Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha
Capítulo 22
Tercera Parte: El cartel
Las migajas se me pegan en la garganta, así que le doy otro trago a la botella para bajarlas. Qué lujo es despertarse con un desayuno de pan de maíz recién hecho, leche cuajada y melocotones, en vez de tener que conformarse con restos rancios. Maysilee tenía la comida extendida sobre la lona, como en una fiesta. A modo de servilletas, dobló dos pañuelos para darles forma de flores, e incluso llenó el cuenco de la copa de vino con unas flores rosas, seguramente letales pero innegablemente decorativas. Sexto día. No sé cómo sigo con vida. No tengo ni idea de por qué los Vigilantes, siguiendo las órdenes de Snow, no me han destrozado todavía. ¿Es posible que sea tan popular que me mantengan en escena para contentar a la audiencia? ¿Planean un final espectacular para mí? No lo sé, pero sí sé que la arena está pidiendo a gritos que la destruyan. El paracaídas llegó mientras yo dormía, lo que al final ocurrió después de que se durmiera Maysilee, porque la idea me espabiló tanto que me ofrecí a ocuparme del primer turno. Si puedo usar el soplete para quemar el seto, mariquita, mariquita, ¿qué encontraré? Con suerte, un generador que también arda. Quizá consiga quemar el lateral para llegar a alguna especie de panel de control y… —¿Vamos a la Cornucopia o a buscar a Wellie? —pregunta Maysilee. Cojo un trozo de melocotón y empujo el último pedazo hacia ella, mientras medito sobre la mejor estrategia para que apoye mi plan sin contárselo (ni a ella ni a todas las personas que nos observan). Lo mires como lo mires, la Cornucopia no me viene bien porque está al sur. Así que respondo:
—Wellie, ¿no? —Sí. Hoy podemos alimentarnos de pescado y patatas. —Claro. Y gracias por montar un desayuno tan elegante. —Me pareció buena idea empezar el día con un cartel. Pienso sobre ello. Su énfasis en los modales, sus cuidados pícnics. Y recuerdo lo que dijo el primer día, en el tren: «Mira, Louella, si permites que te traten como un animal, lo harán. Así que no se lo permitas». El cartel de esta mañana dice: «Somos civilizados. Apreciamos las cosas bonitas. Somos tan buenos como vosotros». Es una extensión de toda su campaña para demostrarle al Capitolio lo que valemos. ¿Se darán cuenta de que se refiere a la rebelión? Lo dudo. No saben lo que me dijo mi padre. Un cartel podría servir simplemente para promocionarnos como tributos. Además, ¿qué tienen de malo unas cuantas servilletas con forma de flor? —Muy bien pintado —respondo, y consigo arrancarle una sonrisa. Después de recoger todas nuestras pertenencias, examinamos el bosque. —Vamos de nuevo hacia el norte —digo, y empiezo a caminar. Ella me sigue, aunque vacilante. —¿Por qué? —Porque me da la sensación de que Wellie querría que nos alejáramos todo lo posible del volcán. —No sé. Hemos recorrido toda esa zona y no hemos visto ni rastro de ella. —Exacto. Es por lo que dijo Mags: en la arena, lo normal es estar siempre en movimiento. Y ella todavía no ha ido por allí. Vamos a intentarlo. Maysilee sigue sin estar convencida, pero no me lo discute. Al menos durante kilómetro y pico. —Creo que no la vamos a encontrar por este camino —dice al fin. —¿En serio? Yo creo que hemos acertado. —¿Por qué? La arena se estrecha hasta acabar en punta por el norte, ¿no? ¿Como en el sur? No es bueno subestimar su capacidad de observación. —Bueno, no de inmediato. —Pero lo hace. Wellie se sentiría atrapada.
