Amanecer en la cosecha

Capítulo 17

Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha

Capítulo 17

Segunda Parte: El granuja

El cañón dispara para confirmar su muerte cuando su cuerpo se queda sin fuerzas. Fuera quien fuera Lou Lou, ha seguido su camino. Su figura ligera y muerta de hambre permanece inmóvil, por fin lejos del alcance del Capitolio. La dejo en el suelo y le susurro al oído malo. Es un mensaje personal para los Vigilantes. —Vosotros le habéis hecho esto. Esto es lo que sois. —Y después, por Lou Lou, digo lo que ella ya no puede decir—. Asesinos. En respuesta, aparece un aerodeslizador que espera a que me aparte para recoger su cadáver. A Lou Lou no la enterrarán en la colina, con Louella y conmigo. No pueden enviar los dos cuerpos al Distrito 12 sin dejar al descubierto su incompetencia. ¿Adónde irás, pequeña? ¿De vuelta al Distrito 11? ¿A la tierra del Capitolio? ¿O te incinerarán para no dejar ni rastro de ti? En cualquier caso, yo he sido la última persona que te ha tocado con cariño. La idea de que el Capitolio se libre de ella me saca de quicio. Y, como a mi Louella, no puedo entregarla sin pelear. La cojo en brazos y me dirijo a la zona donde los árboles son más tupidos. ¿Me estarán mostrando al público? ¿Son testigos de mi negativa a entregarles a Lou Lou? ¿Tengo a los espectadores del Capitolio pegados a la pantalla? El granuja que huye con su compañera de distrito… ¡otra vez! ¡El granuja obligará a los Vigilantes a perseguirlo! Risas complacidas, llamadas a los amigos, ¿estáis viendo esto? El cuerpo de Lou Lou pesa bastante menos que el de Louella. La ferocidad que le daba presencia ha desaparecido. Localizo un grupo de sauces y me coloco en el centro, desde donde atisbo el aerodeslizador

planeando por encima. Una pinza desciende, se enreda entre las copas de los árboles, se retira y vuelve a intentarlo. No pueden llegar hasta nosotros. De momento, está a salvo. Cuando se me calma la respiración, me doy cuenta de que así caeré en las garras de Snow. Es justo el comportamiento que me había prohibido, y habrá consecuencias. Consecuencias letales. Pronto. Y entonces no podré volar el depósito. ¿Cómo reconduzco la situación? ¿Saco a Lou Lou y los saludo con la mano en plan «era broma»? ¿La dejo aquí, huyo y me escondo? ¿O me quedo donde estoy, espero a que la pinza se abra paso y colaboro ayudándola a que se la lleve entre sus zarpas? La indecisión me paraliza. Los Vigilantes parecen estar igual. El aerodeslizador se queda quieto, con la pinza recogida. Un punto muerto. Todos esperando a ver qué hacen los demás. Lo consideraría un momento de paz, de no ser por la sensación de peligro inminente. Llega en forma de una reluciente mariposa azul. Casi del mismo azul eléctrico que los trajes del Distrito 3. No consigo apartar la vista del dibujo de diminutos rayos dorados que le decora las alas. Entonces, otra me aterriza en la cabeza. Y una tercera, en el dorso de la mano que sujeta el rostro manchado de sangre de Lou Lou. Como a cámara lenta, un aguijón desciende y una chispita me salta de la carne al entrar en contacto, a la vez que un estallido de dolor me ciega. Dejo escapar un grito involuntario y Lou Lou se me cae al suelo. Recupero la vista a tiempo de ver a una segunda mariposa ir a por mi cara. La mejilla me estalla con lo que ahora reconozco como una descarga eléctrica, como si las mariposas llevaran un táser en miniatura en los aguijones. Una de las bellezas de Snow. Un pánico puro me consume; solo sé que no quiero que vuelvan a picarme. Salgo disparado de mi emparrado de sauces y dejo a Lou Lou en manos de los Vigilantes. Los cientos de mariposas que están posados en los árboles cobran vida y me atacan. Corro hacia el bosque sin pensar en nada que no sea escapar, pero me persiguen. No con los movimientos de borracho que asocio con las mariposas de casa, sino en línea recta. Subo y bajo la cabeza y corro en zigzag para intentar escapar de ellas, pero no dejan de picarme, y cada aguijonazo me paraliza durante un segundo. No basta con haber conseguido que abandonara a Lou Lou; estas cosas están decididas a torturarme. Es un castigo. Lo más público posible.

