Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha
Capítulo 15
Segunda Parte: El granuja
La noche parece a la vez interminable y demasiado corta. Estoy despierto pero exhausto cuando Mags viene a despertarnos. Nos lavamos y nos ponemos los trajes de entrenamiento, dado que no nos vestirán hasta que estemos en las cuadras de la arena. Sé que a Maysilee no le hace ninguna gracia que abandone a los novatos. Como ofrenda de paz, le dejo en la mano el regalo de cumpleaños de Beetee, el kit para convertir una patata en luz, cuando vamos de camino a la cocina. Aunque no me dice nada, se lo guarda en el bolsillo. Hay un desayuno abundante y caliente, pero Wyatt y yo solo somos capaces de darle unos cuantos bocados porque la comida se nos pega a la garganta, y Maysilee solo quiere café. Por otro lado, Lou Lou se come una montaña de tortitas que le llega a la altura de la cabeza y un montón de beicon a puñados, lo que nos confirma que está demasiado ida para saber lo que le espera durante los próximos días. Supongo que es una bendición. Qué indefensa parece sin su serpiente… Wiress nos da algunos consejos de última hora y después es como si se bloqueara. Mags nos abraza uno por uno y dice que pase lo que pase, hemos estado increíbles. Sabe que al menos tres de nosotros no volveremos. ¿Qué más puede decir? Se acabó la farsa. Nos lanzan cada vez más deprisa hacia el inevitable momento en el que sonará el gong. Toda la preparación previa (los disfraces, el entrenamiento, las entrevistas) no era más que una distracción del verdadero objetivo: hoy algunos de nosotros morirán.
Drusilla se pasa por el piso para completar su último acto de acompañamiento oficial, que consiste en asegurarse de que nos registren y nos metan en la furgoneta. No sé dónde se ha guardado Maysilee el paquete, pero no se lo encuentran. Una vez encadenados, se nos acerca una mujer de bata blanca y nos inyecta algo en el antebrazo. No es necesario que nos diga que se trata de un dispositivo de seguimiento, un cacharro electrónico que permite a los Vigilantes localizarnos en la arena. —¿Qué pasa si ganamos? ¿Nos lo quitan? —pregunta Wyatt. —Recogemos los de todos los tributos, vivos o muertos —responde la mujer—. Son reutilizables. Por supuesto, este año hemos necesitado veinticuatro más. «Gracias por recordárnoslo». Drusilla se pone de pie en la parte de atrás de la furgoneta. —De acuerdo, chicos —dice—. Intentad no avergonzarme. Maysilee se la devuelve por última vez. —Como si necesitaras nuestra ayuda para eso. Drusilla cierra con un portazo. Nos llevan hasta una especie de pista donde nos esperan media docena de aerodeslizadores. Después nos meten en un compartimento sin ventanas y nos amarran a los asientos frente al Distrito 11. Parecen tan aterrados como nosotros. La única que está muy tranquila es Lou Lou. Entonces ve el símbolo que lleva Chicory (una flor tejida con hierba) y se queda embelesada. Empieza a hacer leves movimientos con la mano mientras canta con voz susurrante: Florecilla que, junto a mis pies, entre el maíz veo crecer, la cosechadora está aquí, así que agáchate, agáchate, agáchate, la cosechadora está aquí, así que agáchate si quieres ver amanecer. Chicory reacciona con sorpresa. Se dirige al resto de nosotros, ya que el estado mental de Lou Lou le impide responder. —¿Cómo es posible que conozca esa canción? ¿La cantáis en el Distrito 12?
