Amanecer en la cosecha

Capítulo 21

Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha

Capítulo 21

Tercera Parte: El cartel

Maysilee ya ha huido del seto y yo salgo pitando tras ella. Los dos gritamos a voz en cuello y corremos intentando despegarnos los mutos de la piel. Una vez que se han enganchado con sus diminutas bocas de aguja hipodérmica, son cabezotas como ellas solas. —¡Tira! —me ordena Maysilee—. ¡Tira! Sigue bailando sin moverse del sitio, pero ha frenado lo suficiente para pellizcarlas una a una y arrancarlas de golpe. La imito. Las ventosas se han metido bien adentro, como las de una garrapata muy decidida. Si las agarro cerca de la cabeza, y tiro fuerte y despacio, estallan en una nube de sangre. Planto los pies en el suelo para coger fuerzas mientras me las arranco de los brazos, del cuello, del rostro, y mascullo: —Una a una… Una a una… Una a una… Me deshago de la camiseta y los pantalones, pero hay pocas por debajo de la tela suelta. Cuando por fin me he librado de casi todos los bichos, me pongo con Maysilee, que, sin mangas, se ha llevado la peor parte. —Una a una… Una a una… Está temblando de pies a cabeza y, mira tú por dónde, yo también. —Una a una… —cantamos juntos—. Una a una… Cuando ya no vemos ninguna más por fuera, se quita la ropa. —¿En la espalda? Sí, ahí tiene media docena. Estoy mareado y quiero sentarme, pero no paro hasta que todos los bichos están bien muertos. —Vale, estás limpia —le digo—. Estás limpia del todo.

Los dos nos dejamos caer en el suelo, pálidos y exhaustos, con la ropa interior ensangrentada. Muerto de sed, busco el agua en mi mochila e insisto en que ella beba primero. —Lo siento, ha sido culpa mía. Me he puesto en plan creído, como si supiera lo que había ahí dentro. Te juro que ayer no me molestaron. —Creo que los Vigilantes no quieren que entremos en ese seto — comenta Maysilee. —Mensaje recibido —respondo. —¿Cuánta sangre crees que hemos perdido? —No lo sé. ¿Medio litro? ¿Un cuarto? —Una mariquita me estalla detrás de la oreja y me deja más mareado todavía. Saco las tres tiras de cecina de la mochila y se las doy a Maysilee—. Toma. Repón algo de hierro. Ella las divide en dos. —Mitad y mitad. Mientras comemos, comenta: —Tu plan no es viable. La miro aserrar la cecina con su navaja y su tenedor improvisado y no puedo evitar reírme un poco. —No, está claro que no. —Tengo la cabeza demasiado embrollada como para pensar en un plan nuevo. Lo único que soy capaz de hacer es tumbarme de espaldas y contemplar el cielo, que es de un perfecto azul cerúleo—. No consigo hilar dos pensamientos seguidos. —Ni yo. —Rebusca en su mochila—. ¿Te gustan las aceitunas? —Ni idea. No las he probado nunca. Me ofrece una. —Chúpala un momento para quitarles la sal. Tienen hueso. Me pongo una en la lengua y noto la piel suave, el sabor extraño e intenso, ácido y metálico. —No está mal. Ella me deja otras dos en la palma de la mano. Las saboreo poco a poco, haciéndolas rodar dentro de la boca y abriéndome paso con los dientes hasta llegar al hueso. El tiempo pasa, aparecen nubes y empieza a llover. —¡Las lonas! —exclamo.

