Amanecer en la cosecha

Capítulo 24

Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha

Capítulo 24

Tercera Parte: El cartel

Lo poco que duermo está cuajado de pesadillas y desasosiego, y al amanecer me encuentro tan débil y agotado como el tipo del poema de Lenore Dove. La arena no es amiga de darle tiempo a nadie para poder llorar en condiciones a sus muertos, y yo me siento engañado, superficial y desalmado. Louella, Ampert, Maysilee y todos los demás se merecen algo mejor, pero no soy capaz de generarlo. Le echo un vistazo a Wellie, que duerme tranquilamente en su rama. No hace falta despertarla todavía. Silka se ha ido. No es que esperase una gran alianza entre nosotros. Ha tenido un momento vulnerable, ha aceptado el chocolate y después se habrá sentido avergonzada por ello. Supongo que el Distrito 1 no recompensa a sus profesionales por ser humanos. Sí, Silka está ahí fuera, probablemente cerca, a no ser que busque comida. Puede que se le haya ocurrido ir a la Cornucopia o volver a por las provisiones de Maritte. Sin embargo, sabe dónde estamos y volverá para matarnos. Saco los brazos de la lona para restregarme los ojos y me doy cuenta de que tengo manchas negras en los dedos. No sé bien de dónde han salido; no me fijé en ellas anoche. No creo que sea la corteza del árbol, la verdad, ni la lona… ¿Algo en la batería de patata? Tampoco importa mucho. A no ser… De repente, se me encienden un puñado entero de bombillas. Me veo sacando el medallón de bronce del collar de Maysilee. Veo el residuo negro que me quedó en las manos tras preparar la mecha en el depósito. Y las

últimas palabras de Beetee en el bufé: «Y si Ampert no aparece… También hemos sustituido el…». Pero después apareció Wellie y no me enteré de qué más habían reemplazado, aparte de los símbolos del Distrito 9. Una mecha de repuesto. Por si fallaba la de Ampert. ¿Es eso lo que he llevado colgado del cuello, disfrazado de collar de Maysilee? Finjo concentrarme en el amanecer mientras jugueteo con la cuerda trenzada, restregándola entre el pulgar y el índice, y después toco, como distraído, la tapa de la botella de agua. No cabe duda: las manchas proceden de su símbolo. Una última oportunidad. Una última oportunidad para arruinar los Juegos de un modo que el Capitolio no pueda esconder. No estaré completamente seguro hasta que desenrolle el cordón y busque el detonador, pero, si tengo razón, no debo desperdiciar este regalo de despedida. Apoyo la espalda en el tronco, intentando fingir indiferencia, mientras le doy vueltas a la cabeza. ¿Qué objetivos quedan? He destruido el depósito, el generador queda fuera de mi alcance y será difícil entrar de extranjis por segunda vez en el Sub-A. Eso nos deja con la Cornucopia. Y ¿por qué no? ¿No es el símbolo más importante de su despreciable espectáculo? Y ¿acaso no es puramente simbólico el único gesto que me queda, dado que no puedo acceder a la maquinaria? Podría abrir un bonito agujero en el lateral de su reluciente cuerno dorado. Convertirlo en un recordatorio humeante y feo de la historia de los Juegos del Hambre. Un cuerno de la abundancia, pero solo para unos pocos. La desesperación para muchos. La destrucción para todos. De nuevo, lo más difícil será que lo muestren en pantalla, aunque, como solo quedamos tres, quizá sea posible. Si logro revivir un poco más a Wellie, meterle calorías suficientes para que aguante y esconderla en un sitio seguro, podría montar un enfrentamiento final con Silka en la Cornucopia. Intentar acabar con ella y con el cuerno en la misma explosión. Si estamos justo al lado, ¿cómo no van a mostrarlo? Y, entonces, si sobrevivo, Snow ordenará a los Vigilantes que me maten y Wellie se llevará la corona. Le echo un vistazo a su carita demacrada y me paro a pensarlo un momento. Wellie está a punto de morir de hambre. Aunque aguante, la