Como soy la autoridad en canciones de nuestro distrito por haber pasado tanto tiempo con Lenore Dove, niego con la cabeza. —Es una canción infantil sobre la temporada de la recolección —dice Chicory—. Es nuestra canción. Mira con atención a Lou Lou, intercambia una mirada con sus compañeros del 11 y canta: Sinsajo que estás en la rama… Lou Lou recoge el testigo de inmediato. … dormido en el manzano, es tiempo de cosecha, así que vuela, vuela, vuela, es tiempo de cosecha, así que vuela y llévame alto. —Entonces ¿cómo explicáis esto? —nos pregunta la chica. —No lo hacemos —responde Maysilee—. No es nuestra. La nuestra está muerta y ella es la sustituta que nos han mandado. Lo más probable es que sea del Distrito 11. Es lo que pensaban nuestras mentoras, vamos. Parece que le da igual que el Capitolio nos escuche. Tile, el más grande los tributos del Distrito 11, habla con voz tensa. —¿Y no os ha parecido que debíais mencionarlo? —No lo hemos sabido seguro hasta ahora —dice Wyatt—. Solo hemos procurado cuidar de ella. ¿De verdad importa si la sacaron del 11 o del 12? ¿Es que no estamos todos en el mismo bando? Lou Lou, sin hacer caso de nadie, se retuerce para intentar quitarse el cinturón de seguridad. —¿Sabéis quién es? —pregunto. Chicory niega con la cabeza. —Somos un distrito grande. Y quién sabe cuánto tiempo ha estado aquí, con ellos. —Se inclina hacia Lou Lou todo lo que le permiten las correas—. ¿Pequeña? ¿Cómo te llamas de verdad? Si uno de nosotros vuelve a casa, podemos decírselo a tu familia. Lou Lou vacila, intenta hablar, pero después se sujeta la oreja y chilla. Wyatt le coge la mano libre e intenta calmarla.
—Creemos que le han puesto algo en el oído para controlarla —les explica Maysilee. —Por eso queríais que tuviéramos cuidado con lo que decíamos — responde Chicory, atando cabos—. Nos están escuchando. —Se echa hacia atrás, con cara de tristeza—. Puede que los suyos la reconozcan. No lo digo, pero me da la sensación de que los suyos murieron hace tiempo, y, si siguen vivos, sería una tragedia verla solo para perderla de nuevo. La historia de Lou Lou no tiene ningún final feliz. Despegamos, lo que sería increíble en cualquier otra circunstancia, mientras que ahora solo sirve para revolverme más el estómago. Todo el mundo se calla un rato, y eso me da la oportunidad de prepararme mentalmente. Debería planificar mi estrategia en la arena, pero no dejo de pensar en Lenore Dove y en lo mucho que la quiero, y de preguntarme si estará ya en casa y cómo le irá. Y en mamá. Y en Sid. Burdock y Blair. Hattie. Antes de darme cuenta, ya estamos descendiendo. Cuando llegamos a la arena, nos escoltan directamente desde una plataforma de aterrizaje interior a un pasillo. No puedo ver el exterior, pero me da la sensación de que estamos bajo tierra; seguro que se trata del Sub- A. Vuelvo la cabeza a un lado y a otro para intentar quedarme con todos los detalles del lugar mientras recorremos un suelo de hormigón en curva. Hay tuberías de algún tipo a mi derecha y puertas a lo largo de la pared de la izquierda, que empiezan con cuatro marcadas con el número seis y continúan desde ahí. Cuatro de cada número en cada serie: 7, 7, 7, 7, 8, 8, 8, 8… Hay un buen trecho hasta que llegamos al número once e indican a Chicory que entre. Perdemos al resto de nuestros aliados del Distrito 11 y después un agente de la paz abre la primera puerta marcada con un número doce. Abro los brazos. Sin decir palabra, Wyatt y Maysilee se unen al abrazo de grupo. Lou Lou se mete serpenteando en el centro del abrazo y nos apretamos todos con más fuerza, sintiendo el pulso, el sudor y la piel de los demás. Dentro de diez minutos, ¿qué corazón seguirá latiendo? Al cabo de un momento, un agente dice: —Vamos. Nos van separando en nuestras respectivas habitaciones hasta que solo quedo yo. Antes de entrar, me fijo en la siguiente puerta del pasillo, que
