Amanecer en la cosecha

Capítulo 26

Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha

Capítulo 26

Tercera Parte: El cartel

La fiesta posterior se celebra en el salón de baile de la mansión presidencial. Me exhiben en una gigantesca jaula dorada para pájaros que cuelga de la lámpara de luces principal, a la altura de los ojos. Supongo que es una especie de broma; seguro que a los invitados les hace muchísima gracia. Aunque de broma no tiene nada. Cuando pruebo a girar la manecilla de la puerta para abrirla, está cerrada con llave. Mis amigos agentes de la paz permanecen cerca, lo que envalentona a los invitados. Les sigo la corriente, bromeo con mis patrocinadores y poso para las fotos; intento pintar el mejor cartel posible para convencer al presidente Snow de que ahora estoy en su equipo. De que soy su marioneta. Su juguete. Porque tengo la sangre helada desde su comentario sobre mi vuelta a casa. ¿Qué me espera? Y, si me comporto, ¿podré arreglarlo? La gente me trae golosinas y me alimenta con la mano, como si fuera un perrito, y yo me lamo los labios, agradecido, y como hasta que mi estómago encogido está a punto de reventar. Espero que no enseñen esto en el Distrito 12. Puede que la gente olvide, pero no perdonará un comportamiento semejante, y menos teniendo en cuenta que no se me reconocerán todos los problemas que he causado y que me han llevado hasta esta jaula. Esta vergüenza me acompañaría para siempre. No obstante, todo ha quedado grabado para la posteridad. Plutarch Heavensbee y su equipo, todavía asignados a mí, revolotean a mi alrededor y ruedan. Se niega a permitir que lo mire a los ojos. Vuelvo a dudar de él (al fin y al cabo, parece que la trama rebelde no le ha pasado factura), pero hay mil preguntas que me gustaría plantearle.

No veo al presidente Snow en toda la noche. Ni tampoco a muchos miembros de mi equipo. Proserpina y Vitus se acercan a felicitarme, medio borrachos y con la cara rosa. Drusilla y Magno, que parecen haberse reconciliado después de su éxito, se besan y hacen arrumacos, y posan un momento para hacerse fotos conmigo. Magno ni siquiera recuerda mi nombre e insiste en llamarme Hamwich, que para mí suena como un sándwich de jamón. La única persona que no me quita el ojo de encima es Effie Trinket. Socializa cerca de mí, vigilante, aunque procurando no atribuirse el mérito de mi éxito. Ya de madrugada, cuando todo empieza a calmarse, Plutarch se acerca con disimulo a mi jaula, fingiendo estar concentrado en una cámara poco colaboradora. —¿Qué le está pasando a mi familia? ¿Y a Lenore Dove? —le susurro. —No sé nada sobre tu familia. Ella sigue en la base —responde. —¿Qué? Me dijo que la iban a soltar por la mañana. ¿La han vuelto a detener? —No. No la soltaron. —¿Qué? Sigue su camino y me deja analizando esas palabras tan horribles: «No la soltaron». Era una mentira, de ellos o puede que de ella. Un regalo que me hizo para que no me preocupara por ella, sino solo por mí. Y funcionó. Pero ahora sé que ha estado completamente indefensa, todo este tiempo, mientras yo saboteaba la arena. Encerrada. Hambrienta. Torturada. Violada. Asesinada. Me aferro a los barrotes, petrificado, mientras las palabras que me había negado a considerar me dan vueltas en la cabeza. La mujer de las orejas de gato aparece y me pone delante una gamba. Abro la boca automáticamente y mastico el manjar mientras su amigo nos hace fotos. Ahora no puedo echarme atrás. La vida de Lenore Dove está en juego. Cuando por fin llega el alba, me permiten aliviarme en un cuarto de baño de mármol rosa con florituras y jabón con olor a rosa. Espero que me envíen a la estación de tren, pero me devuelven al piso. Han reabastecido el frigorífico con panecillos frescos y leche. Ropa limpia. Parece que no volveré pronto a casa.

