Amanecer en la cosecha

Capítulo 18

Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha

Capítulo 18

Segunda Parte: El granuja

Cuando cae la noche, me adelanto y enciendo la fogata. Ampert se despierta, tostamos pan con queso y lo comemos con manzanas. Dice que no quiere volver con los novatos a oscuras y decidimos que se quedará a pasar la noche. A la luz titilante de las llamas, recuerdo que mi camiseta no se chamuscó con el fuego del dictamo. Ampert se saca uno de los calcetines y lo acerca a la fogata, donde brilla un momento antes de que la punta empiece a derretirse. Parece una pista. Quizá sea protección, pero ¿frente a qué? Solo me he encontrado con un caballón de dictamo. La ropa indica que cualquier otra cosa podría arder. Como inspirado por la fogata, Ampert dice que le gustaría intentar cazar algo para pagarme por la comida. Su símbolo se ha enredado con los dos girasoles del Distrito 9, así que se saca los tres juntos y los deja en el suelo. Después separa su mecha y dice: —Puede que consiga hacer una trampa con esto, pero ¿crees que los animales son venenosos? —Puede que los conejos no. Vi morir a uno después de beber agua… Parecía tan vulnerable como nosotros. Aunque podrían tener la fiebre de los conejos, claro. —¿Qué es eso? —Una enfermedad. No es agradable. Pero si lo cocinamos bien, puede que sea seguro. —Toda esta cháchara está pensada para engañar a los Vigilantes. No vamos a atrapar conejos. Ni a asarlos. Ni siquiera contamos con estar aquí para la hora del desayuno—. Merece la pena intentarlo.

Ampert empieza a desenredar su símbolo y, a la vez, se enrolla la mecha negra en la mano. Cuando llega al final, esconde algo que debe de ser el detonador dentro del rollo de hilo. —Lo intentaré por la mañana. Puedes quedarte con lo que atrape. — Mira los girasoles—. ¿Quieres uno? Seguro que al Distrito 9 le gustaría que lo llevaras. Eres el motivo por el que se unieron a la alianza. —Fue Maysilee la que se los ganó —respondo—. Deberías haberlos visto enfrentándose a Panache. Él creía que les hacía un gran favor permitiéndoles unirse a los profesionales, pero ellos lo rechazaron en un segundo. —Chasqueo un dedo y sonrío al recordarlo—. Sí, me llevaré uno. Eran unos buenos aliados. Me cuelgo del cuello el girasol manchado de sangre. Empieza el himno, pero esta noche no aparece ningún rostro. —Seguimos siendo veintiséis —digo. Ampert se rodea las rodillas con los brazos. —¿Podemos quedarnos un rato junto al fuego? No me gusta la oscuridad. Aunque necesitamos el fuego para el plan, me suena a cierto. Ampert se hace el valiente, pero me imagino que lo que vio en el baño de sangre debe de habérsele quedado grabado en la cabeza. —Podemos dormir aquí, si quieres. No creo que el árbol sirva para los dos. Podemos turnarnos para vigilar. Venga, descansa un poco. —¿Puedo beber más agua? Le doy la botella llena y le da unos cuantos tragos. —Despiértame cuando ya no puedas más —dice Ampert—. Estaré listo. Le da un último trago al agua y se tumba. Deja en mis manos tomar la decisión. —De acuerdo —respondo—. Que duermas bien. A los pocos minutos está dormido o lo finge muy bien. Vigilo, con la lanza sobre las rodillas, a la espera de su gran momento: cuando la use como palanca para abrir el caballón. Me alegra que su trabajo sea ese y no acabar con la vida de alguien. Si logro salir de los Juegos sin haber matado a nadie, será una victoria en sí misma.

