Amanecer en la cosecha

Capítulo 13

Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha

Capítulo 13

Segunda Parte: El granuja

—¡Effie! —exclama Proserpina, que se lanza a los brazos de la recién llegada. Effie le da unas palmaditas en la espalda. —¡Bueno, no voy a dejar que mi hermanita pequeña… ni sus amigos fracasen por culpa de un haragán que no ha hecho su trabajo! Todo el equipo de preparación prorrumpe en aplausos, se echa a llorar o ambas cosas mientras la rodea. Ella acepta la adulación, aunque después se pone seria. —Escuchad todos. Lo que sucede aquí es más grande que nosotros. Como bien sabemos, los Juegos del Hambre son una ceremonia sagrada en recuerdo de los Días Oscuros. Muchas personas perdieron la vida para garantizar la paz y la prosperidad de nuestra nación. Y esta es nuestra oportunidad…, no, mejor dicho, ¡es nuestro deber honrarlas! Bueno, se ha tragado de cabo a rabo la propaganda del Capitolio, pero al menos nos ha traído zapatos decentes. Empieza a abrir la cremallera de las bolsas. —Cuando me llamaste, Prosie, al principio no sabía qué hacer, y entonces pensé: «¡La tía abuela Messalina!». —¡La tía abuela Messalina! —grazna Proserpina—. ¡Nunca tira nada! —Hay muchas cosas viejísimas, pero, por suerte, los estilos de la época de la guerra vuelven a estar de moda —explica Effie. Sostiene en alto un vestido de encaje negro con guantes a juego—. Y hay un montón de negro porque había muchos funerales. —¡Eres… un genio…, Effie… Trinket! —balbucea Vitus.

—Hay que reconocer que ha sido un gran momento de inspiración — dice Effie—. No os preocupéis, chicos, que el tío abuelo Silius tampoco se quedaba atrás en lo que a trapos se refiere. De eso no cabe duda y, lo que es mejor aún, era más o menos de la talla de Wyatt y mía, así que solo hay que hacer algunos arreglos. Encontramos un esmoquin para él y un traje de tres piezas con un chaleco elegante bordado con copas de cóctel para mí. Lo ideal para un granuja. O un fabricante de alcohol ilegal. Cuando añado un par de amplios zapatos de charol y unos gemelos con una bola ocho en la camisa de seda blanca, estoy hecho un pincel. —Para ser hay que parecer —dice Effie, que me da una palmadita de aprobación en el hombro. Al menos, las Trinket no son crueles, solo ingenuas, lo que es una gran mejora con respecto a Drusilla y Magno. Las chicas también están estupendas: Lou Lou con el vestido de encaje negro bien prendido con alfileres para que le entalle y Maysilee con un vestido de terciopelo con un hombro al aire, una boa y los guantes de encaje negros. Sé que nos están poniendo guapos para el matadero, pero, al menos, ahora quizá consigamos patrocinadores. —Nadie se creería que son del Distrito 12. Ha sido muy amable por parte de tu tía prestarte todo esto —comenta Vitus. —Bueno, nos lo debe después de tirar por los suelos el apellido Trinket. Tardaremos años en recuperarnos —dice Effie, que arruga la frente—. Con que la mitad de lo que se cuenta sea cierto… Vitus la rodea con un brazo para consolarla. —A los antepasados no se los elige —le dice, y después susurra—: Mi abuelo era simpatizante de los rebeldes. —Tú ganas —reconoce Effie—. ¡Pero mírate ahora! Cuando Drusilla sale de la cocina, se queda mirando nuestra ropa. —¿Qué ha pasado aquí? —¡Mi hermana! —exclama Proserpina, que le da un codazo a Effie para que se adelante. —Bueno, ha sido un privilegio vestirlos para Panem —dice con modestia.

El rostro de Drusilla pasa por un amplio registro de emociones: confusión, alivio, admiración…, pero lo que gana al final es el rencor. —No podemos dejar que Magno se adjudique todo el mérito. Tú te vienes con nosotros —dice, agarrando a Effie del brazo—. Y le voy a contar a todo el mundo que tú eres la responsable. —Pero si ni siquiera tengo un pase para estar entre bambalinas… — protesta Effie. —Eso sí que puedo remediarlo, por lo menos. —Drusilla agita una mano para que vayamos hacia la puerta—. Venga, vamos a intentar llegar a tiempo, aunque sea por una vez. Proserpina le pone un estuche de maquillaje a Effie en la mano. —¡Retoques! —Estoy en ello —le promete Effie—. ¡Por todos! —Mira con preocupación a Lou Lou, que enseña los dientes—. Para ti, puede que un tono de pintalabios un poco menos intenso. —Y suavizar el colorete —dice Maysilee. —Exacto —coincide Effie. Por un momento, no son más que dos chicas con la misión de embellecer el mundo. Effie le pasa una polvera para que le dé su opinión—. Estoy pensando en melocotón, ¿no? —Mucho mejor. —Espera. —Effie alarga una mano y le quita una pluma rota de la boa —. Ya está. Perfecta. —¿Me he maquillado bien las pestañas? —Sí, pero las tienes tan largas que te van a dar problemas. —Effie mete la mano en la bolsa de maquillaje y saca una esponjita—. Llévatela, por si se corre. Drusilla tira con tanta energía de Effie hacia el ascensor que se le cae el estuche de maquillaje al suelo. Se abre de golpe y los tubos de colores ruedan por la moqueta naranja tostado. Me agacho para recogerlos y se los devuelvo a la chica, que parece un poco sorprendida. —Gracias, Haymitch. Muy amable por tu parte, sobre todo teniendo en cuenta tus circunstancias. —Bueno, gracias por traernos ropa de vestir. —Os merecéis estar muy guapos esta noche —contesta Effie—. Y creo que sois todos muy valientes.

