Amanecer en la cosecha

Capítulo 23

Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha

Capítulo 23

Tercera Parte: El cartel

Maysilee se me une al borde del barranco y se queda mirando el cañón. —Eso es todo lo que hay en la arena, Haymitch. Volvamos. Mi último plan para inutilizar el generador me ha conducido a otro callejón sin salida. Claro que sí. Es todo tan absurdo, los Juegos, las dos tramas fallidas en la arena, la vida en general, que todo se me viene encima. ¿Habrá una tercera forma de romper la arena que no esté viendo? Puede. Seguramente. Pero, ahora mismo, no se me ocurre. No encuentro mejor forma de resistencia que negarme a volver a atravesar el seto. Maysilee se equivoca: este terreno no forma parte de la arena; no es nada bonito. Si los Vigilantes me quieren muerto, tendrán que seguirme hasta aquí, hasta el mundo real, lo que sería una especie de victoria para mí. En cierto modo, habré sido más listo que ellos. Y, al menos, aquí el aire es fresco y el sol está en el lugar correcto. En cualquier caso, no pienso volver a su jaula venenosa. —No, me quedo aquí. —De acuerdo, solo quedamos cinco —responde ella tras una larga pausa—. Es tan buen lugar como cualquier otro para despedirnos. No quiero que al final solo quedemos los dos. Yo tampoco. Y es de risa pensar que seguir participando en los Juegos serviría para ayudar a Maysilee o a Wellie. Todos mis aliados mueren, mientras que, al parecer, los Vigilantes están tan seguros como en casa conmigo. —Vale —le digo. La oigo regresar al seto.

Suena un cañonazo. Vuelvo la cabeza justo a la vez que ella. Ambos esperábamos que el otro hubiera caído muerto, y ninguno de los dos tiene tiempo de ocultar la angustia. Maysilee traga saliva como puede. —Ya solo quedamos cuatro. Parece tan perdida que me destroza. Puede que debamos seguir juntos. ¿Cómo saberlo? Me da la sensación de que siempre tomo las decisiones incorrectas. No me siento cualificado para elegir entre huevos fritos o revueltos. Nada tiene sentido cuando han muerto cuarenta y cuatro tributos, además de Lou Lou y Woodbine. —¿Seguro que quieres que nos separemos? —le pregunto. Ella tampoco lo sabe. Me doy cuenta de que, en el fondo, está tan perdida como yo. No hay ningún manual de instrucciones para situaciones como esta. No existe ninguna estrategia genial. —Ahora mismo solo estoy segura de que no quiero que nadie nos robe las patatas —reconoce—. Iré a por ellas. Después sopesamos nuestras opciones, ¿vale? Levanto los brazos, derrotado. —Bueno, si vas a meter a las patatas en esto, ¿cómo voy a decir que no? Maysilee se encoge de hombros y desaparece en el interior del seto. Paseo por el borde del barranco y me pregunto si sería capaz de bajar por él y llegar hasta el generador. Sin querer, le doy una patada a un guijarro rojizo que cae por el borde, así que presto atención a lo que tarda en golpear el fondo. Demasiado. No lo conseguiría. Doy un paso atrás y me dejo caer de culo pensando en que es otro plan fallido cuando, de repente, el guijarro vuelve volando y rebota hasta parar a mi lado. Lo examino, desconcertado por su reaparición. ¿Lo habrá lanzado alguien? No parece probable. Me levanto de un salto, cojo una piedra cercana y la lanzo al generador mientras observo su descenso. Unos cuantos metros antes de llegar a la máquina, rebota inexplicablemente y vuelve conmigo, haciendo la trayectoria inversa hasta aterrizarme en la mano, un poco más caliente que antes. Tiene que ser un campo de fuerza encima del generador. Supongo que es más fácil que extender una lona. Una forma de protegerlo de los elementos, la vida salvaje y, cosas que pasan, un tributo granuja. Supongo que no es imposible que un rebelde

