Amanecer en la cosecha

Capítulo 19

Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha

Capítulo 19

Tercera Parte: El cartel

He fracasado. La arena ha sufrido daños, pero no está inutilizada. Los Juegos continúan. En el Distrito 12 aprendemos sobre las montañas, pero, en especial, sobre las que cubren las vetas de carbón que nos proporcionan nuestro medio de vida. Apenas se mencionan los volcanes. Sé lo justo para relacionar el nombre con los deslumbrantes estallidos de lava, los riachuelos brillantes, la nube de ceniza que flota montaña abajo y lo envuelve todo a su paso. Me imagino a los tributos, Wellie, Hull, Maysilee…, intentando respirar… ahogándose. Suelto los prismáticos. No puedo verlos, pero veo lo justo para imaginarme su aterrador final. Una corriente de aire me golpea el rostro, repleta de arenilla irritante y con un aroma tan empalagoso que empiezo a sufrir arcadas. Pierdo pie un momento y corro a intentar agarrarme a algo. Si las ramas de los árboles de abajo no me hubieran detenido, estaría muerto en el suelo del bosque. Entorno los ojos para protegerlos del viento aullante y tóxico. Me subo el cuello de la camiseta para taparme la cara y formo así una bolsa que me protege de las partículas flotantes. Como aprendí en el caballón del dictamo cuando no me ardió la camiseta y de nuevo cuando Ampert experimentó con su calcetín en la fogata, nuestra ropa es un escudo. El volcán es la razón. Tiene que serlo. Pero dudo que nuestros trajes les sean de mucha ayuda a los que están atrapados en la montaña. Entonces ¿solo quedo yo? ¿Soy el último tributo vivo? ¿El vencedor del Vasallaje de los Veinticinco? Aunque los Vigilantes estén disparando los cañones, me sería imposible oírlos entre las secuelas de la explosión y el

rugido del viento. Por lo que dijo Ampert, todos los demás estaban en la montaña. Puede que algunos hayan podido ponerse a salvo, si es que estaban durmiendo cerca de la base. Ni idea. No es un volcán de verdad, pero ¿hasta qué punto han intentado replicarlo? ¿Será capaz la lava de prenderle fuego a todo? ¿Y si ese gigantesco depósito de agua estaba pensado para apagar los incendios provocados por el volcán? Puede que al volar el depósito haya acabado con las posibilidades de todo el que haya sobrevivido a la erupción. Estoy demasiado expuesto en el árbol. En cuanto me veo capaz, bajo de nuevo y me dejo caer sobre las agujas de pino, usando el tronco para protegerme del viento. Me retiro al interior de mi camiseta; de todos modos, con la nube que tapa la luz de la luna, no hay nada que ver. Y, aunque pudiera ver algo, ¿qué iba a hacer? ¿Adónde iría? Si llega el fuego, que llegue. Es entonces cuando mi fracaso me golpea con todas sus fuerzas. ¿Quién me creo que soy? ¿Por qué pensaba que sería capaz de cambiar algo? ¿Que podría acabar con el Capitolio, con todo su poder, y paralizar los Juegos del Hambre? Yo, un crío de dieciséis años del peor distrito de Panem, sin apenas educación ni habilidades destacables. Lo único que tengo es una bocaza y una percepción exagerada de lo importante que soy. Mucha espuma y poca cerveza, ese soy yo. Aguachirri. Las palabras de Plutarch me resuenan en la cabeza, se burlan de mí. «Se acabó la sumisión implícita, Haymitch Abernathy. Vuela en mil pedazos ese depósito de agua. El país entero te necesita». Bueno, pues ¡mala elección, Plutarch! Resulta que yo estaba hecho para la sumisión implícita de la cabeza a los pies, de cabo a rabo, del derecho y del revés. Me restriego la cara con las palmas de las manos. Qué idiota soy. Soy un idiota creído, egocéntrico e incompetente. Ni siquiera sé si Plutarch estaba del lado de los rebeldes. Lo más probable es que no fuera más que otro monstruo del Capitolio que ahora mismo se está partiendo de risa. Pero no, eso no tiene sentido. Porque, incluso si siguen los Juegos, su consejo me ayudó a poner un palo de verdad en las ruedas. La maravillosa arena del Capitolio se ha vuelto loca. Aunque no basta, no es más que una molestia menor sin consecuencias reales. Nada de lo que he hecho basta.