falta de comida la vuelve vulnerable a muchos otros peligros, desde la debilidad física a la deshidratación, pasando por la enfermedad. Nos queda un poco de chocolate, pero meterle eso directamente en el estómago encogido podría surtir el efecto contrario al deseado. Queda la última patata, que es buena y blanda para la tripa, pero hay que asarla. De acuerdo. Esa es la prioridad. Asar la patata. Alimentar a Wellie. Esconder a Wellie. Atraer a Silka a la Cornucopia. Volarla en pedazos con la Cornucopia. ¿Qué puede salir mal? Bueno, para empezar, hay un problema: después del incidente del depósito, si los Vigilantes me ven desenrollar un símbolo, todos los mutos de la arena van a ir a por mi cabeza. Necesito un momento fuera de cámara. Para qué esperar. Como si me protegiera del sol, me echo la lona sobre la cabeza. Procurando moverme lo mínimo posible, abro el enganche del collar de Maysilee y desenrollo el cordón. Me animo al ver el detonador bien sujeto al extremo; puede que todavía quede esperanza. Tras envolverlo bien en la mecha, me lo escondo en el bolsillo y me restriego bien las manos en los pantalones para limpiarlas. ¿Se fijarán los Vigilantes en la ausencia del símbolo? Cuando se despierte Wellie, debería fingir perderlo. Podría haber acabado como el medallón de latón. Por otro lado, llamar la atención sobre su ausencia podría ser un arma de doble filo. Hago inventario del equipo. Mecha, sí. Detonador, sí. Explosivo, sí. Eslabón, sí. Tengo todo lo que necesito, incluso un puñado de envoltorios aceitosos que sirvan de yesca. Deseando ponerme en movimiento, me quito la lona, me estiro y me suelto de las tiras que me sujetan al árbol. Wellie abre los ojos de golpe. Me mira, como sopesando mi valía, y frunce el ceño. —No vuelvas a dejarme sola —susurra. Sin duda, desde su punto de vista, soy el novato que ha abandonado a todo el mundo. No se equivoca. Tenía cosas más importantes que hacer, pero no se equivoca. Intento sonar alegre. —Oye, Wellie. ¿Y si bajo y te aso una patata? ¿Crees que podrías con ella? —No me dejes sola.

—Bueno, estoy bastante seguro de que Silka está cerca. Me parece que aquí arriba estarías más segura. —No. No puedo quedarme sola otra vez. —Empieza a forcejear con sus ataduras—. Te seguiré. —¡Vale, vale! —La calmo—. Deja que te desate. No es lo ideal, pero no puedo arriesgarme a que intente bajar detrás de mí; seguro que se cae y se mata. Le quito con cuidado las tiras de lona y la manta, y lo guardo todo en la mochila. —Necesito que te agarres a mí. ¿Te ves capaz? Ella asiente, pero, cuando me rodea el cuello con los brazos, están tan flojos como fideos cocidos. Tendré que llevarla sobre los hombros. —Mejor probamos con la técnica de los mineros —le digo, y lanzo la mochila al suelo. Después la levanto con cuidado y me la pongo sobre los hombros, como nos enseñaron si tenemos que sacar a los heridos de la mina después de un accidente. La niña nunca ha sido gran cosa, aunque dudo que ahora llegue a los veintisiete kilos. Bajo poco a poco del árbol y estoy a punto de caerme dos veces porque las ramas se parten debajo de mis botas. Cuando llego al suelo, la coloco con delicadeza sobre las agujas de pino. Tras darle una bola de chocolate para que la roa, preparo un nido de mantas para ella. Cuando la toco para ver si tiene fiebre, está fría como el mármol. —¿Tienes frío? —Un poco —responde, y veo que tiene los labios algo morados. —Bueno, con un fuego te calentarás. Después te aso una patata. Examino por encima los arbustos locales y me doy cuenta de que va a ser todo un reto. La lluvia de anoche, aunque relativamente breve, cayó con ganas y mojó todo el combustible a nuestro alcance. En pocas horas, el sol me echará una mano, pero, por el momento, parece haber poco combustible seco. Voy a tener que ir a buscar algo que haya quedado protegido por las ramas más largas y gruesas o por formaciones rocosas. ¿Qué hago con Wellie? ¿Cargo con ella? Va a ser complicado si quiero recoger leña. ¿Cruzo los dedos y espero que Silka esté lejos? Demasiado arriesgado. Eso significa que la tengo que esconder. —Wellie, tengo que alejarme un poquito para buscar combustible.

