Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha
Capítulo 16
Segunda Parte: El granuja
Veneno. Eso es lo que corre por este arroyo. Me llevo la mano al estómago y caigo en que lo que había tomado por retortijones por culpa del agua fría son demasiado fuertes y ardientes. De inmediato me meto el dedo en la garganta y consigo vomitar algo de ácido antes de recordar que esa no es siempre la mejor forma de encargarse del veneno. Te puede hacer tanto daño al salir como al entrar. Es mejor un antídoto, como el que llevaba el presidente Snow en el bolsillo. Pero no tengo. Meto la mano en la mochila por si tengo algo que absorba el fluido tóxico. Algo esponjoso, como el pan, pero no hay nada parecido. Además, ¿serviría eso de algo? El dolor se intensifica, así que bebo agua limpia de la botella con la esperanza de que diluya el veneno, pero nada. Empiezo a jadear y la cara se me perla de sudor. Este es el momento, entonces. Así moriré. No terminando con los Juegos del Hambre, sino acurrucado en la tierra, envenenado como una rata. Vuelco la mochila en el suelo y cojo una patata, que es lo más benigno que tengo; acabo de darle un mordisco a la carne dura y crujiente cuando me fijo en las pastillas de carbón. Es un día de otoño, hace unos cuantos años, y nos hemos pasado con la sopa de guindilla. Mi nana se pone a morder sus pastillas y dice: «Son buenas para cualquier problema de la tripa. Fuego, aire o veneno». Creía que los Vigilantes las habían metido para reírse de nosotros, pero ¿serán el antídoto? Sin vacilar, escupo la patata, abro el paquete y me meto un puñado de pastillas en la boca. Las mastico hasta machacarlas con los dientes, me las trago con un poco de agua y me fijo en el estado de mi estómago. Sin
cambios. Me trago otras seis. Esta vez, creo que empiezo a notar algo de alivio. Sin previo aviso, vomito en el arroyo todo lo ingerido desde la comida de ayer. Me pongo a gatas, jadeando, chorreando sudor y saliva. Todavía tengo el estómago revuelto, pero el dolor ha remitido. Por si acaso, me meto una pastilla en la boca y dejo que se disuelva. Retrocedo sin levantarme hasta dar con un árbol y me desplomo de espaldas contra él, a la espera de que se me ralentice el pulso. Quizá no muera. No puedo morir. Todavía no. No antes de volar por los aires ese depósito. Ahora que me alejo de las puertas de la muerte, intento retomar el plan. Mis provisiones están tiradas a mis pies, en un revoltijo. Mis estúpidas y redundantes provisiones, que podría encontrar en cualquier parte… De repente, me incorporo de golpe porque recuerdo el consejo de Mags: «Buscad pistas sobre vuestra arena. Los Vigilantes de los Juegos a veces ocultan en su diseño pequeñas claves sobre su naturaleza». Si el contenido de mi mochila es una pista, ¿qué revela? ¿Por qué toda la comida que lleva se puede encontrar fácilmente en la arena? A no ser… Observo el cadáver del conejo que está al otro lado del arroyo. A no ser que no se pueda. A no ser que cada bocado sea un tesoro porque sus equivalentes en la arena son venenosos. En cuanto concibo esa posibilidad, sé que es cierta. Que las deliciosas manzanas de las ramas que tengo sobre mi cabeza son tan letales como el agua cristalina. Y, si eso es cierto, de toda la comida y bebida de la arena, ¿cuál está pensada para matarnos? Toda, probablemente. No es seguro probar nada que no haya salido de la Cornucopia. Mientras sacudo mis provisiones y las guardo con cuidado, pienso en los dos cañonazos que han sonado después del baño de sangre. ¿Habrán muerto un profesional y un novato, lo que habrá alertado al resto de su alianza sobre los venenos de la arena? Eso me recuerda a los canarios con los que bajamos a las minas en nuestro distrito. Son los primeros en morir cuando hay gas letal, y eso avisa a los mineros del peligro inminente. Puede que las dos víctimas sean profesionales, porque seguro que Ampert y Wellie habrán adivinado muy deprisa que la comida de las mochilas es una pista. De no haber formado unas alianzas tan estrechas, seguro que ahora