La media sonrisa de Ampert a la luz de la antorcha… Seguramente, su última sonrisa… Cómo confiaba en mí, y ahora ni siquiera queda un cuerpo que devolver a Beetee… Aunque Beetee también podría estar muerto… Me doy cuenta de que lloro, o quizá sea que los ojos intentan librarse de las motas de ceniza. Los arañazos de las garras de murciélago arden como brasas y me manchan de sangre la ropa, que no es de la que absorbe mucho. Empapado de lágrimas, sangre y tristeza, me tumbo de lado y me acurruco en la base del tronco. Ay, Lenore Dove, ¿cómo he llegado hasta aquí? El aullido del viento me recuerda la cabaña junto al lago, el invierno pasado, su cumpleaños, el mejor regalo del mundo… Le cantaba su canción, que ahora estoy empezando a odiar… Sí, recuerdo claramente que fue en un crudo diciembre y que cada brasa moribunda forjaba en el suelo una sombra espectral. Con ansia esperaba la mañana; en vano había intentado tomar de mis libros prestado un alivio para el alma, alivio por la perdida Lenore, por la insólita y radiante doncella a la que los ángeles llaman Lenore, cuyo nombre aquí por siempre se apagó. Cuyo nombre aquí se apagó. Muerta y olvidada, como está a punto de sucederme a mí. ¿Seré yo para siempre esa persona que perdió? ¿La perseguirán los recuerdos durante el resto de su vida? —¡Déjame ir! —grito. Estoy furioso conmigo mismo por no haberle dicho a Lenore Dove cuando tuve la oportunidad que pasara página después de mi muerte. Me golpeo la cabeza contra la corteza del árbol hasta que brota la sangre y después me quedo quieto, esperando el final. Todo tuyo, presidente Snow… ¿Duermo? No, no duermo, pero estoy tan cansado por los esfuerzos de anoche y el aplastante peso de la desesperación que me sumo en una especie de estupor. Supongo que pasan las horas, porque el viento amaina y las cenizas se depositan en el suelo.

Lenore Dove dijo que nada garantiza que el sol vuelva a salir y hoy deseo que tenga razón. Nada bueno me espera. Preferiría ocultarme en la oscuridad. Pero, al final, la tenue luz del día atraviesa mi camiseta. No quiero salir, así que no lo hago. ¿Por qué sigo con vida? ¿Qué cruel broma me están gastando los Vigilantes? El zumbido que noté anoche sigue saliendo del suelo. Recuerdo que precedió al regreso del cielo falso y ato cabos: debe de proceder del generador que mencionó Beetee. El que está justo al otro lado de la arena. En el extremo superior. A pesar de los problemas que le causara la inundación al suministro de energía, el generador mantiene la arena en funcionamiento. Bueno, el objetivo nunca había sido el suministro de energía, sino el cerebro. Aunque estuviera dañado, quedaba lo bastante para entretener a la audiencia. «¡Cállate de una vez! ¿A quién le importa eso ahora?», me digo. Estoy harto de recrearme en mi fracaso. Basta ya. Se terminó todo. Intento salir de mi estupor, pero estoy demasiado ansioso. El cerebro no deja de repetirme las palabras que dijo Mags cuando estábamos a punto de empezar el entrenamiento: «En los primeros Juegos, no preguntaba a los tributos lo que querían porque la respuesta me parecía evidente. Queréis vivir. Pero entonces me di cuenta de que, aparte de eso, hay muchos otros deseos. Los míos tenían que ver con mi compañero de distrito. Con protegerlo». Nosotros queríamos morir deprisa y orgullosos para que nuestros seres queridos sufrieran lo mínimo. Yo quería ser más listo que la arena. Pero a Mags le preocupaba su compañero de distrito. No sé si Maysilee sigue ahí fuera, pero, si lo está, puede que me necesite para ayudarla a morir con la cabeza alta. Y quizá otros novatos también necesiten que les eche una mano. Supongo que habrán sonado varios cañonazos después de lo del volcán, pero no los he oído con todo lo que estaba pasando. En todo caso, no me han declarado vencedor, así que alguien más sigue con vida. No tendré ni idea hasta que anochezca. En vez de rendirme, quizá deba ver si puedo serle de utilidad a alguien, por poco que pueda ofrecer. Lanzarme delante de un profesional para frenar su ataque, por ejemplo. Llevarle agua o comida a algún novato. Tengo bastante hambre y sed, ahora que lo pienso, y no puedo permitirme