—No me dejes sola. —No será mucho rato y no me iré lejos. Me aseguraré de que estés bien escondida. —No. —Necesitamos fuego. No pasa nada. Mira lo que tengo para ti. —Le cuelgo al cuello la cerbatana—. Era de Maysilee. Está cargada. Solo tienes que respirar hondo, soplar muy fuerte por este extremo y saldrá volando un dardo envenenado. Con esto mató a Panache. Me salvó la vida. —Maysilee también nos dejó solos —dice con tristeza. —No, se separó sin querer cuando buscaba a Lou Lou y no pudo volver con vosotros. Ella habría querido que te quedaras con esto. Me dijo que pensaba que serías una buena vencedora. —Ah, ¿sí? —Abre mucho los ojos—. ¿Qué quería decir? ¿Una buena vencedora? Gran pregunta. —Creo que quiere decir que nunca has dejado de ser una novata. A Wellie se le llenan los ojos de lágrimas y después se arma de valor, decidida. —Puedo hacerlo. Por los demás. Escóndeme. Extiende los brazos para que la lleve. Cerca de nosotros descubro un árbol casi escondido por una cascada de vides silvestres. Meto a Wellie tras ellas y dispongo la cortina de hojas lo mejor que puedo, presionado tanto por el tiempo como por la geografía. Esperará a que regrese, armada con su cuchillo de mondar y su cerbatana. —Recuerda —le digo—, solo tienes un dardo, así que úsalo bien. Ahora, quédate aquí y volveré antes de que te des cuenta. Aunque mi intención es que sea cierto, mientras busco recorriendo un círculo cada vez más amplio, empiezo a perder la confianza. La leña disponible echaría una barbaridad de humo, aun suponiendo que fuera capaz de prenderle fuego con mi puñado de envoltorios de bombón, lo que tampoco está tan claro. La idea de asar una patata pierde su atractivo. Quizá si la corto muy finita, aunque esté cruda, Wellie sea capaz de digerirla. Lo que de verdad ayudaría (¡hola, patrocinadores!) es una bonita cesta llena de comida. Vamos, ¿a qué están esperando? Seguro que dos de los tres últimos tributos de la arena tienen lo suficiente acumulado en sus

cuentas como para pagar un caldo de pollo. Creo que Mags me ha leído la mente porque, cuando vuelvo para reunirme con mi aliada, un paracaídas casi me roza la nariz al caer al suelo, sobre mis botas. Me agacho para abrirlo y encuentro una recargada cesta de pícnic. Sobre ella hay una tarjeta de papel grueso en la que se lee: «Cortesía del Capitolio». ¿Es que hay algo en esta arena que no lo sea? Dentro, rodeada de una servilleta de lino blanco como la nieve, encuentro una jarra. Me estremezco al levantarla para que le dé el sol. El cilindro blanco que descansa sobre la escalera de caracol. El águila dorada posada en la tapa. Pulso la cola con el pulgar para abrirla, y veo la leche fresca y cremosa del interior. Si no es la jarra de la biblioteca de Plutarch, se trata de una réplica exacta. Me guardo la tarjeta en el bolsillo y meto la jarra otra vez en la cesta para disimular lo mucho que me tiemblan las manos. ¿Cómo debo interpretar este nuevo regalo? Solo hay dos posibilidades, y son tan opuestas como el día y la noche. Si lo analizo en positivo, Plutarch podría estar haciéndome un regalo a través de Mags. Una pizca de sustento, ánimo líquido. Podría significar: «Bien hecho, Haymitch. A través de la niebla de la propaganda, las cartas en tu contra y las mentiras, veo que has tenido éxito en tu misión. Has cumplido. Y, aunque la explosión del depósito no ahogara por completo el cerebro, lo que no es culpa tuya, ha conseguido que todo caiga en picado. Llévale esta leche a Wellie, mantenla viva, juega tu mano lo mejor que puedas». Por otro lado, quizá Mags no tenga nada que ver con esto y el malvado mensaje sea tal que así: «Saludos de tu presidente. Creías que no había visto tu pequeño truquito con la jarra de leche en la biblioteca, pero te equivocabas. Porque lo veo todo. Tus bombas, tus complots, e incluso el eslabón que te regaló tu pajarito. Y ahora tienes que elegir. ¿Bebes la leche? ¿Se la das a tu aliada enferma? ¿La tiras al suelo? Porque, como es natural, sospechas que está envenenada. ¿Qué vas a hacer, Haymitch Abernathy? Debes saber que los ojos de Panem, y los míos en concreto, observan todos y cada uno de tus movimientos». Sí, todos me observan. Si no llevo de inmediato esta leche a Wellie e intento salvarle la vida, parecerá que finjo ser amable con ella, aunque, en realidad, intento matarla para estar un paso más cerca de ser el segundo