No es que tengamos otra opción, pero me gusta que alguien lo reconozca. En la furgoneta, inspirado por el estilo del tío abuelo Silius, decido apostar por el tema del alcohol. Imagino que fabricar licor ilegal entra en la categoría de lo que el Capitolio considera travieso, no peligroso. A juzgar por la multitud de la ceremonia de inauguración, casi toda esta gente se bebe hasta el agua de los floreros, así que deberían sentir afinidad por un crío que se salta la ley para que a su distrito no le falte alpiste. De todas maneras, es lo mejor que se me ocurre para presentarme como un granuja y, además, es cierto, al menos en parte. No quiero meter en líos a Hattie, así que decido fingir que lo hago yo solo. Empiezo a agobiarme con el plan de romper la arena, sobre todo porque todavía no conozco el orden de los acontecimientos ni cómo van a meter los explosivos en ella. Mags y Wiress tienen permiso para acompañar a Drusilla, así que Beetee también estará allí con sus tributos. Las entrevistas se televisan desde un auditorio con capacidad para unas dos mil personas. Drusilla nos explica que no habrá retardo en la transmisión, dado que este público no se va a amotinar, por lo que ella no podrá arreglarlo si la liamos. Qué gracia tiene. Cuando le entregan el orden oficial, se escabulle para charlar con Caesar Flickerman, de modo que sepa cómo enfocar nuestras entrevistas. Al alejarse, masculla: —Bruja, calculador, lunática, granuja. Nos llevan a una sala de espera entre bambalinas a la que llaman salón verde, aunque está pintado de blanco. Ya está lleno de mentores, acompañantes y estilistas que revolotean alrededor de sus tributos, que están todos bien aseados y vestidos con ropa de noche elegante del color de su distrito. Hasta el Distrito 1, que ya lucía trajes de gala en el desfile, se ha esforzado más y sus conjuntos de color verde moco, con largas colas y faldones traseros emplumados, necesitan el triple de espacio que los de los demás distritos. Effie los observa con ojo crítico y susurra: —¡Gracias al cielo que vuestro color es el negro! ¿Os imagináis tener que vestirlos a todos de peridoto? Ha sido un golpe de suerte. La verdad es que nuestro distrito tiene mucho más estilo y, por lo que sea, parece más letal. Quizá solo vea lo que quiero ver. Mi chaqueta y mi

chaleco tienen compartimentos ocultos y en el cinturón hay unas presillas adicionales que, según Effie, son para llevar armas decorativas. Ajá, decorativas. Y Effie descartó al instante la primera camisa que me probé por algo que se parecía sospechosamente a una mancha de sangre que no había salido al lavarla. Me pregunto si lo que la tía abuela Messalina y su marido hicieron para deshonrar a la familia estará relacionado con algún cadáver. Meterme en su pellejo esta noche me hace sentir un poco más peligroso. Beetee, rodeado de azul eléctrico, me mira y señala el bufé con un movimiento rápido de cabeza. Drusilla está ocupada asegurándose de que todos sepan que Effie se encargó de nuestra ropa, así que puedo decir que tengo sed y correr a la ensaladera del ponche. En la mesa hay exquisiteces de todo tipo, como zapatos de tacón de caramelo, caviar dentro de conchas marinas y cerdos en miniatura hechos con ensalada de jamón. No reconozco ni la mitad de los platos, pero sigo el ejemplo de una señora y unto una cucharada de queso de cabra en un cuadradito de guirlache de cacahuete. Sorprendentemente bueno. Estoy sirviéndome ponche cuando Beetee se acerca con aire furtivo. Coge unas pinzas plateadas enormes, se dirige a una escultura con forma de ramo de flores compuesta por verduras diminutas y empieza a escogerlas con una meticulosidad extrema. Es ridículo. —¿Es así más fácil que con los dedos? —le pregunto. —Intento no llamar la atención —responde en voz baja. Miro a mi alrededor y veo que varios agentes de la paz nos observan. Un par de ellos empieza a acercarse cuando se oye un alboroto en la puerta. Magno Stift entra en la habitación sosteniendo por encima de la cabeza una jaula llena de reptiles mientras grita: —¡Ya están aquí las lenguas más afiladas de la fiesta! Cuando los agentes se giran hacia mi estilista, Beetee arranca un rábano diminuto y habla rápidamente entre dientes. —Ve al norte. Ampert hará lo mismo cuando tenga el explosivo. Haced lo que podáis por localizar un portal de mutos siguiendo a los que se alejen después de un ataque. Cuando os reunáis Ampert y tú, entrad por uno para acceder al Sub-A, donde está el depósito. Hemos sustituido el cordón negro

