Amanecer en la cosecha

Capítulo 25

Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha

Capítulo 25

Tercera Parte: El cartel

Plic. Plic. Plic. «Parece que mamá ha colgado la ropa dentro». Plic. Plic. Plic. «Qué frío. Tengo que echar carbón al fuego. Qué frío. Dónde está mi colcha. Sid, ¿me has quitado la colcha?». Plic. Plic. Plic. «Hattie está embotellando un lote nuevo. Siempre apesta así. Hay que tirar la primera tanda. “Tira la espuma, Haymitch, que eso te mata. Te mata”». Plic. Plic. Plic. «Demasiado tarde, Hattie. Ya estoy muerto. ¿Hattie?». Plic. Plic. Plic. «¿Hattie? ¿Mamá? —No hay respuesta, algo malo pasa—. ¿Mamá?». Me despierto de golpe. ¿Por qué está Hattie con el alambique en mi cocina? Nos van a detener a todos. ¿Por qué no me responde nadie? Esto no es la cocina. ¿Qué narices está pasando? ¿Por qué me duele tanto? Un brillo verdoso similar al del cielo en un tornado. Noto en la nariz y sobre la lengua el olor fuerte del alcohol unido al de productos químicos. Un goteo constante mezclado con un murmullo lejano, palabras que no logro distinguir del todo. Metal frío que me sujeta a metal frío. Miedo. Parpadeo con ganas y enfoco la vista. A través de la luz pantanosa, veo un techo surcado de tuberías. Me humedezco los labios, que están secos como la lija, e intento tragar saliva. Al mover el brazo para restregarme los ojos, descubro que no logro subir las manos más allá del vientre. Toco con los dedos la larga hilera de puntos que me cruza la barriga. No les encuentro sentido. Una mesa de acero debajo de mí. No hay ni colchón ni sábana ni almohada. Esposas metálicas con cadenas cortas en las muñecas

y los tobillos. Correas sobre el pecho. Desnudo como un arrendajo. Nada encima. No, algo queda. Mi eslabón… El recuerdo aparece de repente. El barranco. La bomba. Los estertores de Silka. Las advertencias desde el aerodeslizador. Las chispas volando. La mecha que se enciende. El arco del girasol contra el cielo abierto. Y, entonces, un ruido ensordecedor. Tengo que estar muerto. Toqué los intestinos que se me salían del cuerpo. Me apagaba. Quería irme. El trabajo estaba hecho, había terminado de pintar mi cartel. «¿Qué me ha pasado?». El eslabón me descansa sobre el pecho, como en mis últimos momentos, salvo que ahora me cuelga del cordón de las botas. Alguien me lo ha atado al cuello, y no ha sido mi madre. «¿Dónde estoy, Lenore Dove? ¿Dónde estás tú, mi único amor?». Me salen tubos de los brazos. Tengo uno en la barriga. Giro la cabeza a un lado y el dolor me abrasa las tripas. A unos cuantos metros veo rostros apretados contra una pared de cristal. Bocas abiertas sin lengua. Avox desnudos y sucios golpean el cristal y me suplican algo que no puedo darles. Aterrado, vuelvo la cabeza hacia la izquierda. Un momento de alivio al encontrarme con mi viejo amigo, el conejo gris de la arena. Mi paloma en la mina de carbón, que me avisó del peligro, que me sacó del laberinto. ¿Ha regresado para salvarme de nuevo? «Ayúdame. ¿Puedes ayudarme?». Los ojos verdes no parpadean dentro de su tanque. Se aprieta contra el cristal. ¿Por qué tiembla de ese modo? Algo sale de entre las sombras y ataca. Una serpiente de dos metros de largo se traga a mi aliado. Un bulto en su cuerpo fibroso. Cierro los ojos con fuerza. Esto debe de ser una pesadilla. O puede que me haya ido a otro mundo, uno muy malo. Intento obligarme a perder la consciencia para escapar de este lugar malvado, pero, en el fondo, sé que es real. Tiemblo tanto como el conejo. Más. A la espera de mi serpiente. Por favor, enviadme ya a la serpiente y acabad con esto. Oigo pasos amortiguados. Un tirón de los tubos. Una mujer enmascarada cambia una bolsa vacía por otra llena de un fluido claro. —¿Dónde estoy? —pregunto con voz ronca. No me hace caso. Se limita a limpiar mis puntos con una esponja empapada en un líquido apestoso, lo