vencedor del Distrito 12. No obstante, estoy casi seguro de que está envenenada y procede de Snow. No creo que Plutarch sea tan descuidado como para vincularse en público conmigo, teniendo en cuenta lo del depósito. Seguro que muchas personas, muchos Vigilantes, reconocen este símbolo de la escalera dorada que está repartido por la mansión de los Heavensbee. A conjuntito. Teniendo en cuenta que lo asignaron a cubrir a los tributos del Distrito 12, es probable que patrocinarnos vaya contra las normas. Como dijo Proserpina que les pasaba a Vitus y a ella. Esta muerte lechosa es de Snow. El destino que he intentado desafiar desde que vi aquella perversa tarta de cumpleaños en el tren se ha posado ante mí y me observa como el cuervo del poema, encaramado para siempre sobre la puerta de mi habitación. Estoy en sus manos y puede manipularme como desee. Soy su marioneta. Su peón. Su juguete. El cartel que estoy pintando es el suyo. Su propaganda. Estoy condenado a obedecer sus órdenes en los Juegos del Hambre, la mejor propaganda con la que cuenta el Capitolio. Mi padre se debe de estar revolviendo en la tumba. La orgullosa alianza de los distritos, los novatos, nunca ganará, no se lo van a permitir. Wellie morirá envenenada o de hambre o a manos de una profesional. Silka, la aspirante a ciudadana del Capitolio, se llevará la corona. ¿Y yo? Solo me queda una cosa por hacer si no quiero morir como un traidor a los distritos (como el asesino de Wellie por negligencia, ya que me niego a envenenarla) y Snow lo sabe. Ha seguido todos y cada uno de mis movimientos hasta esta resolución final, y espera mi inevitable rendición. Tengo que beberme la leche. Este es el momento. Se acabó el juego. Saco la jarra, abro la tapa y examino el contenido. Mi cuerpo entero se resiste a claudicar. Me pregunto si podría fingir tropezar y soltar la jarra, con lo que al menos pospondría la victoria de Silka, cuando suena un cañonazo. Me quedo paralizado, perplejo. ¿No era este el momento en el que el presidente saboreaba mi derrota? ¿Qué está pasando? ¿Quién ha interferido con su plan? Tiro la jarra, oigo que se rompe contra una roca y salgo corriendo hacia las vides silvestres. Tal y como le prometí, no estoy lejos. Me aferro a la

esperanza de que los mutos hayan acabado con Silka. Eso lo simplificaría todo. Tras rodear un último bosquecillo de árboles jóvenes, el horror me deja helado. Silka permanece inmóvil como una estatua, con el traje verde moco salpicado de rojo brillante. En la mano derecha, su hacha. En la izquierda, la cabeza de Wellie, con los ojos y la boca abiertos. Lo único que se mueve, lo único que se oye es la sangre que gotea sobre las agujas de pino del bosque. El cuerpo de Wellie está hecho un ovillo, a pocos metros. La reluciente campanilla de bicicleta. La cerbatana. Las botas tamaño infantil. El cuchillo diminuto en su patita de pájaro. Plumas de color gris paloma. Un polluelo decapitado. Aunque viviera mil años, jamás lograría borrarme esta imagen de la cabeza. —¿Qué has hecho? —pregunto entre dientes. Silka se esfuerza por enfocar la mirada. Sostiene en alto la cabeza de Wellie, como para defenderse. —Me ha atacado. Ahora es cuando me fijo en el dardo envenenado que le cuelga de la amplia manga, sin tocarla. Wellie ha intentado protegerse. Ha defendido el honor de los novatos. Es probable que apenas le quedara aire para sacar el dardo del tubo. La he abandonado, como ella temía. Cegado por el deseo de pintar mi cartel, he dejado solo al verdadero tesoro. —Tenía que morir. Tú también —sigue diciendo Silka—. Es la única forma de volver con los míos. —Todos tenemos a alguien con quien volver. ¿Crees que los tuyos serán capaces de olvidar lo que has hecho? Sé que los míos no. Dame por perdido, Sid. Reniega de mí. Escupe cuando oigas mi nombre. Que fracasara con el plan de romper la arena no es nada comparado con esto. —Cuando llegue a casa, les explicaré cómo era esto —dice ella. —Ah, pero es que no vas a volver a casa, Silka —respondo, sacando el hacha del cinturón. Ninguno de los dos volverá a casa. La mataré y después Snow me matará a mí. Los Juegos no tendrán vencedor. Ese es el cartel del segundo Vasallaje de los Veinticinco.