estarían muriendo muchos más tributos. ¿Contaban con eso los Vigilantes? ¿Les hemos fastidiado el plan? Cada bocado tiene un valor incalculable. Vuelvo a pensar en el conejo, al margen del color de su pelo. Aunque ahora no tengo apetito, sé que después estaré muerto de hambre, pero su barba ensangrentada me echa para atrás. Lo que me faltaba ya era ingerir más veneno. Tengo que seguir avanzando hacia el norte. Por desgracia, cuando me levanto, siento náuseas y tengo que agarrarme a la lanza para no caer. ¿Cuánto tardaré en librarme de las toxinas? Respiro hondo este aire diseñado a la perfección, que ya no me entusiasma. No es mortífero, aunque tampoco fresco. El perfume esconde algo malsano. Recuerdo las caras de pasmo de los tributos cuando esperábamos que sonara el gong. ¿Nos drogó el aire? ¿Está contribuyendo a que ahora me sienta débil y enfermo? ¿O es culpa del agua? Supongo que no puedo dejar de respirar, así que parto cojeando hacia el norte. No funciona. Al cabo de unos cuantos cientos de metros, me dejo caer en el suelo del bosque, vomito mi última pastilla de carbón y me vuelvo a hacer un ovillo. Entonces empiezan unos escalofríos que me sacuden de pies a cabeza; los dientes me castañetean tanto que corro peligro de rompérmelos. Lo único que quiero es estar en casa, en mi cama del Distrito 12, y que mi madre cuide de mí. Que me dé cucharaditas de sopa de pollo, que me eche encima del cuerpo tembloroso todas las colchas de la casa y me ponga una almohada de plumas de ganso bajo la cabeza. Pienso en mi madre viéndome, incapaz de llegar hasta mí, e intento parecer menos lamentable. Me obligo a sentarme y me seco la cara sudorosa con el pañuelo. No soy más que un blanco fácil. Tengo que esconderme, pero, como en el bosque no hay ningún camino propiamente dicho, no puedo salirme de ninguno. Lo que veo por allá no parece más seguro que lo que veo por aquí. Si un profesional me ha seguido pradera a través, no es que sea un blanco fácil, es que estoy muerto. Confuso, recurro a la canción de Wiress: Comida y refugio hay que encontrar, fuego y amigos pueden esperar.
Dirigirme al norte queda en segundo lugar, con diferencia, porque necesito encontrar un sitio seguro en el que recuperarme. Fuego y amigos tendrán que esperar. Vuelvo a ponerme en pie y me planteo la posibilidad de trepar a un árbol, pero estoy tan mareado que seguro que me caigo. Lo que de verdad necesito es tumbarme en algún sitio escondido. Avanzo tambaleándome durante un momento, tuerzo un poco al este y doy con una zona de arándanos enormes cargados de frutos del tamaño de cerezas. Evidentemente, no me los puedo comer, pero los tupidos arbustos sin espinas me ofrecen refugio. Me tumbo boca abajo y me arrastro por debajo del matorral, tirando de la mochila. Cuando llego a lo que creo que es el centro, coloco la hamaca en el suelo y me dejo caer en ella, tapándome con la tela de malla para calentarme. No veo lo que hay fuera, así que espero que nadie me vea aquí dentro. Da igual, no voy a ir a ninguna parte. Me paso varias horas alternando entre escalofríos violentos y sudores febriles que me dejan