tiene un uno. Un círculo de tributos para la ceremonia de inauguración. Estoy solo en un cuarto circular con un tubo transparente en el centro. Mi plataforma de lanzamiento. Una muda de ropa muy bien doblada me espera en una silla solitaria. Negra, como sospechaba Maysilee. El intercomunicador cobra vida. Una voz me saluda: —Bienvenido a tu sala de lanzamiento. —En casa lo llamamos el corral, el sitio en el que los animales esperan a que los lleven al matadero. La voz me indica—: Los tributos deben vestirse con su nueva ropa, cortesía del Capitolio. Cortesía del Capitolio. Mis pantalones cortos hechos con sacos de harina. Mamá. Sid. Me desnudo y dejo el traje de entrenamiento en el suelo. La ropa de la arena (interior, camiseta de manga larga, pantalones) tiene el mismo tacto que los viejos pañuelos de seda que usa Lenore Dove para darle color a sus vestidos. La tela, fina y fría, se me escurre entre las manos como si fuera agua. Hay un cinturón, aunque los pantalones no tienen hebillas, solo las veo en la camiseta holgada, así que lo ajusto a la cintura. Está hecho de un material elástico y, en vez de hebilla, se cierra con dos círculos metálicos que se enganchan y se sueltan con un giro rápido de muñeca. Cuando termino de vestirme, noto que me tiemblan las rodillas, así que me dejo caer en el asiento y escucho los latidos de mi corazón. Quedan pocos minutos para la arena. No recuerdo qué tengo que hacer. Oigo la voz de Wiress… Primero evita la matanza, consigue armas, busca agua. Agua. Eso. Se supone que debo ahogar el cerebro. ¿Qué? Más instrucciones. —Tributos, entrad en vuestro tubo, por favor. Me levanto como puedo justo cuando gira el pomo de la puerta y Effie Trinket entra a toda prisa en la habitación. —¡Un momento! ¡Todavía no! ¡Tengo que revisarlo! —Está blanca como la cal—. Hasta la hora de desayunar no me he enterado de que me tocaba hacerlo —me dice en voz baja—. Nadie encontraba a Magno. — Repasa a toda prisa mi traje y me ajusta el cinturón—. ¿Has visto esto?
Me enseña que llevo un pañuelo en uno de los bolsillos del pantalón; lo dejo donde estaba. —Gracias —consigo responder. —Los tributos que no estén en su tubo dentro de treinta segundos recibirán un castigo —dice la voz. —¡Vamos! —dice Effie, que me guía hasta el tubo y me coloca en el centro de una plancha de cristal. Después me saca el símbolo de debajo de la camiseta para que se vea por encima. Como veo que le tiemblan las manos, me atrevo a pedirle un favor. —¿Te podrías asegurar de que le envíen el símbolo a mi chica? Effie asiente y, solemne, le pone una mano encima. —Lo intentaré con todas mis fuerzas. —Da un paso atrás y la puerta empieza a cerrarse—. ¡Recuerda, Haymitch, no salgas de la plataforma hasta que pasen sesenta segundos! —Cuando la puerta se cierra, ella levanta un puño y añade—: ¡Y mantén una actitud positiva! Asciendo dentro de la plataforma y la miro a los ojos hasta que todo se vuelve negro y pierdo los nervios. Intento recuperarme pasando las manos sudorosas por los laterales del tubo de cristal. Entonces el tubo se acaba y me encuentro haciendo equilibrios sobre la plancha de cristal mientras una ráfaga de aire me golpea el rostro y la luz me ciega los ojos. Cuando se me acostumbra la vista, le echo el primer vistazo a la arena y arqueo las cejas, pasmado. Su belleza me deja sin palabras. —Damas y caballeros, ¡que empiecen los Quincuagésimos Juegos del Hambre! —proclama un locutor. Frunzo el ceño, suspicaz. Es demasiado bonito para que sea bueno. La pradera verde y suave que se extiende varios kilómetros en cualquier dirección. El despliegue de coloridos pájaros cantores que se oye por el cielo, a juego con las matas de alegres flores del suelo, a juego con la ropa que lucen los tributos. Un cielo tan azul que te quema los ojos y unas nubes tan esponjosas que dan ganas de saltar sobre ellas. ¡Y el olor! Como si hubieran embotellado el mejor día de primavera y lo acabaran de descorchar para nosotros. Dejo de respirar por la nariz y paso a hacerlo por la boca para evitar esta fragancia tan cautivadora. Intento examinar la Cornucopia dorada con