que me dispara el dolor por todo el tronco—. ¡Para! ¡Me haces daño! Forcejeo. Ella no para. Yo sí, porque moverme empeora el dolor. Se marcha. Más murmullos. Esta vez distingo algunas palabras. «Laboratorio». «Septicemia». «Alborotador». Algo frío brota de la aguja que tengo metida en el brazo. La nada. Cuando despierto de nuevo, cuento con más información. En este lugar, si alborotas te recompensan con el olvido. Te lo meten en el cuerpo desde lejos, como las drogas de la bomba de Lou Lou. Pruebo a ser lo más alborotador posible durante varias ¿horas? ¿Días? ¿Semanas? Estoy aquí encerrado. Cuando estoy consciente, los avox suplican. Los pies acolchados traen dolor consigo. Unos mutos grotescos sustituyen a los humanos. Más conejos mueren. Me meten sustancias asquerosas entre los labios. La luz del sol no atraviesa las paredes, no tengo ningún aliado que me consuele. Estoy completamente solo e indefenso. Más confusión cuando despierto dentro de un nido de color naranja tostado. No sé cómo, pero vuelvo a estar en el piso de los tributos. Al otro lado de la habitación, la cama de Wyatt, desnuda, me pilla desprevenido. Todavía no he tenido tiempo para llorar su muerte. Poco a poco, muevo los dedos de las manos y de los pies. Han desaparecido todos los tubos y ataduras, pero tengo una bomba como la de Lou Lou insertada en el pecho, desafiándome a quitármela. Echo atrás la colcha peluda y las sábanas buenas, y me examino la herida del vientre. No hay puntos, solo una cicatriz roja y arrugada, como una sonrisa torcida. Al muslo le ha ido mejor, aunque llevará una marca de por vida. Sigo desnudo. Me levanto, pero caigo de nuevo en la cama y me tengo que agarrar a las sábanas porque la habitación me da vueltas. Espero a que se asiente antes de volver a intentarlo. Con los pies bien planta dos en el suelo, me levanto muy despacio. Mi pijama está hecho un ovillo en el suelo, donde lo dejé la mañana de los Juegos del Hambre. Sin otra opción a mano, me lo pongo. Entro tambaleándome en el salón y me apoyo en la jamba de la puerta del dormitorio de las chicas. Sobre los muebles y el suelo está la ropa de cama de cuando dormimos todos juntos. En la almohada de Lou Lou hay manchitas de sangre seca. El pijama de Maysilee está doblado con mucho esmero sobre su cama. Aquí no hay nadie porque todos han muerto.

—¿Mags? —grazno—. ¿Wiress? No hay respuesta. El edificio entero es como una tumba. La calle a la que da está desierta. Bloqueada. Con barricadas. Está claro que soy un joven peligroso. El granuja encantador ha resultado ser un rebelde letal. Woodbine Chance ha crecido hasta convertirse en uno de sus parientes impredecibles, condenado a colgar del cuello mientras el Distrito 12 mira. Siento el impulso de huir, así que corro al ascensor y pulso el botón repetidas veces. No hay ni zumbido ni luces ni escapatoria posible. En la cocina, la mesa está vacía, pero en el frigorífico encuentro una bandeja con panecillos y un estante lleno de cartones de leche de medio litro. La dieta de Snow después de las ostras mortíferas. Aunque se me ha encogido el estómago hasta quedar reducido al tamaño de una nuez, todavía me pide comida. Mojo trocitos de pan en la leche y los chupo. Ya no me preocupa envenenarme. Si el presidente me quisiera muerto, ¿por qué molestarse tanto en mantenerme con vida? Tiene grandes planes para mí. La cámara de la esquina me recuerda que vigilan cada uno de mis movimientos o, al menos, que los graban. No, llegados a este punto, seguro que me vigilan. Tengo a alguien pendiente de mí las veinticuatro horas del día. No permitirán que muera. Me resucitarán en el Capitolio para que los entretenga. Puede que incluso estén retransmitiéndome en directo. Quizá, ahora que soy un vencedor, nunca vuelva a estar fuera de cámara… Exhausto tras mi excursión, regreso a la cama y me sumo en un sueño inquieto. Pasan los días. Aquí no hay nadie que me imponga un horario. Me sobra tiempo para meditar sobre las consecuencias de mis acciones en la arena, la joya perfecta de Snow que he procurado socavar cada vez que se me ha presentado la oportunidad para ello. Ahora no es algo de lo que disfrute, ya que me pregunto quién habrá pagado el precio. Beetee. Mags. Wiress. Seguro que los están torturando para que revelen los nombres de sus cómplices. Los simpatizantes de los rebeldes que crearon las bombas de girasol y los collares de mecha. Los Vigilantes y los agentes de la paz que ayudaron a introducirlos en la arena. Espero que se libren Effie y el equipo de preparación, que no son más que peones del Capitolio que no se enteran de nada. Dudo que nadie sospeche que Magno Stift y Drusilla son simpatizantes, ni tampoco me importa si lo hacen. ¿Y Plutarch? Todavía no