empapado. Siento pinchazos de dolor en los músculos, y la cabeza como si estuviera atrapada en uno de los tornillos de banco de Tam Amber. Me pregunto vagamente si algunos de mis compañeros estarán experimentando lo mismo. No han sonado cañonazos desde los dos que atribuí al envenenamiento. Es posible que ahora mismo haya otros tributos por ahí tirados, como yo, esperando a expulsar el resto del veneno. Al margen de lo que haya pasado, los Vigilantes no parecen haber soltado mutos ni hecho nada por juntarnos. Después de veinte muertes el primer día, nos recompensan con un respiro de la matanza. Están satisfechos con nuestra actuación. Cuando cae la noche, el himno retumba por toda la arena. Reúno fuerzas para arrastrarme hasta el borde del arándano y, al levantar la vista, veo la bandera de Panem proyectada en el cielo. Ha llegado el momento de las fotos en recuerdo de los tributos muertos, una pista muy poco habitual sobre nuestra situación en los Juegos. Hoy han sido veinte. Extiendo los dedos sobre la tierra y presiono con uno por cada muerte. Después de quedarme sin dedos dos veces, sabré que ha acabado y cómo les ha ido a los novatos. Cuando aparece el primer tributo caído, me fijo en el traje, verde moco, y sé que es una chica del Distrito 1. Carat, creo que se llamaba. Después pasamos a Urchin, el chico del Distrito 4 que me derribó del carro con su
tridente. Me alivia ver que no ha caído nadie del Distrito 3, sobre todo Ampert. Un chico y una chica con la ropa naranja del Distrito 5 suben a cuatro el número de víctimas entre los profesionales. Una de mis palomas, Miles, el chico que no podía respirar en la ducha, aparece a continuación, y se me cae el alma a los pies. Después del Distrito 5, no quedan más profesionales. Eso significa que, aparte de Miles, las otras quince muertes de hoy son de novatos. Las veo pasar. Una segunda paloma, Velo, del Distrito 6. Los dos chicos del 7. Todos los niños del 8. Todos los del 9. Las dos chicas del 10. Tile, el chico del 11. El meñique de mi mano izquierda permanece levantado. Queda un tributo. ¿Será otro chico del Distrito 11 o uno de los míos? Wyatt. Wyatt Callow, al que se le ha acabado la suerte. No puedo creerme lo mucho que me impacta, lo mucho que me duele. Hace unos cuantos días, ni siquiera lo quería de aliado. Pero, en realidad, no era mal chico. Solo procedía de una familia despreciable. En el Distrito 12 no sentirán demasiada compasión por ellos. «¿Cómo van las apuestas, señor Callow? ¿Ha sacado hoy dinero con su hijo?». Poca gente se lo va a decir, pero los demás tampoco silenciarán a quien lo haga, porque su comportamiento ha sido repulsivo. Me pregunto cómo habrá muerto Wyatt y, de inmediato, estoy seguro de que ha sido protegiendo a Lou Lou como nadie lo ha protegido nunca a él. Lo que me incluye a mí. Salí corriendo y dejé a los novatos para que se las apañaran solos. Sé que era preciso para llevar a cabo el plan de Beetee, pero eso no hace que me sienta mejor. Al pensar en el sacrificio de Wyatt y en cómo el Capitolio nos enfrenta a unos contra otros en esta preciosa arena envenenada, me invade la furia. Los Juegos deben terminar. Aquí. Ahora. Cada muerte refuerza la importancia de que el plan de la arena tenga éxito. «Céntrate», me ordeno, y lucho contra la niebla mental. Recuerdo que todos los chicos del Distrito 9 están ya muertos. ¿Habrá logrado Ampert uno de sus girasoles antes de que el aerodeslizador recogiera los cadáveres? Si no, ¿qué podemos hacer? No servimos de nada sin esos explosivos. Puede que tampoco con ellos, pero sin ellos estamos listos.