su nido de armas y suministros, que se encuentra en el centro de la pradera, a unos cincuenta metros, pero una ligera brisa me acaricia la cara y la canción de los pájaros me distrae al recordarme a Lenore Dove. Aquí también hay bosque, como en nuestro distrito, a lo lejos, a mi izquierda. A mi derecha, una montañita con una corona de nieve. ¿Estará ahí el depósito? ¿Bajo la montaña? Un conejito que es como una bola de peluche aparece saltando a mis pies y se pone a mordisquear la hierba junto a mi plataforma; tiene un pelaje gris pálido con reflejos lila y rosa. Un tono de gris paloma. Estoy a punto de alargar la mano para tocar su piel sedosa cuando, de repente, el conejo se asusta y sale disparado, lo que me devuelve a la realidad. «¡Céntrate! —me ordena el cerebro—. ¿Qué se supone que debes hacer?». «Primero evita la matanza, consigue armas, busca agua». Eso. Tengo que conseguir armas y salir de aquí. Pero ¿en qué dirección corro? Norte. Beetee dijo que fuera al norte. Y Plutarch dijo que el sol de la arena está situado en el mismo sitio que el nuestro. ¿Me lo creo? Pienso en cómo dejó que me despidiera de mi familia, en que me cubrió con lo de la jarra de leche y en la llamada a Lenore Dove… Vale, a la porra, ¡me lo creo! Wiress dijo que confiáramos en nuestros instintos, y el mío me dice que Plutarch no mentía. Si no localizo ningún caballón, quizá cambie de idea. Pero, por ahora… Son las nueve de la mañana y el sol está saliendo por detrás de la Cornucopia que tengo justo enfrente. Vale, ese es el este, el oeste a mi espalda, de modo que el norte está a mi derecha. ¡No! A mi izquierda. El norte a la izquierda. Donde está el bosque, no la montaña. Eso es bueno porque los tributos que se despliegan a mi derecha son casi todos profesionales: Silka en la plancha de al lado, después Panache y la otra chica y el otro chico del Distrito 1; después el Distrito 2, mientras que a mi izquierda solo hay novatos. En general, el Distrito 1 está demasiado cerca para mi gusto, pero seguro que quieren armas y víctimas más de lo que quieren perseguirme, sobre todo si yo estoy armado y hay otras presas más fáciles. Localizo a Ampert y a los otros tributos del Distrito 3 atrapados
entre los distritos 2 y 4, y tengo que reprimir el impulso de correr a protegerlos. Ampert no querría que lo hiciera. Querría que me largara a buscar un portal de mutos y me reuniera con él lo antes posible. Él también se dirigirá pronto al norte. Me centro en una mochila de color verde intenso cerca de la punta del cuerno de la Cornucopia. Puedo correr en diagonal hacia ella, agarrar unas cuantas armas por el camino o, por lo menos, un cuchillo, y, con suerte, desaparecer antes de que nadie se dé cuenta. Puede que funcione porque todo el mundo parece muy desconcertado. Veo que Panache se vuelve hacia un pájaro amarillo narciso que se ha encaramado a su hombro y ha empezado a piar. Entonces suena el gong y la suela de mis botas nuevas se pega a la hierba de la pradera cuando salgo corriendo a por la mochila. Sin apenas frenar, recojo una lanza con la mano izquierda y un cuchillo con la derecha, que uso para enganchar la correa de la mochila. Me permito echar un rápido vistazo atrás, lo que basta para confirmarme que los profesionales llegan tarde a la fiesta; algunos siguen en sus plataformas, mientras que otros han salido despacio y acaban de llegar a las armas. Mientras corro hacia el bosque, me encuentro un segundo con la mirada de Kerna y me fijo en su girasol, antes de que ella también salga corriendo a por un arma. Después, me limito a correr hacia esos árboles lejanos. Los gritos solo tardan unos minutos en empezar, pero me obligo a seguir mi carrera, sabiendo que ver a un tributo del Distrito 12 o a cualquier novato a las puertas de la muerte podría empujarme a la refriega. ¿Era Lou Lou la que gritaba? Era una chica, y pequeña, seguro. «No mires atrás —me digo—. No te atrevas a mirar atrás». Me duele el brazo derecho por el peso de la mochila, así que me tomo un momento para echármela a la espalda y meterme el cuchillo en el cinturón. Ahora, con la lanza en la mano derecha, avanzo a un ritmo que creo ser capaz de mantener a largo plazo. La hierba de la pradera, que era corta e irregular incluso en la Cornucopia, aumenta de altura a medida que avanzo, hasta que es tan alta que se me enreda en las botas si no levanto bien los pies, así que lo hago y vigilo por si aparecen serpientes. Solo veo flores, pájaros cantores y, de vez en cuando, un conejo. Nada venenoso ni letal.