—Y justo por eso a las profesionales no se les ocurrirá buscar por aquí. Como has dicho. Noto que piso terreno resbaladizo, pero intento proyectar confianza y procuro caminar con algo más de brío. Maysilee me mira con desconfianza, aunque sigue arrastrando los pies un rato, pensando. De repente, se para en seco. —No, te equivocas. Wellie tendría más posibilidades en la pradera que aquí arriba. Como es poquita cosa, podría desaparecer entre la hierba. Se extiende durante varios kilómetros. Así pasaría desapercibida y podría ir a buscar comida a la Cornucopia. Nunca la encontrarían. Y, aunque viniera al bosque, es demasiado lista para dejarse acorralar de ese modo. Y tú lo sabes. Pero me llevas otra vez al norte, Haymitch. ¿Por qué? Se cruza de brazos y espera. Voy a tener que contarle algo si no quiero que se vaya todo a la porra. —El seto. Creo que deberíamos echarle otro vistazo. Ella se estremece. —Puaj. Aunque tuviera medio litro de sangre de sobra, ¿qué sentido tiene? Extiendo las manos para señalar la arena. —Porque esto tiene que acabar en alguna parte, ¿no? La arena no es interminable. —¿Qué esperas encontrar? —No lo sé. Pero quizá algo que nos sirva. —¿Te refieres a algo mecánico? ¿Eléctrico? —Puede. O, si no, quizá podamos recoger algunas de esas mariquitas para usarlas como arma. Convertir el laberinto en una trampa para las profesionales. Atraerlas hasta allí, soltarles encima una lona llena de mariquitas y dejar que se pierdan. No es fácil escapar de ahí. Creo que, si somos listos, podemos usarlo en beneficio propio. —Arqueo las cejas e intento hacerle llegar el mensaje de que, aunque no puedo contárselo todo, es imperativo que vayamos—. Te juro que, si haces esto por mí, no volveré a pedirte nada más en toda mi vida. Ella pone cara de fastidio. —Bueno, mira qué oferta más generosa. —Vamos, hermanita. Necesito esto para mi siguiente cartel.
Qué deprisa se ha convertido eso en nuestra clave para desafiar al Capitolio. Ella cede. —De acuerdo. Pero espero que sea bueno. —Ay, mariquita, te lo prometo. Creo que he terminado de recuperar el oído, me llega todo mejor y más claro. Mientras avanzamos, soy el primero en captar un gemido agudo procedente del oeste, una zona que no he explorado tan al norte. —¿Oyes eso? —Sí —responde Maysilee—. Creía que formaba parte de los sonidos de la naturaleza de esta zona. Como los pájaros. —Eso es lo que me preocupa. Piensa en lo grande que tendría que ser un mosquito para hacer ese ruido. Me imagino un bicho chupasangre de metro y pico de largo que haría que las mariquitas parecieran un chiste. —Está bastante lejos. Vamos a mantener las distancias. Le da un trago al agua y me la pasa. Hay un momento de confusión en el que la botella estalla y nos salpica a los dos, antes de que veamos el cuchillo, las botas que corren hacia nosotros y la innegable verdad de que nos han tendido una emboscada. Con la guardia baja, huimos de las profesionales (porque seguro que no es Wellie) y corremos directamente hacia el zumbido de mosquito gigante. Espero que podamos usar a lo que sea que lo produce para quitarnos a Silka y Maritte de encima. Si lográramos sacarles ventaja, quizá mereciera la pena dar media vuelta para enfrentarnos a ellas, pero nos están pisando los talones, así que de poco serviría. Las tendríamos encima antes de poder defendernos. Ahora mismo, solo los árboles que esquivamos nos protegen de sus proyectiles letales. No me queda otra que sacar el cuchillo y esperar encontrar un hueco para usarlo. De repente, resbalo y acabo de culo en el suelo, deslizándome hacia un claro, como si hubiera dado con una pista de hielo. En ese momento, mi cerebro intenta encontrarle sentido a una imagen incomprensible. Dos Vigilantes jóvenes, con su típico traje blanco, están inclinados sobre un caballón abierto cubierto de amapolas de color escarlata. Una lleva una máscara protectora y sostiene una especie de taladro que emite un gemido