El cielo se oscurece. Se terminó el espectáculo. Me arrastro de vuelta a mi hamaca, abrazo la mochila y tiemblo hasta dormirme. Cuando despierto a última hora de la mañana, me encuentro mirando a un par de ojos verde claro. Uno de los conejos grises se ha ocultado en el matorral y está a pocos metros de mí. Puede que sea un conejo normal al que han lanzado a este espeluznante lugar y esté tan asustado como yo. Podría estar acostumbrado a sus cuidadores humanos, y quizá me haya buscado porque tiene hambre y ha descubierto ya que las plantas, la hierba y todo lo demás es tan venenoso como el agua. No me vendría mal un compañero astuto. Saco una manzana, le arranco un trocito con los dientes y la dejo con mucha cautela frente a mi nuevo amigo. Al cabo de un momento, se acerca, menea el hocico y empieza a mordisquearlo. Me doy cuenta de que así puedo comprobar si las manzanas de mi mochila son tóxicas, y me siento fatal por pensarlo porque la verdad es que les debo una a los conejos. El que me despertó en la plataforma y el que sacrificó su vida para advertirme. Espera un momento, ¿estoy diciendo que el animal sabía que el agua era venenosa y decidió protegerme? ¿Que este conejo de aquí haría lo mismo? Vale, vale, sé que estoy poniendo demasiada fe en los conejitos. Pero… tampoco quiero que uno de mis últimos actos en esta vida sea acabar con un aliado, sobre todo uno de color paloma. Por suerte, no muere, así que me abalanzo sobre mi manzana, que está buenísima, y eso me ayuda a evaluar mi situación. Así que ayer murieron veinte. Cuatro profesionales. Dieciséis novatos. Los datos no son buenos. Aunque no sea Wyatt, sí soy capaz de calcular que antes doblábamos en número a los profesionales, mientras que ahora estamos igualados. Puede que seamos más listos, pero nos están aplastando con la fuerza bruta. Temo que la teoría de Ampert no resista demasiado bien en la práctica. Aunque quizá ahora que ha terminado el baño de sangre la capacidad intelectual de los novatos y su unidad les ofrezcan algo de ventaja. —Encuentra a Haymitch. —¡Ay! Me doy en la cabeza con un enredo de ramas de arándano al oír el susurro. —Encuentra a Haymitch.
Unas manitas me rodean las botas y la cara de Lou Lou, salpicada de sangre seca y tierra, se materializa sobre ellas. —Lo encontré —dice. El conejo sale disparado y tengo que resistir el impulso de seguirlo. ¿Lou Lou? No forma parte del plan. ¿Cómo me ha encontrado? ¿La están siguiendo? De repente, mi arbusto ya no me parece seguro. —Hola, Lou Lou —le digo, intentando sonar tranquilo—. ¿Estás sola? ¿Están los demás contigo? —Montaña. ¿Solo estamos nosotros, entonces? ¿Todos los demás corrieron hacia la derecha cuando yo corrí hacia la izquierda? Lou Lou me tira de las botas para que la siga y después sale de entre los arbustos gateando de espaldas. Sin saber qué me voy a encontrar, abandono mi escondite con el cuchillo y la lanza preparados, pero a nuestro alrededor todo parece tranquilo y vacío. Puede que ambas manadas hayan ido de verdad hacia la montaña. Tras examinar rápidamente la zona inmediata, se descubre el misterio de cómo me ha encontrado: he roto varias ramas al meterme en el matorral y, lo que más vergüenza me da, el pañuelo se me quedó enganchado en una y está ahí colgado, como un cartel de bienvenida. La ilusión de que había logrado camuflarme con éxito es una tontería. He tenido suerte de que ningún profesional pasara por aquí. Incluso la aparición de Lou Lou supone un problema para un granuja decidido a ganar. Sin embargo, dije en mi entrevista que los novatos estaban «a salvo conmigo al cien por cien». Y se supone que ella es de mi distrito. Supongo que puedo cuidarla, al menos hasta que aparezca Ampert y tenga que volar el depósito. Llegados a ese punto, esa sería mi única prioridad. Lou Lou levanta la vista hacia el manzano y canta en voz baja para sí: Sinsajo que estás en la rama, dormido en el manzano, es tiempo de cosecha, así que vuela, vuela, vuela, es tiempo de cosecha, así que vuela y llévame alto.