Repaso la lista de Wiress. «Primero evita la matanza». Eso hago. «Consigue armas». Las tengo. «Busca agua». Todavía no puedo. No hasta que esté a salvo en el bosque, y entonces tendrá que ser de camino al norte. Suponiendo que la encuentre deprisa, ¿qué hago después? «Comida y refugio hay que encontrar». No, demasiado pronto. Todavía estamos en la fase de evitar la matanza. Lo siguiente es acercarme todo lo posible al depósito y encontrar un portal de mutos. Pero estoy satisfecho con mis avances. Corro durante todo el tiempo que puedo y después paso a caminar usando la lanza como bastón. Ahora la hierba me llega a la cintura. Más adelante, el bosque rodea la pradera formando un arco limpio. Los árboles frondosos, una mezcla de verdes con estallidos de dorado y naranja, cargados de flores radiantes y fruta madura, me prometen todo lo que busco: sombra para protegerme del calor del sol, comida para llenarme la barriga, refugio para esconderme de los profesionales. El embriagador aroma a pino y flores que emana del bosque me calma los latidos del corazón. Encantador, seductor… Esas palabras no le hacen justicia. Tiene algo casi mágico, como si, una vez dentro de esos brazos verdes, nada malo pudiera pasarte. Así es como deben de sentirse los insectos dentro del nepenthes, justo antes de ahogarse. Que puede ser lo que me espera cuando estalle el depósito. Cuando llego a los árboles, calculo que he cubierto unos tres kilómetros. Me subo a una roca grande para ver si localizo a algún tributo, pero la extensión de hierba parece vacía, tanto de aliados como de enemigos. Empiezan los disparos del cañón, lo que significa que ha
terminado el baño de sangre en la Cornucopia. Lo normal es que disparen para confirmar cada muerte, pero al principio de los Juegos son todas tan seguidas y tan rápidas que los Vigilantes esperan a que termine la masacre inicial. No dejo de oír cañonazos que me resuenan en la columna hasta que cuento dieciocho muertos. Hasta esta noche, cuando muestren en el cielo los rostros de los tributos caídos, no sabré quiénes son. Pero solo hay dieciséis profesionales, así que los novatos no se han librado. Es probable que muchos sean novatos. Intento no pensar en ello, pero podría ser Maysilee o Wyatt o Lou Lou o Ringina o Ampert… ¿Y si ya han acabado con Ampert? ¿Qué pasa entonces con el plan? Era una presa fácil para esa gran manada de profesionales… «¡No! —me digo—. No. Es demasiado listo. Te encontrará. Tú ocúpate de tu parte del trabajo». Me siento en la roca para recuperar el aliento y examinar la mochila. Después de tantos años cargando con el grano para Hattie, creo que acierto al calcular que pesa unos once kilos. Está hecha de una lona resistente y han acolchado las correas. El tono verde debería camuflarse bien entre los árboles. Vacilo antes de abrirla (puede que mi vida dependa de lo que haya dentro) y después aparto la solapa para examinar mis provisiones. Una hamaca de redecilla del mismo color que la mochila sirve de colchón para unos prismáticos. Dos contenedores de plástico con unos cuatro litros de agua cada uno. Son los culpables de gran parte del peso. Una docena de manzanas. Una docena de huevos en un cartón; los hago girar para confirmar que están cocidos. Y, finalmente, seis patatas grandes, lo que me emociona hasta que recuerdo que le di mi kit de bombilla a Maysilee. Bueno, es más probable que a Wyatt