Ayuda ver cómo tira al suelo la cabeza de Wellie, sin miramientos y sin compasión por ella, ni siquiera una vez muerta. También ayuda verle una mancha de chocolate en lo alto del pómulo, supongo que de limpiarse anoche las lágrimas durante nuestra tregua unilateral. Y, por último, ayuda que grite: —¡Yo seré la que honre al Capitolio! Nos enfrentamos, hacha contra hacha. Ojalá poder afirmar que soy más veloz o más fuerte, pero estamos igualados. Su entrenamiento es superior, aunque yo cuento con una ventaja que ella no tendrá nunca. ¿Esos treinta y un aliados de los que presumí ante la Vigilante Jefe? Siento que todos ellos me acompañan. Su primer golpe va derecho a mi cabeza, como si pretendiera dividirme en dos partes iguales. Consigo bloquearlo por los pelos. Mi contraataque le da en la pierna, que sangra. Le veo la sorpresa en el rostro durante un segundo. Silka no esperaba que lograse superar sus defensas. Bueno, puede que no haya recibido entrenamiento, señorita Silka, pero te apuesto lo que sea a que he pasado más tiempo que tú con un hacha en la mano, y tengo el licor blanco y la colada limpia para demostrarlo. El tiempo que pasé pegándole hachazos a la arena después de la muerte de Ampert tampoco me vino mal. Ahora mismo, es como si hubiera nacido con un hacha en la mano. Bárbaro. Brutal. Sangriento. No hay forma de embellecer lo que sigue. Seguimos asestándonos golpes, y algunos aciertan. La cabeza de su hacha choca contra la de la mía, forcejeamos y me da tal patada en las rodillas que veo las estrellas. Esquivo un ataque, y su hacha acaba clavada en un tronco, así que, mientras intenta sacarla, le doy un hachazo cerca de la cadera. Unos cuantos movimientos después, se vuelve hacia mí y me corta el muslo. Cuando nuestras armas se enganchan, le aplasto la cara con el mango y le salto un par de dientes. Sin embargo, al final, el entrenamiento de Silka da sus frutos. Alza el hacha sobre la cabeza con un giro muy intrincado y me pilla distraído. Deja caer la hoja de repente y, antes de tener tiempo para retroceder, me da un tajo en el vientre. Ahogo un grito. De un golpe, me quita el hacha de la mano. Me toco la herida. Es grave. Viene a por mí. Me vuelvo para huir, pero me atrapa con una llave de cabeza que me deja sin respiración. Empiezo a ver motas

negras en los bordes de mi campo visual y siento que empiezo a desaparecer, hasta que veo el cuerpo decapitado de Wellie. No puedo permitir que gane Silka. Con un último esfuerzo, me saco el cuchillo del cinturón y lo empujo hacia atrás, por encima del hombro. Un chillido. Con el cuello libre, huyo sin saber qué daño le he causado. Apretándome la herida con ambas manos, corro en zigzag a través del bosque; sé que tengo que enfrentarme a ella, aunque estoy seguro de que es imposible; me enloquecen el dolor y el miedo. Las ramas me azotan el rostro, las raíces se me enganchan en las botas, y reboto de un árbol a otro. Mi único objetivo es aumentar el espacio que me separa de los gritos de Silka. Sin embargo, oigo que se acerca. Empiezan a temblarme las piernas cuando el olor a insectos quemados me avisa y me encuentro de vuelta en la abertura del acebo. ¡Mariquita, mariquita, aquí estoy otra vez! Pero, ahora, su hogar ofrece tanto refugio como una oportunidad para recuperarme. Puede que una profesional que adora al Capitolio, cumple las normas y va vestida de verde moco tema seguirme más allá de los límites establecidos de la arena. Me acerco, tambaleante, al borde del barranco y noto el aire caliente que sube del cañón. Incapaz de seguir corriendo, me vuelvo hacia mi contrincante. Con límites o sin ellos, Silka entra en el seto detrás de mí. Ahora puedo evaluar el daño causado por el cuchillo y hacerme responsable de la cuenca vacía en la que antes estaba su ojo. Parece poca cosa comparado con lo que me cuesta mantener mis entrañas en su sitio. Sin vacilar, levanta el hacha y la lanza. Mis rodillas, que ya estaban a punto de ceder, se doblan como cartón y me dejo caer en la tierra justo cuando el hacha pasa silbando por encima de mi cabeza y cae al desfiladero. Entonces recuerdo el campo de fuerza. Y lo que sucede cuando sueltas un objeto. Espero, sin aliento, a lo que el amor de mi vida llamaría justicia poética. Silka se queda donde está, con la mano sobre la cuenca del ojo ensangrentada. Con el ojo bueno me examina la herida y calcula la llegada de mi muerte. Entonces regresa el silbido, y Silka pasa por un momento de confusión cuando el hacha, dando vueltas en el aire, refleja la luz del sol, hasta que se le clava en la cabeza con un ruido nauseabundo.