La niña va a coger una manzana, pero le sujeto la mano. —No no, esas no. Esas son manzanas malas. Aquí tengo una buena. Saco una manzana roja reluciente de mi mochila y la siento para que se la coma. No lleva provisiones propias. Como siempre, ataca la comida con voracidad. Evitar que coma la fruta letal va a ser un trabajo a tiempo completo. Es asombroso que haya llegado viva hasta aquí. Supongo que la pradera era segura y quizá no se fijara en la fruta mientras era de noche. A juzgar por la tierra de su ropa, ha estado durmiendo en el suelo. Pelo un par de huevos duros para los dos. Se me ocurre preguntarle por Wyatt, pero es bastante probable que haya presenciado su muerte, quizá incluso que lleve su sangre encima, y no quiero desestabilizarla. —¿Quién te dijo que me buscaras, Lou Lou? Ella se da un golpecito en la oreja mala. —Encuentra a Haymitch. Eso me para en seco. ¿Los Vigilantes? ¿Por qué iban a querer que me buscara? No puede ser bueno. —Asesinos —añade Lou Lou mientras se tira de la sangre seca de la mejilla. Se termina su huevo y, sin pedir permiso, también el mío. Después empieza a rebuscar en mi mochila y saca una patata. Se la quito con delicadeza. —Para después. Para la cena. Pero la dejo beberse toda el agua que quiera porque temo que se abalance sobre un arroyo en cuanto me descuide. Ya está drogada y tiene el cerebro lavado; el colmo sería que también enfermara. Está claro que su llegada me ha puesto un palo en la rueda. No sé si seré capaz de encargarme de mi parte del plan con ella detrás, pero no puedo abandonarla en el bosque para que los profesionales la destrocen. Como dijo Wyatt, ahora es nuestra. Para bien o para mal, forma parte de la misión del depósito. Humedezco su pañuelo y le limpio la cara. —Vamos —le digo—. Vamos a buscar tu serpiente. La idea la anima y se levanta de un bote. Usando el sol para orientarme, la conduzco al norte. Tengo dos tareas por delante antes de reunirme con Ampert, lo que podría ocurrir en cualquier momento. Primero, encontrar
una piedra que pueda soltar chispas y confirmar que mi eslabón sirve para hacer fuego. Después, localizar un portal de mutos, seguramente debajo de un caballón, que sirva de entrada a los túneles. Mientras caminamos, estoy pendiente de las piedras. Lo mejor sería pedernal, pero Lenore Dove me dijo que valdría cualquiera que soltara chispas. El suelo del bosque resulta no tener piedras de ningún tipo, pero creo haber visto algo, un dibujo de piedras de colores… brillando al sol… ¡El arroyo! Eso es. Cuando estaba vomitando en sus aguas, recuerdo haber visto las piedras relucientes titilando. Pero el agua… será venenosa. ¿Es buena idea arriesgarme a meter la mano para sacar una? Como veo que Lou Lou demuestra demasiado interés por un frambueso, la distraigo con otra manzana y me escabullo hasta un arroyo cercano. Con la punta de la lanza, suelto algunas piedras del fondo y las empujo hacia la orilla. Las limpio con hojas, les echo un poco de agua limpia, les doy unos toquecitos para sacudirles el agua y las recojo. Regreso con Lou Lou justo a tiempo de evitar que se coma el frambueso entero. Le doy los trozos de la patata cruda que mordí ayer y me como yo también unos pedacitos para calmar el estómago alterado. No tardamos en acabarla. Las piedras se secan deprisa al sol del mediodía y se las doy a Lou Lou para que las lleve, insistiendo en la importancia del trabajo, aunque en realidad es para mantenerla ocupada. Después de desatarme el eslabón del cuello, lo sostengo entre las manos y dejo que los rayos de sol bailen sobre la cabeza de pájaro y la cabeza de serpiente. Me permito pensar un momento en Lenore Dove, imaginármela en la Pradera entre su bandada de gansos o viéndome en el antiquísimo televisor que Tam Amber consigue mantener en funcionamiento. No en la plaza, donde cualquiera puede reunirse para ver las enormes proyecciones de los Juegos, sino en privado, en la casa rara y torcida de la Bandada. Encerrada por sus tíos. Desconsolada pero sin rasguños ni golpes ni lesiones, a salvo en casa. Se me ocurre fingir que acabo de darme cuenta de que he llevado un eslabón a la arena, pero, como ya he recogido las piedras, no resultaría demasiado creíble. Así que decido volver a la idea del granuja y reconocer que se la he colado a los Vigilantes. Un granuja, no un rebelde. Solo un gamberro que intenta ganar los Juegos.
