Amanecer en la cosecha

Capítulo 14

Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha

Capítulo 14

Segunda Parte: El granuja

Me agarro con fuerza al teléfono y cierro los ojos. Estoy de vuelta en las montañas. La rodeo con los brazos e inhalo el olor a madreselva de su pelo. En aquel momento también había estado llorando, aunque no por algo que hubiera hecho yo, sino porque acababan de colgar a un hombre y nos habían obligado a todos a mirar. Sin embargo, estábamos allí, en lo alto de las colinas, solos salvo por no uno, sino dos arcoíris que cruzaban el cielo. Lenore Dove a veces llora porque el mundo está lleno de belleza y no dejamos de fastidiarla. Porque el mundo no tiene por qué ser tan aterrador. Es culpa de las personas, no del mundo. —¿Haymitch? —Sí, soy yo. Estoy aquí. ¿Desde dónde llamas? —Estoy en la base de los agente de la paz. Me han detenido. Eso me devuelve de golpe al invernadero. No es madreselva lo que huelo, sino el tenue aroma a rosas y carne putrefacta que brota del nepenthes. Mis brazos no pueden protegerla, solo rodear aire vacío. —¿Que te han detenido? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Es por mis bromas sobre los agentes que compran licor blanco? ¿Están pagando con ella mi rebeldía? —Anoche. Por tocar. Supongo que me volví un poco loca cuando te dieron ese uno en el entrenamiento. Llevé mi concertina al Edificio de Justicia. Todavía no habían desmontado el escenario, así que toqué unas cuantas canciones. No hace falta que me diga cuáles: «El ganso y el pueblo», «La tienda del Capitolio» y «El árbol del ahorcado». Está prohibido tocar en público

cualquiera de las tres. Clerk Carmine y Tam Amber se tienen que estar volviendo locos. Y comparto su exasperación y su miedo. —Ay, Lenore Dove, ¿estás bien? ¿Te han hecho daño? —No, solo me han traído aquí. Es menos por lo que he tocado que por cómo ha atraído a la gente. Este año está todo el mundo muy enfadado, han sido muchos niños. Necesitaban un sitio en el que juntarse y alzar la voz. A veces duele demasiado para soportarlo solos. Así que no ha sido ella sola la que se ha desahogado con su música delante del Edificio de Justicia. Se ha reunido una multitud. Se han cantado canciones prohibidas. —¿Te han dicho de qué se te acusa? —Alterar la paz o algo así. Y, ya sabes, «Si no hay paz, no hay nada». El cerebro me va a toda velocidad. Alterar la paz no es sedición. Es algo de lo que pueden acusarte cuando te emborrachas y revientas unas cuantas botellas, cosa que ocurre todo el tiempo en el Distrito 12. No es que Lenore Dove haya formado parte de una gran conspiración, así que, con suerte, no usarán sus métodos para obligarla a hablar. Solo la verán como una chica de dieciséis años que no sabe controlar sus emociones y acaba de perder a su novio en la cosecha. Puede que le quiten la concertina un tiempo o que la encierren hasta que acaben los Juegos del Hambre, cuando todo se calme. Espero que no la metan en el cepo de la plaza, que fue lo que amenazaron con hacerle cuando tenía doce años. Pero aquello fue hace cuatro años, y la Bandada tiene algunos fans entre los agentes de la paz, así que eso podría jugar en su favor. Mucho depende de lo que alborotara el público y de cómo lo vea el comandante de la base. Seguro que no le he hecho ningún favor a mi chica presumiendo de venderle licor blanco a ese hombre. Puede que ahora se sienta obligado a ser más duro con ella. —¿Hubo pelea? ¿Se rompió algo? —pregunto. —¿Qué más da? —exclama ella—. Me soltarán mañana por la mañana, pero tú te vas a la arena. —Noto un alivio tremendo. La van a dejar salir. Solo es un tirón de orejas—. Nada de lo que me ocurra importa un pimiento. Y no quiero pasarme nuestros últimos momentos hablando de si se ha roto algo. Salvo mi corazón… ¿Qué te parece eso? Está enfadada y, probablemente, a punto de echarse a llorar de nuevo. —Ay, Lenore Dove… Siento mucho haberlo fastidiado todo.