No sé bien cuánto dura porque a mí se me hace eterno, como si perdiera la cordura, hasta que caigo de bruces en un caballón de flores. Temiendo el mismo destino de la niña, me levanto de un salto y me desplomo junto al montículo mientras me restriego la cara, frenético. Sin embargo, no es bergamota, sino dictamo. Cuando desciende la nube de mariposas, se me ocurre una idea. Tras sacar el eslabón y la piedra del bolsillo, produzco mis propias chispas y las envío hacia las flores. Unas llamas de metro y medio brotan de las plantas, envuelven a las mariposas y me lamen el pecho antes de desaparecer. La pechera de la camiseta me brilla unos segundos, como un lecho de brasas, antes de volver a su negro original. Al parecer, es ignífuga. Unos cuantos esqueletos crujientes bajan flotando, aunque el ataque ha terminado. Las que quedan se alejan revoloteando, como si fueran lo más inocente del mundo. Me quedo tirado en el suelo, jadeando, y me examino en busca de heridas. No hay nada de nada, ni una ampolla ni un rasguño. Solo el recuerdo del terrible dolor. Me llevo el eslabón a los labios con la esperanza de que Lenore Dove lo vea y sepa que le doy las gracias por salvarme de los mutos. ¡Los mutos! ¡Eso es! ¡Es mi oportunidad para seguirlos hasta su caballón! No obstante, no me levanto de un salto; el reciente ataque me ha devuelto de golpe el sentido común. «Sé listo, por una vez en tu vida —me digo—. Hazlo, pero no pongas en peligro el plan de la arena». ¿Por qué iba a perseguir a unas mariposas mutantes? Solo hay una respuesta: venganza. Una rama cercana ha prendido con el estallido del dictamo. La separo del árbol y parto más o menos en la misma dirección que las mariposas. Cuando vislumbro algo azul, sé que voy por el camino correcto. Tras otros veinte metros atravesando el bosque doy con un caballón cubierto de arbustos en flor. Se ha abierto, como si se deslizara por unas guías, y ha dejado una abertura de unos dos metros de ancho en el medio del círculo. Las mariposas vuelan con aire perezoso hacia ella. Para que me vean los Vigilantes, les grito mientras agito la antorcha como loco e incinero a unas cuantas hasta que me doy cuenta de que el caballón empieza a cerrarse. Como un último esfuerzo, me abalanzo hacia el último muto y consigo meter la rama entre los bordes de la escotilla. Se cierra de golpe y aplasta la madera, pero deja una abertura de unos tres milímetros en la unión. Finjo