—¿Ves esto, Lou Lou? Nos va a permitir comer caliente. Vamos a empezar con esa piedra rosa. Lou Lou saca la piedra rosa de nuestro alijo y me la pone en la mano abierta. Yo cojo el eslabón con la otra y pruebo, recorriendo con el borde de acero del encendedor la superficie del guijarro. Nada. Tras tres intentos más, sé que no sirve. —Verde —le pido a Lou Lou. Pero saltan tan pocas chispas como con la primera. A medida que avanzamos con la pila, empiezo a desanimarme. ¿Y si no hay una sola piedra que eche chispas en toda la arena? Cuando se lo mencioné a Beetee me dijo que era «posible» que las hubiera. Sin embargo, no volvió para confirmármelo, lo que me llevó a pensar que encontraría alguna. Si no, todo el plan se va a la porra y solo me queda esperar a que Snow me mate. Me deja la última piedra delante, un cristal largo de color gris embarrado. ¿Cuarzo, quizá? La restriego con ganas, tirando de la piedra hacia atrás para no quedarme corto. Una lluvia de chispas sale volando para decirme que hemos encontrado una buena. Lou Lou aplaude y yo dejo escapar un resoplido de alivio. —Esta noche, patatas asadas —le prometo, sonriente. Como los mutos no nos han atacado de inmediato, supongo que los Vigilantes han decidido dejar pasar mi gamberrada. Le da un poco de vidilla inofensiva a los Juegos. Seguro que mis patrocinadores también están enviándome algún que otro dólar. Como Mags y Wiress saben que ahora tengo que alimentar a Lou Lou, espero que baste para algo con lo que acompañar las patatas. A Lou Lou se le escapa un bostezo tremendo y, sin más, se acurruca como un gatito y se queda dormida. Es tan rápido que me pregunto si los Vigilantes la estarán drogando otra vez, aunque quizá sea que no ha descansado mucho desde que llegamos. Intento despertarla sacudiéndole un poco el hombro, pero se limita a fruncir el ceño y mascullar algo. ¿Ahora qué? No puedo cargar con ella, no en estas condiciones, ni tampoco puedo abandonarla. Ahora es tan buen momento como otro para asar esas patatas, supongo… Primero, tengo que encender una fogata. Doy un par de vueltas, sin alejarme mucho de Lou Lou, para recoger las agujas de pino, astillas y
ramas más secas que logro encontrar. Es una estrategia que me enseñó Hattie: aléjate de la madera verde o mojada para minimizar el humo. No tiene sentido avisar de que estás incumpliendo la ley, aunque todo el mundo lo sepa ya. Por el camino, tengo la oportunidad de examinar algunos caballones. Los montículos parecen uniformes, de unos dos metros y medio de diámetro, medio metro en la parte de arriba, y forman círculos perfectos. Sin embargo, cada uno tiene su propia flor, identificada con una plaquita de latón en la base, como en la mansión de Plutarch. Como este es el jardín de los Vigilantes, es probable que no sea sensato confiar en él, aunque leo las placas de todos modos, con la esperanza de encontrar pruebas. Croco, lirio atigrado, pensamiento. Intento no pensar en lo que se oculta bajo algunas de ellas, esperando para atacarme. Una de ellas me llama la atención: dictamo. En el patio de la Bandada hay un maravilloso batiburrillo de plantas con flores recogidas del bosque a lo largo de los años y plantadas frente a su casa sin orden ni concierto. De finales de marzo a noviembre, puedes contar con que haya al menos una planta en flor, y Lenore Dove suele adornarse con ellas el pelo cuando actúa. Aunque nunca del dictamo. «Es demasiado peligroso», me dijo, y me demostró por qué acercando una cerilla encendida a un tallo de flores violeta claro. Dejaron escapar una llamarada instantánea que desapareció en un segundo, aunque las flores siguieron intactas. «¡Imagínate si eso me pasara en la cabeza!», exclamó entre risas. Con algunos pedazos del cartón de los huevos, consigo una llamita muy deprisa. La alimento con agujas de pino y ramitas hasta que consigo una fogata en condiciones. Casi no brota humo, así que la mantengo viva echándole madera seca. No tengo suficientes cenizas para asar las patatas hasta que pasa una hora. Coloco tres entre las brasas y me siento a esperar. Un cañonazo lejano me avisa de la muerte de otro tributo. Ya hemos perdido a veintiuno, así que quedan veintisiete. ¿Profesional? ¿Novato? No tengo forma de saberlo hasta esta noche. Cuando las patatas ya están blandas, despierto a Lou Lou y nos las acabamos en un momento, junto con dos huevos más. Me siento muchísimo mejor, como si se hubiera absorbido el resto del veneno, y ella tiene los ojos brillantes después de su siesta. Tras considerar la posibilidad