del símbolo de Ampert por mecha, y el detonador está escondido en el trenzado. Le doy un buen trago a mi ponche y le echo un vistazo por encima del vaso al collar de Ampert. No se distingue en nada del que le hizo Maysilee y no hay ni rastro del detonador en el cordón trenzado. Beetee no me cuenta de dónde ha salido, pero los rebeldes deben de tener a alguien infiltrado que lo habrá introducido a través del control de seguridad, para después cambiarlo por el original. —Los cuatro girasoles del Distrito 9 ahora están hechos de explosivos —añade. —Pero sus girasoles son duros. El de Kerna se rompió contra el suelo. —Sí. Estos están cubiertos de goma laca. Humedécelos con agua y restriégalos entre las manos. La fricción ayudará a disolver la goma y el explosivo volverá a ser maleable. —¿El Distrito 9 conoce el plan? —No. Ampert le quitará el girasol a uno de ellos. —Se refiere a que se lo quitará cuando muera. Seguramente en el baño de sangre inicial—. O a más, si puede. Siempre viene bien tener repuestos. Y si Ampert no aparece… —dice Beetee, aunque se le rompe la voz; ambos sabemos por qué es posible que Ampert no sea capaz de llegar hasta mí. Examina un instante por debajo de las gafas un tomate del tamaño de un guisante—. También hemos sustituido el… Un revoloteo de gasa a la altura del codo me alerta de la presencia de las cuatro palomas del Distrito 6, que resplandecen con sus galas de color gris iridiscente. Beetee se aleja hacia una pirámide de albóndigas sin aclararme nada más; tampoco se ha despedido ni me ha deseado buena suerte. Wellie susurra. —Ampert dice que, cuando lleguemos a la arena, se supone que debemos juntarnos lo antes posible. ¿Es a propósito? Si Ampert se une a los demás, tendrá acceso a los tributos del Distrito 9 cuando mueran. Mientras tanto, yo tengo mi propia misión, que no incluye proteger a esta bandada. —Me parece un buen plan —coincido.

—Dice que quizá algunos de los tributos más grandes podáis conseguir armas primero —me dice Wellie. —Lo intentaré. —Pero no podré cuidar de ellos en la arena porque tengo que concentrarme en volar en pedazos el depósito o morir en el intento—. Mirad, voy a comportarme como un capullo integral en mi entrevista. Lo he preparado con mi equipo, pero yo jamás os haría daño, ¿vale? Ni a ninguno de los novatos. Os lo prometo. —Lo sabemos —responde Wellie con una mirada rebosante de confianza. Demasiada confianza. Tengo que distanciarme de ellos por el bien de todos. —Hay algo más —le digo—. Has visto mi puntuación, solo saqué un uno. Los Vigilantes me tienen enfilado. Es peligroso para vosotros estar cerca de mí. Así que estoy pensando en ir por mi cuenta. Wellie pierde la sonrisa. —Pero todos somos su objetivo. Te necesitamos. —No si atraigo a las manadas de mutos o me persiguen los profesionales. No me necesitáis. Y todos tenéis que entenderlo. Díselo a los demás, ¿vale? Al otro lado de la sala, Magno, con la mirada perdida, está arrinconado, pero ha conseguido abrirse hueco soltando una serpiente de dos metros y agitándola a su alrededor. —¿Dónde están mis tributos? ¡Tengo que vestirlos! La gente chilla y los agentes se agrupan para debatir sobre su plan para contenerlo. Drusilla parece encantada y grita: —¡Derribadlo! ¡Derribadlo! Sin embargo, antes de que los agentes de la paz, pistolas eléctricas en mano, puedan hacer su trabajo, Lou Lou da un paso adelante con las manos extendidas hacia la serpiente. —Mía —dice. Magno sonríe, esquiva sus manos, le rodea los hombros con la serpiente y le enrolla la cola alrededor del cuello. —Se lleva así —le dice. Lou Lou entrelaza el brazo con el cuello de la serpiente para que apoye la cabeza en el dorso de su mano y sostenérsela. Magno se inclina para