estoy seguro de su papel en todo esto, aunque tenía razón sobre el sol y los caballones, y, sin esa información, habría sido imposible llevar a cabo mi plan. ¿Es un aliado? ¿Un agente del Capitolio? ¿Ambas cosas? Imposible saberlo. No me atrevo a pensar en mis seres queridos del Distrito 12. Todo lo que he hecho, todas las decisiones que he tomado, se basaban en saber que mi muerte los protegería. En la biblioteca, Snow me lo garantizó: «Cuando desaparezcas, Lenore Dove y tu familia deberían ser libres para disfrutar de una vida larga y feliz». Como dijo Beetee, si él hubiera muerto, Ampert seguiría vivo. Snow quería que sufriera el horror de ver la ejecución de su hijo; si no, no tenía sentido matarlo. Sin embargo, como Snow necesitaba a un vencedor para su perfecto Vasallaje de los Veinticinco, supongo que ha cambiado de idea sobre mi muerte. Para empeorarlo todo, las transgresiones de Beetee eran clandestinas, mientras que las mías las televisaban a todo el país. ¿O no? No tengo ni idea de cómo habrán editado, suprimido o manipulado mis actos. Es posible que no hayan retransmitido nada significativo, lo que habría dado al traste con la eficacia de mis carteles, aunque quizá sirva para mitigar mi castigo. Solo sé una cosa: he estado retando en público a Snow y a su Vasallaje desde que llegué al Capitolio. Incluso después de la reunión privada en la biblioteca, presumí de desafiarlo. Si le sirvió ostras envenenadas a Incitatus Loomy, el director del desfile, ¿qué banquete tendrá reservado para mí y para los míos? Por los cambios de luz en la calle, puede que ya haya pasado una semana. Sigue mi confinamiento en solitario. El aislamiento da casi tanto miedo como aquel laboratorio espeluznante. Cuando empiezas a echar de menos a los mutos está claro que algo va mal, pero la verdad es que anhelo compañía. Los panecillos se han quedado duros y la leche empieza a agriarse, aunque sigo comiendo, impulsado por el apetito voraz de un convaleciente. Fantaseo con comida. Ciruelas frescas. Puré de patatas. Estofado de conejo. Tarta de bizcocho y manzana. ¿Volveré a probarla? Es poco probable. Si consigo volver a casa, seguro que las celebraciones infantiles son cosa del pasado. Porque, en cualquier caso, ya no estaré en casa. Tendré una

vivienda en la Aldea de los Vencedores, con todos los detalles de los que me habló Beetee: electricidad fiable, aire frío y caliente, retretes con cadena y toda el agua caliente que desee con tan solo abrir un grifo. Nada de bombear y cortar leña. Como en esta prisión en la que estoy ahora. Puede que mi celebración de la victoria se haya cancelado por culpa de mi insurrección. Quizá me hayan encarcelado para después proceder a mi ejecución pública. Ojalá. Empiezo a pasarme mucho tiempo en la bañera. Han quitado la toalla que lancé sobre la cámara y no me molesto en reemplazarla. Se limitarían a drogarme y quitarla otra vez. Quizá incluso me encadenaran de nuevo. Para qué. Me sumerjo durante horas, reponiendo el agua caliente, y observando cómo los dedos se me quedan como pasas mientras mi cicatriz va soltando trocitos de carne muerta. Las imágenes de la arena me consumen. Una muerte tras otra. Aquellas de las que no fui testigo, como el baño de sangre, me las invento. Intento recordar a los otros cuarenta y siete tributos, y a Lou Lou. El sistema de colores de Maysilee ayuda un poco, aunque no consigo acordarme de la mitad, más o menos. El Distrito 5, el Distrito 8. Todos prácticamente olvidados. Como la ausencia de Wyatt me impide descansar en el dormitorio, me llevo mi ropa de cama al sofá y acampo allí. El televisor, que no reacciona a mis intentos de encenderlo con el mando, empieza a encenderse y apagarse solo. Me ponen vídeos de otras ediciones de los Juegos del Hambre, diseñados especialmente para mí. Fragmentos brutales, niños aterrorizados, desesperación. Los de los primeros años, que rara vez aparecen en la televisión del Capitolio, son programas de bajo presupuesto que no intentan ser ostentosos ni espectaculares, como los de hoy en día. Solo un puñado de críos en un viejo estadio con un puñado de armas. Sin disfraces ni entrevistas. Una noche, una melodía inquietante se mete entre mis sueños. Me despierto de golpe, llamando a Lenore Dove. El televisor brilla. En pantalla, una chica con un arcoíris de volantes entona una canción familiar con palabras desconocidas. No tardaré en estar enterrada, no tardarás en quedarte a solas. ¿A quién recurrirás mañana?