de apagar el fuego, decido que mi agua es demasiado valiosa, así que lo dejo morir poco a poco, algo que Hattie jamás me permitiría. Con una sola chispa todo puede acabar en llamas, me decía, pero, si con esto incendio toda la arena, bienvenido sea. Me siento más optimista después de mi éxito con el eslabón. Ahora, a buscar mi portal. Hay tantos que no creo que todos ellos oculten un portal de mutos que conecte con un túnel del Sub-A. Beetee dijo: «Haced lo que podáis por localizar un portal de mutos siguiendo a los que se alejen después de un ataque». Como todavía no he identificado ningún muto, sigo avanzando hacia el norte en busca de posibles candidatos. Lou Lou cree que buscamos a su serpiente, lo que la mantiene concentrada mientras se me adelanta trotando a un ritmo razonable. Con el paso de las horas, casi me olvido de ella, más pendiente de vigilar lo que nos rodea por si hay algún peligro al acecho y de repasar mis técnicas de colocación de bombas del Distrito 12. Fuego a mecha, mecha a detonador, detonador a explosivo… Su chillido de placer me devuelve a la arena. Sale disparada hacia un caballón cercano cubierto de flores de color escarlata. No sé por qué esas en concreto, porque las demás las miraba con indiferencia. La persigo, pero llega primero a la loma y se mete entre las plantas, aplastando las hojas y enterrando el rostro entre los pétalos rojos. Localizo la placa y me relajo un poco. Conozco esta planta, reconozco el aroma, algo mentolado. Incluso recuerdo haber ayudado a Burdock a recoger algunas para Asterid, que las usaba para preparar medicinas para la botica. Bergamota. Una planta curativa. Crece silvestre en nuestras montañas y está claro que Lou Lou también la reconoce. El pan de semillas, el humo de la vela y, ahora, estas flores… Todo eso debe de transportar a Lou Lou de vuelta a casa, no sé cómo. Mi nana decía que los olores son lo que más se te graba en la memoria, más que los sonidos o las imágenes. ¿No me llevó la sopa de alubias con jamón de vuelta al Distrito 12? La respiración de Lou Lou es tan profunda que ha empezado a jadear y, por muy buenos que sean los recuerdos, decido que ha llegado el momento de sacarla de ahí. Dejo mis cosas en el suelo y acabo de rodearle la cintura cuando empieza a toser. Después de sacarla del terraplén, se sienta en
cuclillas y deja escapar un sonido ahogado. Un polen amarillo la cubre de la cabeza a los pies y, primero, pienso que es alérgica a la bergamota, así que le mojo el pañuelo y empiezo a limpiarla. —Respira, Lou Lou —le digo para calmarla—. No son más que flores. Pero nada es nada más que nada en esta arena y, cuando empieza a brotarle sangre de los ojos, la nariz y la boca, lo que me recuerda a nuestro querido presidente, sé que me equivoco. —¿Lou Lou? —grito—. ¡Lou Lou aguanta! Se derrumba sobre mí y la sostengo cuando empiezan las convulsiones. No puedo hacer más que observarla, de nuevo impotente. Igual que cuando no pude salvar a Louella. Por un instante, ambas se funden, Lou Lou y Louella. Es esa niña con coletas que conozco de toda la vida y haría lo que fuera para librarla de esto. La piel se le pone azul. —Ya basta —suplico a los Vigilantes. Podrían acabar con esto pulsando un botón. Podrían dejarla inconsciente, como en la entrevista, enviándole esta vez una dosis letal de sedante a través de su bomba. Ahorrarle esta muerte atroz. Pero su agonía continúa y me enfurece. —¡Basta! —grito—. ¡No es vuestro juguete! Doy con la bomba oculta bajo su camiseta y la rodeo con los dedos. De un fuerte tirón, la libero.
Fin del capítulo