estar débil. Lo mejor será que compruebe si han sobrevivido mis provisiones. Cuando me quito la camiseta de la cara, de nuevo me sorprende la belleza que me rodea. Me imaginaba que estaría todo gris y sucio, pero, siguiendo con el diseño de la arena, lo han dejado limpio y reluciente, de modo que todo parece cubierto por una capa de cristales de caramelo. La luz del sol rebota en los cristales y proyecta arcoíris diminutos por el bosque. Me levanto, rígido y dolorido, y me sacudo los cristales de la ropa. Siento la tentación de llevarme un pedazo a los labios, que están resecos, aunque estoy bastante seguro de lo que ocurriría. La ceniza me desorienta, pero, al cabo de un rato oyéndola crujir bajo los pies, llego de nuevo al caballón del arbusto de las mariposas, donde las flores parecen conservadas en hielo. El terraplén está entreabierto, aunque la entrada se ha quedado quieta. Los árboles ya no disparan chispas, ni los cervatillos corren destruyéndolo todo, pero sí veo unos cuantos muertos bajo la ceniza. Ha habido daños, eso está claro. Probablemente suceda lo mismo en toda la arena. Los Vigilantes van a tener que elegir con mucho cuidado a qué apuntan con sus cámaras. Todo parece helado, como si tuviera que estar tiritando, aunque el aire es cálido y fragrante. Le quito la ceniza a la mochila a patadas, recupero el agua y le doy un trago rápido que deja la botella a la mitad. La comida que me queda consiste en dos patatas, dos panecillos, un huevo, una manzana y un último vaso de zumo de uva. Tengo la barriga vacía, así que aplasto el huevo entre los bollos y lo engullo como si fuera un bocadillo. Saboreo mi última manzana y después vuelvo sobre mis pasos al lugar de la muerte de Ampert. Se han llevado su esqueleto, pero encuentro mi hamaca y la sacudo. Cuando ya no le queda ceniza, la doblo bien y la meto en la mochila. ¿Y ahora qué? Se me pasa por la cabeza ir en busca de supervivientes, hasta que caigo en que tengo tantas probabilidades de encontrar profesionales como de encontrar novatos. Escarbo con los pies para localizar la lanza que dejé tirada, pero nada. ¿Se la han llevado los Vigilantes junto con el cadáver? Sí que encuentro el cuchillo, e intento dar con el hacha de Ampert. Tardo un rato en recordar que la solté cuando

tembló la tierra y me caí al suelo. La recojo y me la meto en el cinturón. Quiero llevar encima recuerdos de mis aliados. Me llevo la mano al girasol que me cuelga del cuello y descubro que la capa de goma laca se ha disuelto con el agua, de modo que sigue firme, pero maleable. La pintura aguanta, así que todavía parece como nuevo. Es una pena que no tenga otro detonador; sin eso, esto no sirve para mucho. Necesita otro estallido para dispararlo. De todos modos, ¿qué volaría con él? Hemos logrado alterar el cerebro, pero o sigue funcionando parcialmente o han logrado controlar la arena desde el Capitolio. Seguramente un poco de todo. Total, ahora es imposible que entre. El generador se ha convertido en indispensable para continuar con los Juegos, pero la única forma de llegar hasta él sería salir de este sitio. Un diminuto rayo de luz penetra en la penumbra de mi mente. Puede que sea posible escapar de la arena e intentar romper el generador. Solo tengo un cuchillo y un hacha, pero es mejor que nada. Sí, es una posibilidad remota, pero también lo soy yo. Quizá sea la persona adecuada para el trabajo. Me abruman las dudas. «¡No puedes hacerlo! ¡No va a funcionar! No eres más que un perdedor con un hacha que vuelve a intentar derribar al Capitolio. ¿Es que no has aprendido nada?». Puede que no haya aprendido nada, que no haya ninguna posibilidad de conseguirlo y que deba regresar a mi sumisión implícita. Pero lo cierto es que no tengo nada que perder. Nada de nada. Y le debo a Ampert intentarlo. ¿Qué haría Beetee? Para empezar, me llevaría hasta el generador. Me dijo que estaba en la parte superior de la arena, y debo estar cerca. Lo primero es llegar al extremo norte y encontrar el modo de atravesar la pared de la arena. Ni siquiera sé si está hecha de cemento o de metal, o si se trata de alguna especie de campo de fuerza, aunque supongo que ya me encargaré de eso cuando llegue. Tras consultar la posición del sol, me oriento y me dirijo al norte. Tengo todo el cuerpo rígido y dolorido, y las correas de la mochila me dejan en carne viva los arañazos de los murciélagos. Si hubieran vestido de amarillo al Distrito 12, sería digno de ver, pero el negro oculta bastante bien las manchas de sangre. Aunque sigo muerto de hambre y sed, no puedo