Con piernas temblorosas, nos levantamos y desplegamos las lonas. Como no nos atrae la idea de colocarlas debajo de los árboles venenosos, clavamos ramas en el suelo para formar postes y estirar sobre ellos las lonas hasta que no hay ningún obstáculo entre el cielo y nuestros artilugios. Obtenemos resultados casi de inmediato: un lento hilillo de agua cae por los agujeros en las botellas que esperan debajo. La lluvia se intensifica, así que nos levantamos, echamos la cabeza atrás, y nos quitamos la sangre de la cara y el cuerpo. Una vez que estamos medio limpios, sostenemos la ropa bajo el aguacero para lavarla lo mejor que podemos. Al cabo de unos veinte minutos, las nubes se apagan como si alguien hubiera cerrado el grifo. Nos vestimos y dejamos que la fina tela se nos seque sobre el cuerpo, y después nos vamos pasando una de las botellas de agua. —Bueno, puede que antes no lo fuéramos del todo, pero ahora sí que somos de la misma sangre —dice Maysilee. —Sin duda, hermanita. Creo que he tragado sangre tuya de sobra para que seamos familia. —¿Alguna vez has querido tener una hermana de verdad? —Tuve dos durante un momento. Gemelas, como Merrilee y tú. No sobrevivieron. —Lo siento. No lo sabía. —No tenías por qué saberlo. Fue antes de que fuéramos al colegio y todo eso. Una expresión triste le asoma al rostro. —No dejo de preguntarme si Merrilee seguirá siendo una gemela cuando yo muera. —Siempre —respondo sin vacilar; me imagino a Sid viéndonos; espero que ahora no se vea como un hijo único. —Va a ser muy difícil para ella. Después de los Juegos quedan los efectos secundarios de los Juegos. Se propagan como las ondas en un estanque tras lanzar una piedra. Círculos concéntricos de daños que bañan a las familias de los tributos muertos, a sus amigos, a sus vecinos… y así hasta el extremo del distrito. Los más cercanos son los que se llevan la peor parte. Licor blanco y depresión,

familias rotas, violencia y suicidio. Nunca nos recuperamos por completo, solo seguimos adelante lo mejor que podemos. Sid todavía es pequeño, demasiado tierno para este mundo. —A mí también me preocupa mi hermano. —Viene a veces por la tienda. Le encantan los caramelos masticables. Sid, ¿verdad? Me conmueve que sepa su nombre y que recuerde ese detalle sobre él. —Sí, Sid. —Suenan dos cañonazos que nos pillan desprevenidos—. Supongo que es demasiado pedir que sean Silka y Maritte. —Ya no sé ni qué prefiero. Porque eso nos dejaría solo a los novatos. Y, entonces ¿qué? —pregunta Maysilee con aire sombrío. Eso, entonces ¿qué? —Otra reunión, como dijiste en el Capitolio. —¿Y si acordamos seguir con el pacto? —Más mutos —respondo—. Otra erupción del volcán. —Hambre. —Se frota el vientre—. Bueno, ¿podemos volver ya a la Cornucopia? ¿A buscar comida? —Deben de ser unos diez kilómetros de caminata. ¿No deberíamos recuperarnos un poco más? —Recuérdame qué nos queda para comer. Miro en la mochila. —Sardinas, aceitunas y dos patatas. —Será mejor que vayamos ya para la Cornucopia —dice ella. Lo cierto es que estoy tan destrozado que preferiría quedarme sentado aquí y esperar a que nos caiga comida del cielo, pero le debo una, así que habrá que probar su idea. Además, cuanto más duren los Juegos, más caro cuesta enviarnos algo, y puede que ya se hayan agotado las donaciones de los patrocinadores. Lo recogemos todo y nos dirigimos al sur. Arrastramos los pies durante unos tres kilómetros, hasta que Maysilee se detiene y levanta la cabeza. —Escucha. Me esfuerzo por hacerlo, pero sigo sin oír del todo bien por culpa de la explosión y demás. Todo suena como amortiguado y a medias, como si tuviera algodón en los oídos. —No oigo nada.

—¡Chist! —susurra con urgencia—. Ahí. Señala algo a nuestra derecha, hacia el oeste. Ladeo la cabeza para mejorar la recepción, y esta vez sí capto algo. —¿Es un bebé? El cerebro empieza a mostrarme imágenes de bebés hambrientos diseñados con fuerza sobrehumana que se arrastran por el bosque llorando para que corramos a ayudarlos, cuando lo que en realidad quieren es abalanzarse sobre nosotros y arrancarnos la carne a tiras con sus deditos regordetes hasta dejarnos más pelados que un hueso de pollo. —Eso he pensado al principio, pero también suena a algo animal. Como una especie de chillido o maullido… Como una cabra o un gato. Mi cabeza empieza a añadirles cuernos y colas mullidas a los bebés mutos. —Mejor no nos acerquemos. Sea lo que sea, no necesita nuestra ayuda. Un grito agónico retumba entre los árboles. De un chico, sin duda. —Pero él sí. Todos los profesionales varones están muertos, Haymitch. —Maysilee carga su cerbatana—. Ese es Hull o Buck. Saco el cuchillo y el hacha. —Vamos. Suelto mi mochila entre unas saetas y partimos hacia el ruido. No me quito de la cabeza la imagen de esos bebés mutos, pero sigo adelante, pensando ya en cómo protegerme las rodillas. Los extraños ruidos de bebé se vuelven más claros y menos reconocibles, pero, por encima de ellos, oímos unos gemidos humanos de dolor muy familiares. De repente, Maysilee me tira al suelo y me veo observando a través de unos arbustos una pendiente que acaba en un claro. A unos cuatro metros de nosotros, Buck y Chicory se retuercen en el suelo. Unos largos pinchos metálicos que parecen agujas de punto les sobresalen de la carne. Intentan quitárselos con movimientos torpes, como si tuvieran las manos congeladas o algo les impidiera usar bien los dedos. Estoy intentando comprender la escena; ¿tiene Silka un arma que dispara proyectiles? ¿Se han estrellado contra un pino con agujas envenenadas extraíbles? ¿Hay un ejército de mutos de avispas con aguijones enormes? Hasta ahora, los mutos a los que nos hemos enfrentado atacan en grupo, ya