Durante los días siguientes, me llevan de un lado a otro del Capitolio (a fiestas, entrevistas y reportajes de moda) para que disfrute públicamente de mi victoria. No existe un lameculos mayor en toda la historia de los Juegos. No hay ninguna humillación a la que no me someta. Lo soportaré todo con tal de mantener con vida a mis seres queridos. Por fin, tras una fiesta que dura toda la noche en el zoo del Capitolio, los agentes de la paz me transportan hasta la estación de tren vacía, en la que todavía cuelgan las banderolas propagandísticas. ¡si no hay paz, no hay prosperidad!, ¡si no hay juegos del hambre, no hay paz! Y la réplica final del presidente Snow: el mejor agente de la paz de panem. En la puerta del tren me espera un médico que me quita con manos hábiles la bomba del pecho; me quedan unos agujeritos supurantes en los puntos en los que se me clavaban los dientes. No puedo fingir que me entristezca desprenderme de ella, aunque, en cuestión de minutos, se pasa el efecto de la medicación y empieza a dolerme la cicatriz. No hay litera con colcha tiesa para mí. De vuelta a las cadenas, me encierran en la habitación de la que una vez me libró Plutarch. Ahora no lo veo por ninguna parte. Supongo que el espectáculo se ha acabado de verdad. Me envuelvo bien en la chaqueta de burbujas de champán del tío abuelo Silius y me siento en una esquina, con el vientre cada vez más dolorido. El Capitolio tiene todas las razones del mundo para deshacerse de mí, pero el tren no se mueve. Tengo que volver a casa. Tengo que saber qué ha pasado. Al cabo de un par de horas, aparece un agente con un panecillo y un cartón de leche. Sigo con la dieta de Snow. —¿Por qué no nos movemos? —pregunto. —Hemos estado esperando a tus amigos —contesta, señalando la ventanilla, y se va. ¿Mis amigos? Aquí no tengo amigos. ¿Se refiere a mi equipo? Miro por la ventana de mi celda. Están empujando tres carros por el andén. En cada uno de ellos hay una sencilla caja de madera. Tras un momento de confusión, logro atar cabos: son ataúdes. Louella, Maysilee y Wyatt van a volver a casa conmigo. Creía que ya los habrían enterrado, que ya estarían

descansando en paz en las tumbas familiares, en lo alto de la colina del Distrito 12, pero resulta que terminaremos el viaje juntos. Vuelvo a deslizar la espalda pared abajo, sin parar de temblar. Pienso en el estado de sus cuerpos, violados por cuadrigas, hojas afiladas y pájaros. Me imagino a sus familias, llorando y esperándolos en la estación, dándome la espalda o, peor, volviéndose hacia mí para exigirme explicaciones. ¿El Capitolio siempre envía a los caídos con el vencedor? ¿O es un regalo de despedida especial para mí? Oigo golpes amortiguados cuando cargan los ataúdes en el tren. Bastante cerca de mí. Creo que en el vagón de al lado. Se cierran las puertas. El tren empieza a moverse. Me acurruco en el suelo, con la cara contra la pared; ojalá haberme ganado yo también un ataúd. Pero no, tengo que disfrutar de la vuelta a casa. De nuevo, pienso en Lenore Dove. Mi chica de la Bandada. ¿Qué le pasaría a la de Snow? La misteriosa ganadora del Distrito 12. Podría seguir viva. Él lo está. Y, sin embargo, ella prácticamente ha desaparecido de la memoria del Distrito 12. ¿Ordenó su muerte el presidente Snow? No, por aquel entonces era demasiado joven. Apenas mayor que yo. No habría tenido tanto poder. No como ahora. ¿Qué planea para mi paloma? Pienso en la canción de la Bandada, la que la nana de Maysilee citaba cuando su nieta tenía miedo… «No hay nada que robar que merezca la pena guardar». En la arrogancia de esas palabras tan valientes. A mí sí me pueden robar muchas cosas (mi madre, mi hermano, mi amor) que son las únicas que merece la pena guardar. De repente, otra canción me viene a la cabeza. También prohibida. Lenore Dove la toca a veces para Burdock… ¿Vas, vas a volver al árbol en el que colgaron a un hombre por matar a tres? Cosas extrañas pasaron en él, no más extraño sería en el árbol del ahorcado reunirnos al anochecer. ¿Vas, vas a volver al árbol donde el hombre muerto pidió a su amor huir con él? Cosas extrañas pasaron en él, no más extraño sería

