que me ponga presentable para subir al tren camino del Distrito 11. —Se corrió la voz. Despidieron a Magno por negligencia y Drusilla se rompió la cadera al caerse por una escalera mecánica —me cuenta Plutarch en confianza—. Parece que Maysilee estaba en lo cierto con lo de los tacones. Total, que sugerí a Effie en el último minuto y les encantó la idea, sobre todo porque traía con ella el guardarropa de su depravado tío. —¿Por qué estás aquí, Plutarch? —le pregunto. Es una cuestión con varias respuestas posibles, pero elige la más superficial. —Estoy aquí para grabar tu Gira de la Victoria. Está en mi contrato. Oye, tienes cara de necesitar un bocadillo. ¡Tibby! Es un tren distinto al anterior. Más elegante. Mucho acero y cromo. Con tapizado de terciopelo gris paloma, para que no lo olvide. Ahora mismo, intentar olvidar es mi trabajo a tiempo completo. Effie hace lo que puede por mantenerme sobrio, pero el tren está cargado de alcohol. Sobre eso meditaba, aunque ninguna sílaba expresara, ante el ave cuyos ojos ardientes ahora hasta el corazón me quemaban; sobre eso y más discurría, con la cabeza cómodamente reclinada en la tapicería aterciopelada que la lámpara iluminaba con presunción, pero esa tapicería aterciopelada que la lámpara iluminaba con presunción ella, ay, nunca más tocaría; eso se acabó. Entonces creí notar que el aire se tornaba denso, perfumado por el invisible incienso de un serafín cuyos pasos tintineaban sobre el suelo almohadillado. «¡Miserable! —exclamé—, tu Dios te ha enviado, a través de estos ángeles alados, alivio, alivio y nepente para tus recuerdos de Lenore; ¡embriágate, sí, con este amable nepente y olvídate de tu
perdida, Lenore!». El cuervo dijo: «Nunca más», y se calló. En el Distrito 11, me colocan en los escalones de su Edificio de Justicia, frente a las afligidas familias de Hull, Tile, Chicory y la otra chica, Blossom. En el ancho mar de rostros, busco los de los parientes de Lou Lou, sin encontrar nada. Empieza la fiesta. Bebo durante todas las celebraciones, que se alargan hasta entrada la noche. Cuando el Edificio de Justicia al fin duerme, Plutarch me conduce por varias escaleras y me lleva al desván. —Alivio y nepente —mascullo con la botella junto a los labios. Plutarch me la arranca de la mano. —Escucha, Haymitch, no tenemos mucho tiempo. Este desván es el único punto de todo el Edificio de Justicia en el que no hay micrófonos. Bueno, quizá tenga razón. Parece como si nadie hubiera entrado aquí en cien años. Hay una capa de polvo tan gruesa que se podría dormir cómodamente sobre ella. Por qué esconderse aquí para un momento privado en vez de salir fuera, ni lo sé ni me importa. Ya no pueden hacerme nada más. A diferencia de a Plutarch. —¿Cómo es que tienes tan buen aspecto, Plutarch? Torturaron a Wiress y a Mags, ¿verdad? Y supongo que Beetee está muerto. —Beetee es demasiado valioso para matarlo. —Suponía que se habría suicidado. —No puede. Su mujer está embarazada. Además, no decepcionaría de ese modo a Ampert. —Ah, ya veo. Va a derrocar al Capitolio, ¿no? —Quizá algún día. Pero ninguno de nosotros puede hacerlo solo. Has demostrado mucho valor e inteligencia en esa arena. Necesitamos tu ayuda. —¿Yo? —pregunto, incrédulo—. Soy la prueba viviente de que el Capitolio siempre gana. Intenté evitar que aquel sol volviera a salir en un mundo con cosecha, intenté cambiar las cosas, y ahora están todos muertos. No me necesitáis. Y yo no lo necesito. No quiero ayuda de nadie del Capitolio, nunca más. No volveré a confiar en ellos. —Sí que te necesitamos. Has hecho temblar los cimientos del Capitolio, tanto real como literalmente. Fuiste capaz de imaginar un futuro distinto. Y
quizá no se haga realidad hoy, quizá ni siquiera en el tiempo que nos quede con vida. Quizá se tarden varias generaciones. Todos formamos parte de un continuo. ¿Acaso significa eso que no tiene sentido? —No tengo ni idea. Pero sí sé que necesitáis a alguien que no sea yo. —No, Haymitch, necesitamos a alguien como tú. —¿Pero con más suerte? —Con más suerte o con mejor don de la oportunidad. Un ejército a sus órdenes tampoco vendría mal. —Claro, eso siempre ayuda. ¿De dónde vas a sacar un ejército, Plutarch? —Si no encuentro ninguno, tendremos que reunirlo. Pero, claro, encontrarlo es más sencillo. —¿Y después podemos matarnos entre nosotros, como en los viejos tiempos de los Días Oscuros? —Bueno, sabes mejor que nadie a lo que nos enfrentamos con Snow. Si se te ocurre otra forma de evitar ese amanecer, me cuentas. «¡Profeta! —respondí—, ¡ser malvado! ¡Aun así, profeta, seas demonio o pájaro! Ya te haya enviado el Tentador o la tempestad te haya lanzado, desamparado pero impávido, a este páramo hechizado, a este hogar presa del desaliento, te lo imploro, dímelo sin cerrazón. ¿No hay… no hay bálsamo en Galaad? ¡Te lo imploro, por favor!». El cuervo dijo: «Nunca más», y se calló. «¡Profeta! —respondí—, ¡ser malvado! ¡Aun así, profeta, seas demonio o pájaro! Por el cielo que nos cubre, por ese Dios que adoramos los dos, dile a esta alma postrada por la pena si, en el lejano Edén, se unirá a la santa doncella a la que los ángeles llaman Lenore, a la insólita y radiante doncella a la que los ángeles llaman Lenore». El cuervo dijo: «Nunca más», y se calló.