intente sabotearlo, pero parece poco probable que consiguiera llegar hasta aquí, en medio de la nada. Aunque aquí estoy yo. Sin embargo, aunque le soltara una roca encima, ni lo tocaría. De verdad, tengo tanta mala suerte que se me escapa la risa. Entonces es cuando oigo gritar a Maysilee. Me levanto como un rayo y regreso por el túnel humeante del seto. Veo unas manchas de color rosa más adelante y oigo graznidos que me recuerdan a los gansos de Lenore Dove. Saco el hacha del cinturón y ya la tengo preparada al salir de los arbustos de acebo y encontrarme con un remolino de plumas. Hay dos docenas de aves acuáticas parecidas a las del lago. De patas largas. Con picos como hojas de espada: finos, estrechos y letales. No son de un gris azulado, ni blancos como el papel, sino del color de los chicles que se venden en la tienda de los Donner. Atacan una y otra vez a Maysilee, que está arrodillada en el suelo e intenta usar la lona para protegerse mientras les mete tajos enérgicos con la daga. Un par de pájaros muertos yacen en el suelo, pero se han cobrado un precio: a Maysilee le sangran la mejilla, el pecho y la palma de la mano. Como las ardillas de Ampert, no están interesados en mí. Están programados para atacarla a ella; es un castigo muy personal. Asesto hachazos a los mutos y acumulo una colección de alas rosáceas y patas que parecen tallos de enea, pero nos superan en número. Un pájaro cae en picado y atraviesa el cuello de Maysilee. Cuando se retira, lo decapito cortándole el fino cuello. La bandada por fin se dispersa y me doy cuenta de que mi compañera no se va a recuperar. Caigo de rodillas a su lado y le cojo la mano, tan firme, que se agarra a la mía como un cepo. Sube la mano herida para apoyarla en su nido de collares, que ahora flota en un charco de sangre. A pesar de la respiración entrecortada, intenta hablar, pero el último muto ha silenciado su voz para siempre. La mía parece igual de silenciada, ya que no logro pronunciar ninguna palabra de consuelo, esperanza o disculpa. Me limito a mirar esos ardientes ojos azules para que sepa que no va a morir sola. Está con su familia. Está conmigo. En los últimos momentos, me suelta lo justo para enganchar su meñique en el mío. Creo que busca una confirmación final de la promesa que nos hicimos. Asiento para que sepa que lo entiendo y que haré todo lo

posible por acabar con el Capitolio, aunque jamás, en toda mi vida, me había sentido tan impotente. Y entonces se marcha allá donde vaya la gente cuando muere. No ha suplicado ni rogado; ha conservado su furia y su aire desafiante. Aunque, para mí, la desesperación de una persona al final no indica nada sobre su vida, sé que a ella le importaba. Maysilee se marcha de este mundo como ella quería: herida pero no doblegada. Aunque siento el impulso de limpiarla, este es su último cartel y no quiero ponerlo bonito para que esos monstruos del Capitolio duerman mejor esta noche. Aparecen los aerodeslizadores y suena el cañón. Le quito la cerbatana y uno de sus collares (el medallón de cobre con la flor) como recordatorio de su fuerza. Como estoy demasiado aturdido para hacer nada más, retrocedo a gatas unos metros y apoyo la espalda en un árbol, sujetando su símbolo contra el pecho. Cuando el Capitolio se percata de que no pienso moverme, bajan la pinza. Me imagino la toma: mi rostro afligido, visible a través de las garras metálicas que alzan el cadáver de Maysilee al cielo y me dejan solo. Si algo me atacara ahora, permitiría que acabara conmigo. Lo sé, lo sé, acabo de prometerle a mi amiga en su lecho de muerte que seguiría luchando, pero no logro recuperarme. Le doy unos golpecitos al collar en los pantalones para limpiar la sangre (esta ropa negra no deja de darnos alegrías), me lo pongo al cuello, con sus amigos, y cierro el elegante enganche. Ahora tengo mi propia colección de joyas, entre el girasol del Distrito 9, la moneda de Wyatt y el pájaro y la serpiente en guerra de Lenore Dove. Vamos, que voy casi tan engalanado como la señorita Donner. Parece que solo queda un dardo en la cerbatana. Metí la pata al no recoger la bolsa y el frasco de veneno, pero al menos me queda un disparo. Me pone nervioso tener el dardo tan cerca de la cara, así que me lo ato al cinturón con un trozo de enredadera. Adiós, Maysilee Donner, a quien odiaba, pero después respeté a regañadientes y, por último, quise. No como novia, ni siquiera como amiga. Como hermana, le dije. ¿Qué significa eso exactamente? Pienso en nuestro viaje, en todo, desde las malas palabras de los primeros días tras la cosecha