en el árbol del ahorcado reunirnos al anochecer. Cosas extrañas. Un hombre muerto que pide algo a su amada. Su fantasma. No, Lenore Dove me dijo que era un pájaro. Charlajos. Los mutos fallidos que el Capitolio soltó en el Distrito 12 para que murieran. Pero desafiaron la condena a la extinción al engendrar una nueva especie, los sinsajos. ¿Por eso la canción es tan peligrosa? ¿Por inmortalizar a los mutos rebeldes? ¿Vas, vas a volver al árbol donde te pedí huir y en libertad juntos correr? Cosas extrañas pasaron en él, no más extraño sería en el árbol del ahorcado reunirnos al anochecer. ¿O habla de que el Capitolio colgó a alguien que seguramente era un rebelde? Esos son los que morían en el árbol del ahorcado. Conozco ese árbol, es real, mi padre me lo señaló una vez. Ahora tenemos un patíbulo en el Distrito 12, cortesía del Capitolio, pero, antaño, muchos rebeldes murieron colgados de sus ramas. ¿Vas, vas a volver al árbol con un collar de cuerda para conmigo pender? Cosas extrañas pasaron en él, no más extraño sería en el árbol del ahorcado reunirnos al anochecer. Puede que Lenore Dove y yo colguemos juntos. Podría ser más sencillo encontrarla así, en ese otro mundo suyo. Es lo más parecido a un consuelo que logro encontrar. Viajamos todo el día, hasta entrada la noche. De vez en cuando nos detenemos a repostar. Cada pocas horas, me sirven panecillos y leche, aunque no he probado nada. Me duele el estómago y el suelo duro se me clava en los huesos sin carne. Cuando consigo adormecerme, los tributos muertos me visitan. Parecen querer que haga algo, aunque no tengo claro el qué. La visita más extraña es la de Louella y Lou Lou, vestidas con trajes idénticos, sentadas al otro lado de una mesa mientras yo pelo y me como

un cuenco lleno de huevos duros. «¿Quién es una y quién la otra?», me preguntan, pero el Capitolio ha ganado. No soy capaz de distinguirlas. Me despierto de golpe y descubro que el tren ha entrado en la estación del Distrito 12. Estoy en casa. Los agentes entran, me quitan las esposas y me conducen a la salida. La puerta se sabre. —Sal —ordena uno. Muy agitado, bajo al andén vacío, que está cubierto de carbonilla. Nadie me espera. Nadie sabe que vuelvo. Sigue estando oscuro y en el reloj de la estación pone que son las cinco de la madrugada. Los agentes de la paz empujan sin miramientos los ataúdes para que caigan a mi lado, de modo que se dañan algunas tablas. Después, el tren se aleja y me deja completamente solo, salvo por mis compañeros tributos. Me acerco a ellos y apoyo una mano en el que está más cerca. En la tapa del ataúd han atornillado una placa de metal parecida a las de la casa de Plutarch y las de los caballones de la arena. Toco la inscripción. louella mccoy. El olor a muerte brota de la madera agrietada. Me vuelvo y, rígido, me obligo a recorrer el andén. El silencio de la estación es sepulcral. Raro, a pesar de la hora. Puede que sea un domingo por la mañana, que es el único día que cierran las minas. Con tanta droga dentro, no tengo ni idea de la fecha. No se me ocurrió preguntar. Tiene que ser agosto. Empujo la pesada puerta de cristal y respiró con ganas el aire nocturno, que es cálido, húmedo y huele a polvo de carbón, y, por primera vez, me permite creer que de verdad estoy en casa. Me da un vuelco el corazón y, como soy idiota, una chispa de esperanza se abre paso entre el frío de mi desesperanza. ¿Será posible que, en menos de una hora, sienta los brazos de mi madre rodeándome, le alborote el pelo a Sid, me quite la ropa de muerto del tío abuelo Silius y me ponga unos pantalones cortos de saco de harina? ¿Será posible que liberen a Lenore Dove? ¿Están de nuevo a mi alcance los dulces momentos de mi antigua vida, esos que daba por sentados antes de los Juegos? ¿Podría volver a ser feliz un miserable desgraciado como yo? Mientras recorro las calles solitarias en dirección a la Veta, me pellizco para descartar que se trate de un sueño. Qué tonto, ya que tengo dolor de sobra. Es que se suponía que no iba a regresar, con sabotaje de la arena o