Me despido de mis seres queridos: Burdock y Blair. Hattie. Mamá y Sid. Y, por último, Lenore Dove, mi insólita y radiante novia. Intento no tener miedo. Me digo que todos morimos tarde o temprano y que ahora me toca a mí. En cierto modo, es un consuelo que tantas personas conocidas se hayan ido antes que yo: papá y la nana, las gemelas, Louella, Wyatt, Lou Lou y muchos de los novatos. Puede que Lenore Dove esté en lo cierto y me reúna con ellos y, algún día, con ella, en otro mundo. O puede que no haya nada más, en cuyo caso no le hará daño a nadie. En general, no tengo ni idea. La oscuridad aumenta, el aire se enfría y, cuando creo que ha pasado la medianoche y la audiencia se ha ido a la cama dejando a un puñado de Vigilantes para supervisar el espectáculo, enciendo una antorcha de rama. Me agacho, le doy un toquecito a Ampert en el hombro y le digo en voz baja: —Oye, amigo, vamos a machacar esas probabilidades. Ampert se pone en pie de inmediato y me deja en la mano la mecha enrollada. —Tendrás sesenta segundos —susurra. A continuación, me pasa el explosivo, que tiene un tacto suave y pegajoso, como la masilla, y al que le ha dado forma de disco. Se ve que usó bien el último trago de agua. Me guardo los materiales y, sin decir nada más, nos dirigimos al caballón. Él sostiene la antorcha mientras yo introduzco la punta de la lanza en la grieta abierta por la rama que dejé atrás ayer. Usando todo el peso de mi cuerpo para hacer palanca, separo los laterales del caballón. La boca se abre y después empieza a deslizarse para cerrarse de nuevo, pero no antes de que meta la lanza entre los bordes para mantener la escotilla abierta del todo. A un lado hay una escalera de servicio que desciende hacia las profundidades. Un zumbido mecánico de protesta brota de abajo. Ampert me pasa la antorcha. —Estaré aquí. Parece muy pequeño ahí de pie, a la luz titilante del fuego, armado tan solo con un hacha que dudo que tenga la fuerza suficiente para blandir. Le meto mi cuchillo en el cinturón y le alboroto el pelo como hago con Sid. —El mejor aliado del mundo.

Él esboza una media sonrisa y yo bajo a la escalera. Antorcha en mano, inicio el descenso. Noto los pies rígidos y torpes en los pequeños escalones. —Derecha, izquierda, derecha, izquierda —les recuerdo. Un metro, tres, seis, aterrizo en el hormigón de un pasillo estrecho y giro a la derecha, que parece ir más o menos hacia el norte. Avanzo al trote, ayudado por la antorcha y las tenues luces de servicio que brillan a lo largo del suelo. No llevo mucho cuando me doy cuenta de que la pared interna de mi izquierda en realidad no es una pared. Metal… con surcos… cada pocos metros, una gota de agua con forma de lágrima estampada a la altura de los ojos. Debe de ser el lateral del depósito de agua que, en efecto, es gigantesco, ya que va desde el suelo de hormigón hasta el techo, a seis metros de altura. Las gotas se repiten hasta donde alcanza la vista, en ambas direcciones. ¿Para qué necesitan tanta agua? ¿Es que pretenden convertir toda la arena en un lago? Vacilo para intentar dilucidar en qué punto resultaría más eficaz colocar el explosivo, hasta que me rindo y lo pego un poco por debajo de la gota que tengo delante. En realidad, ¿qué más da dónde sufra daño el depósito? Con un giro de muñeca, desenrollo la mecha y la deslizo entre los dedos, que se me manchan de negro, hasta que encuentro el detonador. Menos mal que presté atención en clase. Clavo el detonador en el explosivo y me preparo. Es ahora o nunca. Acerco la antorcha al extremo de la mecha, observo los primeros centímetros de recorrido de la llama, que solo deja un leve rastro de ceniza, y salgo corriendo a toda velocidad. Sesenta segundos para la explosión. «Cincuenta y nueve, cincuenta y ocho…». Calculo el tiempo mentalmente mientras corro por el hormigón. Veo la escalera, tiro la rama a un lado porque me está retrasando y confío en que Ampert me espere arriba con una segunda antorcha. Sé que lo más sensato sería aceptar mi muerte ahora mismo, pero hay algo dentro de nosotros que quiere vivir. Aunque solo sea unas cuantas horas más. «Treinta y ocho, treinta y siete…». Además, tengo que pensar en Ampert. Puede que todavía pueda protegerlo. Lo oigo antes de verlo. Un gorjeo delicado, similar al de un pájaro, acompañado de algún que otro chillido. Sean lo que sean, no parecen amenazadores. Me siento más perplejo que alarmado. Puede que una