no percatarme y me dejo caer junto al montículo. El cartel dice: arbusto de las mariposas. Bueno, este sí que no se me va a olvidar. Pienso en volver a buscar a Lou Lou, pero sé que ya no está, así que regreso a la bergamota, procurando no respirar demasiado, y recojo mis cosas. Todavía no hay ni rastro de nadie más. Puede que tenga la piel tan suave como el culito de un bebé, pero me pica por culpa de las descargas y estoy muy agotado. He logrado llevar a cabo dos tareas, eso sí: hacer fuego y encontrar un portal de mutos. Las sombras se alargan, lo que significa que hay que empezar a buscar dónde dormir, consciente de que debo mejorar mi desastroso escondite de anoche. Ahora no estoy mareado, así que elijo un árbol grande con muchas hojas cerca del arbusto de las mariposas y trepo unos nueve metros para meterme entre las ramas. Engancho la hamaca entre dos de las más resistentes y me aseguro de que, si una cede, haya una horcadura que me sujete. No es algo que me recomendaran en la clase, pero no me siento lo bastante seguro como para volver a dormir a ras del suelo. Famélico, me como tres huevos y un par de manzanas. Seguro que los patrocinadores permitirán a mis mentoras volver a llenarme la despensa dentro de poco. El amanecer despide un brillo dorado a través de los árboles, después pasa al naranja del carbón ardiente antes de desvanecerse y dejarme a oscuras. Al oír el himno, me cambio de postura para ver bien el cielo. El primer tributo. Más verde moco. El chico del Distrito 1 que no es Panache. Después, Lou Lou, con su serpiente. Me pregunto si en algún lugar de Panem habrá un familiar o un compañero de juegos que la reconozca por su verdadera identidad. Los McCoy deben de saber que es falsa. Seguro. Ahora mismo estarán llorando y preguntándose qué habrán hecho con su querida hija. Al menos voy a librarme de esa conversación tan horrenda. Cinco profesionales desaparecidos. Diecisiete novatos. Quedamos veintiséis. El bosque está en silencio. Una luz de luna amarilla y clara se filtra a través de los árboles. La verdad es que creo ser el único tributo a este lado de la arena, pero nunca se sabe. Me pregunto cómo le irá a Maysilee (del Distrito 12 ya solo quedamos nosotros) y si tendré la oportunidad de volver a verla. Tiene gracia que eche de menos a Maysilee Donner, pero así es. Dando gracias por no roncar, me duermo y no sueño nada.

Algo me despierta de golpe y veo un paracaídas con un bulto bastante grande atrapado en las ramas soleadas que tengo por encima de la cabeza. El primer regalo de mis patrocinadores. Lo desenredo, me lo coloco en el regazo, respiro hondo (¡ahora mismo podría contener cualquier cosa!) y después lo abro. Una docena de panecillos blancos, todavía calientes del horno; un bloque de queso naranja; y lo que parece ser una botella de vino, incluida una copa de tallo largo. Eso me arranca una sonrisa genuina. Desenrosco la botella y huelo: zumo de uva. Seguro que a alguien le ha costado un buen dinero. Habría sido más práctico enviar agua, dado que estoy a punto de acabar mi primera botella, pero no me quejo. El zumo de uva es un manjar preciado en casa, reservado para cumpleaños y el ponche de las bodas. ¿Quién me lo ha enviado? ¿La señora de las orejas de gato? ¿El hombre al que escupí? ¿La tía abuela Messalina? Ahora mismo, me da igual. Inclino la botella para servirlo en la elegante copa, admirándola mientras el zumo llena el tallo y después el cáliz. Esbozo una sonrisa cómplice para la audiencia, la alzo para brindar y digo: —¡Gracias, mis granujas del Capitolio! Después le doy un traguito lento para humedecer la boca, que está como un zapato. Es tan bueno, no solo por el sabor, sino por los recuerdos felices que evoca, que tengo que contenerme para no bebérmelo de golpe. Acompañado por un par de panecillos y un trozo de queso graso, me reactiva lo suficiente como para enfrentarme al resto del día. Mientras desayuno, repaso por qué, desde la perspectiva de los patrocinadores del Capitolio, creo haberme merecido este regalo tan caro. He evitado el baño de sangre con provisiones y armas, he sobrevivido al veneno, he hecho fuego, he cocinado, he incinerado algunas mariposas y he encontrado un árbol en el que dormir. Conclusión: cuento con bastantes recursos y está claro que soy lo bastante egoísta como para ganar. Me preocupa que los distritos tengan ahora una mala opinión de mí por abandonar a los novatos. Quizá haber intentado salvar a Lou Lou me ayude. Y si vuelo la arena en pedazos, supongo que me volverían a dejar entrar en el Distrito 12. Aunque volver a casa no es una posibilidad, claro. Aun así, quiero que Sid sea capaz de mantener la cabeza bien alta, no que esté avergonzado de mí para siempre.