sin él. La idea de que quizá haya triunfado en unos Juegos del Hambre dobles es casi imposible de creer. Sin embargo, estos son mis pies, embutidos en zapatos de charol puntiagudos, pisando ceniza de camino a casa. Acelero el paso. Si es un sueño, quiero seguir en él hasta poder ver a mi familia de nuevo. Al principio, confundo el brillo que veo delante con el amanecer, hasta que me doy cuenta de que es demasiado local y fuerte. Un olorcillo a humo atraviesa el aire denso y húmedo. Fuego. Pero no de carbón. Corro todo lo que el cuerpo me permite. Tengo los músculos débiles, las cicatrices me rabian y los pies hinchados hacen que más bien renquee frenéticamente. Puede que me equivoque. El incendio podría ser en cualquier casa, con tantos fogones oxidados y cocinas sin vigilar. Puede que no sea la mía. Sé que es la mía. Ahora oigo las voces que gritan pidiendo agua y a una mujer llorando. Al doblar la esquina, veo las llamas contra el cielo todavía oscuro. —¡Mamá! —grito—. ¡Sid! Me abro paso a través de la cola de cubos, alimentada por las bombas de agua de tres vecinos, además de la nuestra; esos lentos chorros, esas salpicaduras lamentables contra este desastre. La gente se aparta, sorprendida y atemorizada por mi aparición. No están preparados para este espantapájaros con mirada de loco vestido con ropa de gala del Capitolio. —¡Mamá! ¡Sid! —Agarro a la primera persona que veo, una de las hijas de los Chance, que no debe de tener más de ocho años—. ¿Dónde están? ¿Dónde está mi familia? Aterrada, señala la casa en llamas. Mi madre y Sid se queman vivos. Bailo a un lado y a otro unos segundos, buscando una abertura en el muro de fuego, antes de lanzarme de cabeza al incendio. —¡Mamá! Cuando llego a la puerta, cae una viga y doy un salto atrás por puros reflejos, bajo una lluvia de chispas. Cegado por un momento, vuelvo a acercarme a la casa, pero alguien tira de mí hacia atrás. Los zapatos de charol, con sus suelas resbaladizas, me traicionan cuando me arrastran hacia el patio y me sujetan contra el suelo. Con un hombre en cada extremidad y Burdock sobre mi pecho, solo puedo aullar.

—¡Soltadme! ¡Soltadme, cab…! Burdock me tapa la boca. —Es demasiado tarde, Haymitch. Lo hemos intentado. Es demasiado tarde. Le muerdo la palma de la mano y él la retira de golpe, aunque solo me sirve para poder chillar: —¡Mamá! ¡Sid! ¡Mamááá! Blair, que me sujeta el brazo derecho con una rodilla, se inclina sobre mí. Tiene el rostro negro de hollín, surcado de ríos blancos de lágrimas. —Lo sentimos de corazón, Haymitch. Lo hemos intentado. Sabes que lo hemos intentado. No hemos podido salvarlos. —¡No! ¡Soltadme! —Forcejeo para liberarme, pero me superan en número y sigo débil después de tantos días de recuperación, así que es imposible—. Dejadme ir con ellos, ¡por favor! No lo hacen, me siguen reteniendo. Me quedo tumbado, sollozando, suplicando, llamando a mi madre y a Sid, hasta que ya no me sale sonido alguno. —¿Puedes ayudarlo? —oigo que pregunta Burdock. Una mano fresca me toca la frente. El perfume a flores de manzanilla. Entonces veo el rostro de Asterid March, apesadumbrado, pero con una calma sorprendente. —Bébete esto, Haymitch —dice, poniéndome una botellita en los labios —. Bebe hasta que yo te diga que pares. —A pesar de mi desesperación, o puede que justo por ella, obedezco sus órdenes. Un sabor dulce me llena la boca y me alivia la garganta—. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… vale, ya. — Retira la botella y me acaricia el pelo—. Eso es. Muy bien. Ahora, intenta descansar. Me pesan los párpados. —¿Qué…? —Solo es un jarabe para dormir. —Mamá… Sid… —Lo sé, lo sé. Haremos todo lo que podamos. Tú duerme un poco. Duerme. Me paso más de un día dormido como un tronco. Despierto con la lengua hinchada y medio atontado en casa de los McCoy, donde la madre