bandada de pájaros cantores se haya escapado y vuele libre por el Sub-A, como hacen los pájaros en las vigas del establo en el que guardan a los caballos de los carros. Cuando toco el primer peldaño, levanto la vista a tiempo de ver el rostro de Ampert iluminado por la luz de la antorcha. De repente, un remolino de colores me tapa la imagen y baja en espiral hacia mí. Unas alas transparentes de todos los colores del arcoíris aparecen sobre mi cabeza. Captan el reflejo de la luz, de modo que brillan como los caramelos duros del escaparate de los Donner en un día soleado. Sería algo digno de admiración, si no fuera porque cada par de alas de un metro de envergadura lleva consigo un rostro rabioso y dos patas traseras con unas garras curvas de diez centímetros. Mutaciones de murciélago alteradas genéticamente. Diseñadas para hacerme picadillo. Estas criaturas no han huido de ninguna jaula; son un regalo del Capitolio. «Veinticuatro, veintitrés, veintidós…». —¡Haymitch! —oigo gritar a Ampert—. ¡Cógela! Suelta la antorcha, que dispersa a la formación de murciélagos durante un segundo, y, no sé cómo, logro atraparla. Con la mano libre, empiezo a trepar por la escalera mientras agito el fuego sobre la cabeza. Pero no son como las mariposas, fáciles de incendiar y destruir; son mamíferos fibrosos capaces de girar en ángulo cerrado. Esquivan mi antorcha y empiezan a arañarme con manotazos dolorosos en los hombros y la espalda hasta que sangro. Sin embargo, tengo que seguir trepando porque el reloj no para y, si no estoy a nivel del suelo, seguro que me ahogo. No lo voy a conseguir. He perdido la cuenta, pero creo que en cualquier momento el depósito volará por los aires y el agua solo podrá salir por este pasillo. Ataco por última vez a los murciélagos, le acierto al que me ha clavado a fondo las uñas en el muslo y les lanzo la antorcha a la cara. Manoteo hasta dar con el cinturón, desengancho los anillos entrelazados, lo envuelvo en una de las barandas de la escalera y lo cierro. Rodeo la escalera con los brazos, me agarro con brazos y piernas como si me fuera la vida en ello y respiro hondo varias veces para llenarme los pulmones. Unos cinco segundos y tres arañazos de murciélago después, ensordecido por los chillidos y los bufidos, temo haber cometido un error. He metido la pata al

poner el explosivo o el detonador no ha funcionado o un Vigilante ha llegado a tiempo de arrancar la mecha de la masilla… Un estallido ensordecedor me tira de la escalera y me encuentro completamente sumergido. Una oscuridad helada me envuelve y se me suelta un brazo. Sin el cinturón, estaría muerto, pero consigo aferrarme de nuevo con todas mis extremidades a las barras y cierro los ojos para protegerme de la inundación. Después de una eternidad, la corriente afloja lo suficiente como para abrir el cinturón y seguir ascendiendo. Llegados a este punto, los pulmones me arden de tal modo que los demás miedos se vuelven secundarios. Con las piernas flotando sueltas, me arrastro escalera arriba. Estoy a punto de desmayarme cuando asomo a la superficie. Entre jadeos, me ahogo y vomito el cubo de agua que ha conseguido metérseme dentro, a pesar de todos mis esfuerzos. La buena noticia es que han desaparecido los murciélagos, con suerte ahogados en la primera ola. Además, el agua no tiene el sabor metálico del arroyo. Supongo que no se molestaron en envenenar ese depósito colosal, sino que fueron a los arroyos uno a uno, así que mis heridas de muto se han limpiado sin peligro. Vaso medio lleno. Cuando recupero el aliento y controlo los escalofríos, llamo a Ampert. Por encima de mí, a la tenue luz de la falsa luna, veo que la lanza todavía mantiene abierto el caballón, pero no hay ni rastro de él. Algo va mal. Él no me habría abandonado a mi suerte. Cuando llegó la ola, ¿tuvieron tiempo los murciélagos de escapar para atacarlo? Parece poco probable que pudieran volar tan deprisa, ya que el agua apareció casi a la vez que el estallido. Entonces ¿qué le ha pasado? ¿Ataques de los Vigilantes? Trepo por la escalera todo lo deprisa que me permiten los músculos congelados. Al llegar a la superficie de la arena, examino el bosque, parcialmente iluminado por la combinación de luna y fuego. Nuestro campamento sigue como lo dejamos, con mi mochila y la hamaca arrugada en el suelo. No hay ni rastro de Ampert, aunque tampoco de una pelea. ¿Por qué ha abandonado su puesto? Saco la lanza del caballón. Los bordes intentan cerrarse, pero están dañados, así que acaban con una especie de sugerente sonrisa floral. Lo llamo en voz baja. —¿Ampert? ¿Ampert?