Porque lo hice. Los agentes no la habrían tomado con ella solo por intentar ayudar a la madre de Woodbine. Al menos, no por norma general. —¿Tú? ¡Pero si la culpa de que estés ahí es solo mía! Y sé que te han puesto esa puntuación por mí. Es como si te hubiera matado yo misma, y no puedo vivir con eso. Entonces ¿está haciendo todo lo posible para que la maten? Ahora soy yo el que está enfadado. —¡Eso es una mentira que te estás contando, así que para ya! Si yo no hubiera perdido la cabeza, tú habrías acabado con unos cuantos moratones, pero los dos estaríamos en casa. —No, cariño, no fue eso lo que pasó. Me pasé, como siempre me advierten mis tíos que no haga. Me enfurecí, empecé a gritar y ahora tú… Ay, Haymitch… No quiero seguir en este mundo sin ti. —¿Así que estás intentando que te cuelguen? Como lo hagas, te juro que… que… —¿Que qué? Estaré muerto y punto, no podré hacer nada. Pero ahora mismo me siento tan impotente que haré lo que sea por conseguir que cambie de idea. No sé qué pasa cuando uno muere, aunque Lenore Dove cree que nada muere nunca y que solo pasamos de un mundo a otro, igual que cuando la Bandada iba de una ciudad a otra—. Como en una de tus canciones, te juro que mi fantasma perseguirá a tu fantasma y no le dará ni un momento de descanso. —¿Me lo prometes? —pregunta, algo más esperanzada—. Porque, si cuento con eso, creo que podría soportarlo. Pero lo que no soporto es… ¿Y si no volvemos a estar juntos nunca? —Siempre estaremos juntos —respondo con convicción—. No sé cómo, no sé dónde, no sé nada, pero es lo que me dice el corazón. Tú y yo nos encontraremos, cueste lo que cueste. —¿Lo crees de verdad? —Sí. Aunque no si te empeñas en que te maten, eso es una estupidez. Creo que eso lo mandaría todo a la porra. Sigue viva, toca tus canciones, ama a tu gente, vive lo mejor que puedas. Y yo estaré ahí, en la Pradera, esperándote. Te lo prometo. ¿Vale? —Vale —susurra—. Lo intentaré. Eso te prometo yo. Plutarch agita la mano para llamarme la atención y se da un toquecito en el reloj. Se acabó el tiempo.

—Lenore Dove, te quiero más que el fuego a las brasas. Eso es para siempre. —Y yo a ti. A ti y a nadie más. Como los gansos, yo me emparejo de por vida. Y también después. Para siempre. Tengo que decir que no, que no se pase la vida llorándome, que ame a quien quiera, pero ahora mismo no soporto pensarlo. Imaginármela besando a otra persona. Intento ser noble, obligarme a decirlo, cuando la línea se corta sin previo aviso. —¿Lenore Dove? ¿Lenore Dove? Se ha ido. Esta vez, para siempre de verdad. Pero está a salvo. Dejo la cabeza de cisne en su sitio, como si tumbara en su cama a un niño dormido, despacio y con ternura. Adiós, mi amor. Y es ahora cuando me pregunto cómo ha sido posible esta llamada. Nunca he oído de ningún tributo que haya podido hablar con alguien de casa desde el Capitolio. Miro a Plutarch a los ojos. —¿Lo has organizado tú? Se encoge de hombros. —Tengo un viejo amigo en el Distrito 12. —¿Por qué has hecho eso por mí? —pregunto con perplejidad genuina —. Imagino que podrías meterte en un buen lío. —Sí, cierto. Si alguien lo descubre, es posible que mi próxima comida consista en una gran bandeja de ostras envenenadas. Pero me he arriesgado porque necesito que confíes en mí, Haymitch. Y, lo más importante, necesito que confíes en la información que voy a darte. Estoy completamente perdido. —¿Qué información? —Sobre cómo romper la arena. Eso me detiene en seco. ¿Plutarch? ¿Plutarch conoce el plan de la arena? Tiene razón, no confío en él y, ahora, tampoco confío en el puñetero plan. ¿Acaso nos grabaron a Beetee y a mí durante el apagón, aunque las cámaras no funcionaran? No costaría pinchar aquel sitio. ¿Había micrófonos en el ramo de verdura de esta noche? De ser así, Plutarch podría estar trabajando para el Capitolio, intentando sacarme más información y matar a todos los involucrados. Ha organizado la llamada de Lenore Dove para que confiara en él, para que le contara mis secretos.