de Louella está junto a mí con una infusión en una taza de lata. No mide sus palabras cuando me cuenta lo sucedido en el incendio, puede que porque ella también sufre tanto que sabe que lo último que necesito es que me suavice el golpe. —Fue nuestro chico, Cayson, el que lo vio cuando volvía a casa de uno de sus paseos. La casa ya ardía. Gritó hasta quedarse ronco. Todos nos pusimos con el agua. Pero la bomba es lenta y tu cisterna está seca. La cisterna está seca por mi culpa. Me largué la mañana de la cosecha y le dejé las tareas a Sid. —Por mi culpa —mascullo. —Seguro que te pasarás mucho tiempo pensando que todo lo que ha pasado es por tu culpa. Pero eso va a tener que esperar. Hoy los enterramos. Ya sabes lo que le habría gustado a tu madre. Ya sea por la conmoción o por el jarabe para dormir, no le encuentro sentido a nada, así que hago lo que me dicen. La hermana mayor de Louella, Ima, ha limpiado el traje del tío abuelo Silius y ha abrillantado los zapatos. No tengo nada más que ponerme, mi ropa ha quedado reducida a cenizas. Fuera hace un calor asfixiante, pero me pongo la chaqueta de burbujas de champán sobre la camisa para ocultar las manchas de sangre de la bomba que me suministraba las drogas; se han borrado un poco, pero no del todo. —Lenore Dove —le digo a Ima—. Tengo que verla. —Cayson conoce a un agente de la paz que dice que hoy tiene que comparecer ante el comandante de la base. Si te presentas, no la vas a ayudar en nada, Hay. Además, estamos a punto de ir al cementerio. Fuera espera una sencilla caja de pino. —Estaban abrazados —dice el señor McCoy—. Hemos pensado que debíamos dejarlos así para la eternidad. Burdock, Blair y un par de los clientes de mamá cargan con el féretro. Los McCoy sacan a Louella de la parte de atrás de la casa, y los dos grupos avanzan, uno al lado del otro. Cojeo tras ellos. Cada vez se unen más dolientes. Todo el mundo debería estar trabajando, pero afirmarán que estaban enfermos. Para cuando llegamos al cementerio, se han reunido unas doscientas personas. Parece mucho comparado con el entierro de mi

nana, hasta que me doy cuenta de que no somos los únicos que enterramos a alguien. Nos esperan cinco tumbas abiertas. Una para mi madre y para Sid. Louella. Maysilee. Wyatt. —¿Para quién es la quinta? —oigo preguntar a Burdock. —Jethro Callow —responde una mujer sin molestarse siquiera en bajar la voz—. Se colgó ayer, cuando trajeron a su hijo. No soportaba la vergüenza. La muerte de un corredor. La alcaldesa se coloca por encima de nuestros seres queridos para hablarnos, pero las palabras que pronuncia tienen tanto sentido como el gorjeo de los pájaros de los árboles cercanos. El sudor me empapa la camisa y me llega hasta la chaqueta. Aunque lo único que quiero es arrodillarme y pegar la cara a la fresca lápida de los Abernathy, intento conservar la dignidad porque es lo que le gustaría a mi madre. Paso un mal momento cuando levanto la vista, veo a mi aliada con su ropa negra del Distrito 12 y doy un paso hacia ella. —¡Maysilee! Ella se deshace en lágrimas y se esconde tras un pañuelo. No es Maysilee. Es Merrilee. Como dos gotas de agua. El señor Donner solloza a su lado. Me conducen de vuelta a mi sitio. Está claro que he perdido la cabeza. Los ataúdes descienden. Muchas palas se ponen en movimiento para enterrar a los fallecidos. Aplanan la tierra. Un alma bondadosa coloca una corona de flores silvestres sobre cada montículo. La gente llora y gime. Es horrible, quiero huir. Entonces, Burdock empieza a cantar con esa voz suya, tan clara y dulce. Vas camino del cielo, directo al dulce más allá, y yo ya tengo un pie en la puerta, pero antes de poder volar, tengo cabos sueltos que atar, justo aquí, en el viejo más acá.

Los sinsajos, que anidan en los árboles que nos rodean, guardan silencio para escucharlo. Me uniré a ti cuando termine mi canción, cuando despida a la banda, cuando me quede sin cartas, cuando pague mis deudas, sin saldar ya más cuentas, cuando de nada me arrepienta, justo aquí, en el viejo más acá, cuando nada quede ya más. Los dolientes guardan silencio. Cuando sea pura como el mar, cuando haya aprendido a amar, justo aquí, en el viejo más acá, cuando nada quede ya más. La canción, que sugiere que nuestra separación es solo temporal, me calma el corazón. Creo que Lenore Dove la aprobaría. Los sinsajos lo hacen, porque aprenden la melodía y la hacen suya. Mientras observo a los presentes, veo que una persona tras otra se llevan los tres dedos centrales de la mano izquierda a los labios y después los extienden hacia sus muertos. Es nuestra forma de despedirnos de las personas a las que apreciamos. Las imito levantando la mano bien alto, ya que tengo muchos a los que honrar. Cuando todo acaba, me sacan de allí. A pesar de mi confusión, me doy cuenta de que Cayson, con las manos y el rostro vendados, escupe sobre la tumba de Jethro Callow. Nadie se lo echa en cara. Quiero soltarme para ir a ver a Lenore Dove a la base, pero me lo discuten de nuevo. ¿De verdad creo que la ayudaré si aparezco por allí? Lo mejor es esperar a tener noticias. Que sus tíos la defiendan. Con tantos niños perdidos en el Vasallaje de los Veinticinco, los distritos están