sean mariposas, murciélagos, ardillas o mariquitas, así que me quedo pasmado cuando consigo ver la única fuente del ataque. En las colinas del Distrito 12 hay puercoespines. Lenore Dove les tiene mucho cariño (cerdos con púas, los llama) y dice que son unos incomprendidos. No pueden disparar las espinas, como creen algunas personas; hay que entrar en contacto con ellos, sobre todo con las colas, y, si los dejas en paz, te dejan en paz. Sin embargo, ni a ella le gustaría esta gigantesca bestia mutante. Es del tamaño de un oso; de hecho, puede que lo cruzaran con uno en el laboratorio, dado el aspecto de sus zarpas y sus dientes. Como todo lo demás de este sitio, es impresionante, a su manera. Las hileras de púas de oro puro, plata y bronce que le adornan el lomo, los costados y la cola reflejan la luz del sol. Pero hace tiempo que no me seduce la belleza de este sitio. El animal no deja de emitir ruiditos de bebé distorsionados mientras husmea por el claro. Hull, que tiene media docena de espinas colgándole de la cara hinchada, aúlla al lanzarse contra él con una horca. El puercoespín responde retrocediendo hacia él, con su mortífero lomo levantado y erizado. Hull podría huir, pero está intentando llegar hasta sus aliados. Con la esperanza de que solo estén heridos, en vez de moribundos. —Necesitamos algo que nos sirva de escudo —susurra Maysilee, que se quita la mochila y saca las lonas. Paso los dedos por la gruesa tela, cubierta de alguna sustancia que la impermeabiliza, aunque no creo que también repela las espinas. —¿Y si las ponemos dobles? —sugiero. Una encima de otra, parecen algo más seguras—. Vale, ¿cuál es el plan? Creo que estaremos a salvo si mantenemos las distancias. Para ensartarnos, tiene que tocarnos. Sopesamos nuestras opciones. —Puedo intentar lanzarle dardos si estamos más cerca —decide Maysilee—. Aunque me temo que les costará penetrar en su piel. ¿Crees que podrías clavarle un cuchillo? —No estoy seguro. Parece bastante bien protegido. ¿Y si lo tiramos boca arriba? ¿Y atacamos al vientre? —¿Y cómo lo tiramos? En el suelo, localizo una rama de árbol muy robusta. —Puede que una rama funcione.

Justo entonces, el puercoespín gira sus cuartos traseros y clava un montón de púas en el muslo de Hull, que grita de dolor y cae al suelo. Recojo la rama y empiezo a cortar los brotes más pequeños para que la vara sea más estilizada. El ruido llama la atención de la bestia, que empieza a entrechocar los dientes. Cuando se gira en nuestra dirección y se acerca, un hedor a almizcle y rosas nos envuelve; me lagrimean los ojos. Maysilee levanta la lona doble delante de nosotros y nos asomamos al otro lado. —No confío mucho en este cacharro —dice—. Y sigue demasiado lejos para los dardos. ¿Qué tal tu hacha? ¿Puedes lanzarla? Con la cantidad de leña que me ha reclamado la vida, entre cortarla para preparar el licor blanco y la lavandería, estoy bastante familiarizado con las hachas. Esta es de las largas y nunca he practicado con ella, aunque no se diferencia demasiado de la que lancé con Ringina en el entrenamiento. —Puedo intentarlo, pero será mejor que tengas esos dardos a punto. — Me guardo el cuchillo en el cinturón y cojo el hacha con las dos manos, que es lo que me recomendaron en el gimnasio—. Vale, listo. Cuando Maysilee baja la lona, echo el hacha hacia atrás por encima de la cabeza y se la lanzo al puercoespín. Da un giro antes de clavarse en el costado del animal. La bestia deja escapar un chillido de dolor e indignación. Se coloca de modo que estamos en línea directa con su trasero, pero no me preocupa demasiado porque todavía está a unos tres metros. Entonces empieza a demostrar una conducta inusual: primero tiembla y después se sacude como un perro mojado. Las púas salen disparadas y Maysilee apenas tiene tiempo de levantar las lonas antes de que una docena de ellas las perforen. Una me pincha en la nariz y otra está a puntito de cegarme. Retrocedo de un salto y me arranco la de la nariz. Unos diminutos pedacitos de carne se quedan pegados al extremo dentado, de modo que me dejan una herida irritada y al aire. Todavía con las lonas en alto, Maysilee se saca una púa de la mejilla y hace una mueca. —De nuevo, estabas mal informado. —Lo siento. Aquí nada se comporta como en la naturaleza.