—No tengo ni idea de qué me hablas. —De acuerdo. Eres listo. No confíes en mí. Solo escucha lo que tengo que decirte y, cuando estés en la arena, ya verás si te resulta útil. Levanto las manos, perplejo. —¿Seguro que no te equivocas de tío? —Vale, tú escucha. No tengo ningún permiso de seguridad importante, pero mi primo conoce a un aprendiz de Vigilante que acaba de graduarse en la universidad y quiere salir del programa para trabajar en la televisión. Hace unas noches me gasté una fortuna para emborracharlo. Lo más destacable que le saqué es que el sol de la arena está sincronizado con el nuestro. —¿Es que no lo está siempre? —A veces. Depende de la arena. Puede haber varios soles o ninguno. La razón por la que esto es importante es que, como el sol sale por el este, podrás orientarte. Beetee dijo que el depósito estaba en el norte. Si es cierto, lo que acaba de contarme es esencial, pero me hago el indiferente. —Supongo que es lo que habría supuesto, de todos modos. —Otra cosa: hace un año o quizá dos, un comité de Vigilantes pidió permiso para visitar nuestro invernadero y los jardines. Los Heavensbee somos conocidos por nuestra colección de plantas raras con flores. Les enseñé todo y salí de la habitación para pedir que sirvieran el té. Los oí debatir sobre abrir los caballones. —¿Caballones? —Así llama nuestra jardinera a esos montículos de tierra. —Señala por la ventana, donde unos globos colgantes iluminan un pequeño terraplén cubierto de flores—. Planta arbustos y flores en ellos. Y si los Vigilantes piensan abrirlos en la arena, es porque va a entrar algo, va a salir algo o ambas cosas. Mutos. Intenta decirme que los portales de mutos van a estar ocultos por caballones de flores. Sin embargo, me limito a responder: —Me has perdido por completo, la verdad. —Claro que sí. Una última cosa. Desde la perspectiva del Capitolio, los Juegos son nuestra mejor propaganda. Vosotros, los tributos, sois nuestras estrellas. La lleváis a cabo. Pero solo si nosotros controlamos la narrativa.

No lo permitas. —Plutarch me agarra por los hombros y me sacude un poco—. Se acabó la sumisión implícita, Haymitch Abernathy. Vuela en mil pedazos ese depósito de agua. El país entero te necesita. No puedo evitar pensar en la orden de mi padre a Sarshee Whitcomb. ¿No es mucha carga que echarme a las espaldas? O nos arreglas esto o te vas a enterar. Effie aparece corriendo en la puerta. —¿Señor Heavensbee? Oh, aquí está. Drusilla quiere que ayude con las fotos de Louella. La serpiente le roba cámara. Plutarch deja escapar una risita. —Nunca trabajes ni con niños ni con animales, señorita Trinket. Vamos, Haymitch. —Y puede que no sea asunto mío, pero está siendo muy dura con Maysilee —añade Effie. —Bueno, Maysilee tiene dieciséis años y unos pómulos maravillosos, dos cosas que Drusilla no tendrá jamás. —Lo sé, es triste, aunque la admiro por intentarlo. —Effie se lleva las manos a la cara—. Supongo que yo también debería empezar a intentarlo. —Bah, todavía te quedan unos cuantos años. —Todos mis amigos han empezado ya con el mantenimiento. El problema es que odio las agujas. Mientras Plutarch tranquiliza a Effie, los sigo de vuelta a la biblioteca e intento comprender su comportamiento. Si trabaja para el Capitolio, no creo haberle dado nada que pueda usar contra nosotros ni haber confesado estar implicado en algo. Pero, si no es el lacayo de Snow, y sabe algo del plan y está intentando ayudarnos… ¿Qué pretende? Oigo el eco de sus palabras: «Quiero que sepas que, a pesar de lo que pueda parecer, el deseo de libertad no se limita a los distritos». ¿Estaba dando a entender que él, que disfruta de riqueza, poder y privilegios, no es libre? ¿Libre para hacer qué? Puede que para no tener que vivir temiendo que Snow le envenene las ostras, para empezar. Pienso en la vergüenza de Vitus por su abuelo, que era simpatizante de los rebeldes. Aquí parece ser la norma, pero ¿quién era su abuelo? Un ciudadano del Capitolio que se puso del lado de los distritos. Y alguien de aquí tiene que haber ayudado a Beetee a cambiar los símbolos. Es posible