hasta la batalla contra los pájaros rosas. Supongo que esa es mi respuesta: una hermana es alguien con quien te peleas y por quien peleas. Con uñas y dientes. Un paracaídas baja flotando entre los árboles y aterriza delante de mí. Espero que no sea sopa de alubias con jamón. Estoy bastante seguro de que ahora mismo no podría tragarla. Cuando abro la cesta, veo dos recipientes. En un cuenco hay helado de fresa, lo que parece tener algún tipo de significado que no logro dilucidar. En el segundo, una taza con tapa, hay café solo caliente. La bebida favorita de Maysilee. Le doy un trago, aunque me achicharro la lengua. Le doy otro. El helado me refresca la memoria. Estábamos en la cocina del piso de los tributos y Proserpina llevaba un rato parloteando sobre su nota. Su hermana, Effie, le había dicho que con una actitud positiva se tiene el noventa y siete por ciento de la batalla ganada. Y Maysilee… Maysilee le dijo…: «Procuraré tenerlo en cuenta en la arena. ¿Más helado?». Mags y yo intentamos no reír porque Proserpina no era mala por naturaleza, solo tenía mucho que desaprender. No sé bien qué me quiere decir Mags ahora. ¿Que mantenga una actitud positiva? ¿Que recuerde el descaro de Maysilee? ¿Que disfrute de un delicioso cuenco de helado? Puede que las tres cosas. Cojo la cuchara y lo pruebo. Se me saltan las lágrimas y dejo que caigan sin frenarlas hasta que vacío el cuenco. No pasa nada por llorar delante de Mags. El sol se acerca al horizonte y, poco a poco, me bebo el café, ya más frío, lo que me ayuda a aclararme las ideas. Ya no hay una Maysilee que proteger. Supongo que debería regresar al barranco para pintar mi último cartel. Decido meter las provisiones que me quedan en la mochila de Maysilee. Añado media botella de agua y guardo las patatas en el cuenco. Al meter los pañuelos de repuesto, me fijo en que hay una raja en la pared interior de su mochila. Meto los dedos por la abertura y encuentro una bolsita de plástico. Se me había olvidado el kit de luz de patata. Supongo que no lo sacó cuando hicimos inventario de suministros porque no era legal. Aunque tampoco es que eso me preocupe mucho ahora. Han pasado tantas cosas, desde depósitos volados en pedazos a Vigilantes muertos, que unos cuantos cables y monedas de contrabando no merecen la pena.

Empiezo a pensar en los Vigilantes con los que nos encontramos. Ninguno era demasiado mayor. El chico de la fregona tendría unos veintipocos años, máximo. ¿Fueron dolorosas sus muertes? ¿Dejan algún ser querido? ¿Están sus padres, amigos y vecinos llorando por ellos, como hacen los nuestros cuando nos pierden? ¿Sabrán alguna vez cómo murieron realmente o se inventarán un accidente para ocultar la incompetencia del Capitolio? Imagino que usar dobles sería poco práctico. Mientras guardo mi mochila verde en los arbustos, las opresivas notas del himno suenan en el cielo. Primero, Maritte; después, Maysilee. No parece aleatorio. Las han eliminado rápidamente, en castigo por matar a sus guardianes. Al abstenernos, a Silka y a mí nos han recompensado con unas cuantas horas más de vida. Y ¿qué pasa con Wellie? No he tenido tiempo de concentrarme en ella, pero también está ahí fuera. Maysilee dijo que, si ninguno de nosotros dos sobrevivía, serviría que Wellie siguiera con la lucha. Pienso en lo serena y elocuente que fue en la entrevista. Sería una vencedora mucho mejor, más lista y convincente para representar los derechos de los distritos que un granuja creído y egoísta, y eso suponiendo que ese granuja tuviera alguna posibilidad de sobrevivir, que no la tiene. ¿Debería dedicar a eso mis últimas horas? ¿A proteger a Wellie de Silka y de los mutos del Capitolio? ¿A asegurarme de que la corona acaba en su cabeza y no en la de una profesional? Sí, estoy seguro de que eso es lo que habría querido Maysilee que hiciera, de haber conocido toda la historia. Si voy a proteger a Wellie, primero debo encontrarla. La verdad es que, llegados a este punto, solo hay una forma. Si me encuentro con Silka, pues vale, le lanzo el dardo. —¡Wellie! —grito—. ¡Wellie! Iluminado por los últimos rayos del sol, empiezo a buscar en dirección sur, hacia la pradera. Me siento muy solo sin Maysilee. No me había fijado en la soledad antes de tenerla como compañera, pero ahora la oscuridad se abalanza sobre mí, sin nada que la suavice, y me aterra. —¡Wellie! Es como si fuera la última persona viva que queda en el mundo. Estar cerca de la muerte no ayuda. Recurro a Lenore Dove para consolarme, sabiendo que debe de estar pegada al televisor, viviendo conmigo mis