Ella gira las lonas noventa grados para que las púas no nos den en los ojos, y nos asomamos por encima. Localizo mi hacha en el suelo; se ha caído al sacudirse el muto. —¿Crees que mi hacha le ha hecho daño? —Cuesta saberlo. El puercoespín se desmadra, patea el suelo y se irrita como un bebé con una rabieta. Salvo que sé que no es el bebé de nadie, sino una abominación creada en un tubo de ensayo con el objetivo de asesinarnos. Empieza a temblar de nuevo. Nos agachamos debajo de las lonas para protegernos antes de que otra lluvia de púas nos caiga encima. Se oye un cañonazo y sé que hemos perdido a uno de los novatos. Quedan dos vivos. No sé qué veneno llevarán las espinas, pero se me ha hinchado la nariz como una fresa madura. Si les damos el antídoto, ¿se recuperarán? ¿Debería beber yo un poco? ¿Basta una púa para matarte? —Debemos llegar hasta ellos —le digo a Maysilee—. Y probar el antídoto. —Sí, pero no creo que tu palo sirva de mucho. —Creo que nada va a servir de mucho porque puede disparar las púas. —Observo a la criatura, que sigue con su rabieta, y pienso en Sid cuando era pequeño—. Puede que estemos enfocándolo mal. Puede que haya que intentar calmarlo. —¿Calmarlo? —Sí, como cuando intentas calmar a un bebé. Y, después, conseguir que siga su camino. —¿Cantarle una nana, a lo mejor? —bromea ella, muy seria. —Puede —contraataco—. O darle un chupete. —Supongo que se atrapan más moscas con miel que con vinagre —dice Maysilee, que saca las latas de su mochila—. ¿Aceitunas o sardinas? —Bueno, las aceitunas son más fáciles de lanzar. Saco una y la lanzo frente al puercoespín, que no le hace caso. Le tiro unas cuantas más que le rebotan en el hocico. Los gritos se transforman en gemidos cuando se pone a olisquear la tierra y engulle las aceitunas. —¿A quién no le gusta la sal? —comento. Lanzo otra a unos cuantos metros del muto, que avanza pesadamente hacia ella. Después otra y otra, cada vez más lejos, hasta tenerlo a unos diez