permitirme usar mis escasas provisiones. Si encuentro el generador, quizá lo celebre con una rodaja de patata. El bosque tiene pequeños reductos de vida (donde cantan los pájaros y zumban los insectos) y zonas de silencio absoluto. No veo ni rastro de los demás tributos, y es bastante probable que sea el único que haya viajado tan al norte. Eso significa que los caballones de los mutos estarán cargados del todo, aunque también podrían estar desactivados. No me queda más remedio que seguir poniendo un pie delante del otro. Al cabo de unos tres kilómetros, oigo un golpeteo en los árboles y empieza a caer una lluvia suave. Abro la boca para probar unas cuantas gotas. Sabe limpia, como agua fresca, no como el veneno. ¿De dónde la han sacado los Vigilantes, si el depósito está reventado? ¿Tienen otro de reserva? ¿Llegan las tuberías del Capitolio tan lejos? Dejé el explosivo a la altura del pecho; quizá la parte inferior del depósito permaneció intacta y están accediendo a ella. En cualquier caso, cuento con agua fresca y será mejor que no la dé por sentada. Desenrosco a toda prisa las tapas de mis botellas y las coloco en el centro de un claro. Sé que lo de recoger gotas de lluvia sueltas no es lo ideal, pero es lo mejor que se me ocurre en estos momentos. Después me quedo en ropa interior y me lavo la sangre. Me fijo en que la suciedad que tengo bajo las uñas se disuelve como cristales de azúcar, así que examino los árboles. Efectivamente, la lluvia, a pesar de ser tan ligera, derrite las cenizas volcánicas de las ramas y el suelo absorbe el líquido. En cuestión de media hora, la lluvia para y deja el bosque tan fresco e impoluto como la mañana en la que entré en él. Es un alivio que haya desaparecido la ceniza, aunque no debo de haber recogido más que un par de cucharadas de agua. Una oportunidad perdida. Una de las lonas de Wyatt me habría venido bastante bien; una hamaca de redecilla no vale nada como cubo de agua. Hay que trabajar con lo que se tiene. Cuando llego al final del bosque no me encuentro ni con ladrillo, ni con acero, ni con una barrera eléctrica, sino con un seto alto que acaba en punta, como una uve, y se alarga hasta donde alcanza la vista en ambas direcciones. Al examinarlo más de cerca, las plantas parecen ser una especie de acebo cargado de grupos de bayas rojas y hojas verdes con

espinas. Se parece bastante al que usamos en nuestro distrito para decorar en Año Nuevo, aunque estas bayas tienen puntitos negros en la piel. Incluso las de verdad son venenosas, así que hago caso omiso de estas. Camino a lo largo del seto, reflexionando sobre cómo enfocar la tarea. Me da la impresión de que las ramas no van a soportar mi peso, y excavar bajo el mantillo de la base tampoco creo que sea demasiado sensato. Entonces localizo una ligera abertura, me pongo de lado y consigo meterme entre el follaje sin arañarme. Un sendero estrecho avanza unos tres metros y después gira para introducirse más en el seto, que parece bastante profundo. Con cautela, empiezo a meterme entre la vegetación siguiendo el sendero sinuoso y me da la impresión de ir hacia el norte, aunque a veces me veo obligado a torcer a derecha o a izquierda por necesidad. «Esto no puede durar para siempre —pienso—. En algún momento llegaré al final de la arena». Pero no. El sendero gira a un lado y a otro, y a veces llega a un callejón sin salida o a una bifurcación que me obliga a elegir. Demasiado tarde, caigo en que debería haber marcado los troncos, hecho montañitas de tierra o algo así para indicar mi camino porque, ahora, estoy perdido sin remedio. Intento usar el sol para orientarme, pero juraría que los Vigilantes están dándole vueltas por el cielo solo para confundirme más. Atrapado en el tupido laberinto de acebo, empieza a entrarme el pánico y elijo los senderos sin pensar, sin ningún plan real, con una claustrofobia en aumento. No quiero saber nada de la pared norte, solo salir de aquí. Me cae el sudor por la frente y me muero de sed, pero no me merezco beber, teniendo en cuenta lo fácilmente que me han engañado. Si los Vigilantes decidieran soltar un muto ahora, y por qué no iban a hacerlo, no tengo ninguna posibilidad de escapar. No es así como quiero que Sid, Lenore Dove y mamá me vean morir. Es una idiotez. Sigo así durante varias horas, impulsado por el miedo a tomar mi último aliento en esta alucinación espinosa invernal, desesperado por cambiar de escenario. Al final, exhausto y con los nervios de punta, caigo de rodillas e intento pensar. El seto ahoga los ruidos del bosque, así que solo me llega el canto lejano de los pájaros. Una brisa sería demasiado pedir, pero me quedo muy quieto y logro captar un levísimo movimiento de aire. Sopeso mis opciones: me rindo, sigo dando vueltas o intento