que Plutarch esté en el ajo. No lo sabré con certeza hasta que llegue a la arena y les eche un buen vistazo a esos caballones, si es que existen. De vuelta en la biblioteca, Lou Lou está soplando las velas e inhalando con ansia las volutas de humo que brotan de las mechas quemadas. El olor me lleva de vuelta a casa por un momento, a las noches oscuras, a lo último en lo que piensas antes de meterte bajo las sábanas, a salvo. ¿Conjurará el humo el mismo recuerdo para Lou Lou? ¿Como pasó con el bollo con semillas? ¿Algo profundo y lejano, un hogar en el Distrito 11 en el que alguien la cuidaba y la quería? Wyatt la convence para que se siente frente a la cámara, y después yo poso para un par de fotos. Nos enseñan los resultados, y son mil veces mejores que las que nos sacaron con los disfraces de mineros, encadenados a la parte de atrás de la furgoneta. De nuevo, como en la presentación de la cosecha, es gracias a Plutarch. Decide que puede dirigirnos a todos a la vez para los propos que se emitirán a lo largo de los Juegos, y así no tiene que repetirse. —Dejad que os ponga al día con lo que hemos estado hablando Haymitch y yo. «Sí —pienso—. Será mejor que me pongas al día». —Vamos a empezar con lo básico —dice Plutarch—. Las emociones son lo que guía a la opinión pública. Las personas tienen una respuesta emocional a algo y después buscan una razón lógica que explique por qué tiene sentido. —No creo que eso sea muy inteligente —dice Wyatt, que parece molesto. Seguro que, con su cerebro de calculadora, la idea lo horroriza. —Bueno, no he dicho que sea inteligente, sino que es cierto. Si conseguís que la audiencia os compadezca, encontrará una razón intelectual para convencerse de que sois los tributos que debe apoyar. —Pero nos odian a todos —replica Wyatt—. Se entretienen viéndonos matarnos entre nosotros. Plutarch agita una mano para descartar la idea. —Ellos no lo ven así. Apoyar los Juegos del Hambre es su deber patriótico. —Lo que tú digas. Somos sus enemigos —dice Maysilee.