Evito hablar con Plutarch durante el resto de la Gira de la Victoria. Durante mi paso por todos los distritos, donde me suben a escenarios frente a las familias de los tributos muertos. Durante todas las fiestas que culminan en el Capitolio, donde me devuelven a mi cómoda jaula. Durante las tensas festividades en el Distrito 12. Mi equipo se dirige al tren. Plutarch y el suyo graban un reportaje de estilo sobre mi nueva casa y una toma mía de despedida en el patio. Mientras estoy aquí, contemplando mi prisión, poco dispuesto a cruzar el umbral y reanudar mi condena, se me acerca. —¿Va todo bien, Haymitch? —No tengo nada por lo que vivir —digo sin tan siquiera un ápice de autocompasión. Simplemente, afirmo un hecho. —Entonces, no tienes nada que perder. Esto deja todo el poder en tus manos. Me gustaría matarlo ahora mismo, aunque ¿para qué? Así que respondo: —Crees que eres una buena persona, ¿verdad, Plutarch? Crees que eres un buen hombre porque me contaste lo del sol y los caballones. Cuando lo que en realidad hiciste es ayudar a crear la propaganda del Capitolio y a retrasmitirla a todo el país. Cuarenta y nueve niños murieron por su culpa, pero le diste el viejo toque Heavensbee y, en esa propo, eres una especie de héroe. Plutarch se toma un momento para responder. —Nadie me consideraría un héroe, Haymitch. Pero, al menos, sigo en el juego. «¡Pájaro o demonio —grité, levantándome de la silla—, que esa sea nuestra despedida!». «¡Regresa a la tempestad y a la oscura orilla de Plutón! ¡No dejes pluma negra que recuerde la mentira que tu alma me contó! ¡Deja mi soledad intacta! ¡Abandona el busto sobre el portón! ¡Aparta tu pico de mi alma y que tu silueta no ensombrezca más mi portón!». El cuervo dijo: «Nunca más», y se calló. Pero el cuervo no partió; sigue posado, aquí sigue posado
sobre el pálido busto de Palas, justo encima de mi portón; y sus ojos me recuerdan a los de un demonio que sueña, y la lámpara que lo ilumina su sombra proyecta en el suelo, sobre el tablón; y mi alma de esa sombra que yace flotando sobre el tablón no se alzará nunca más, y se acabó. Así que aquí me quedo, atrapado para siempre en mi habitación. Estoy desesperado por olvidar. Por escapar de la pena, de la dolorosa soledad, de la pérdida de mis seres queridos. No tengo objetos que me los recuerden; todos ardieron o se enterraron. Me esfuerzo por olvidar su voz, su rostro, su risa. Incluso cuando pienso, mi lenguaje se vuelve apagado y monótono, despojado del color y la música de antaño. El único contacto humano que me permito son las noticias del Capitolio, que pongo en el televisor las veinticuatro horas del día. Así, si el fantasma de Lenore Dove se me aparece alguna vez, le puedo decir que trabajo en una estrategia para evitar que ese sol salga. No hago planes, no tengo esperanzas, no veo a nadie, no hablo con ningún ser humano, salvo con Bascom Pie cuando se me acaba el nepente. Sin embargo, tampoco puedo decir que no tenga futuro, porque sé que cada año, por mi cumpleaños, me regalarán un nuevo par de tributos, una niña y un niño, para que sea el mentor de su muerte. Otro amanecer en la cosecha. Y, cuando recuerdo eso, oigo la voz de Sid al despertarme la mañana que el cuervo llamó por primera vez a la puerta de mi habitación. «¡Feliz cumpleaños, Haymitch!».
Fin del capítulo