agudo. Un tercer Vigilante está inclinado sobre una fregona. Por la cara que ponen, sé que la sorpresa es compartida. Freno a pocos metros de ellos, en un charco de algo que me recuerda al limo que se produce cuando hierves ocra. Maysilee pasa volando junto a los Vigilantes y se agarra a un árbol joven al borde del caballón; no sé cómo, pero consigue mantenerse de pie. Por un instante, todos nos quedamos paralizados; la conmoción es universal. Entonces, Silka llega corriendo al claro, cae, vuelca un cubo enorme y desparrama unos cinco litros de cieno por el suelo del bosque. —¡Eh! ¡Cuidado! —exclama con indignación el Vigilante de la fregona, que parece más o menos de nuestra edad. Por experiencia, sé que fregar es el trabajo más arrastrado de todos, así que ver hacerlo a un Vigilante me resulta rarísimo. Como ver a Plutarch Heavensbee pelar patatas o al presidente Snow limpiar de pelos un desagüe. Maritte, que, al parecer, ha percibido algo extraño, se detiene al borde del claro. —¿Qué está pasando? ¿Sois Vigilantes? —exclama. La Vigilante del taladro se baja la mascarilla y se endereza. —Sí. Y vosotros cuatro estáis quebrantando todas las normas. Debéis retiraros de inmediato o habrá consecuencias. —Eso sonaría mucho más impresionante si no temblaras como una hoja —comenta Maysilee, que toca su cerbatana—. Si os han enviado a ordenar esto, os deben de considerar bastante prescindibles a los tres. Durante unos segundos, todo el mundo se para a pensarlo. Hasta que los tres Vigilantes salen corriendo hacia la escalera que conduce al Sub-A. Maritte echa el brazo hacia atrás y creo que va a acabar conmigo, pero el tridente me pasa volando por encima de la cabeza y se clava en el de la fregona, que acaba sobre una almohada de amapolas. Casi a la vez, la mujer del taladro se lleva la mano a un punto detrás de la oreja y se saca un dardo. Se derrumba mientras el último Vigilante cae de cabeza por el caballón abierto. Tarda unos segundos, pero al final oímos el crujido de su cráneo al partirse contra el hormigón de abajo. Me imagino ese suelo (que tan bien conozco después de haber corrido por él para no morir) y me quedo embobado imaginando la escena. Parece ser que Silka también se ha quedado paralizada del pasmo.
—¿Qué habéis hecho? ¿Habéis matado a unos Vigilantes? ¡Ahora no nos dejarán ganar! La voz de Maysilee chorrea miel. —¿Todavía persigues ese triste sueño, Silka? —Con manos hábiles, carga otro dardo y mira a Maritte—. Ahora casi me da pena matarte, Maritte. De todos modos, ¿qué pasa con el Distrito 4? ¿Por qué os aliasteis con un puñado de lameculos? ¿No tendríais que haber estado de nuestra parte? Maritte vacila y mira al tridente con anhelo, pero después saca el cuchillo y empieza a retroceder para alejarse de Maysilee, que levanta la cerbatana. El aerodeslizador aparece de la nada y suelta una bomba que estalla en una nube de tierra y gas lacrimógeno. Agarro a Maysilee y corremos a trompicones por el bosque, golpeándonos la cara contra las ramas y tropezando con los troncos, intentando escapar de la toxina. Caen más bombas que liberan más gas, y los ojos nos arden y lloran tanto que no nos sirven para nada. Al cabo de un rato, parece que las explosiones se oyen más lejos. Mi teoría es que el aerodeslizador solo podía seguir a un grupo de tributos y que les ha tocado a las profesionales. Mi brújula interna me