Porque al final, amor, se van todas. Actúa en un escenario con un telón de fondo destartalado, delante de un público del Capitolio vestido con ropa anticuada. La tía abuela Messalina y el tío abuelo Silius encajarían perfectamente. Su voz, el acento, la forma en que domina las cuerdas de la guitarra con los dedos… Es una chica de la Bandada, sin duda. Pero no la mía… Y yo soy la que te vio llorar, la que conoce el alma que quieres salvar. Lástima que perdieras mi apuesta en la cosecha. ¿Qué harás cuando me vayan a enterrar? El público se sorbe los mocos. Alguien grita: «¡Bravo!». La multitud enloquece. La chica hace una reverencia y le extiende la mano a una figura que se encuentra justo al otro lado de la luz del foco. La silueta de un hombre. Recta, esbelta. Una corona de rizos. Espera un momento, como si estuviera decidiendo si unirse a ella o no. Entonces da un paso adelante y la pantalla se funde en negro. ¿Ha dicho «en la cosecha»? Seguro. ¿Qué, si no, iba a hacer una chica de la Bandada en el Capitolio? ¿Podría ser la única vencedora del Distrito 12? De repente, estoy convencido de que lo es. Con razón Lenore Dove nunca quiere hablar sobre ella. Conoce la historia, pero es demasiado secreta o, quizá, demasiado dolorosa para compartirla conmigo. Pienso en las notas de color que Lenore Dove añade siempre a su ropa, los intensos tonos de azul, amarillo y rosa. ¿Son retales del vestido de esta chica? ¿Una forma de mantener viva su memoria? ¿Qué color llevó en su nombre esta muchacha arcoíris a los Décimos Juegos del Hambre? ¿Qué le pasó después? ¿Volvió a casa? ¿Murió en algún laboratorio de pesadilla? ¿Qué hizo para que la borraran de una forma tan absoluta? ¿Quién era el chico al que le dio la mano al final de su actuación? Es posible que su compañero de distrito, que moriría en la arena. Era alguien que le importaba, por lo que se ve. O puede que fuera otra persona, la que presentaba el espectáculo. Un Flickerman anterior al nuestro. Si siguieran con vida, ahora tendrían cuarenta años más que entonces. Cuarenta años. No hacía tanto de los Días Oscuros. Si el Distrito 12 la ha olvidado, es poco probable que alguien la recuerde en el Capitolio. No,

espera. Alguien de aquí recuerda a la Bandada. Alguien que sabe cómo llaman a sus bebés y que les encantan los pájaros. Y es un conocimiento íntimo, personal. La información que atribuía a los informantes del Capitolio podría tener un origen completamente distinto. Hago cálculos. Cincuenta y ocho menos cuarenta. Dieciocho. El presidente Snow tenía dieciocho años durante los Décimos Juegos del Hambre. La chica de la Bandada no podía ser mayor que eso. El hombre de pelo rizado de las sombras, al que le ofrecía la mano…, ¿era él? Recuerdo la biblioteca, su sonrisa cómplice… «Seguro que sé un par de cosas sobre tu paloma. »—¿Cómo cuáles? »—Como que da gusto verla, que se pasea por ahí vestida de colores alegres y que canta como un sinsajo. Que la quieres. Y, ah, que ella parece quererte. Salvo que a veces lo dudas, porque da la impresión de que no te incluye nunca en sus planes». Ay, Lenore Dove, ¿qué te he hecho? ¿Qué precio te harán pagar por mi supervivencia? Pierdo el control; lanzo una silla contra la ventana, tiro los cristales rotos contra una mesa de gatitos de porcelana y golpeo los barrotes con la lámpara más pesada que encuentro. Sigo haciéndolo hasta que una lluvia de balas me pasa por encima de la cabeza y me desconcentra. Un par de agentes de la paz armados hasta los dientes ha aparecido de la nada y me apunta con sus fusiles. Detrás de ellos, mi equipo de preparación se abraza y seguramente huiría si Effie Trinket no los tuviera bien sujetos por los cinturones de herramientas. —Bueno —dice ella con falsa alegría—, ¿quién está listo para una noche absolutamente fantástica? Los agentes de la paz me esposan y me empujan hacia el centro de la habitación, donde mi equipo de preparación me mira, horrorizado. Soy un saco de piel y huesos, visto un pijama sucio y tengo los pies descalzos sangrando por culpa de los cristales rotos. En algún momento de las últimas semanas, las uñas se me han transformado en garras y el pelo, en pelaje. He matado más de una vez y no he salvado más vida que la mía. Me fui siendo un simple cerdito de los distritos y he regresado convertido en el animal asesino que siempre han sospechado que escondía dentro. —Solo me falta una flor en el ojal —digo.