besar en la boca a la serpiente. Es la viva imagen de la locura: la niñita maltrecha y nuestro estilista drogado y depravado. Wyatt se acerca para recogerla y la rodea con un brazo para guiarla de vuelta al grupo del Distrito 12. Al parecer, la serpiente hace que Lou Lou se sienta más poderosa, porque al pasar junto a unos tributos que la triplican en tamaño, blande la serpiente y les sisea. Me uno a mi distrito justo cuando cobra vida el televisor del otro extremo del salón. En pantalla, una mano invisible escribe un enorme cincuenta con muchas florituras por encima de una imagen del escenario del auditorio, mientras una voz atronadora anuncia: —Damas y caballeros, bienvenidos a la noche de entrevistas de los Quincuagésimos Juegos del Hambre. Y aquí está nuestro presentador favorito: ¡Caesar Flickerman! Caesar desciende del techo encaramado a una luna creciente, contra un fondo de estrellas fugaces. Es un joven que luce un traje de un azul tan oscuro que parece negro, tachonado de bombillitas que lo hacen titilar. El traje no cambia nunca, pero cada año se tiñe el pelo de un color distinto; esta noche es del verde intenso de un pinar, y se ha pintado los párpados y los labios del mismo color. Lo del pelo y los ojos podría defenderse, pero los labios verdes remiten directamente a un hombre en proceso de descomposición. Tiene un aspecto malsano. El brillo de sus dientes, más blancos de la cuenta, al sonreír con complicidad al público solo sirve para recordarnos que tiene un cráneo bajo toda esa pringue. Tras desmontar con agilidad de la luna, abre los brazos y exclama: —¡Hola, Panem! ¿Empezamos con la fiesta? El público ruge para dar su aprobación. Aquí, en el salón verde, una joven Vigilante alinea a los distritos 1 y 2, y lee su orden de aparición. Salen por la puerta tras ella para esperar entre bambalinas. En pantalla, Caesar se embarca en una breve retrospectiva de los cuarenta y nueve Juegos anteriores, empezando por la versión espartana de los primeros años después de la guerra, cuando lanzaban a los tributos a un estadio bombardeado, donde les dejaban armas y poco más. Observo con atención cuando dice que los Décimos Juegos fueron un punto de inflexión, ya que ese fue el año en el que el Distrito 12 tuvo un vencedor,

pero solo mencionan la introducción de las apuestas, los patrocinadores y los drones desvencijados que soltaban comida y agua para los tributos. A partir de ese momento, los Juegos evolucionaron, desde un castigo puro y duro hasta un entretenimiento sin remilgos. El estadio original se abandonó, y los Vigilantes empezaron a usar escenarios ya existentes en la naturaleza o ciudades bombardeadas y demás, añadiendo una amplia variedad de mutos y armas. Los Vigésimo Quintos Juegos del Hambre, el primer Vasallaje de los Veinticinco, fue de una crueldad extrema, ya que los distritos tuvieron que elegir a sus propios tributos, en vez de dejarlo en manos de la cosecha. Otro Flickerman, de nombre Loco, fue el presentador, acompañado por los comentarios de una reliquia de mujer llamada Gaul, a la que se acredita la invención de la frase «Que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte» para dicho aniversario. La frase ha calado de tal modo que ahora se usa para desearle a alguien lo mejor, pero, si lo piensas, es lo más sádico que se le puede decir a un tributo, dado que sobrevivir es imposible para veintitrés de los veinticuatro niños. Para ese primer Vasallaje, los Vigilantes inauguraron la parte del Capitolio con un desfile de los tributos en cuadriga por las calles, todos vestidos con trajes que recordaban a su distrito. En vez de buscar una ubicación para los Juegos, construyeron una arena de un solo uso. Además, la Cornucopia hizo su primera aparición, cargada de armas y provisiones, lo que provocó un intenso baño de sangre cuando sonó el gong que daba comienzo a todo. Durante los últimos veinticuatro años han desvelado una nueva arena cada año, basándose en un entorno o un tema distinto, desde un desierto hasta un paisaje helado, pasando por el puzle reflectante de Wiress, al que llamaron el Nido de los Espejos. Caesar bromea con la audiencia sobre la arena del segundo Vasallaje de los Veinticinco. Se rumorea que dejará en ridículo a todas las arenas anteriores. «¿Se lo imaginan? No, no pueden. ¿Será fabulosa? Sí, por supuesto». Se me revuelve el estómago y me alegro de no ser el primero. También me alegro de que lo sea el Distrito 1. Cuando Caesar presenta a Silka, ella entra muy dispuesta, arrastrando cuatro metros y medio de cola de vestido verde moco.