Como he acampado cerca de mi caballón, no tiene sentido ir a ninguna parte. No me queda más que esperar a que llegue Ampert con su mecha del collar y el explosivo del girasol del Distrito 9. Estoy bastante cansado después de los dos primeros días de los Juegos, así que me limito a seguir tumbado en mi hamaca y vigilar por si vuelven las mariposas. A media tarde, empiezo a impacientarme. Deberíamos haber organizado mejor el reencuentro. El bosque es ancho y profundo; no es tan fácil localizarse. El extremo norte podría estar a kilómetros de distancia. Es algo a recordar cuando baje por ese túnel. Puede que todavía me quede mucho camino por delante para llegar al depósito. Decido salir en busca de Ampert. Mientras recojo las provisiones y envuelvo con cuidado mi copa en la hamaca, doy con los prismáticos y los pruebo. Eso me inspira a trepar más arriba para hacerme una idea mejor del terreno. Cerca de la punta de la copa del árbol, donde es más alto, veo hasta bastante lejos. De nuevo me sorprende la belleza de este lugar, el bosque idílico, la extensión uniforme de la pradera, el pico cubierto de nieve que ahora queda bajo un arcoíris resplandeciente. Calculo que la montaña está a unos ocho o nueve kilómetros de distancia. Ahí es donde imagino que se encuentran el resto de los críos, cazándose entre ellos. Aquí es todo diferente porque solo tengo que enfrentarme a los Vigilantes. El mar de árboles continúa detrás de mí, pero parece estrecharse hasta llegar a un punto a lo lejos. Es imposible decir con exactitud a qué distancia se encuentra ese punto, dado que todo empieza a emborronarse un poco. ¿Indica eso que se trata del final de la arena? Me vuelvo de nuevo para observar la pradera y capto un movimiento azul eléctrico cerca de la Cornucopia que avanza hacia el bosque. ¿Ampert? Como temo perderlo entre los árboles, bajo y me dirijo a la pradera con la esperanza de interceptarlo. Por el camino hago cortes discretos con el cuchillo en las bases de los árboles para que me indiquen el camino de regreso. Retroceder me aleja más de mi objetivo, pero necesito a Ampert de un modo u otro. Cuando llego al final de los árboles, me subo a una roca y examino la pradera con los prismáticos. Es Ampert, en efecto, a un kilómetro y medio, aproximadamente, marchando entre la hierba hacia mí. Su cara, tan triste y

seria, forjada por los horrores de los últimos días, me recuerda que lo he tenido más fácil que la mayoría. Alrededor de su cuello veo dos girasoles, uno de ellos manchado de sangre. Al menos no ha tenido que ver a los muertos de su propio distrito, dado que todavía no he visto ninguno en el cielo. Seguro que no ha comido demasiado y lo voy a necesitar bien alimentado para reventar el depósito… ¿Debería preparar unos bocadillos? Espera un momento… De nuevo, ¿qué estoy haciendo? ¿Por qué el granuja, después de huir de los novatos, ha visto a Ampert y ha regresado al borde del bosque? No es lo mismo que con Lou Lou; ella me encontró a mí. Seguro que mi comportamiento resulta sospechoso. Como si llevara esperándolo desde el principio. No creo que le importe a la audiencia, pero ¿cómo lo interpretarán los Vigilantes? Les dije que solo me importaba sobrevivir. ¿Qué me podría haber llevado de vuelta a Ampert? La respuesta no pueden ser los explosivos. ¿Qué mejoraría mis probabilidades de seguir con vida? Tengo comida, agua, pastillas de carbón y armas… ¿Qué podría ofrecerme Ampert? Lo único que no tengo es información. Sé quién ha muerto… Pero ¿quién los ha matado y cómo? ¿Qué armas tienen los profesionales? ¿Han descubierto algo que se coma o se beba y no sea venenoso? Salvo por Lou Lou, he estado solo, y ella no era lo que se dice una gran fuente de información. Vale, pues eso es: este granuja necesita ponerse al día. Chulito. Egoísta. Sarcástico. Agradable con los otros novatos. Estoy reuniendo todas esas características para presentar un personaje coherente al público. Si embargo, cuando llega Ampert, me abraza y me limito a devolverle el abrazo y decirle: —Hola, amigo. Me sorprende lo pequeño que parece, porque siempre ha sido un crío muy decidido. Pero el caso es que es más o menos igual de alto que Sid y está muy asustado. Ni el cerebro más brillante es capaz de encontrar el modo de salir de la trampa de la arena. —Los novatos necesitan que vuelvas —dice—. Me han enviado a buscarte. Bien. Los Vigilantes pensarán que está aquí por eso.

