Amanecer en la cosecha

Capítulo 12

Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha

Capítulo 12

Segunda Parte: El granuja

No recuerdo que nadie antes haya sacado un uno. Nunca. De hecho, me cuesta recordar incluso un dos. Hasta los tres son poco comunes y se reservan para los que tienen probabilidades muy remotas, como Lou Lou. ¿Cómo interpretará eso la audiencia? ¿Como que soy débil? ¿Que no tengo amigos? ¿Que soy un cobarde? Lo pongas como lo pongas, no me va a hacer ganar patrocinadores. En la arena, en lo que respecta a suministros, estaré completamente solo. —Tienes que haberles tocado las narices —dice Maysilee, satisfecha—. Entre la cosecha, Louella y el escupitajo. Has conseguido captar su atención. —Bueno, es una interpretación muy positiva —respondo. —Puede que Maysilee tenga razón —dice Mags—. Al menos, te hace destacar. La gente cotilleará sobre ello. Con cuarenta y ocho tributos, que te reconozcan es una ventaja. Wyatt niega con la cabeza. —Ni siquiera sé cómo afecta eso a tus probabilidades. ¿Se puede saber qué has hecho? Buena pregunta. —Supongo que, aunque con otras palabras, los he acusado de asesinarnos… —¡Sí! —exclama Lou Lou, clavándome la mirada. Después hace una mueca y se frota la oreja. Oímos un tono débil pero penetrante que a ella debe de sonarle ensordecedor. Cuando para, se le

saltan las lágrimas y jadea. Wyatt se lleva un dedo a los labios y después la abraza con fuerza. Me encargo del primer turno de guardia a la hora de dormir, dándole vueltas a las distintas estrategias. Los Vigilantes, sin duda siguiendo órdenes de Snow, han hecho de mí un ejemplo, y puede que esa desaprobación me siga hasta la arena. Quizá eso me condene a una muerte sangrienta nada más empezar. Busco a tientas el eslabón para que me consuele, pero solo encuentro piel desnuda. Ni siquiera han sido capaces de dejarme el último símbolo del amor de Lenore Dove. ¿Qué habrá pensado al ver mi puntuación esta noche? Como no ha sido testigo de todas mis imprudencias desde que salí de allí, es probable que se culpe por mi elección en la cosecha. Sin embargo, ¿se enterará alguna vez de que eso no fue más que una mera gotita en un mar de agravios? Me da la impresión de que ahora soy un riesgo para el plan de desactivar la arena, aunque seguro que Beetee ya lo sabe. Me quedo despierto tres turnos, por si me visita de nuevo. Al final, me pesan tanto los párpados que despierto a Wyatt para que me sustituya. Nuestras mentoras nos dejan dormir hasta tarde y me siento mejor cuando encuentro mi querido collar esperándome en la mesa de la cocina. Han aprobado todos nuestros símbolos y los recuperamos con alivio. —¿Puedo ver ahora el tuyo? Como todavía no lo tienes puesto… —me pide Maysilee. ¿Qué podría decir? «¿No, porque mi novia te odia?». Se supone que ahora debemos comportarnos como aliados, y supongo que Lenore Dove no se enterará nunca, así que se lo doy. Maysilee lo examina meticulosamente, repasa todo el grabado y lee la inscripción, que a ella no se le escapa como sí se me escapó a mí. —Bueno, está claro que la Bandada sabe reconocer la belleza. —Me contaron que tienes uno de los broches de Tam Amber. Ella arruga la nariz. —Ah, sí. Está bien hecho, pero no me gustan demasiado los sinsajos. Un pájaro que es medio muto es antinatural. Nunca lo había visto de ese modo. —A algunas personas les parece que eso, en sí mismo, es una victoria. Por cómo escapó del Capitolio y sobrevivió.

—Ah, ¿sí? —responde ella—. Bueno, si yo escapo del Capitolio y sobrevivo, puede que le dé otra oportunidad a ese broche. —Si no, seguro que Lenore Dove querría quedárselo. —Lenore Dove… —Maysilee esboza una sonrisa cómplice—. A tu novia no le caigo bien. Y no es por un broche. —¿Será porque eres una persona muy cruel? —pregunto con inocencia. Ella se ríe. —En parte, puede. Pero, sobre todo, porque conozco su secreto y odia estar a mi merced. ¿Su secreto? —¿Qué significa eso? —Significa que sé por qué tiene pintura naranja en las uñas cuando aparece para tocar en la fiesta de cumpleaños de la alcaldesa. —Me devuelve el símbolo—. Pregúntaselo si vuelves a casa. Observó el collar, desconcertado. Hay naranja en algunas de las plumas. Seguramente estaría ayudando a Tam Amber. O quizá intentó pintarlas para que fueran a juego con su pintalabios. Supongo que Maysilee comentó que las uñas de Lenore Dove eran feas, o algo así. Pero ¿por qué es eso un secreto que la pondría a merced de Maysilee? El esmalte de uñas es caro; ¿está sugiriendo que Lenore Dove lo robó? —Cuéntamelo tú ahora —le digo. —Ya te he dicho que es un secreto. Y eso hay que respetarlo. —Maysilee se recoloca con cuidado sus collares (al parecer, los Vigilantes han considerado el conjunto como un único símbolo) y cierra el collar de flores moradas y amarillas de Lou Lou—. A no ser que tengas un secreto que contarme a cambio, claro. Así tendremos algo de lo que hablar. —Será algo de chicas —comenta Wyatt mientras se pone su símbolo—. No hay quien las entienda. —Gran verdad —coincido. La moneda que Maysilee tejió en el cordón de Wyatt me distrae. Lo hizo de modo que fuera fácil sacar y meter la moneda, porque moverla entre los nudillos lo ayuda a pensar—. Oye, ¿de qué está hecha esa moneda? ¿De níquel? —Zinc, creo —responde Wyatt. —Batería de patata —le recuerdo—. Hay que estar atentos por si encontramos cobre.