No responde. Aunque oigo mal por culpa del agua o de la explosión, me llega un sonido, apenas distinguible del zumbido habitual del bosque nocturno. Animal, pero diferente a los murciélagos. No es gorjeo sino una especie de parloteo de muchas bocas. Agarro la hamaca y me la envuelvo en el antebrazo izquierdo, pensando que podría venirme bien, y me arrastro hacia el ruido. El sonido se intensifica y me pone la piel de gallina, pero sigo avanzando hasta que llego a un pequeño claro circular. Los árboles vibran de vida. Distingo a cientos de criaturas con forma de ardilla con su maravilloso pelaje dorado y los ojos brillantes, como si se les iluminaran desde dentro. Monas, en cierto modo, aunque demasiado activas, rebotando de rama en rama, rechinando los largos dientes rectangulares. Mutos. Solo se detienen para chillarle como roedores a un montículo de camaradas que está en el centro del claro. Los más atrevidos se pelean brutalmente entre ellos, se lanzan sobre el montón y apartan a los demás con fuertes patadas traseras. Uno sale volando por los aires y aterriza a mis pies. Antes de volver a levantarse de un salto, vislumbro un retal ensangrentado de tela azul eléctrico enganchado a los incisivos, y entonces me queda todo claro. Mutos carnívoros. Despedazando a Ampert. Le prometí a Beetee que no permitiría que sufriera. Arrojando la hamaca a lo largo, grito y me abalanzo sobre la pila. La hamaca atrapa los cuerpos peludos y, al darle la vuelta para vaciarla, logro apartar un par de capas de mutos. Después le doy la vuelta a la lanza y la uso de porra para golpear el montón una y otra vez, barriendo ardillas. Me preparo para su ataque, para sentir los inevitables desgarrones en la carne, pero no pasa nada. En cuanto una se cae del montículo, vuelve corriendo a él. Están programadas para Ampert y solo para Ampert. Para su aspecto, su olor, su sabor. Estoy perdiendo, estoy perdiendo la batalla, lo estoy perdiendo. Lo sé, pero no puedo hacer más que seguir golpeando. Ni siquiera he conseguido ver al niño, solo cuerpos peludos retorciéndose y peleándose por un trozo de él. Finalmente, como si alguien hubiera tocado un silbato que solo ellos oyen, cientos de cabezas se levantan y se giran a la vez hacia un amo invisible. Tras una carrera enloquecida, en pocos segundos, las ardillas han desaparecido entre la vegetación.