Sin embargo, es imposible contener a Effie, que sostiene una rosa blanca. —La tengo. ¿Por qué no empezamos por una ducha? Seguro que quieres tener el mejor aspecto posible para la Ceremonia de la Victoria. Entonces, no hay ejecución. Al menos, por ahora. Me enjabonan, enjuagan, pelan, afeitan, cepillan los dientes, vendan los pies. Tras expresar y asimilar el asco que les produce mi cicatriz, el equipo me viste con otro traje del tío Silius. Toco las burbujas de champán bordadas en la chaqueta. —¿Dónde está Magno Stift? Effie arruga la nariz, asqueada. —Más sapos. Sigue recuperándose, aunque piensa hacer su aparición esta noche, dado que tú eres el vencedor. —Les contaré a todos que me vestiste tú. —No, por favor. —Suspira—. Se limitará a montar una escena, y ya tengo suficiente con ser una Trinket. —Me coloca el eslabón sobre la camisa. Intento esconderlo bajo el cuello, pero ella se resiste—. Me ha dicho que tienes que llevarlo fuera, donde todos lo vean. —¿Quién? ¿Magno? —No. —Effie corta el rabo de la rosa, me la mete en un ojal y le da un toquecito—. Él. —Da un paso atrás—. Estás muy presentable. Recuerda, actitud positiva. A pesar de mis galas, me encadenan y me transportan en la furgoneta, que parece muy oscura e inhóspita sin Maysilee, Wyatt y Lou Lou. Esta vez, nada de salón verde. Todavía tirando de las cadenas, me escoltan hasta el escenario y me sientan de un empujón en una silla, con cuatro guardias vigilándome. Effie tiene el valor de permanecer a mi lado. Cuando los agentes de la paz objetan, ella dice: —Es el vencedor del segundo Vasallaje de los Veinticinco. Drusilla y Magno no están disponibles. Alguien debe quedarse con él para honrar su hazaña. —Allá tú —responde un agente. Pienso en lo que he hecho en la arena. En lo que habrán tenido que mostrar. Matar a la pareja del Distrito 4. La brutal lucha de hachas con

Silka. Puede que tengan razón al encadenarme como si fuera una bestia. Me siento agradecido por el gesto de Effie. —No te voy a hacer daño —mascullo. —Lo sé. Sé quién eres desde que me ayudaste con el estuche de maquillaje. Y sé que tu situación no ha sido fácil. Sus palabras me conmueven, lo que me pilla por sorpresa. —Gracias, Effie. —Pero de verdad que son por el bien común. Los Juegos del Hambre, me refiero. Y ahora vuelve a perderme. La zona bajo el escenario empieza a llenarse de personas y encargados. La actividad se centra alrededor de cinco plataformas metálicas que ascenderán con los protagonistas de la noche. Proserpina y Vitus, nerviosos, vuelan el uno en torno al otro, retocándose mutuamente el maquillaje. Drusilla, que parece vestir un águila disecada en la cabeza, se tambalea sobre unos tacones de quince centímetros. Magno entra dando tumbos, cubierto con reptiles vivos, y unos cuantos ayudantes lo mantienen de pie, aunque con los dedos cruzados. Extiendo el cuello para probar de localizar a mis mentoras. Por fin, veo a Mags en silla de ruedas, mientras que Wiress, todavía móvil pero con aspecto afligido, mueve la cabeza a un lado y a otro, como un pájaro, sin dejar de hablar. Les han hecho de todo, y nada bueno. Mags me ve e intenta levantarse, pero la empujan de vuelta a la silla. No habrá reencuentro para nosotros. La tortura a la que las han sometido hace que me resulte imposible seguir descartando el castigo de mi familia. ¿Estarán ya muertos? ¿O esperará Snow, como con Beetee, a un momento en el que yo sea testigo de su sufrimiento? Suena el himno y oigo a Caesar Flickerman dar la bienvenida a la audiencia a la Ceremonia de la Victoria del segundo Vasallaje de los Veinticinco. Dice que estos Juegos han sido históricos, sin parangón, inolvidables, y el recordatorio más devastador hasta la fecha de los Días Oscuros. Empieza a presentar a mi equipo, a lo que el público responde con gritos y vítores. Suben Proserpina y Vitus, que se aplauden. Drusilla los sigue en una pose teatral que imita a un águila con las alas extendidas. Cuando su plataforma se levanta, Magno está a punto de caerse de ella,

pero consigue recuperar el equilibrio a tiempo y subirse de nuevo. Hace su entrada con una rodilla en tierra y las manos unidas en gesto de victoria sobre la cabeza. Los agentes de la paz levantan a Mags. Wiress y ella, rodeándose la cintura con un brazo, se apoyan la una en la otra para no caer. Liberado de mis esposas, me sujetan sobre mi plataforma hasta que empieza a subir. ¿Qué vio la audiencia durante los Juegos del Hambre? ¿Me abuchearán o me aplaudirán? ¿Y quién se supone que soy? ¿Es posible que siga siendo un granuja adorable? ¿O se les hace la boca agua esperando ver al monstruo asesino del Distrito 12? Effie Trinket, la única a la que se lo podría preguntar, ha desaparecido entre las sombras. Me preparo para que me lancen fruta podrida o me saquen del escenario a silbidos. Las luces brillantes me ciegan un poco, así que levanto una mano para protegerme los ojos. Cuando me acostumbro a la iluminación, me doy cuenta de que todo el público se ha puesto en pie para dedicarme una ovación cerrada. Vítores demenciales y lágrimas. Soy el héroe del momento. La estrella de Panem. El vencedor del Vasallaje de los Veinticinco. Y eso solo puede significar que el presidente Snow ha ganado. Los presentes empiezan a gritar una mezcolanza de sonidos que se reducen a: «¡Enséñalo! ¡Enséñalo! ¡Enséñalo! ¡Enséñalo!». Me vuelvo hacia Caesar y él se dibuja una línea en el abdomen. Mi cicatriz. Quieren que les enseñe mi cicatriz. Al parecer, no tengo alternativa. Me levanto la camisa, me desabrocho los pantalones todo lo que me permite el pudor y se la enseño. El aplauso dura cinco minutos enteros. Las pantallas gigantes repartidas por todo el auditorio cobran vida con el himno y la bandera ondeante de Panem. Caesar me guía hasta una silla tapizada que han colocado en el centro del escenario, para el resumen. Es mi primer vistazo a cómo se retransmitieron los Juegos al público. El resumen comienza con la lectura de la tarjeta, que es algo que ya vi en casa con mamá y Sid, en primavera. Una niñita vestida de blanco, la pura imagen de la inocencia, levanta la tapa de una caja de madera llena de sobres. Amplían el plano para incluir al presidente Snow, que entona:

—Y, ahora, en honor a nuestro segundo Vasallaje de los Veinticinco, respetaremos los deseos de los que lo arriesgaron todo para traer la paz a nuestra gran nación. —Se inclina, selecciona con cuidado el sobre marcado con un número cincuenta y lee la tarjeta del interior—. El quincuagésimo aniversario, como recordatorio de que dos rebeldes murieron por cada ciudadano del Capitolio, cada distrito tendrá que enviar el doble de tributos a los Juegos del Hambre. Dos hembras y dos varones. Con este desagravio doble, recordamos que la verdadera fuerza no reside en la unión de muchos, sino en la virtud. ¡Pum! Empiezan a sacar los nombres en la cosecha, empezando por el Distrito 1. —¡Silka Sharp! ¡Panache Barker! Pasan como una metralleta por los tributos, poniendo una imagen rápida de cada uno y un contador en la esquina de la pantalla para ir contando del uno al cuarenta y ocho. Como el Distrito 12 es el hogar del vencedor, se les concede algo más de tiempo. —Las damas primero —dice Drusilla, con las plumas de su sombrero amarillo dando botes, antes de—: ¡Louella McCoy! —El corazón se me acelera—. ¡Maysilee Donner! —Ahí están Maysilee, Merrilee y Asterid, abrazadas entre la multitud. Una de las lacrimógenas despedidas captadas por Plutarch—. Y el primer caballero que acompañará a las damas es… ¡Wyatt Callow! Enfocan brevemente a Wyatt y, a continuación, Drusilla anuncia mi nombre. La negativa de Lenore Dove a actuar no ha entrado en esta versión. No era lo bastante lacrimógena para Plutarch y sí demasiado Bandada para Snow. Pero tampoco salen ni mi madre ni Sid. Esa omisión me estremece. ¿Por qué no han puesto la grabación de Plutarch? —Damas y caballeros, ¡demos la bienvenida a los tributos del Distrito 12 de los Quincuagésimos Juegos del Hambre! —dice Drusilla, como si retara al Distrito 12 a no hacerlo—. ¡Y que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte! Me borra un remolino de confeti. Quiero gritar la verdad. ¡Le volaron la cabeza a un niño! ¡Dispararon a los habitantes del distrito! ¡Amañaron mi elección! Pero me quedo sentado

donde estoy, mudo, irradiando sumisión implícita. Snow me tiene cogido por el cuello y lo sabe. Incitatus Loomy no podría haber dirigido un desfile mejor. La frenética preparación entre bastidores no aparece, sino un despliegue majestuoso y ordenado de los tributos. Al final se ofrece una toma aérea de los doce carros avanzando por su ruta en perfecta sincronización, que acaba unos quince segundos antes de que estallara el petardo azul y el caos se apoderara de todo el acontecimiento. De todos modos, esto fue lo único que vio el resto del país. Para saber lo del choque de las cuadrigas y mi intento de hacer a Snow responsable de la muerte de Louella, había que estar allí en persona. Una muerte que, como ya sabemos, tampoco sucedió porque, mira, ha llegado el momento de las entrevistas y ahí estamos los cuarenta y ocho tributos. Han editado a los profesionales para que parezcan más listos y a los novatos para que parezcan menos unidos. ¿Lo nota alguien más o solo yo? Lou Lou ha quedado reducida a una chica que lleva ropa de reptiles vivos, y las memorables réplicas de Maysilee y Wyatt se omiten por completo, mientras que a mí solo me dejan un intercambio sarcástico con Caesar: «Bueno, Haymitch, ¿qué te parece que este año los Juegos tengan el doble de competidores de lo normal?». «Tampoco cambia mucho la cosa. Van a ser tan estúpidos como siempre, así que imagino que las probabilidades son más o menos las mismas». El público se ríe, y yo les dedico una sonrisa que me confirma como un imbécil egoísta y engreído. No se menciona mi apoyo a los novatos. No se incluye la interacción tonta sobre fabricar alcohol para los agentes de la paz. El granuja no es más que un payaso. Ahora estamos entrando en la arena. La secuencia de apertura es una carta de amor a los Vigilantes, ya que disfrutamos de la belleza de la flora y fauna. Sin embargo, para mí, es un recordatorio de aquel aire, tan engañosamente dulce, que te nublaba la mente. El payaso, es decir, yo, recoge su equipo y sale pitando de allí, y entonces nos muestran con todo lujo de detalles el baño de sangre, en el que matan a dieciocho niños. El público que tengo ante mí emite gritos ahogados y de emoción, aunque ya lo han visto todo antes. Wyatt muere

