Amanecer en la cosecha

Capítulo 20

Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha

Capítulo 20

Tercera Parte: El cartel

La espada de Panache cae al suelo y él se derrumba, sin sentido. Me vuelvo y veo a Maysilee salir de detrás de un árbol. Lleva una cerbatana cogida con delicadeza entre los dedos, la boquilla atada a una enredadera trenzada que le cuelga del cuello. Su último collar. Sin emoción alguna, contempla la muerte de Panache. —Viviremos más tiempo si somos dos —dice Maysilee. —Supongo que me lo acabas de demostrar. —Me restriego el cuello en el punto en el que el dardo se le ha clavado a Panache—. ¿Aliados? Ella se lo piensa, asiente y se da unas palmaditas en el saco que lleva a la cadera. —Pero todavía me quedan una docena de dardos envenenados si todavía quieres ir por libre. —Tomo nota. Me alegro mucho de verla, señorita Donner. Suenan tres cañonazos que me silencian. Observo los cadáveres que me rodean y, por primera vez, soy consciente de que he matado a alguien. A dos alguien. De una forma brutal. Ha sido defensa propia, sin duda, pero sé que no volveré a ser quien era hace cinco minutos. Quitarles la vida… de ese modo… es algo que no se puede deshacer. Recojo mis armas. —Vámonos de aquí. Maysilee les echa un vistazo a los profesionales muertos y le quita la daga a la chica del Distrito 4. —¿Quieres algo más? —No.

No sé usar el tridente y la idea de llevarme la espada de Panache, manchada de sangre de novato, me espeluzna. No soy su heredero, el nuevo líder de la manada, ni quiero presentarme como tal. Nos apartamos del seto y nos internamos en el bosque. Al cabo de un minuto, el aerodeslizador nos sobrevuela, de camino para recoger los cuerpos. La pinza gigantesca desciende y se los lleva, primero uno, luego otro, luego otro, y el aparato se los traga. Nos detenemos cuando se los llevan a todos. Ya no hay nada de lo que alejarse. —Estás sangrando —comenta Maysilee. Dos cortes. Uno por haber parado el tridente, otro de la espada de Panache. —Siéntate —me ordena. Me dejo caer sobre un tronco caído y ella saca un kit de primeros auxilios de su mochila negra—. Se lo quité a un profesional muerto. La crema para las quemaduras evitó que me volviera loca. Se ha cortado las mangas de la camiseta a la altura de los hombros, y me fijo en las marcas de quemaduras de los brazos, que compiten por el espacio con los verdugones de la fusta y una amplia variedad de cortes y moratones; su piel es un mapa de los abusos sufridos desde la cosecha. ¿Quién habría pensado que Maysilee Donner, la del esmalte de uñas y los lazos de terciopelo, acabaría así? ¿Y que se enfrentaría a ello con tanta fortaleza? Mi nana solía decir que nunca se sabe de lo que una persona es capaz. —Supongo que la lava lo quemaría todo a su paso, ¿no? —No, ni siquiera estaba caliente. Era una especie de gel que producía quemaduras químicas si se te metía por debajo de la ropa, y en el suelo se volvía duro y resbaladizo como el hielo. Supongo que por eso no había humo y no ardí. Maysilee me limpia las heridas metódicamente y las cose con puntadas parejas y pulcras. La verdad es que no me sorprende, después de verla crear unos símbolos tan artísticos con tan pocas cosas a su alcance. Una vez parcheado, se sienta frente a mí y mira mi mochila. —¿Tienes comida? —Montones de comida, pero, por desgracia, nada de cubiertos.