lleva hacia el norte y dejamos atrás el gas lacrimógeno a la entrada del seto. Abro a toda prisa una de las mochilas y echo agua en los ojos de Maysilee y en los míos. Está tan furiosa conmigo que escupe al hablar. —¿Qué leches te pasa, Haymitch? ¿Dónde estabas? ¿Por qué ha sido Maritte la única que me ha cubierto las espaldas? Tiene razón, me he quedado paralizado. El encuentro inesperado me ha pillado con la guardia baja o me han intimidado los uniformes blancos, ni idea. El caso es que no he hecho nada. —No sé qué me ha pasado, Maysilee. Todo iba muy deprisa, estaba cubierto de cieno y… —¡Se supone que tú eres mi aliado! ¡No ella! ¡No esa basura lamebotas y chupagambas a la que no le quedan bien los rizos por mucho que se empeñe! ¡Tú! Bueno, me siento fatal y sin ninguna defensa. Tenía el cuchillo en la mano y los Vigilantes estaban al alcance. Nadie estaba mejor situado para
matarlos. La voz de Plutarch se mofa de mí: «La pregunta es: ¿por qué no lo habéis hecho?». Ya no puedo decir que no soy un asesino. Eso me deja con las opciones de tener el cerebro lavado o ser un cobarde. Madre mía, espero que Sid no lo haya visto. No, claro que no lo ha visto. Esa parte de la acción no la verá nunca la audiencia. Seguro que habrán enseñado a Wellie, esté donde esté. —Tienes razón —le digo a Maysilee—. Tienes toda la razón del mundo y lo siento. —¿Que lo sientes? —se burla—. Quizá deberías ganar tú, Haymitch. Así tendrías algo de tiempo para que te crecieran las agallas. Aquí está de nuevo la chica más cruel de la ciudad. Solo me duele porque es cierto. Saca la lata de sardinas y arranca la tapa. —Me voy a comer la lata entera. Son mías. Elige un pescado y se lo mete en la boca. Tiene que estar pero que muy enfadada para comer con las manos. Dejo que se zampe todas las sardinas, aunque desprenden un olor delicioso y me gruñe el estómago. La he decepcionado y necesito que me ayude con el seto. ¿Cambiaría algo que supiera que hice estallar el depósito y que mi misión es destruir la arena? ¿O mi inútil reacción al tener a los Vigilantes a nuestra merced lo borra todo? No lo sé, solo espero que, después de llenarse la barriga de sardinas, quiera echarme una mano. Al cabo de unos minutos, deja de sorber. Por el rabillo del ojo, veo que se acerca la lata. Quedan tres. Niego con la cabeza. Ella las empuja hacia mí. Tengo tanta hambre que las acepto. —¿Ha sido por tu cartel? —pregunta, todavía tensa. Creo que se refiere a evitar enfrentarme a los Vigilantes por la fabulosa declaración de principios que pienso hacer. —Ojalá pudiera decirte que sí, pero no, creo que no ha sido eso. No sé qué ha pasado. Supongo que estoy programado para que me pisoteen. Tú lo has clavado. —No, lo que te he dicho no ha sido justo. Has cumplido con tu parte. Con Louella en el carro. Sacando un uno en el entrenamiento. Y, sospecho, con lo que sea que estás manteniendo en secreto. —Humedece un pañuelo y se limpia las manos—. La verdad, quizá si hubiéramos empezado a
cargarnos a los Vigilantes antes de entrar aquí, habríamos tenido una oportunidad. Pienso en el momento en el que entrenábamos con los cuchillos, en el país en general y en cómo dejamos que nos someta el Capitolio. ¿Por qué? No es una conversación que podamos mantener delante de las cámaras, así que me concentro en aprovechar las últimas gotas de aceite de la lata. Después me pongo a rasparme el cieno de los pantalones. Al menos, no huele mal, ni me quema la piel, ni se endurece, lo que lo convierte en una de las cosas más inofensivas que me he encontrado en este sitio. La respiración de Maysilee ha vuelto a la normalidad. Decido darle otros cinco minutos para que se