últimas horas. En realidad, es mucho peor para ella. Por la impotencia. Pensar en Lenore Dove mirándome me impulsa a ser valiente o, al menos, a parecerlo. —¡Wellie! ¿Dónde estás? ¡Soy Haymitch! Espero que Lenore Dove no se separe de Sid cuando yo ya no esté, que siga enseñándole las estrellas y otras cosas, que se asegure de que… ¿Qué ha sido eso? He captado un ruido extraño detrás de mí, algo que no encaja con los sonidos nocturnos de fondo del bosque. Me detengo y escucho. ¡Ring, ring! Ahí está otra vez. No es natural, sino de fabricación humana. Metal contra metal, sin duda. Conozco ese sonido por un verano de hace mucho tiempo. Todavía era lo bastante pequeño como para tener tiempo libre. Unos cuantos de nosotros (Lenore Dove, Blair, Burdock, un par de los McCoy y yo) estábamos jugando al pillapilla en un campo. Nos topamos con la bicicleta de un agente de la paz escondida entre las zarzas, junto a la carretera. A veces las usan para moverse por la ciudad, entregar mensajes y demás. Parecía que alguien la había soltado muy deprisa, y seguramente volvería a por ella. Pero, mientras tanto, era nuestra. Las bicicletas son un bien preciado en el Distrito 12. Solo hay unos cuantos hijos de comerciantes que las tienen. Recuerdo que Maysilee y Merrilee presumían de tener una cada una, rosas, a juego, y que a veces las conducían por la plaza, para envidia de todos. Sin embargo, para los niños de la Veta eran un sueño imposible. Encontrar una bici de agente de la paz reluciente y abandonada era como si una camada de gatitos cayera por casualidad en un campo de menta de gato. Juramos guardar el secreto, apostamos vigías y, durante la siguiente semana, todos aprendimos a usarla. Era una máquina fantástica, robusta, cómoda, con los frenos en el manillar y una campanilla plateada reluciente con la que avisar de tu llegada. Entonces desapareció; lo más probable es que el agente de la paz regresara a buscarla, porque nunca había sido nuestra. ¡Ring, ring! Es la campanilla de una bicicleta, no cabe duda. La que Maysilee tejió en el collar de Wellie cuando estábamos en el gimnasio. Ha oído mi llamada y esta es su respuesta. Me callo y sigo el sonido. Me conduce de

vuelta al norte. Me da la sensación de regresar sobre mis pasos al lugar en el que ha muerto Maysilee. ¡Ring, ring! Me detengo en la base de un gran árbol. La campanilla deja escapar un tintineo metálico desde lo más alto. —No pasa nada, Wellie. Estoy aquí. Puedes bajar. Espero, pero no hay respuesta. No se oye el crujido de las ramas ni el susurro de las hojas. Mi aliada no dice ni pío. —¿Wellie? ¿Estás ahí? La otra alternativa posible, Silka, no me parece capaz de subir tan alto como diría que está la campana. Y, si Silka se ha acercado lo suficiente a Wellie como para robarle el símbolo, habría visto otra paloma en el cielo. Empiezo a trepar. Arriba, arriba, arriba, tan alto que empiezo a preguntarme si habré acertado con el árbol. Las ramas escasean y tengo que plantar las botas en el tronco para no arriesgarme a que se partan. Cuando llego hasta ella, está tan quieta que casi ni la veo. Está tumbada en una rama estrecha, boca abajo, como una zarigüeya a la luz de la luna, con la campanilla encajada debajo de la mejilla y un cuchillo de tamaño infantil en la mano. —Hola, Wellie. Mueve levemente los labios resecos, pero no produce sonido alguno. Tiene la misma mirada vidriosa y encogida que he visto en las peores épocas de la Veta. Otra víctima del arma preferida del Capitolio: el hambre. Tengo que bajarla antes de que caiga rodando del árbol y darle algo de comer. El problema es que está tan frágil que no sé cómo hacerlo, y menos de noche. Le doy un traguito de agua de la botella y se le derrama por la comisura de los labios. Va a ser imposible conseguir que coma patata cruda. Sigo con el agua. —Intenta tragarla, Wellie —le suplico. Ella consigue hacerlo un par de veces antes de perder el conocimiento. La luna se esconde detrás de una nube y nos deja a oscuras por un momento, así que me abrazo al tronco para tener más estabilidad hasta que regresa la luz pálida. El aire parece volverse más denso, en general; ¿están preparando una tormenta? Me asusta la idea de estar atrapado tan alto y a