Esboza una media sonrisa. Después se saca del bolsillo una navaja y un tenedor hecho con alambre retorcido. —Tú no te preocupes. —Bueno, eso lo cambia todo. ¿Estás libre para cenar? Porque resulta que cuento con dos patatas muy pintonas. Crudas, pero potencialmente asables. ¿Y tú? —Tres rebanadas de ternera desecada y media lata de aceitunas. ¿Mitad y mitad? —Cierra los ojos un momento. Maysilee los entorna para mirarme, suspicaz. —¿Por qué? —Tú ciérralos. —Cierra uno—. Los dos. —Cuando lo hace, saco mi copa, que ha sobrevivido al día como una auténtica heroína, sirvo dentro lo que queda de la botella y se la ofrezco—. Vale, ábrelos. Al ver la elegante copa y el exquisito zumo de uva, deja escapar un grito ahogado. —Es lo más bonito que he visto en mi vida. —Es tuya. Un agradecimiento por salvarme la vida. Ella sonríe. —Mitad y mitad o no hay trato. —Hecho. —Porque quiero ese zumo más que el fuego a las brasas—. Pero tú primero. Maysilee coge la copa, olisquea el buqué como si fuera el mejor de los vinos y le da un traguito. Se le saltan las lágrimas. —Ay, madre mía. Creía que no volvería a probar el sabor de casa. —Me la devuelve—. Ahora tú. Cae la noche mientras nos tomamos nuestro tiempo para compartir la copa, saboreando cada gota de zumo. Me aseguro de que ella tome el último trago. Limpia la copa con su pañuelo e intenta devolvérmela. —No, quédatela. Encaja mejor con tu servicio de mesa. Ella se la guarda con mucho cuidado en la mochila. Apoyo la espalda en el tronco, exhausto. —En fin. Yo apenas he visto a nadie. ¿Qué está pasando ahí fuera? Maysilee se lo piensa un momento mientras se toca una de las quemaduras del brazo.

—Cuesta saberlo. La arena está rota, pero seguro que ya te has enterado. Si te refieres a los otros tributos, por lo que sé, podríamos ser los dos últimos que quedan. —Bueno, si hemos llegado a eso, de todos modos estoy condenado. No dudes en usar esos dardos. —¿Crees que dudaría? La miro a los ojos. Recuerdo todos sus años de crueldades, aunque también tengo en cuenta cómo se ha transformado desde la cosecha. Defendió a Louella, ayudó a Ampert, cuidó de los novatos. —Creo que sí. Por un segundo, le veo algo en la cara. Creo que es su juventud y vulnerabilidad. —Gracias por decirlo. Creo que tú también dudarías. Justo antes de que el momento se vuelva demasiado bochornoso, empieza a sonar el himno. Levantamos la cabeza. —Según mis cuentas, anoche éramos veintiséis —dice Maysilee. —Sí, yo calculé lo mismo. Si yo me encargo de llevar la cuenta del total, ¿puedes intentar recordar quién ha muerto? Se te dan mejor los detalles que a mí. —Haré lo que pueda. Maysilee enreda los dedos en sus collares mientras se concentra en el cielo. Panache aparece el primero, seguido de todos los chicos del Distrito 2. Los dedos de mi mano derecha van presionando las agujas de pino. —Mal día para los profesionales. Pero después aparece Ampert y todo su equipo. Todos los niños del Distrito 3 son historia. —Mal día para todos —dice Maysilee. A continuación, el chico y la chica que acabo de matar, del Distrito 4. Es como si fuera la primera vez que los veo. Se me revuelve el estómago al pensar en sus familias. Defensa propia, lo sé. Me concentro en el recuento de víctimas. —Vamos por once. Un chico y una chica del Distrito 5. —Nos hemos quedado sin el 5 —dice Maysilee.

Una de mis palomas, Atread, que es el último chico del Distrito 6. Un chico del Distrito 10. La chica del Distrito 11 que no es Chicory. Y fundido en negro. —Dieciséis —digo—. Así que quedamos diez. —Solo faltan dos profesionales: Silka, del Distrito 1 y Maritte, del Distrito 4. Ocho novatos: tú, yo, Hull y Chicory, del Distrito 11. —Maysilee respira hondo y se concentra—. Ringina y la otra chica del Distrito 7, creo que se llama Autumn. Dos más. ¿Quién me falta? —Una de mis palomas del Distrito 6. —Cierto, Wellie. Y alguien más. Ahora mismo no lo ubico. Un chico, creo. Va de rojo. Distrito 10 —concluye. Recuerdo a Ampert lanzando su lazo por el gimnasio. Se lo había fabricado un chico del Distrito 10… —¿Buck? —Ese. —Lo has hecho genial. No sé cómo has conseguido recordarlos a todos. —Me concentro en sus colores. No queda morado, ni azul eléctrico, ni naranja, ni melocotón, ni amarillo. Y pocos del resto. —Pero solo quedan dos profesionales. A Wyatt le habrían gustado esas probabilidades. Al mencionar a nuestro analista, los dos guardamos silencio. Treinta y ocho muertos. Treinta y nueve, si contamos a Lou Lou. Cuarenta, si contamos a Woodbine. Y solo quedamos unos pocos. No parece real. Aquí nada es real. La luna falsa se alza en el cielo y proyecta una luz plateada sobre nuestro pequeño claro. Siento a Maysilee a pocos metros, su pulso, cómo le sube y baja el pecho, pero parece tan poco permanente como el resto. Puede que haya muerto (envenenado, en el túnel, bajo la espada de Panache) y haya pasado a uno de los mundos de Lenore Dove, donde sigo soñando la vida. —¿Has matado a alguien, además de a Barba y a Angler? —pregunta Maysilee. Deben de ser los chicos del Distrito 4 contra los que he luchado. —No, solo a ellos. ¿Tú?