revueltos. El comandante de la base no querrá echar más gasolina al fuego del Distrito 12. Puede que les baste con una buena reprimenda y el tiempo cumplido en prisión preventiva. Los McCoy se llevan a los dolientes a su casa, donde se sirven cuencos con sopa de alubias con jamón. Sin embargo, no puedo quedarme allí. Les veo en los ojos que rebosan de preguntas sobre Louella y sé que les debo las respuestas, pero ahora mismo no puedo, no sin volver a perder la cabeza. Me despido en cuanto encuentro el momento. Mi intención es volver a casa, hasta que me doy cuenta de que ya no tengo casa. No es más que una pila de vigas ennegrecidas y una bomba de agua. Estoy de pie, ante las cenizas, cuando la niebla mental se aclara lo suficiente como para preguntarme: «¿Qué ha pasado?». Los incendios son habituales en el Distrito 12, donde el polvo de carbón, siempre presente, y las viejas estructuras de madera invitan a la ignición. Desde que era un bebé, mi madre me metió en el cuerpo el miedo a las chispas sueltas y las brasas en reposo. Nadie alimentaba el fuego por la noche con más cuidado que ella. Por eso sé que no ha sido un accidente. Ha sido provocado y organizado de tal modo que mi familia ni siquiera pudiera llegar hasta una ventana para huir. Ordenado por Snow. Para darme la bienvenida a casa. Los fragmentos de mi corazón roto se mueven y se me clavan en los pulmones, de modo que cada aliento es una agonía. —Es por mi culpa —digo por segunda vez esta mañana. Burdock y Blair me alcanzan justo cuando empiezo a caer y cargan conmigo hasta dar con un tocón en el que sentarme. Intentan convencerme para que vaya a casa de uno de los dos, pero la idea de ver a su familia cuando yo ya no tengo ninguna es insoportable. —Bueno —dice Burdock con voz sombría—, también está tu casa nueva. Es entonces cuando recuerdo la Aldea de los Vencedores. Deseando estar a solas, les dejo que me lleven a esa extraña jaula del Capitolio, y la odio de inmediato. En el dormitorio, con su aire enfriado artificialmente, me tumban en la cama. Me quedo mirando al techo. —Voy a buscar a Asterid —oigo susurrar a Burdock—. A ver si tiene más jarabe.

—Yo lo vigilo —dice Blair, que deja la puerta ligeramente entornada—. Búscale también algo de ropa, ¿vale? Me encuentran ropa usada. Me administran el jarabe, aunque no mucho, porque me despierto sobresaltado en plena noche, con el cerebro acelerado y un único pensamiento en mente: debo llegar hasta Lenore Dove. Tengo que sacarla de aquí. Permanecer en el Distrito 12 es una muerte segura. A través de la rendija de la puerta, distingo a Burdock y a Blair dormidos en los sofás del salón. Salgo por una ventana del dormitorio y me interno en la noche. La casa de la Bandada está a oscuras. Los tíos le dejaron a Lenore Dove la buhardilla para ella sola. Trepo por el caño de desagüe e intento averiguar si mi chica ha llegado a casa, pero todo parece vacío. ¿Se han pasado toda la noche en la base? ¿También han detenido a Tam Amber y a Clerk Carmine? Dudo que estén tocando, teniendo en cuenta cómo están las cosas. No quiero quedarme en la casa por si vuelven. Si Clerk Carmine no me aprobaba antes de los Juegos del Hambre, me imagino lo que pensará de la racha asesina del granuja. Me dirijo a la Pradera y me escondo detrás de unos arbustos. Si liberan a Lenore Dove, sé que una de las primeras cosas que hará será llevar a sus gansos a pastar. A no ser que vaya a buscarme a la Aldea de los Vencedores, en cuyo caso tendrá que cruzar por la Pradera. Sentado en un tronco caído, descalzo y con la ropa desgastada de algún minero, hacía semanas que no me sentía tan seguro. Me gusta ocultarme aquí, en la oscuridad, donde nadie puede encontrarme. Sin que me vea el Capitolio, ni tampoco mis vecinos del Distrito 12, que me miran con lástima. Intento concebir un plan para Lenore Dove y para mí. No podemos quedarnos. Sin embargo, ¿adónde huir? Solo a la «horrenda tierra salvaje» de Snow. Me encanta, aunque, claro, no vivo allí. No soy Burdock, con su fiel arco y sus conocimientos sobre plantas. Ni siquiera soy todavía un contrabandista de alcohol en toda regla. No soy nada. Y, mientras que Lenore Dove se encuentra como en casa en el bosque, es tan poco capaz de sobrevivir en él como yo. Quizá esté siendo egoísta al querer que huya conmigo, cuando la verdad es que ella estaría bien aquí sin mí. Snow no tendría motivos para convertirla en su objetivo si yo estuviera muerto o huido. Lo correcto es marcharme solo y dejarla que siga con su vida.