metros del claro. Ya sin aceitunas, lanzo la lata hacia el bosque, lo más lejos que me permite mi fuerza, y oigo al puercoespín correr entre los árboles como un perro detrás de un hueso. Oímos un segundo cañonazo. Maysilee llega al momento al claro e intenta verter el antídoto entre los labios de Hull. Compruebo el pulso de Chicory y el de Buck, por si acaso esos cañonazos eran por otro pobre tributo. Nada. Me uno a Maysilee, que ha conseguido que un poquito del jarabe se cuele por la garganta de Hull, y empiezo a arrancarle púas de la pierna para reducir el veneno. —Venga, Hull —le dice—. Tienes que beberte esto. Vamos, venga. Él lo intenta, vemos que los músculos de la garganta le tiemblan del esfuerzo, pero el antídoto regresa entre borboteos y se le derrama por la comisura de los labios. Seguimos intentándolo, ella hablándole, yo arrancando espinas, hasta que suena el cañonazo; y, aun así, seguimos unos cuantos minutos más porque puede que alguien tan joven, tan fuerte y tan digno de vivir como Hull consiga encontrar el camino de vuelta. Pero no lo hace, así que, al final, nos rendimos. El aerodeslizador se acerca, es un buitre hambriento que busca los restos de nuestros aliados. Del interior del bosque nos llega el sonido del puercoespín masticando la lata de aceitunas, olvidados hace tiempo sus principales objetivos. El aire de la noche me refresca las mejillas y disipa el almizcle de la criatura. Maysilee me pasa la botella y le doy un trago al antídoto. No sé cuánto veneno tiene una púa, pero ¿para qué arriesgarse? Sabe como si alguien hubiera mezclado tiza con suero de mantequilla y se le hubiera olvidado removerlo. Nos acercamos a los tributos muertos, les cerramos los ojos e intentamos dejarlos en una postura adecuada para que lo último de ellos que vean sus familias no sean sus extremidades retorcidas. Al salir del claro, recogemos el hacha, las lonas y sus provisiones. La pinza empieza a descender cuando llegamos a mi mochila. Nos sentamos justo encima de las saetas, codo con codo, completamente reventados. Apenas la oigo susurrar: —Uno de nosotros tiene que ganar los Juegos. Recorro con la mirada los largos tallos que llevan hasta las hojas con forma de flecha y los pétalos blancos que nos ocultan de las cámaras del

Capitolio. —¿Por qué? —le susurro yo. —Uno de nosotros tiene que ser el peor vencedor de la historia. Para hacer trizas sus guiones, amargarles las celebraciones y prenderle fuego a la Aldea de los Vencedores. Para negarse a jugar a su juego. Me recuerda a mi padre. —¿Para asegurarse de que no usen nuestra sangre para pintar sus carteles? —Exacto. Pintaremos nuestros propios carteles. Y sé dónde vamos a conseguir la pintura. —En un gesto que recuerdo del patio del colegio, hace años, extiende el meñique—. Promételo. Le rodeo el dedo con el mío y los apretamos con fuerza. Nunca permitirán que yo venza, sobre todo después de haber intentado romper la arena, pero sí que puedo jurar que intentaré mantenerla viva. —Uno de nosotros pintará los carteles. Ella se levanta y me levanta. —Vamos a echarles un vistazo a las provisiones. Nuestros aliados deben de haber recibido un paracaídas hace poco, porque en una mochila hay galletas saladas, alubias en lata y un regalo inesperado: pasas mezcladas con frutos secos y caramelo. También encontramos una manta y más botellas de agua, una de ellas medio llena. Decidimos dejar la Cornucopia para mañana, así que enciendo una fogata. Maysilee calienta las alubias, y cada uno se las come a su manera, con tenedor o con galletas; después pasamos al dulce, que nos comemos poco a poco. Suena el himno, y aparecen Ringina y Autumn, seguidas de Buck, Chicory y Hull. —Cinco perdidos, quedan cinco —informo. —Tú, yo, Silka, Maritte, Wellie. Wellie. Ahí fuera, de noche, enfrentándose a todo esto ella sola. —Mañana encontraremos a Wellie. —Eso. La encontraremos —dice Maysilee—. También funcionaría que ganara ella. Duerme tú primero, Haymitch. Yo vigilo. No tiene sentido fingir que no estoy agotado. Le echo una manta sobre los hombros, preparo una cama con la hamaca y me acurruco sobre la red.

—Ahora mismo no me vendría nada mal esa nana. Ella me sorprende con un resoplido muy poco femenino. —No vas a querer escuchar la que tengo metida en la cabeza. Empezó en el laberinto de acebo y no me la quito de encima. —Se te ha pegado, ¿eh? Bueno, la única cura para eso es pasársela a otra persona. —De acuerdo. Tú lo has querido. Empieza a cantar en voz baja. Mariquita, mariquita, vuela corriendo al pueblo que tu casa arde y tus hijos han muerto, todos salvo una que se llama Sarah y está escondida bajo la cuchara. Esta canción tan tonta de nuestra infancia me arranca una sonrisa. —Bueno, supongo que me lo he buscado. Buenas noches, hermanita. Intento dormir, pero la canción pegadiza de Maysilee se me ha metido en el cerebro… Mariquita… Arde… El eslabón… No, el soplete… Miedo… Volar… Las piezas dan vueltas como un tornado hasta que encajan unas con otras, como amantes que se reencuentran. Y, de repente, sé cómo vamos a atravesar ese laberinto.

Fin del capítulo

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