Ahora estamos los dos en el suelo. Ruedo para ponerme boca arriba y veo el aerodeslizador que flota sobre nosotros. Silka se niega a morir, le brota de los labios un gorjeo estrangulado. Solo tengo que aguantar más que ella. Me hurgo en el bolsillo en busca de un pañuelo con el que ayudar a contener mi hemorragia. Sin embargo, lo que encuentro son las reliquias de mi último plan, o penúltimo, o lo que fuera. Las herramientas que necesitaba para abrir un agujero en la Cornucopia. Bueno, eso queda descartado, claro. Morir fuera de la arena tendrá que bastar. Aunque sí que parece una lástima no intentar pintar un último cartel. ¿Todavía puedo morir haciendo todo el ruido posible? Sí. Ahora me queda todo claro. Sé lo que tengo que hacer. «No te preocupes, papá. No te preocupes, mamá. Levanta bien la cabeza, Sid. Nadie más que yo pintará este cartel». Noto que la consciencia amenaza con marcharse mientras me quito el girasol del cuello y le pincho el detonador. Corto la mecha con los dientes, le dejo unos pocos centímetros y tiro al suelo lo demás. «Esta vez funcionará, Ampert. La bomba de relojería va a estallar, Louella. Wyatt. Lou Lou. Wellie. Engancha tu meñique con el mío, Maysilee. Presta atención, Panem. Los novatos siempre caen de pie». La tarjeta del presidente, cortesía del Capitolio, se rompe sin problema. Arrugo los trocitos y los apilo con los envoltorios. Finalmente, me saco el collar del eslabón y le doy un largo beso. «Ay, Lenore Dove. Ay, amor de mi vida. Contigo antes, ahora y siempre. Y te encontraré. Te encontraré». —Haymitch. Haymitch Abernathy. Detente ahora mismo. Sostengo el cuarzo con una mano temblorosa, mientras que la otra se cierra en torno a la cabeza de la serpiente y del pájaro cantor. Qué preciosidad, qué bien hecho. Bonito y práctico, como dijo ella. Ahora ha encontrado su verdadero propósito. Suena un cañonazo. No hay corona para ti, Silka, solo pinza. Escucha, esas trompetas deben de sonar en mi honor. Una lluvia de chispas vuela hasta la pila y florece en una llamita. Una lluvia de balas me baila alrededor de las manos. Ja. Fallasteis. —¡Quieto! Haymitch Abernathy, has… ¡Suelta eso! ¡Suelta eso ahora!

La llama ya muere cuando sostengo en alto la bomba, que besa la punta de la corta mecha y empieza a comerse el hilo negro, hambrienta. —¡No sabes lo que estás haciendo! ¡Para! ¡No la lances! Pero lo hago. Con mis últimas fuerzas, lanzo el girasol al barranco. Como mínimo, el estallido será impresionante. Sin embargo, el pánico en la voz del Vigilante me da esperanzas de que sirva para algo más. ¿Qué pasará cuando la explosión se encuentre con el campo de fuerza? No tengo ni la más remota idea. Pero parece que les da miedo. El cuarzo se me cae al suelo y se mezcla con las otras piedras. Me meto el eslabón bajo el cuello de la camiseta para que descanse sobre el corazón. Ella lo entenderá. El viento dispersa las últimas cenizas y se las lleva al olvido. Las motas negras me anegan los ojos y forman una nube que tapa la luz del sol. Un estallido sacude el mundo. Lo último que siento es el tacto resbaladizo de mis intestinos en la mano, el pájaro cantor contra la piel y el temblor de la tierra bajo el cuerpo. Muero feliz.

Fin del capítulo

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