Ella no querrá dejarme marchar, y por supuesto que yo no quiero dejarla marchar. Pero ¿cuál es la alternativa? Esperaré para verla una vez más, regresaré a la Aldea de los Vencedores, y le pediré a Burdock un arco y sedal. Si muero ahí fuera, que así sea. Lenore Dove estará a salvo. El cielo adquiere el suave brillo que precede a la llegada del sol. Los primeros pájaros empiezan a cantarle al nuevo día. Se les une un coro de graznidos y voces enfadadas. Levanto la cabeza y veo a la insólita y radiante Lenore Dove conduciendo a su manada de gansos a la Pradera. —¡No puedes alejarte! —le vocifera Clerk Carmine desde el borde de la Pradera; nervioso, agita un dedo para darle más énfasis a la orden. Tam Amber está a su lado, un poco más encorvado de lo que lo recordaba. —Tiene razón, Lenore Dove. Esto ya es estirar al límite el arresto domiciliario. El comandante de la base debe de haberles dado una orden firme. Tam Amber es el padre permisivo, aquel al que se dirige siempre que tiene una petición cuestionable, así que si él está preocupado… —¡Lo sé! ¡Te he oído las diez primeras veces! —le responde ella a gritos, exasperada—. Solo quiero estar cinco minutos a solas. ¿Se me permite? ¿O sigo en la cárcel? —Vale. Cinco minutos. Después te quiero de vuelta en casa para desayunar, ¿me oyes? —le dice Clerk Carmine. Ella lo saluda como una agente de la paz. —Sí, señor. Entendido, señor. Puede contar conmigo, señor. Clerk Carmine da un paso adelante, pero Tam Amber le pone una mano en el brazo, así que se resigna a despedirse con un: —No nos obligues a ir a buscarte, señorita. Los tíos vuelven a la casa. De repente, me abruma el afecto por Clerk Carmine. En realidad, ambos queremos lo mismo: que Lenore Dove esté a salvo y sea feliz. Y él tenía razón. Al preocuparse por mí, me refiero. Un chico de una familia rebelde que fabrica alcohol blanco y desaparece durante horas con su sobrina en el bosque no es lo más seguro del mundo. Además, ni siquiera se me da bien la música. Creo que me lo habría acabado ganando de haber tenido la oportunidad. Sin embargo, ahora, me consuela que, cuando huya,