como un héroe altruista, protegiendo a una desconcertada Lou Lou, que consigue huir ilesa. Maysilee lucha y después sigue a Lou Lou para protegerla. Caen muchísimos novatos. Dos palomas, dos chicos del 7, todos los del 8 y el 9, Lannie y la otra chica del 10, y Tile, del 11. Con Wyatt, eso hace dieciséis. Las únicas víctimas de los profesionales son un chico y una chica del Distrito 5. Dieciocho en total. ¡Ah, hola otra vez, payaso! Sí, venga, tómate tu tiempo. Recupera el aliento en la roca. Échale un vistazo a tu mochila. No te preocupes por los novatos, que ya se las apañan solos. Ay, mira que bosque tan bonito. ¡Aprovecha para darte un buen paseo! Después salimos unos cuantos envenenados con la fruta y el agua. Carat, del 1, y Urchin, el chico del 4 que me derribó del carro, mueren retorciéndose de dolor. Con estos ya suman los veinte niños que vi en el cielo en la primera noche. El resto de los profesionales han formado su manada en la montaña cubierta de nieve. Hasta el momento, creo que el resumen ha sido una representación justa de lo ocurrido en la arena. Sin embargo, el segundo día, las cosas empiezan a torcerse. En algún momento, Maysilee, ella sola, mata al chico del Distrito 1, Loupe, lo que creo que es cierto porque ella me lo contó. Hay muchos tributos que todavía se están recuperando del veneno, y la manada de profesionales persigue a los novatos. Eso también parece probable. Pero el relato de lo que pasó en el bosque, mi relato, empieza a desviarse casi de inmediato. Los tiempos están cambiados. Las conexiones inducen a confusión. No es tanto mentir lisa y llanamente como mentir por omisión. Por ejemplo, me veo luchando contra las ardillas, aunque no aparecieron hasta el tercer día, cuando me enfrenté a ellas para salvar a Ampert. Sin embargo, en este momento todavía no nos habíamos encontrado, así que parece que lucho por salvar mi vida. Enseñan a Lou Lou jadeando entre las flores, aunque yo no aparezco por ninguna parte. Más adelante, salgo huyendo de las mariposas sin que se vea ni un segundo del momento en el que escapé con su cadáver, me oculté entre los sauces y usaron las descargas para castigarme. No sé qué enseñarían durante los Juegos en sí, pero, en el resumen, ni siquiera intento proteger a mis aliados. El tercer día, las ardillas, como si fuera su segunda aparición, caen sobre Ampert, y después enseñan su esqueleto en el suelo. De nuevo, no salgo por ninguna

parte. De hecho, no aparece ni un segundo de nuestro pícnic, ni del campamento, ni del estallido del depósito, ni de mi desenfreno, ni del descontrol de la arena. Los horrores del volcán son el centro de atención. Los tributos experimentan la erupción de llamas, la asfixia por la nube de cenizas, las quemaduras de la lava líquida. Mueren doce. El resto escapa por los pelos y cruza la pradera en dirección al bosque. Entonces me sacan a mí, que despierto cubierto por la ceniza centelleante. Sigo con mi lento camino hacia el norte. Después de la explosión del depósito de agua, parece que mi único objetivo era llegar al final de la arena, lo que, supongo, era mi tapadera durante la emisión. Llueve, aunque han ocultado todos los daños de la bomba. La arena está tan perfecta como siempre. Me quedo atrapado en el seto, sigo al conejo hasta la libertad, y me encuentro con Panache y compañía. No sé quién es esa persona que sale en pantalla asesinando brutalmente a los profesionales del Distrito 4. Supongo que soy yo, pero no me reconozco. Dejo de pensar en mí como en un payaso porque parece demasiado elogioso para la criatura en la que me he convertido. No ayuda que enseñen cada sílaba de mis balbuceos pelotilleros para convencer a Panache, al que al final silencia al dardo de Maysilee. —Viviremos más tiempo si somos dos. Ay, Maysilee. Qué vergüenza estar aquí sentado. Durante unos minutos, todo sigue su debido curso. Maysilee y yo cuidamos el uno del otro, y Silka y Maritte acaban con Ringina y Autumn en combate. Sin embargo, en una alucinante recombinación de los acontecimientos, desaparecen el momento en el que Maysilee y yo espantamos al muto de puercoespín, y el momento en el que Maritte y Maysilee matan a los tres Vigilantes junto al caballón. En un instante perdido en el tiempo, Maritte y Silka nos persiguen por el bosque, y Buck, Chicory y Hull mueren a causa de las púas, aunque parece como si el puercoespín se marchara por voluntad propia. ¿Es el cuarto o el quinto día? Mis intentos de entrar en el seto con Maysilee se han fundido en una sola secuencia alargada en la que salen las mariquitas y el soplete. Estamos en el barranco que da a las rocas traicioneras, pero procuran no mostrar el generador. Han borrado el