oscuras mientras la corteza se vuelve resbaladiza, pero no puedo abandonar a Wellie. Podría usar mi eslabón para conseguir unas cuantas chispas, pero ¿cómo hacer una fogata aquí arriba? Hurgo en la mochila de Maysilee en busca de combustible, y entonces doy con el kit de la batería de patata. En teoría, podría encender una luz. Seguramente no iluminaría mucho, aunque quizá me ofrezca algo de consuelo. Oigo un trueno lejano que me impulsa a intentarlo. Me encajo como puedo entre el tronco y una rama, y uso la mochila como mesa de trabajo. Beetee dijo que no se podía comer la patata después de usarla de batería, así que me limito a usar una y guardo la última para el desayuno de Wellie. La corto por la mitad, saco los componentes de la bolsa de plástico y me esfuerzo por imitar la demostración de Beetee. Envuelvo las monedas de cobre y los clavos de zinc en alambre, dejando un rabo, y los clavo en las mitades de la patata. Como hay poca luz, tardo un rato. Paso por un momento de apuro cuando una de las monedas se me escapa entre los dedos y cae al suelo del bosque. Estoy a punto de rendirme cuando recuerdo el medallón de Maysilee y lo saco del cordón trenzado. Tras unos cuantos intentos fallidos, uno el alambre del final a una bombillita diminuta que me recompensa con un brillo muy tenue. En otras circunstancias, sería apenas visible, pero, en la penumbra de la arena, me da la vida. Wellie parpadea, abre los ojos, los clava en ella y suspira un poco. Las primeras gotas de lluvia tamborilean en las hojas mientras busco algún sitio cercano en el que colocar la hamaca. Las ramas no parecen lo bastante resistentes, así que tapo a Wellie con una lona para que no se moje y la envuelvo varias veces en la manta de Maysilee. Después corto algunas tiras de lona, le rodeo las piernas y el vientre y las ato a su rama. No parece darse cuenta, está concentrada en la luz. No hay forma de moverla hasta la mañana, así que preparo la segunda lona y unas cuantas tiras con las que sujetarme yo. Llueve a cántaros durante un rato, nos envuelve la niebla y a continuación se retiran las nubes. Estoy cabeceando cuando algo se engancha en las hojas sobre mi cabeza. El paracaídas trae una taza de pudin de vainilla caliente y un paquete de bolas envueltas en un papel arrugado muy alegre. Chocolate. En el Capitolio todavía queda alguien con corazón.

Con paciencia, consigo que Wellie se coma el pudin poquito a poco. Y, aunque perdemos la mitad porque se le cae de la boca, la otra mitad le entra en la barriga. Después parto por la mitad una bola de chocolate con los dientes y le meto una mitad en la boca. Ella chasquea un poco los labios. Yo también me permito comer un par de bolas. El chocolate es muy caro en la Veta. Se reserva exclusivamente para los cumpleaños y las ocasiones especiales. Este es de primera calidad, cremoso, dulce e intenso. Si es lo último que como, me daré por satisfecho. Sacudo mi lona para usarla como manta y estoy a punto de volver a dormirme cuando oigo llorar a Wellie. Intento consolarla, pero está profundamente dormida, así que los llantos proceden de mucho más abajo, en la base del árbol. ¿Silka? ¿Quién si no? No está intentando cazarnos, sino que se acurruca contra el tronco. No la había tomado por una llorona. Aunque, claro, es probable que yo todavía tenga las mejillas manchadas de lágrimas por Maysilee. Seguro que Silka también tiene mucho por lo que llorar. Aunque esté claro que es la favorita de los Juegos, todos tenemos críos muertos como para llorar toda una vida. Soy muy consciente de que estamos los tres hechos un ovillo alrededor de este árbol, el último trío de latidos humanos en la arena. Es triste, es desesperado, pero también es un momento excepcional de unidad de los distritos en los Juegos del Hambre. Y sé cómo mejorarlo aún más: dejo caer un puñado de bolas de chocolate hacia la oscuridad de la noche. Un ruido de sorpresa. Los sollozos paran hasta convertirse en sorbidos de mocos. El crujido de un envoltorio. Silencio. Con todo, el cartel no ha quedado nada mal.

Fin del capítulo

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