—Puaj. Parece un caracol —comenta Maysilee en voz alta, lo que arranca bastantes risas nerviosas. En lo que de verdad piensa todo el mundo es en que Silka mide más de metro ochenta sin tacones y es capaz de lanzar un hacha al corazón de un maniquí a cuatro metros de distancia. Y de eso no podemos reírnos. Como este año somos tantos, las entrevistas se limitan a dos minutos y, cada cuatro distritos, habrá un intermedio al que Caesar llama «limpiador de paladar». Silka no pierde tiempo presumiendo sobre su tamaño, su fuerza, su lanzamiento de hacha y su diez. Ni siquiera se molesta en mencionar su alianza con los profesionales y, cuando Caesar los menciona, ella se limita a decir: —Sí, claro, ayuda contar con alguien para despejar el campo. Panache es el siguiente; entra pavoneándose y se para en tres ocasiones para posar y enseñarle los músculos al público. —¡Panache, del Distrito 1! —brama Caesar; después le pregunta—: Bueno, Panache, además de lo evidente, ¿por qué debería apoyarte la audiencia? —¡Porque soy el más grande, el más macizo y el mejor! —exclama él, y posa de nuevo. —Madre mía, ¡deberíamos asarte a la parrilla! —bromea Caesar. —Eso es. Soy todo carne, pequeñín —responde Panache, que le da una palmadita condescendiente en la cabeza a Caesar. Qué fácil es odiarlo. Se nota que el insulto ha hecho mella en el presentador, pero Caesar vive para esto. —¿Incluso el cerebro? —pregunta, maravillado. El público deja escapar risitas nerviosas. Panache parece desconcertado, hasta que comprende la pulla y se enfurece. —¡El cerebro no! Evidentemente es… masa gris. Caesar asiente, muy serio, como digiriéndolo, mientras la gente se parte de risa. Panache se pone rojo, y entonces recuerdo la ventanilla del tren, que no fue más que un observador inocente. Por un momento temo que destroce a Caesar, pero se controla y exclama: —¿Por qué no entramos en materia de una vez?

—¿En… materia? —balbucea Caesar—. Creo que ya hemos entrado en materia. ¡En materia gris! Los ciudadanos del Capitolio se vuelven locos, y yo también, hasta que recuerdo que no solo se están burlando de Panache. Se burlan de todos nosotros, los estúpidos lechones con garras de los distritos. Animales para su entretenimiento. No pasa nada por sacrificarnos para divertirse. Tan tontos que no merecemos vivir. Caesar calma al público e intenta regresar a la entrevista. —Va todo de buenas, Panache, todo de buenas. Yo suspendí Biología, no te digo más. Venga, cuéntanos, ¿cuál es tu arma preferida? —Los puños —responde él, y acerca uno a la nariz de Caesar. El presentador da un delicado paso atrás, vuelve la cabeza hacia el público y susurra en voz alta: —También son carnosos. Ahí se acaba todo para Panache. Enseñan primeros planos de personas muertas de risa, con las lágrimas corriéndoles por las mejillas mientras intentan recuperar el aliento. Caesar finge que intenta seguir con sus preguntas, pero retrocede de un salto cada vez que Panache lo mira y exagera su cara de terror para las cámaras. No soporto a Panache, pero esto no es justo. Suena un timbre para avisar de que se ha acabado su tiempo, así que no le queda más remedio que salir del escenario, acalorado y humillado. El resto de los tributos de los Distritos 1 y 2 parecen percatarse del peligro de que también los clasifiquen como bestias estúpidas, así que se esfuerzan por destacar sus proezas con las armas y las ventajas de pertenecer a la manada de los profesionales. Sin embargo, lo de Panache ha causado estragos y cualquier intento de presumir de músculos se gana una cómica mirada de soslayo de Caesar que entusiasma al público. Recuerdo que mi padre decía que, si consigues que la gente se ría de alguien, haces que parezca débil. Se refería a los peces gordos del Capitolio, aunque aquí también resulta ser cierto. Hasta el momento, no se ha mencionado a los novatos, pero Dio da comienzo a las entrevistas del Distrito 3 con la noticia de nuestra alianza y, con mucha generosidad, menciona a todo el equipo por su nombre, a todos y cada uno de nosotros, y expone nuestros talentos. Después sale Ampert

con su teoría de que a los tributos anteriores les lavaron el cerebro, de que el número de profesionales vencedores es desproporcionado y de que solo tenemos que unirnos para obtener un resultado diferente. Ni siquiera menciona sus propios atributos, pero no es necesario porque ha quedado tan claro lo espabilado que es que Caesar lo comenta en tono de aprobación. De hecho, el Distrito 3 entero ofrece una imagen de inteligencia, colaboración y compostura, en marcado contraste con los profesionales, y recibe muchos aplausos. El Distrito 4 ha llegado preparado para enseñar sus habilidades con el tridente y las redes, no para ofrecer estrategias sobre los novatos. Titubean al enfrentarse al rumbo que ha tomado la entrevista. «Esos chicos parecen muy listos, ¿no te parece?». «¿Crees que guardan más ases en la manga?». «¿Qué te parece que se hayan juntado tantos?». «¿Qué planes habéis hecho los profesionales para contrarrestar a los novatos?». Para cuando llega el primer limpiador de paladar, en el Capitolio están entusiasmados con los novatos. Mientras le enseñan al público algunos momentos destacados de la moda a lo largo de los Juegos, el Distrito 5 convoca una reunión de emergencia en el salón verde. Como es el único distrito de profesionales que queda, es su última oportunidad de exponer las ventajas de su alianza contra los novatos. El resto de la noche nos pertenece. El Distrito 9, a pesar de su compromiso con la alianza, tiende a seguir apartado de los demás. Tímidos, quizá, poco sociables. Me acerco para saludarlos y, de camino, examinar furtivamente sus girasoles. Veo que se han tomado el mismo trabajo con sus símbolos que con el de Ampert. Las grietecitas en la flor de Kerna son tan convincentes que me preocupa que no los hayan sustituido de verdad. No quiero esforzarme por llegar hasta ese depósito para encontrarme en el último momento intentando prender un pedazo de masa de harina y sal. Pero o confío en Beetee o no. Lo cierto es que él también se arriesga mucho al confiar en mí. Después del intermedio, el Distrito 5 hace lo que puede por destacar nuestros defectos. Se concentran en nuestro tamaño y la falta de entrenamiento, pero les falta un plan cohesivo para eliminarnos, seguramente porque son tan engreídos que no lo han creído necesario, y al