abrirme paso con el hacha. La tercera parece la más prometedora, pero este seto tiene algo casi siniestro que me detiene. Con su imponente altura y un grosor de un metro o más, me siento empequeñecido, me asusta lo que pueda albergar. Resignado a mi destino, me levanto y me llevo la mano al hacha. Al hacerlo, me llama la atención algo que se mueve más adelante. Levanto la vista y me encuentro con un conejo gris que me observa. No sé si será el mismo con el que compartí la manzana, pero me consuela pensarlo. —Eh, compañero, ¿cómo te va? Después de agitar las orejas unas cuantas veces, da media vuelta y sale corriendo. Sin pensar, lo sigo. Puede que use el olfato para sacarnos de aquí, ¿no? Le sigo el rastro, intentando no perder de vista su cola blanca en cada giro, y, al cabo de un par de minutos, veo el bosque al final del sendero. Grito de alegría y corro hacia los árboles. El conejo sale disparado por la abertura y lo sigo, pocos metros por detrás. Justo cuando salgo corriendo del seto, la hoja de una espada me pasa silbando junto a la cabeza y me corta la punta de la oreja. Grito y, al retroceder, tropiezo con una rama muerta. Tras varios días de aislamiento roto tan solo por un par de aliados, se me había olvidado la amenaza de los profesionales. Ahora me han pillado con la guardia baja. Nada de lo que ocurre en el siguiente minuto es premeditado, solo puro reflejo. Cuando una tributo del Distrito 4 se abalanza sobre mí con el tridente apuntándome al cuello, lo aparto torpemente con el brazo izquierdo y saco el cuchillo justo a tiempo de clavárselo en la barriga. Al rodar hacia un lado, me encuentro con una pierna y le corto el tendón de la corva, de modo que su compañero de distrito cae al suelo retorciéndose de dolor. Me pongo en pie como puedo, saco el hacha y le abro el cuello con un solo golpe impulsado por la adrenalina, y después me vuelvo hacia el propietario de la espada: Panache. Durante un momento, nos miramos, yo con el cuchillo y el hacha contra él, con su espada y su escudo. Acompañados por los horribles gruñidos de la chica herida, nos movemos en círculo. Me fijo en las quemaduras de sus brazos y piernas, en los labios resecos y en la mirada de perro rabioso. El miedo se apodera de mí. Es mucho más grande que yo,

está mejor armado y lo enloquece el dolor. Desvío la vista hacia el bosque cercano, en busca de una ruta de huida. —No no —dice Panache. De un solo golpe de espada, me arrebata el hacha y me hace sangrar, para después estrellarme el escudo en el pecho con tanta fuerza que se me cae el cuchillo. Entre jadeos, retrocedo con las manos levantadas; ya solo me quedan mis palabras para defenderme. Empiezo a hablar muy deprisa. —Eh, eh, eh, eh, Panache, piénsatelo bien. Matar a un hombre desarmado está mal visto. Sobre todo a mí, que soy del Distrito 12 y tal. En fin, ya sabes, me pusieron un uno en el entrenamiento. Parecerías un cobarde. Piensa en tu imagen. No querrás cometer una… estupidez, ¿verdad? —No estoy presentando el razonamiento más sólido del mundo, pero consigo que frene; supongo que tengo que darle las gracias a Caesar por eso. Sigo parloteando, diciendo lo primero que se me pasa por la cabeza, intentando ganar tiempo—. Mira, ya sé que no eres idiota (esa idea del carro fue una genialidad, perdón por el robo), pero aquí tienes que ser listo, ¿verdad? O podría afectar a los regalos de tus patrocinadores. ¿Cómo te va con eso, por cierto? A mí me ha ido bastante bien. Resulta que a alguna gente le gustan los perdedores. Pero todo el mundo sabe que vas a ganar tú. Siempre ganas. Vamos, al menos pásame mi cuchillo para poder ofrecerle al público un espectáculo. Panache sacude la cabeza como si intentara que mis palabras se le desprendieran del cerebro. —¡No! Ya hemos luchado. Has perdido. ¡Ahora, muere! Echa la espada hacia atrás con la vista fija en mi cuello y yo me preparo para el golpe e intento parecer valiente, desafiante y orgulloso, mirándolo tan fijamente que no le quede más remedio que reconocer que, aunque me mate, no me ha derrotado. En mis últimos momentos, necesito ver que lo entiende. Sin embargo, lo que veo yo es su cara de sorpresa cuando un dardo se le clava en el cuello.

Fin del capítulo

Anterior
0%
Siguiente