—Panache ha sido mi segundo. Acabé con Loupe, del Distrito 1, hace un par de días. Se había separado de la manada con Camilla, del Distrito 2. Estoy bastante segura de que a ella le clavé un dardo, pero puede que al final fuese el volcán lo que la matara. El ruido de una olla al golpear el suelo detrás de nosotros nos sobresalta. Maysilee recoge el regalo y suelta el paracaídas. —Espero que sea comida. Levanta la tapa y una nube de vapor de sopa de alubias con jamón me humedece el rostro. Mags. Intenta llegar a nosotros, hacernos saber que no estamos solos en nuestro dolor y darnos fuerzas para seguir adelante. Se me llenan los ojos de lágrimas, lo que me obliga a reconocer mi presencia en el único mundo que conozco. No uno imaginario. El mundo en el que de verdad estoy en los Juegos del Hambre. —Como cuando murió mi abuela —dice Maysilee. —Y la mía. No enumero a todos mis muertos. No es una competición. Ella desengancha de la tapa las dos cucharas y me pasa una. Comemos en silencio la sopa. Mitad y mitad. El aire nocturno está helado. Maysilee se tapa las rodillas con la camiseta para calentarse y se abraza, pero yo sigo viéndole la carne de gallina. —Si quieres, enciendo una fogata —le ofrezco. —Eso estaría bien. Si no te parece demasiado peligroso. —No si uno de los dos monta guardia. De hecho, creo que podría ser bueno si los otros novatos nos encuentran. —Podemos encargarnos de Maritte y Silka, ¿verdad? —¿Contigo y tus dardos? Creo que no me necesitas para nada. Recojo leña y uso mi eslabón. —Vaya, mira tú qué listo. Se lo colaste. —Bueno, ya sabes, me gustan las cosas bonitas y prácticas. Se me entrecorta un poco la voz al recordar dónde escuché esa frase. Me concentro en avivar el fuego. Maysilee alisa una loneta en el suelo, se sienta encima y se restriega las manos sobre las llamas. —Puedes dormir ahora, si quieres. No estoy cansada.

Sus ojeras dicen lo contrario, pero me estoy quedando frito. —Vale, pero despiértame en cuanto quieras que te releve. Me coloco bien el eslabón al cuello, extiendo la hamaca en el suelo y me estiro mientras observo el baile de las lenguas de fuego. —Funciona mejor si cierras los ojos —me dice. —Sí. Cambio de postura, pero es como si hubiera dejado algo incompleto. Como si, en realidad, no le hubiera dado las gracias por lo de hoy. Aunque sí lo hice, con el zumo. Pero eso no sirve ni para empezar. ¿Qué se le dice a la chica más mala de la ciudad, que se ha convertido en tu amiga? No, más que en una amiga. En una novata. Ser tributos y no matarnos entre nosotros, cuidar de los demás sin hacer preguntas…, eso es ser familia, supongo. —Tienes que dormir mientras puedas, Haymitch. —Lo sé, pero… estoy pensando… que tú y yo… ¿Recuerdas lo que dijo Ampert cuando hiciste su símbolo? Tras una larga pausa, responde: —Claro. Seré tu hermana. Los dos levantamos la mano a la vez, las estrechamos y nos soltamos. —Buenas noches, hermanita —le digo antes de darme la vuelta y dejarme llevar por el sueño. Y ese sueño está lleno de cosas que no deseo recordar y de personas que no deseo olvidar. Revivo una muerte tras otra. Es un alivio que me despierte. Maysilee me ha dejado dormir casi toda la noche. Cuando intercambiamos papeles, estoy decidido a darle la misma oportunidad. Hacha y cuchillo en mano, mantengo el fuego encendido con trocitos de combustible hasta que sale el sol para dar comienzo a nuestro quinto día en la arena. Me gruñe tan fuerte el estómago que temo despertarla. La sopa de anoche es un recuerdo lejano. Debería vigilar el bosque, pero no dejo de mirar hacia arriba, con la esperanza de que llegue el regalo de algún patrocinador. Nada sería demasiado poco: una rebanada de pan, un pedazo de queso… Y nuestra reserva de agua empieza a menguar demasiado. Me concentro en mi plan. Evidentemente, no iba desencaminado con el seto. Me han tomado el pelo, pero también han confirmado lo que