final se contradicen entre ellos. ¿Permanecerán en una sola manada o se dividirán? ¿Compartirán comida y agua? ¿Quién es el líder de los profesionales? ¿Lo seguirán? Preguntas básicas que está claro que jamás han debatido. Y, cuando no están seguros de las respuestas, vence la tentación de promocionarse individualmente. Estoy un poco preocupado porque los siguientes son mis palomas, que nadan en volantes de gasa, pero, en cuanto Wellie se acerca al micrófono de Caesar, el resto de la noche es puro territorio novato. Su tamaño diminuto pasa a segundo plano cuando responde sin vacilar las mismas preguntas con las que tropezaron los del Distrito 5: «Siempre seremos una manada, como la llama usted. Pero nos dividiremos cuando sea necesario para vencer a los profesionales». «Claro que vamos a compartir nuestras raciones. Es lo más lógico». «No tenemos ningún líder, propiamente dicho. Los novatos estamos más comprometidos con la alianza en sí, lo que es mejor, ya sabe, porque vamos a perder miembros. Pero fue Ampert el que propuso la idea y el que nos ha unido, y todos hemos jurado seguir su plan y protegernos unos a otros hasta el final». No sé, puede que Ampert no me mantuviera al tanto de la estrategia de nuestras entrevistas porque sabía que estaría concentrado en lo del sabotaje, pero los novatos están organizados. Nadie habla demasiado de sí mismo, enfatizan el poder del grupo y las ventajas que explotarán en la arena. Que ser pequeños puede ser bueno para trepar árboles, esconderse o necesitar menos comida; que ser capaces de confiar en los miembros de tu equipo significa que dormirán más (cosa que no les pasará a los profesionales) y que la capacidad intelectual, que tenemos a patadas, resulta útil para todo, desde la estrategia para fabricar cosas a cazar comida. En los breves momentos en los que sí hablan sobre sus habilidades personales, se centran en cómo las usarán para ayudar a los demás. Puede que perdamos, pero seguro que, en casa, muchas personas estarán orgullosas de nosotros. A pesar de la interrupción del segundo limpiador de paladar, un aterrador repaso por los mutos más letales de la historia de los Juegos, los novatos siguen defendiendo nuestra alianza y, antes de darme cuenta, le toca al Distrito 12.

Por admirables que sean los novatos, creo que hemos empezado a cansar a Caesar. La verdad es que el altruismo, la calma y la determinación no ayudan a ofrecer un entretenimiento animado. Así que, tras confirmar rápidamente que estamos comprometidos con los novatos, está más que dispuesto a exprimir el descaro del Distrito 12. Caesar alienta a Maysilee, que se gana un buen montón de carcajadas cuando se dedica a ametrallar a la primera fila por su mal gusto. A un hombre vestido con un traje hecho de billetes de cien dólares, le dice: «Qué mono. Te has traído a todos tus amigos». A una señora con orejas de gato implantadas quirúrgicamente: «¿Y llevas en el bolso el antipulgas?». Wyatt suelta complicados cálculos de probabilidades que un Vigilante confirma con una calculadora. Cuando acierta la cantidad de dólares de patrocinadores que se necesitarían para enviarle a un tributo un faisán relleno dos semanas después del inicio de los Juegos, teniendo en cuenta una inflación creciente del treinta y ocho por ciento al día, Caesar se queda patidifuso de verdad. —¡Tampoco se me daba demasiado bien la aritmética! —exclama—. No sé si la suerte estará de tu parte en la arena, Wyatt, pero, si ganas, ¡los dos nos vamos al casino! Lou Lou causa sensación al llegar con su serpiente y enseñarle los dientes al público. Como siempre, anuncia su nombre y distrito, pero después se dedica a bufar a Caesar cada vez que le hace una pregunta. Al oír las burlas de los presentes, se agacha y sostiene delante de ella la serpiente, lo que hace que algunas personas retrocedan de broma y que las más valientes acaricien al animal. Se los está ganando hasta que, por primera vez en toda la noche, quizá inspirado por la ferocidad de la chica, Caesar pregunta: —Vale, Louella, ¿qué pasará si los novatos matan a todos los profesionales? ¿Qué va a pasar con todos vosotros entonces? Como si fuera una señal, la serpiente le sisea en la cara a una señora con el rostro tachonado de gemas y Lou Lou gruñe: —Nos asesinaréis. Nos asesinaréis. Si ver a esta niña tan rara envuelta en una serpiente les hacía gracia, que ataque al Capitolio, no tanto. Se oyen gritos ahogados y ruidos de indignación, pero ella insiste.