él estará aquí para protegerla. Supongo que nunca tendré la ocasión de decírselo, por cierto que sea. Mientras espero a estar seguro de que no hay nadie a la vista, me empapo de la belleza de Lenore Dove. Da vueltas con la cabeza echada hacia atrás y los brazos alzados al cielo. Para ella tiene que haber sido un infierno estar encerrada. No soporta que nada lo esté, y menos las criaturas silvestres, como ella misma. Los gansos corretean a su alrededor y la regañan por dejarlos solos. Ella se los gana con palabras dulces y caricias en el cuello. Está a punto de encaramarse a su roca favorita cuando deja escapar una exclamación de sorpresa y recoge algo. Es mi bolsa de gominolas. Las que le pedí a Sid que le llevara después de la cosecha. Supongo que ella las dejó allí antes de salir a actuar aquella noche. Se lleva los dulces al corazón y baila, sonriente, antes de meter la mano en la bolsita. No puedo esperar ni un segundo más. Mientras cruzo la Pradera, me ve, grita mi nombre y corre a recibirme. La alzo en volandas y doy vueltas con ella; nos reímos y besamos como locos. —Lenore Dove. Mi amor —le digo. —Has vuelto —dice ella con lágrimas en los ojos, aunque de felicidad —. Has vuelto conmigo. ¡En este mundo! —¡Y tú has logrado que no te cuelguen! —exclamo. Nos abrazamos tan fuerte que es como si fuéramos una única persona. Y así es, en realidad. Me recorre la cara con las manos. —¿Estás bien? ¿Estás bien de verdad? —Como una flor —le prometo. Me da todo igual, no puedo abandonarla. Querrá huir conmigo, y se lo permitiré. Ya encontraremos el modo de sobrevivir. Porque creo que ninguno de los dos es capaz de vivir sin el otro. Nos dejamos caer en la hierba de la Pradera, cogidos de la mano. Ella coge la bolsa de gominolas que se le ha caído al encontrarnos. —Gracias por los dulces. Madre mía, ¡mira cómo tiemblo! —Toma —le digo, y recojo la bolsa, aunque tampoco es que me tiemblen las manos menos que a ella. Saco una gominola de la bolsa y se la meto en la boca. Ella se ríe.

—Ahora que estás en casa, supongo que puedo comerme las otras. —¿Qué otras? —pregunto mientras le doy la segunda. —Las que me trajo Sid. Las guardé debajo de la almohada. —Pero… Miro la bolsa. Es una bolsa normal, con la etiqueta de los Donner. Entonces me fijo en las gominolas. No son multicolores. No es un arcoíris. Son todas de un intenso color rojo sangre. Recuerdo la rosa de Snow, sus palabras de despedida, y todo encaja de repente. —¡Escúpela! —le ordeno, poniéndole una mano bajo la boca—. ¡Escúpela ahora mismo! Pone cara de sorpresa al escupir una gominola a medio comer en la palma de mi mano. —¿Qué? Si no pasa nada. —¿Dónde está la otra? ¿Dónde está la primera? La sacudo. —Supongo que me la he tragado. ¿Por qué? —¡Vomítala! ¡Sácala del estómago! Lenore Dove empieza a sentir pánico. —¿Qué está pasando, Haymitch? Pienso en la arena. —¿Tienes pastillas de carbón en casa? No, creo que no. ¿Por qué iba a…? —Veo el instante en el que lo entiende. Se inclina, se mete un dedo hasta la garganta e intenta vomitar—. No puedo. Apenas he comido en varios días. ¡No hay nada que sacar! —Vamos —digo al ponerla en pie—. Vamos. —Empiezo a gritar pidiendo ayuda—. ¡Clerk Carmine! ¡Clerk Carmine! —Haymitch… —Una mirada de perplejidad le cruza el rostro y se lleva una mano al pecho. Le ceden las rodillas—. No puedo levantarme. La levanto yo. —¡Tienes que hacerlo! Solo hasta la casa. —Echo la cabeza atrás y grito —: ¡Clerk Carmine! ¡Ayuda! ¡Ayúdanos! —Ella se derrumba entre mis brazos. Me arrodillo en el suelo, con su cuerpo sobre el mío—. Lenore Dove… —le suplico—. No. No. —Una burbuja de espuma teñida de sangre le aparece entre los labios—. Oh, no… No… Ella fija la vista en algo, a lo lejos.

—¿Ves eso? —dice con voz ronca. Me vuelvo y veo el sol que asoma por el horizonte. —¿Qué? ¿El sol? —No permitas… que… vuelva a… amanecer —consigue responder. Las lágrimas me ahogan. —No puedo evitarlo. Ya sabes que no puedo. Ella sacude la cabeza a un lado. —… en la cosecha —susurra. No, por favor. No me dejes así. No me dejes. —¿Lenore Dove? Aguanta, por favor, cariño. ¿Lenore Dove? —Promételo —dice, y se le cierran los párpados. —Vale, vale, lo prometo. Pero no puedes marcharte. No puedes dejarme. Porque te quiero más que el fuego a las brasas. —Y yo a ti —creo que dicen sus labios. —¿Lenore Dove? Aprieto mis labios contra los suyos, intentando obligarla a quedarse conmigo. Negándome a decirle adiós. Sin embargo, cuando los retiro, noto el sabor del veneno y sé que ya se ha ido.

Fin del capítulo

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