sospechaba: he encontrado el final de la arena. Si logro atravesar los matorrales, encontraré el generador e intentaré destrozarlo a hachazos. Estamos perdiendo el tiempo, pero Maysilee se merece dormir un poco. Para distraerme, me saco su lona de debajo del trasero e intento convertirla en un artilugio para recoger agua de lluvia, por si cayera más. Mis esfuerzos dan como resultado una especie de embudo torcido cuya punta ato con enredaderas. Lo considero todo un éxito hasta que oigo las risas. —¿Te has hecho un sombrero? Me alegro de oírla reír. —Que sepas que esto es un recogedor de agua de primera clase. Y te vas a comer tus palabras, ya verás. —Ah, ¿sí? ¿Y cómo se supone que todas las gotas de lluvia van a entrar por ese agujerito diminuto? Tiene razón. Hay poco espacio para que entre la lluvia, y así no se puede recoger agua. Nuestro barril se llena de agua porque hay un techo que la recoge antes de deslizarse hasta el tubo de desagüe. —¿Tú que piensas? ¿Más superficie exterior? —Pienso… —Maysilee alarga la mano para que le pase mi embudo. Después desenvuelve la lona y la alisa bien. Mide metro veinte por metro veinte, más o menos, con anillitas en las esquinas para asegurarla—. Primero, necesitamos una forma de montarla. —Mira a su alrededor y recoge algunas enredaderas. La ayudo a atarlas a las anillas. Toma prestado mi cuchillo y abre un agujerito en el centro de la lona—. Ahora, el agua puede salir de ahí. Ojalá tuviéramos algún tipo de tubo; así llevaríamos el agua hasta tu botella. Hacemos inventario de lo que tenemos, aunque sin mucho éxito, hasta que me fijo en la copa de cristal. Recuerdo que el zumo llenaba todo el tallo. —¿Le tienes mucho aprecio a esto? —Menos que al agua —responde ella. Con mucho cuidado, apoyo la copa en el tronco, y corto la base y el cáliz, de modo que nos quedamos con el tubo de cristal hueco. Maysilee lo introduce en el agujero. El cristal dentado se mantiene muy bien en su sitio.