—¡Nos asesinaréis! ¡Nos asesinaréis! —La voz suena cada vez más aguda, y el efecto es estremecedor—. ¡Nos asesinaréis! La fachada de diversión se desvanece. La niña empieza a arrastrarse por el borde del escenario señalando al público de primera fila mientras grita: —¡Tú!… ¡Tú!… ¡Tú!… ¡Tú! Hasta el famoso temple de Caesar se desmorona cuando corre bailando tras ella para intentar recuperar la magia. —Vale, Louella… ¡Louella! Es una lástima, pero en los Juegos solo puede ganar una persona. ¡Louella! ¡No se puede negar su empeño! ¡Un poquito de ayuda, por favor! A mitad de una de sus acusaciones, Lou Lou guarda silencio. Los ojos se le ponen en blanco y se derrumba sobre los tablones del suelo. —Se ha desmayado de tanto esfuerzo, ¡y justo a tiempo! —exclama Caesar. Estoy seguro de que los Vigilantes han tenido algo que ver; seguramente la han drogado a través de su bomba. Permiten que regrese Wyatt para llevársela entre bastidores mientras Caesar pasa de inmediato a presentarme—. Y, ahora, nuestro último tributo de la noche, ¡Haymitch Abernathy, del Distrito 12! Me tomo mi tiempo para cruzar el escenario porque no creo que un tío que lleva copas de cóctel estampadas en el chaleco sea de los que se apresuran. Caesar, ya en proceso de recuperación, va directo al grano. —Bueno, Haymitch, ¿qué te parece que este año los Juegos tengan el doble de competidores de lo normal? Es la primera vez que me van a oír hablar y quiero causar una impresión profunda. Sin embargo, de repente, no estoy pensando en el tío abuelo Silius, sino en Woodbine Chance, que debería estar aquí en mi lugar. Siempre estaba metiéndose en líos, pero le caía bien a la gente. Sobre todo a las chicas. Demasiado joven para ser todavía un peligro, pero un granuja, sin duda. Me encojo un poco de hombros y dejo que se me pegue la actitud relajada de Chance. —Tampoco cambia mucho la cosa. Van a ser tan estúpidos como siempre, así que imagino que las probabilidades son más o menos las mismas. —Se oyen risitas entre el público. Respondo con una media sonrisa—. Me refiero a los profesionales, claro.

—Bueno, esto no lo sabe todo el mundo, pero he oído que has tenido algún que otro encontronazo con uno de ellos. ¿Panache, quizá? — pregunta Caesar. —He oído que tú también —replico, y él se ríe, junto con el público—. Sí, no me llevo bien con ninguno de los profesionales. Pero los novatos son muy listos y están a salvo conmigo al cien por cien. —Bueno, a juzgar por la puntuación que te han dado los Vigilantes, todo el mundo está a salvo contigo —comenta Caesar, lo que arranca una exclamación al público—. Has sacado un uno en el entrenamiento, ¿no? —¡No ha sido tan fácil! Estoy muy orgulloso de ese uno. Quiero decir que tengo treinta y un aliados, este cuerpo fuerte como una roca y un cerebro cinco veces mejor que el de cualquier profesional. Y ¿sabes qué más tengo? Agallas. ¡Porque está claro que no me da miedo cabrear a los Vigilantes! Abro los brazos en dirección al público y me paseo por el borde del escenario mientras ellos silban para apoyarme. —Venga ya, ¿un diez? ¡Cualquiera puede sacar un diez! Para conseguir un uno hay que estar hecho de una pasta especial, ¿verdad? —Vítores para darme la razón—. Está claro que por aquí hay gente que sabe a lo que me refiero. —Señalo a un hombre de la segunda fila que lleva un cubo de cristal lleno de abejas vivas encima de la cabeza—. Este caballero de aquí, por ejemplo. —Él asiente con energía—. ¿Y tú, querida? —Me inclino hacia la señora con las orejas de gato. Ella se tapa la cara, entre avergonzada y encantada de la vida—. Está claro que lo entiendes. —Bueno, pues vamos a hacer una lista de todas las personas a las que has cabreado —dice Caesar—. Tenemos a Panache, a los otros profesionales y a los Vigilantes. Y eso ha sido en los pocos días que llevas en el Capitolio. ¿Qué me dices de las de casa? —Bueno, están los agentes de la paz. —El público se calla un poco—. Se ponen un poquito nerviosos cuando no les llevo a tiempo su licor blanco. Risas conmocionadas. —¿Su licor blanco? Pero, Haymitch, ¿a qué te dedicas tú al salir de clase? Procuro mantener a Hattie lo más lejos posible de todo esto.