cañonazo que anunciaba la muerte de Maritte y, con él, la parte en la que Maysilee dice que solo vuelve a por las patatas, así que parece que, en realidad, hemos decidido separarnos. Sorprendido, compruebo que mantienen mi descubrimiento del campo de fuerza. Supongo que lo necesitan para la muerte de Silka. Los pájaros rosas atacan a Maysilee y ella grita. Por primera vez, da la impresión de que podría redimirme, porque corro en su ayuda. Oh, no. No habrán convertido esto en una historia de redención, ¿verdad que no? ¿El granuja egoísta aprende a preocuparse por los demás? Por favor, que no lo hayan hecho. ¿Es el quinto o el sexto día? ¿Quién sabe? No es nada más que un día absolutamente fantástico. La leche que me envió Snow ha desaparecido. Mientras corro por el bosque, añaden los gritos de Wellie, cosa que nunca ocurrió. Parece como si de repente recordara que pertenezco a una alianza mayor y por eso voy al rescate, cuando suena el cañonazo y me encuentro con Silka, que tiene la cabeza de Wellie en la mano. Corte repentino para mostrar a las ardillas doradas comiéndose a Maritte hasta los huesos. Da igual que, en esos momentos, llevara ya tiempo muerta. Pero la gente debe de saberlo, porque Maysilee y Maritte aparecieron juntas en el cielo. ¿Es que nadie se acuerda? ¿O es que les da igual? ¿O quizá durante los Juegos enseñaron a la audiencia un cielo diferente? ¿O ningún cielo? ¿Y se guardaron adrede la muerte de Maritte para aumentar la tensión al final? Llegados a este punto, los Vigilantes debían de estar desesperados por controlar la narrativa. Sea como fuere, el público del auditorio ha aceptado de buen grado esta versión de los hechos, y aplaude y vitorea cuando toca. Su falta de criterio transforma el resumen y lo valida como la verdad. Espero que en los distritos sepan verlo como la propaganda que es, aunque sea imposible adivinar qué les habrán enseñado. Volvemos con Silka y conmigo, frente a frente, sabiendo que somos los dos últimos. Sin palabras, se inicia la pelea. Intercambiamos heridas mortales. Corro hasta el borde. En el precipicio, Silka me arrincona y me lanza el hacha. Me tiro al suelo. Muestran una toma de su rostro expectante y después vuelven a mí,

que me retuerzo en el suelo, entre convulsiones. Eso tuvo que pasar después de perder la consciencia. El hacha rebota y se le clava en la cabeza. Y ¿entonces? Y ¿entonces? Silka muere, suena el cañonazo y yo estoy a punto de morir. La bomba de girasol, el cuarzo, el eslabón… No sale nada de eso. El aerodeslizador se lleva el cadáver de Silka. Las trompetas declaran mi victoria. Una pinza me recoge. ¿Existen reglas sobre salir de la arena y usar el campo de fuerza para ganar? Es posible que sí, implícitas, pero nunca las he oído mencionar. Entonces ¿qué soy? ¿Un granuja? ¿Puede que incluso un tramposo? Quizá. Lo que está claro es que no alcanzo el nivel de rebelde. La cámara se retira despacio mientras me sacan de allí y, por primera vez, desvela la arena en su conjunto. Parece un ojo gigante. La Cornucopia marca la pupila. El amplio círculo de pradera verde es el iris. A ambos lados, el verde más oscuro del bosque y el terreno montañoso se estrechan hasta formar puntas; son el blanco del ojo. Bueno, a nadie se le escapa el simbolismo. Hasta los niños pequeños de la Veta saben que las fuerzas del Capitolio nos observan. Me pregunto si alguna vez se pararán a pensar que nosotros también las observamos a ellas. Todos me miran cuando me levanto ante la estruendosa multitud. Suena el himno y el presidente Snow desciende de las alturas sobre una plataforma de cristal, con una rosa rojo sangre en la solapa. Lleva una corona dorada en la mano. Algunos vencedores se inclinan, otros se arrodillan, pero yo me limito a quedarme donde estoy, intentando descifrar su expresión cuando se me acerca y me pone la corona en la cabeza. Es pesada. Me atrapa. —Supongo que los Snow siempre caen de pie —digo entre los aplausos. Culpable de todos los cargos posibles, espero su sentencia. Él se limita a sonreír y dice: —Disfruta de la vuelta a casa.

Fin del capítulo

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