—Debería funcionar —dice—. Ya solo falta que caiga un aguacero. — Dobla la lona y la guarda en su mochila—. Bueno, ¿cuál es el plan? Estaba pensando en regresar a la Cornucopia para ver si queda algo de comida. Después podemos ir a buscar a los otros novatos. ¿O crees que deberíamos buscarlos primero? —Creo que deberíamos ir al norte. —¿Al norte? ¿Para qué? —Tengo un presentimiento —respondo para que los Vigilantes no sospechen de mi siguiente movimiento. —Haymitch, necesito comida. —Creía que no eras de las que desayunan. —Bueno, aquí, resulta que soy de las que desayunan, comen y cenan. Antes de esto no sabía lo que era tener hambre de verdad. Lo que es estar famélica, vamos. Duele. —Se aprieta el estómago—. Y da miedo. —Conozco la sensación. Pero estoy empeñado en ir al norte. —Por lo menos, ¿podemos intentar localizar las mochilas de los profesionales? Seguro que las escondieron por aquí antes de salir a cazarte. —Bien pensado, pero no nos vamos a entretener mucho. Quince minutos y nos vamos. Maysilee me mira con curiosidad, pero empieza a buscar. Ya sospechaba que no era sincero con ella cuando estábamos en el piso. No sé si me cree responsable de la rotura de la arena, pero sabe que le oculto algo. ¿Debería contárselo? ¿Cómo? ¿Cuándo? Estoy convencido de que tenemos las cámaras encima. Regresamos al sitio de la pelea y partimos de ese punto para registrarlo todo, por si los profesionales tenían provisiones guardadas. Efectivamente, encontramos algunas metidas bajo un saliente rocoso, a poca distancia. Tres montañas de varios tamaños. Las volcamos en el suelo y hacemos inventario del contenido: una hamaca como la mía; dos botellas de agua vacías; tres pañuelos; una botella de jarabe medicinal para el veneno; una segunda lona; un soplete parecido al que he visto utilizar a Tam Amber. Pulso la palanca, se oye un clic y brota una llama de quince centímetros. Maysilee arquea las cejas. —Hacer fogatas va a ser pan comido.

Casi me entristece que el regalo de Lenore Dove se quede obsoleto tan deprisa. —Hasta que se acabe el combustible —replico. Revisamos con mucho esmero la comida. Una lata plana de sardinas. Un plátano con manchas marrones. Cuatro panecillos. Un tarro al que le quedan un par de centímetros de mantequilla de frutos secos en el fondo. Añado mis dos patatas, y Maysilee, sus tiras de cecina de ternera y las aceitunas. Podría ser peor. —Vale, persona que desayuna, ¿qué toca ahora? —le pregunto. Maysilee se ocupa de la comida, abre los panecillos por la mitad, les unta la mantequilla y dispone encima, con mucho arte, unas rebanadas de plátano blandengue. No termina de convencerme la combinación, pero me basta un bocado para despejar todas mis dudas. —Esto está buenísimo —le digo. —Bueno, soy la responsable de las combinaciones de sabores más innovadoras de nuestra tienda. ¿Has probado nuestro caramelo masticable de cereza y guindilla? —¡Sí! ¡Era el favorito de mi nana! Ella saca el cuchillo y el tenedor, y corta un trocito de su panecillo. —Y el mío. También me inventé las bolas de canela y queso crema, y las piruletas de lavanda. A la alcaldesa le gustaban mucho esas piruletas. —Pues tu trabajo no suena tan mal —comento. Suspira. —Era irónico, la verdad. Ni siquiera me interesan mucho los caramelos. Se pueden hacer cosas mucho más interesantes. Me zampo los bocadillos antes de que ella termine el primero y miro a mi alrededor en busca de algo con lo que entretenerme. Les quito las tapas a las botellas de los profesionales, con la esperanza de encontrar algunas gotas. Secas del todo. —Supongo que ellos también tenían sed. —Tras arrancar algunas enredaderas de un árbol, preparo la segunda lona para recoger agua—. No tenemos tubo para esta. —Ya nos las apañaremos. Con una segunda hamaca, quizá podamos dormir los dos entre las ramas de los árboles.

—Claro. Creo que es más seguro. Si subimos lo suficiente, no tendremos que montar guardia. Oiríamos llegar a quien fuera. Guardamos nuestro botín y ella me hace un gesto para que vaya primero. —Después de ti. El problema es que no sé dónde estamos. Echo a andar como si lo supiera. Quizá caminar por el bosque me ayude a reorientarme. Como ya no confío en la posición del sol, espero encontrar algún punto de referencia que me ubique. Encontramos uno al cabo de diez minutos: los arbustos de arándanos con las ramas rotas en los que me escondí la primera noche. Está claro que el seto del final me escupió bastante lejos del lugar por el que entré. —Aquí me encontró Lou Lou —le digo a Maysilee. —Ah. Arándanos. Saca un cuenquito y se pone a recogerlos a puñados, lo que me alarma. —Sabes que no se pueden comer, ¿no? —Por supuesto, pero me estoy quedando sin veneno. Tengo que reabastecerme. Supongo que los dardos no venían envenenados. Típico de Maysilee convertirlos en un arma letal. Aplasta las bayas hasta formar una pasta jugosa. —¿De verdad tienes que hacerlo ahora? Es última hora de la mañana y empiezo a ponerme nervioso. —¿Qué prisa tienes, Haymitch? Eso me cierra la boca. Sabe que tengo un secreto que merece la pena contar y lo está usando contra mí. Como hizo con Lenore Dove, supongo. Maysilee vierte parte del líquido en un frasco de cristal con forma de corazón que cuelga de uno de sus collares. —Está diseñado para perfume, así que tiene una tapa bastante estanca que evita la evaporación. Aunque ojalá cupiera más. —Vuelve a enroscar la tapa del corazón—. ¿Cómo murió? Lou Lou, me refiero. —Inhaló bergamota. Ampert me contó lo de Wyatt. —Estaba intentando escudarla. Cuando murió, ella salió corriendo. Intenté seguirla, pero la perdí en la montaña. —Limpia su cuenco con unas