y a ella no los pillen haciendo trampas con las cosas de Beetee, teniendo en cuenta que, entre los dos, tienen una moneda de zinc y un medallón de cobre. Con suerte, también tendrán patatas. En cuanto a mí, creo que serán mi cena. La verdad es que dado el tamaño de la mochila y su proximidad a la Cornucopia, esperaba algo mejor. Sigo rebuscando dentro para asegurarme de que no se me ha escapado nada. Un bolsillo exterior contribuye con un generoso paquete de pastillas negras, del tamaño de monedas. Se me ocurre que, si las echo en agua, quizá se conviertan en un filete a la plancha o algo así, pero descarto la teoría con un mordisquito cauteloso. Si no me
equivoco, son las mismas pastillas de carbón que mi nana compraba en la tienda de los March para su indigestión, cuando comía demasiado. Un mal chiste por parte de los Vigilantes, dado que ningún tributo corre peligro de empacharse. Seguro que se están partiendo de risa al ver mi reacción. En fin. Quizá pueda usarlas para camuflarme o lo que sea. Me bebo un buen trago de agua y vuelvo a llenar la mochila. La comida está prohibida hasta que me haga una idea de lo que puede ofrecerme el bosque. Me aseguro de tener la montaña justo detrás y me dirijo a los árboles. Es un alivio salir de la hierba de la pradera y pisar la tierra y las agujas de pino del bosque. Las zonas de musgo verde esmeralda y el arcoíris de helechos le dan un bonito toque a la decoración. En pocos minutos, localizo el primer caballón, liso y simétrico, con una gloriosa capa de ranúnculos encima. Parece que, al menos, Plutarch acertó sobre eso. ¿Servirá para esconder un portal de mutos? Ahora no tengo tiempo para averiguarlo y, de todos modos, no estoy lo bastante al norte. El bosque es tan perfecto como la pradera, lleno de detalles dulces y coloridos, pero, cuanto más avanzo, más me cabreo. ¿Ese árbol? Cargado de manzanas. ¿Esos nidos? Repletos de huevos. Y abundan los arroyos que borbotean agua cristalina. Todo lo que llevo en la mochila es fácil de encontrar. Es probable que encuentre patatas si escarbo un poco. ¿Es que mi mochila entera era un chiste? Aquí estoy, tirando de once kilos de más como si fuera imbécil. Parte de mí siente la tentación de vaciar el contenido en el suelo, pero entonces tendría que perder tiempo recolectándolo todo de nuevo, así que sigo arrastrando los pies y me fijo en los caballones que hay por el camino. Oigo otros dos cañonazos. Veinte muertos. En unos Juegos normales, solo quedarían vivos cuatro tributos. Este año, quedamos veintiocho. Cuando empiezo a sentir sed, me detengo junto a un arroyo. Apoyo la mochila en un árbol y recojo el agua helada con las manos. Sabe un poco metálica, aunque no tanto como el agua de pozo de casa. De todos modos, freno un poco, porque beber demasiada agua fría en un día de calor puede darte dolor de barriga. Mientras estoy sentado con la espalda contra la mochila, un conejo de color paloma aparece dando saltitos al otro lado del arroyo y bebe con
ganas. Se sienta en la orilla, meneando las orejas, y yo caigo en que de vez en cuando he ayudado a Burdock a montar trampas. Pero no tengo alambre. Y ¿sería capaz de matar a una criatura que me recuerda a mi chica? Le estoy dando vueltas a eso cuando el conejito se pone a chillar como un polluelo, se queda tieso como una tabla y cae muerto. Un hilillo rojo le mancha el pelaje de la barbilla.
Fin del capítulo