—Claro, pero tienen que animar a alguien. ¿Por qué no a vosotros? Esta noche, los novatos habéis hecho un gran trabajo posicionándoos como unos adversarios dignos de los profesionales. De hecho, creo que, curiosamente, la audiencia del Capitolio os encuentra mucho más interesantes porque no intentáis fingir que sois como ellos. —Porque no parecemos lameculos del Capitolio, vamos —concluye Maysilee. —Exacto. Hace un tiempo que en el Capitolio les preocupa mucho que los ciudadanos de los distritos aspiren a colarse aquí. No es que les falte base para pensarlo, sobre todo en lo que respecta a los distritos 1 y 2, que trabajan muy de cerca con nosotros. El lujo y el ejército, ya sabéis. Hay gente nacida en el Capitolio y destinada allí que tiene familias mixtas y ahora quieren traerlas. Pero vosotros sois de los distritos y no pedís disculpas por ello. Para que aumente el rechazo a los profesionales tenéis que convencer al público de que esos tributos apoyan los Juegos e intentan ser más del Capitolio que los del Capitolio. De higos a brevas, una chica de la Veta se enamora de un agente de la paz y acaba embarazada, lo que también provoca el rechazo de la gente del Distrito 12. Sin embargo, allí nunca se ha hablado de que el bebé vaya al Capitolio. En la mayor parte de los casos, el padre reniega de la criatura y lo envían a otro distrito. —Llamarlos «profesionales» hace que todavía parezcan mejores que nosotros —dice Maysilee—. Tenemos que ponerles un apodo estúpido. —¡Insultos! ¡Excelente! —exclama Plutarch—. Ordinario pero eficaz. —«Haymitchita pica pica». Pues sí. Ordinario pero eficaz—. Pero tiene que ser un apodo que los llame estúpidos sin que sea estúpido en sí. Necesitamos un juego de palabras. Algo ingenioso, que rime o que sea pegadizo. Pero no vulgar, que es un espectáculo para todos los públicos. Vamos lanzando ideas. «Lameculos». «Pelotas». «Chaqueteros». «Farsantes». «Traidores». «Quiero y no puedo». Nada funciona del todo. —Necesitamos una imagen que salga de la vida real —dice Maysilee—. Por eso nos quedamos con pollino novato. Necesitamos algo que sea una mala copia de otra cosa. Como el endulzante artificial que usamos para nuestros caramelos cuando hay poco azúcar de verdad. Pero peor. —Leche en polvo —dice Wyatt.

—Cuero falso —ofrece Effie. Pienso en la cerveza que venden en la tienda del Capitolio, aguada, agria y floja. Bromean diciendo que con un barril entero no se emborracharía ni tu abuela. —Aguachirri —propongo. Todos se ríen. El nombre en sí es la broma. —Oye, aguachirri profesional —dice Wyatt—. Suena bien. —Me parece que hemos dado con algo —dice Plutarch—. Haymitch, ¿por qué no empiezas tú? Ya has introducido el tema del alcohol ilegal. A la gente le encantó. Fue uno de los momentos más memorables de la noche. Preparamos una pequeña entrevista en la que él me pregunta por mis contrincantes y yo respondo: —Bueno, en el Distrito 12 somos expertos en libaciones… —Finjo sacudir una mota de polvo de mi chaleco de copas de cóctel antes de seguir hablando—. Así que los llamamos aguachirris profesionales. Ya sabes, porque son mucha espuma y poca cerveza. Jugamos con la idea y cambiamos «poca cerveza» por «poca pegada». Después nos inventamos dichos similares. Maysilee elige «mucho presumir y poco lucir», ya que le va la moda, y a Wyatt se le ocurre algo que pega con las apuestas, «mucho farol y pocos ases». La verdad es que Lou Lou no está como para inventarse nada, así que nos decidimos por un clásico de confianza: «Perro ladrador, poco mordedor». Wyatt consigue que lo diga una sola vez delante de la cámara. La serpiente enseña los dientes justo cuando dice «mordedor», así que no necesitamos más. Plutarch parece muy contento y dice que va a poder editar las grabaciones para montar unas propos muy chulas. Suspira al mencionar las herramientas que se abolieron e inhabilitaron en el pasado por su capacidad para replicar cualquier escenario usando a cualquier persona. —¡Y en cuestión de segundos! —Chasca los dedos para enfatizar su velocidad—. Supongo que hicieron lo correcto, teniendo en cuenta la naturaleza humana. Casi nos borramos de la existencia sin ellas, así que ya os podéis imaginar. Pero, ay, ¡las posibilidades! Sí, es asombroso que sigamos por aquí. Teniendo en cuenta la naturaleza humana.