hojas—. Me pregunto qué estarán pensando en casa. Seguro que todos están deseando que ganes. —Puede que antes del gong, pero ya no. Tú eres la que ha intentado quedarse con los novatos. Yo te apoyaría a ti. —Una cosa es intentarlo y otra conseguirlo. —Ya, pero es mucho mejor que no intentarlo. Evidentemente, yo he estado intentando hacer unas cuantas cosas que seguro que no se han retransmitido. Pero intentarlo no es conseguirlo, no. Al menos, ahora sé hacia dónde ir. Puede que en el seto consiga hacer algo de verdad. Seguimos caminando en silencio, pendientes de los profesionales, los novatos y los mutos, aunque sin encontrarnos con ninguno. De vez en cuando pasamos junto a una víctima de la inundación: árboles que gotean sangre en vez de savia; un agujero en el que estalló algo que ha dejado una capa de un líquido claro y viscoso sobre todo lo que había cerca; un tocón que eructa un gas sulfuroso y brillante. Lo evitamos todo. Me detengo a examinar un trío de mutos de zorro muertos que tienen un pelaje del mismo tono naranja del atardecer y parecen haber caído tras comer huevos venenosos. —¿Para qué crees que los diseñaron? —pregunto. —Para robarnos la comida, probablemente. «O para comernos —pienso—. Como las ardillas. ¿Quién sabe? Quizá estos estaban programados para mí». A mediodía llegamos al seto. —Es un laberinto —le digo a Maysilee—. No tiene sentido intentar resolverlo. No hace más que dar vueltas sobre sí mismo durante varios kilómetros. —¿Cuál es tu plan? —Mi plan es atravesarlo directamente y echarle un vistazo a lo que hay al otro lado. Suelto la mochila en el suelo, me arremango y saco mi cuchillo largo. Maysilee examina el seto (la altura, el largo) y se acerca un poco para observar las hojas de acebo y las bayas moteadas. —Este seto tiene algo malo. —Vuelve la vista atrás, meditabunda—. Aunque eso no es nuevo.

—Ayer me pasé varias horas ahí dentro, y lo único malo fue que me perdí. Creo que ese es su objetivo —afirmo para tranquilizarla. Ella deja la mochila y saca la daga que le quitó a Barba. Nos introducimos en la abertura y aprovechamos los tres metros de sendero recto hasta llegar a una curva. Cuadro los hombros para mirar al norte. —Aquí. Por aquí tenemos que entrar. Cuanto más deprisa mejor, imagino. —Entendido. —Maysilee se pone a mi lado—. ¿A la de tres? Asiento y contamos juntos mientras alzamos lentamente las armas. —Una, dos ¡y tres! Dejamos caer a la vez las armas y cortamos limpiamente el follaje. Sin embargo, apenas hemos terminado de dar los primeros golpes cuando docenas de bayas se salen de sus tallos y nos suben por los brazos. Los dos gritamos y empezamos a sacudírnoslas. —¡¿Qué narices son?! —exclamo. —¡Mariquitas! —responde Maysilee. ¿Mariquitas? Levanto la mano para examinar una. Es una mariquita, cierto, o se le parece mucho. Las criaturas se me han enganchado a la piel de los brazos. En pocos segundos, se inflan hasta alcanzar el tamaño de una bellota y empiezan a estallar. La sangre me salpica la cara.

Fin del capítulo

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