—Ya lo hemos hablado. Con el uno que me dieron es peligroso que estéis cerca de mí. Eso lo digo para la audiencia. No quiero quedarme sin regalos por rehuir mis responsabilidades de novato. Además, Sid tiene que oír el motivo por el que los he abandonado. —Lou Lou salió corriendo. Después la vimos en el cielo. —Es un buen ejemplo de lo que digo —respondo, apartándome de él—. Me encontró y ahora está muerta. No nos vimos venir las flores venenosas. —¿Eso también es venenoso? —Al menos la bergamota. El dictamo me vino bien cuando tuve que asar a unos cuantos mutos de mariposa. Los Vigilantes las enviaron a por mí. ¿Tienes hambre? —Asiente con ganas—. ¿Y si hacemos un trueque? ¿Comida a cambio de información sobre la montaña? Despliego un enorme pícnic sobre la roca: panecillos, queso, huevos, manzanas y una copa de zumo de uva para él. No lo interrumpo mientras se lo zampa todo; estoy bastante seguro de que no ha comido mucho desde que llegamos. Ni siquiera tiene una mochila de provisiones, solo un hacha en el cinturón y un sombrero hecho de hojas para el sol. Cuando termina, se limpia la boca y suspira. —Ojalá hubiera podido compartirlo con los demás. Los profesionales se han quedado con casi toda la comida. —¿Cómo lo lleváis? —Es difícil. Ya hemos perdido a diecisiete. Todos salvo Lou Lou en el baño de sangre. —¿No se envenenó nadie? —Sí, varios. Pero Wellie averiguó bastante deprisa que todo era venenoso. Y en la mochila de Hull había una botella enorme del antídoto en jarabe. Ninguno de nosotros ha muerto por el veneno. —¿Jarabe? Yo tenía esto. —Saco las pastillas y se las enseño—. Si no, también la habría palmado. —Debe de haber sido horrible, sin tener a nadie que te cuidara. Me encojo de hombros. Después no puedo evitar preguntar: —¿Wyatt? Ampert se mete la mano en el bolsillo y me pasa el símbolo de Wyatt.

—Lo mató Panache. Y a cinco más. Con una espada. A Maritte se le da muy bien el tridente. Silka usó un hacha tan afilada como una cuchilla de afeitar, y vi… —Se le rompe la voz. —Me hago una idea. Pero Maysilee está bien, ¿no? —No lo sé. Se separó de nosotros durante el baño de sangre. Pero no la he visto en el cielo. Supongo que seguirá en la montaña, igual que el resto de los novatos. Hemos intentado mantenernos juntos, como planeamos. Los profesionales nos siguieron hasta allí. Se me pasa por la cabeza una idea despreciable: que, no sé cómo, Maysilee se ha unido a los profesionales. Entonces recuerdo lo combativa que fue con Silka desde su primer encuentro y me avergüenzo de haberlo pensado. Examino el collar que trenzó tan bien para que sujetara la moneda de Wyatt. Se pasó casi todas las horas de entrenamiento ayudando a los novatos a lucir con orgullo sus símbolos, en vez de dedicarlas a aprender habilidades con las que protegerse. Maysilee Donner será muchas cosas, pero no una chaquetera. —Esté donde esté, seguro que les está causando problemas a los profesionales. No te quepa duda —le digo a Ampert. Cuando me cuelgo del cuello el símbolo de Wyatt, es como volver a tenerlos a Maysilee y a él a mi lado. Ampert y yo nos pasamos un rato sentados sin más, dejando que la brisa nos refresque mientras escuchamos el canto de los pájaros y contemplamos este prado tan ridículamente bonito, que huele a flores. Sirvo otra copa de zumo y nos la vamos pasando. Todos los sentidos satisfechos, todos y cada uno de los elementos diseñados para la calma. —Entonces ¿no vas a volver? —pregunta Ampert. —No serviría de nada. Soy un imán para los mutos. Y está claro que no sé juzgar las flores. —¿Me enseñas el bosque, por lo menos? Tenemos que salir de esa montaña, pero nadie sabe si esto es peor. —Si quieres… Pero no te prometo que sea capaz de mantenerte a salvo de los Vigilantes. Ampert se ríe un poco. —Qué gracia tiene eso. ¿Es que alguien puede?