La serpiente de Lou Lou desaparece y estamos a punto de ir en su busca cuando Plutarch se fija en el reloj de la repisa de la chimenea y nos manda hacia la puerta. —Da igual, da igual. Tenéis que acostaros. Mañana es el espectáculo. Mientras nos acompaña entre los retratos de los Heavensbee, empieza a hablar de que tenemos que conseguir que todos vuelvan a subirse al carro, lo que, según explica, quiere decir que la gente esté deseando unirse a algo popular, aunque a mí me recuerda a la Bandada yendo por ahí en su carromato, que era un carro de verdad. Cuando llegamos a la furgoneta, que nos espera, Plutarch nos desea buena suerte. Todavía no sé qué pensar de este hombre, pero quizá arriesgara de verdad la vida para regalarme unos momentos escasos y preciados con Lenore Dove y, quizá, su información demuestre ser útil en la arena. ¿Quién sabe si será capaz de ayudarnos de algún otro modo una vez que empiece el «espectáculo»? En cualquier caso, es mejor estar de buenas con él. Le ofrezco la mano. —Gracias por toda la ayuda, Plutarch. La acepta, satisfecho. —Bueno, soy una persona despreciable en muchos aspectos, pero en esto estoy de vuestra parte. Supongo que pronto lo averiguaremos. De vuelta en el piso, Mags y Wiress nos han preparado una gran cena (estofado con todos sus aditamentos), pero tengo tantas mariposas en el estómago que no me cabe mucho. Nos elogian por nuestra interpretación y por el maravilloso trabajo que hemos hecho con los novatos, aunque me da la sensación de que poco ha sido cosa mía. Al menos, no la he cagado. Me siento bien hasta que llega la hora de dormir y Maysilee me dice: —¿Es verdad? ¿Vas a ir por tu cuenta? Al parecer, Wellie ha corrido la voz. —Saqué un uno, Maysilee. Van a por mí. A Wyatt y a ti os irá mejor sin mí. No menciono a Lou Lou porque no creo que le vaya a ir bien de ninguna manera. Wyatt asiente; seguro que está calculando las probabilidades.

—Mi cabeza dice que tienes razón, pero… —Confía en tu cabeza. Soy una mala apuesta para vosotros. —Si no formara parte del plan para inundarlo todo, ¿sería tan altruista? ¿O me aferraría a la seguridad del grupo? Odio tener que separarme de ellos—. Mirad, ¿quién sabe qué va a pasar ahí dentro? Puede que nuestros caminos acaben por cruzarse. Pero no puedo obligaros a pagar por mis decisiones. —Vale —dice Maysilee—. Así que volvemos a estar como en el tren. No nos quieres de aliados. —No quiero a nadie —aclaro. Es muy solitario lo de ir por libre. Ojalá poder contárselo todo. Lo del plan. Lo de haber hablado con Lenore Dove. Lo de la advertencia de Snow y el amanecer de Plutarch. Pero eso solo serviría para que me plantearan más preguntas y, al final, habría problemas, así que lo dejo ahí. No quiero a nadie. Luces apagadas. Lou Lou se queda frita en un segundo, mientras que los demás damos vueltas y nos revolvemos mucho. No dejo de soñar con Lenore Dove y de despertarme de golpe. La canción de su nombre se parece demasiado a la realidad. En ella, un tipo pierde al amor de su vida, Lenore, y se vuelve loco de lo mucho que la echa de menos. Entonces, aparece en su casa un cuervo viejo y enorme que no quiere marcharse y, siempre que él le pregunta algo al pájaro, el animal se limita a decir «nunca más», lo que, como cabe imaginar, lo vuelve más loco todavía. «Dile a esta alma postrada por la pena si, en el lejano Edén, se unirá a la santa doncella a la que los ángeles llaman Lenore, Lenore, a la insólita y radiante doncella a la que los ángeles llaman Lenore». El cuervo dijo: «Nunca más», y se calló. Lenore Dove me contó que los ángeles son humanos con alas que viven en un sitio que se llama cielo. Me dijo que alguna gente cree que es un posible destino tras la muerte. Un buen mundo al que va la gente buena. Pero, en mi cabeza, en estos momentos, Lenore Dove es el ser alado. Si existe algo después de esta vida que estoy a punto de perder, ¿volveré a estar con ella? Como el tipo de su canción, me gustaría saberlo, sí. Sin

embargo, el cuervo no nos da la respuesta que a ambos nos gustaría escuchar.

Fin del capítulo

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