recupere antes de insistir en lo del seto. La veo recorrer con el dedo la telaraña de un arbusto. —Mira esta obra de artesanía. Son las mejores tejedoras del planeta. —Me sorprende verte tocarla. —Bueno, me encanta todo lo sedoso. —Acaricia el hilo entre los dedos —. Tan suave como la seda, como la piel de mi abuela. —Abre el medallón que lleva al cuello y me enseña la foto del interior—. Aquí está, justo un año antes de morir. ¿A que es guapa? Me fijo en los ojos sonrientes, traviesos, que se asoman a través de su propia telaraña de arrugas. —Sí. Era muy amable. A veces me regalaba caramelos a escondidas. Maysilee se ríe. —Y no eras el único. Se llevó alguna regañina por eso. —Sostiene el medallón entre las manos y la mira—. Nadie me ha querido tanto. Tenía la esperanza de llegar a parecerme a ella, pero supongo que no me veré envejecer. —Puede que sí. —No, qué va. No después de lo de hoy. —Se muerde el labio—. Cuando tenía miedo, ella me decía: «No pasa nada, Maysilee, no hay nada que robar que merezca la pena guardar». —Conozco esa canción. Lenore Dove la canta. —¿Es una canción? —pregunta Maysilee, sonriendo—. Bueno, tu chica está llena de sorpresas. Supongo que al final se nos adelantó a todos. —¿Con qué?
—Nada. —Cierra el medallón y se levanta—. Vamos a visitar su seto, señor Abernathy. —De acuerdo, señorita Donner. —Me acerco a un árbol y rompo una rama que me resulta familiar—. Sostén esto. —¿Qué hago? Saco el soplete, lo enciendo y señalo con la cabeza el seto. —Eres mi antorcha: si tiene alas, lo quemas. ¿Lista? —Todo lo que se puede estar. Me abro paso por el seto, corriendo hacia el punto por el que intentamos entrar la vez anterior. Enciendo el soplete y corto una línea recta desde mi hombro hasta el suelo. Las mariquitas empiezan a arremolinarse cuando las hojas se incendian. Maysilee interviene rápidamente y agita la antorcha para espantar la plaga. Los mutos prenden, se hinchan y estallan como granos de maíz seco en grasa caliente. Abro otra línea, paralela a la primera, medio metro a la derecha. Más bichos salen del seto y vuelan hacia nosotros. Maysilee se gira con la antorcha y canta mientras los extermina: Mariquita, mariquita, vuela corriendo al pueblo que tu casa arde y tus hijos han muerto, todos salvo una que se llama Sarah y está escondida bajo la cuchara. Me uno a ella mientras sigo quemando el seto para abrir una puerta, moviendo la llama de un lado a otro. El hedor a insectos fritos, productos químicos y azúcar quemado me rodea, y el crepitar de las hojas de acebo y los caparazones de los bichos recalca el mensaje de la canción. El seto emite una cantidad de calor exagerada, pero seguimos adelante, abriendo un túnel a través de él. Cuando llevamos unos cuantos metros, la luz del sol asoma al otro lado. —¡Ya casi hemos llegado! —le grito a Maysilee. Mi llama empieza a espurrear. Aprieto con fuerza el gatillo y la última capa de hojas con espinas se convierte en ceniza. Suelto el soplete vacío en el suelo y salgo a un terreno reseco y llano que conduce a una pendiente. Maysilee aparece a mi lado, pasa la antorcha por el interior de nuestro túnel y la lanza para achicharrar al último puñado de mariquitas. Se sacude las chispas de la camiseta.
—Bueno, ¿hemos llegado al final? Me acerco al borde de lo que resulta ser un barranco. Una caída en vertical de unos tres metros que acaba en una alfombra de rocas puntiagudas. Entre ellas espera una máquina gigantesca que ronronea como un gato satisfecho. El generador. A tiro de piedra, aunque bien podría ser la luna. Dejo escapar un sonido, entre gemido y suspiro. —Sí —le digo—. Este es el final del camino.
Fin del capítulo