Jadeante, las observo huir. Después me vuelvo hacia lo que quieren que vea. Un pequeño esqueleto al que han limpiado de carne. No queda nada, ni siquiera la ropa, solo un hacha junto a su costado derecho y mi cuchillo al izquierdo. Muevo los labios, pero no sale ningún sonido. —¿Amigo? Avanzo tambaleándome y veo su dispositivo de seguimiento encajado justo por debajo del codo. No hay nadie a quien consolar, a quien ayudar a partir de este mundo. A Ampert se lo ha tragado el Capitolio, y su ataúd solo contendrá estos huesos blanco perlado. Se oye un cañonazo. En algún lugar, el corazón de Beetee se rompe en fragmentos diminutos, imposible de reparar jamás. El mío late como un tambor, impulsado por un arrebato de rabia. Echo atrás la cabeza y emito un aullido que rebota en el cielo falso y le arranca ecos a la arena. Quiero matarlos a todos, a Snow, a los Vigilantes, a todos los miembros del Capitolio que han formado parte de esta atrocidad. Por desgracia, están a salvo, fuera de mi alcance, así que suelto la lanza, agarro el hacha y empiezo a atacar la arena, decidido a hacerla pedazos, centímetro a centímetro (los árboles, los arbustos, los nidos), mientras dejo escapar rugidos inhumanos. Estoy pegándole hachazos a un caballón de campanillas cuando la tierra empieza a estremecerse con tal violencia que acabo tirado en el musgo. Entierro los dedos en él y me mantengo firme mientras me llueven encima ramas y escombros. Cuando la tierra se calma, le grito al cielo: —¡Ja! ¡Fallasteis! —Me levanto de un salto y empiezo a correr entre los árboles como un demente—. ¡Sigo aquí! ¡Sigo aquí! Cuando me tropiezo con nuestro campamento, veo el caballón y me percato de que no me persiguen, sino que pasa algo mucho más importante. La entrada se abre y se cierra espasmódicamente, enviando bocanadas de flores por todas partes. En los árboles de atrás, una manada de adorables cervatillos corre, frenética, y, al encabritarse, veo que hienden el aire con sus cascos puntiagudos. Un manzano se ha transformado en una fuente de chispas azules y nubes de vapor brotan de un arroyo cercano. Todo ha adquirido un aspecto espeluznante, de pesadilla. O la arena está fallando o he estado lamiendo sapos.

Temiendo albergar alguna esperanza, levanto poco a poco la mirada hacia el cielo nocturno, que se enciende y apaga como cuando la señal de televisión es mala. Un estallido de estática me deslumbra y, de repente, estoy mirando el cielo real. Una ráfaga de aire fresco me llena los pulmones y la luz de la luna ilumina el caos. ¡Ha funcionado! ¡Lo hemos hecho! ¡Ampert, Beetee, el Distrito 9, un montón de desconocidos y yo… hemos ahogado el cerebro! ¡Hemos roto la arena! Este es mi cartel. Este mismo. Bramo un grito de victoria y doy vueltas mientras chillo: —¿No queríais una fiesta? ¡Yo os daré una fiesta! Se ven relámpagos, suena un trueno. Bailo alrededor del caballón gritando lo primero que me viene a la mente para que lo oiga todo Panem. Una canción tan peligrosa que nadie la puede cantar: A ella la azotan y a él lo cuelgan del cuello por robar un ganso que es del pueblo, pero dejan libres a los bellacos que despojan de su terreno a los gansos. Alzo los brazos a las estrellas, a las estrellas de Sid, a todas nuestras estrellas. La ley a todos nos va a encerrar si el ganso al pueblo vamos a quitar, pero a los gansos el terreno les va a faltar hasta que por fin lo vayan a recuperar. Me pongo a dar saltos mientras grito: —¡Lo hemos recuperado! ¡Lo vamos a recuperar! Al final me dejo caer de rodillas, arqueo la espalda, estiro los brazos y abarco el cielo con ellos. Salvo que se vuelve negro como el carbón, tan de repente como si alguien hubiera pulsado un interruptor. Un zumbido grave brota del suelo del bosque. ¿Qué lo está causando? Tengo un mal presentimiento. Horrorizado, veo que el cielo de la arena vuelve a aclararse. —No… ¡No! El caballón sigue con lo suyo y el manzano sigue echando chispas, pero el bosque en general parece haberse calmado. Puede que no pase nada, puede que sea eso lo que ocurre cuando se apaga. Para asegurarme, busco

en la mochila los prismáticos, me los cuelgo del cuello, corro a toda velocidad hasta el árbol en el que dormí y trepo por el tronco como un muto de ardilla. Cuando llego a mi puesto de vigía, me balanceo en las ramas y miro por las lentes en busca de una respuesta. ¿De verdad he roto la arena? ¿Han terminado los Juegos? A lo lejos, más allá de la pradera, la montaña entra en erupción y escupe una fuente de oro letal. Esa es mi respuesta. Para mí, la fiesta ha acabado.

TERCERA PARTE EL CARTEL

Fin del capítulo

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