Cuando nos terminamos el zumo, lo conduzco al bosque. Enseñárselo es la tapadera perfecta, la verdad. Aunque no consigue mucha información, salvo un: «Cuidado con el arroyo, que es venenoso. Y la fruta. Y también esas flores de ahí». Básicamente, podría haberle dicho que todo es venenoso y ya está. Sin embargo, hago de guía. Le enseño los caballones con la bergamota y el dictamo, y dejo el arbusto de las mariposas para el final. —Por aquí entraron las mariposas. Las que no freí, claro. Veo que mira, pero solo responde: —¿Crees que es seguro estar cerca de su casa? Casa. Lo llama su casa. ¿Es porque echa mucho de menos la suya? Doce años, apenas metro y medio de altura, ni siquiera le ha cambiado todavía la voz. Si yo siento nostalgia, ¿qué sentirá él? —Bueno, la verdad es que no creo que por aquí nadie esté lo que se dice en casa. No quedaban muchas. Se pueden manejar. Y no te matan cuando te pican, solo te dan una descarga muy desagradable. Me picaron un montón de veces y estoy bien. Así que es probable que sea más seguro que otros sitios, porque suelen distanciar a los mutos. ¿Lo hacen? Puede. Pero al menos explica por qué deberíamos quedarnos cerca del caballón. —¿Crees que podríamos descansar aquí un rato? —Claro —respondo después de echarle un vistazo a lo hinchados que tiene los ojos—. No tengo planes para esta tarde. Le preparo una cama con mi hamaca y, después de dar unas cuantas vueltas, se queda dormido. Al mirarlo, no puedo evitar pensar que todos los pequeños al final acaban conmigo. Louella. Lou Lou. Ampert. Y no soy capaz de mantener a salvo a ninguno. ¿Por qué me buscan? Cuando Ampert está ya dormido profundamente, empiezo a prepararme para la bomba recogiendo el doble de madera y agujas de pino que ayer. Será un trabajo nocturno, y el fuego es responsabilidad mía, tanto para iluminar como para prender. Como mi antorcha para mariposas funcionó bastante bien, me aseguro de romper unas cuantas ramas más de lo que creo que es el mismo tipo de árbol. No quiero gastar mi combustible, así monto la fogata, pero no la enciendo. Esta noche no hay patatas. Las

dejaré para Ampert, que tiene más posibilidades de sobrevivir a nuestra misión. Si lo hago bien, si vuelo el depósito y provoco una inundación, lo más probable es que me lleve con ella. Vamos, que menos de dos metros de mecha no ofrecen demasiado margen de huida. Si la explosión no termina conmigo, lo hará el agua. Me consuelo pensando que cualquiera de esas muertes será mejor que lo que el Capitolio me tendrá preparado si logro salir vivo del Sub-A. Esperar algo mejor es peligroso; podría cegarme a la realidad de la situación. Recuerdo que mi nana siempre decía: «Mientras hay vida, hay esperanza». Pero, desde mi perspectiva actual, la esperanza se parece mucho al licor blanco: puede engañarte a corto plazo, pero lo más probable es que acabes pagando por ella dos veces.

Fin del capítulo

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