—Bueno, digamos que son mis deberes de ciencias. Resulta que puedo sacar licor de casi cualquier cosa, Caesar. El Distrito 12 no puede presumir de mucho, pero tenemos el mejor garrafón de Panem. ¡Y estoy seguro de que el comandante de la base estará de acuerdo! —Pero… ¿no es ilegal? —¡Anda! ¿Sí? —Me vuelvo hacia un hombre con bigote que sostiene una copa de coñac de tamaño extragrande—. Me extraña que el comandante no lo mencionara. Entonces suena el timbre y Caesar me da una palmadita en la espalda. —Este chico es todo un granuja, damas y caballeros. ¡Haymitch Abernathy, del Distrito 12! ¡Que la suerte esté siempre, siempre de su parte! La mitad del público se pone en pie y me aplaude. Le guiño un ojo a la señora de las orejas de gato, lo que la encandila, y salgo del escenario. Estaba seguro de que Drusilla había plantado la semilla de la palabra «granuja» en la mente de Caesar, pero, aun así, creo que me la he ganado. Detrás, Mags y Wiress me esperan. Mags me abraza y Wiress asiente brevemente y solo dice: —Te has ganado unos cuantos patrocinadores. Oigo a Caesar despedir el programa mientras nos unimos al resto del equipo y recorremos a toda prisa los pasillos hacia nuestra salida. Aunque creía que regresábamos al piso, cuando llegamos a la furgoneta, Plutarch nos espera y se dirige a Drusilla. —¡Un gran trabajo! La verdad es que estos chicos nunca consiguen una sesión de fotos en condiciones. ¿Qué te parece si pasamos por mi casa y les hago unas fotografías de calidad, e incluso algún vídeo? Vendría bien para los cameos, si aguantan ahí dentro. Y, si no los tenemos, a lo mejor da la sensación de que tú y yo no hemos hecho bien nuestro trabajo. Drusilla se lo piensa. —Siempre que Magno Stift no se mencione en ningún momento. —¿Magno qué? —pregunta Plutarch, y Drusilla se aleja contoneándose hacia su coche. —Algunos matrimonios no deberían haberse celebrado nunca — susurra Effie. —¿Que Drusilla y Magno estaban casados? —pregunto, pasmado.

—Siguen estándolo, técnicamente —responde Plutarch—. ¡Ya van por treinta años! Ella dice que es por los impuestos, pero ¿quién sabe? ¿Nos vamos? No han invitado ni a Mags ni a Wiress, pero los demás acabamos en la biblioteca de Plutarch, bajo la atenta mirada de Trajan Heavensbee. Ya estamos todos bastante cómodos con la ropa de los Trinket. Effie nos retoca el maquillaje e incluso añade una flor a mi solapa, que saca de un ramo colocado en una réplica de la escalera dorada. Plutarch sugiere llevarnos de uno en uno al invernadero para practicar para el vídeo. —El Distrito 12 ha pasado de no ser nadie a ser un bien preciado entre los patrocinadores más atrevidos —comenta alegremente—. Eso es un avance. Pero vamos a intentar que todos se suban a ese carro. Primero entro yo con él, mientras Drusilla supervisa la sesión de Maysilee y Wyatt le echa un ojo a Lou Lou, que contempla con cara de fascinación un candelabro mientras acaricia su serpiente. Los agentes se han quedado en la entrada porque Plutarch ha dicho que bastaría con su equipo de seguridad privado, así que estamos tan poco vigilados como en mi anterior visita a la mansión. Plutarch parece tener prisa y tengo que ir a paso ligero para que no me deje atrás. —Estaba pensando, como has dicho, en la gente que nos considera demasiado arriesgados y… Plutarch me corta en seco. —Escucha, Haymitch, soy consciente de que no te caigo bien y está claro que no confías en mí, pero quiero que sepas que, a pesar de lo que pueda parecer, el deseo de libertad no se limita a los distritos. Y que tu desgracia no te da derecho a dar eso por sentado. Espero que, después de esta noche, reflexiones sobre ello. No tengo ni idea de lo que me está contando. —¿Qué? El aire cálido del invernadero me golpea en la cara. Él se acerca al teléfono de cisne, levanta el receptor y dice: —Aquí ya estamos listos. —Escucha un momento y me lo pasa—. Alguien quiere hablar contigo.

Después, se aleja un poco para darme intimidad. Ah. Ahora lo entiendo. El presidente Snow. Me he pasado en la entrevista y estoy a punto de conocer los detalles de mi sangrienta muerte. Y Plutarch, al que le gusta considerarse un buen chico, se siente mal por lanzarme de nuevo a los lobos. Menuda sorpresa. Nervioso, me acerco el auricular a la oreja, me preparo y consigo pronunciar un: —¿Diga? —¿Haymitch? ¿De verdad eres tú? La voz, sin aliento y ronca de llanto, me atraviesa el corazón. Lenore Dove.

Fin del capítulo

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