Maysilee pesca el medallón de flor de entre todos los que lleva al cuello. —Eso ya está resuelto. —Cómo no, señorita Donner —le digo—. Si los Vigilantes te han dejado llevarlos, quizá esperen que los uses. Justo entonces, aparece Drusilla y nos pide que vayamos al salón para ayudarnos a preparar la entrevista. Después del fiasco de la cosecha y de los carros, la están presionando. La puntuación del entrenamiento tampoco le ha hecho ningún favor. Este es el último gran acontecimiento del Vasallaje y necesita que salga bien. —Escuchadme todos, siempre hay memos blandengues que envían suministros a los perdedores como vosotros, si es que encuentran el modo de sentirse identificados. Ahora mismo, el único nombre que recuerdan es el de Haymitch, porque están intentando adivinar por qué su puntuación es tan pésima. También captó algo su atención por su horrendo comportamiento en el desfile. Sin embargo, el resto básicamente no existís. Esta entrevista será vuestra última oportunidad de causar una impresión antes de los Juegos. Cualquier cosa que os haga destacar es una ventaja. Que os recuerden. Bien, ¿quiénes sois? ¿Por qué iban a querer gastar dinero por vosotros? ¿Qué vendéis? Con Drusilla, Mags, Wiress y nosotros mismos como público, vaciamos un espacio e intentamos simular las entrevistas. Drusilla hace de Caesar Flickerman, el hablador anfitrión del espectáculo. Pierde la paciencia con Lou Lou casi de inmediato, dado que las habilidades de la niña se limitan a decir: «Hola. Me llamo Louella McCoy y soy del Distrito 12». Poco más. —Esto es lamentable —dice Drusilla—. Flickerman te va a comer viva. ¿Qué es lo que te pasa? ¡Espabila de una vez! —exclama mientras agarra a Lou Lou por los hombros y la sacude. El contacto dispara algo en Lou Lou, que grita: —¡Nos estáis asesinando! ¡Nos estáis asesinando! Drusilla ahoga un grito y levanta la mano para abofetearla, pero el resto de nosotros interviene, y Mags se lleva a la niña al dormitorio. —Esa no es Louella McCoy —le dice Maysilee a Drusilla—. Louella está muerta. Esa es una doble. Una niñita del Capitolio a la que han torturado hasta ni siquiera recordar su nombre real. Pero incluso ella es capaz de ver lo evidente: nos estáis asesinando.

Drusilla mira a su alrededor en busca de apoyo, pero los agentes siguen abajo y Wiress no se lo da. Así que solo estamos ella y nosotros, los cerdos del distrito, incluida Maysilee, que le devuelve las bofetadas. Se calma. —Eso no es asunto mío. Lo mío son vuestras entrevistas. —Señala a Wyatt—. Te toca. Tras intercambiar formalidades, le pregunta a Wyatt qué tiene de especial. —Soy un analista —responde él sin vacilar. —¿Un analista? ¿Qué es eso? —Soy el que calcula las probabilidades en las apuestas de mi distrito. Incluida la de quién ganará los Juegos del Hambre. —Ah, ¿sí? —pregunta Drusilla, escéptica. —Sí. —Entonces ¿cuál es tu recomendación para la audiencia? Wyatt respira hondo y recita de un tirón sus pronósticos. —Bueno, resulta tentador ir a por lo evidente. Las probabilidades siempre parecen buenas para la mayoría de los profesionales. Como Panache, del Distrito 1, el tributo más grande, entrenado y con una puntuación alta; diría que sus probabilidades de ganar son del treinta y uno con veinticinco por ciento. O Maritte, del Distrito 4, que es una clara contendiente teniendo en cuenta su físico y el once de los Vigilantes, lo que seguramente indique que su manejo del tridente es excepcional. Diría que de seis a uno o un catorce coma veintinueve por ciento. —Hum, muchas matemáticas, pero nada nuevo —responde Drusilla—. Todo el mundo sabe que los profesionales son una apuesta casi segura. —Evidentemente —replica Wyatt—. Pero la novedad de estos Juegos es que los cuarenta y ocho tributos han formado alianzas antes de comenzar. Es algo que no había pasado nunca. Los profesionales son poderosos, sí, pero los novatos los superan en número, son el doble. Si yo apostara, sí, les echaría un vistazo a los profesionales, pero, si las alianzas de verdad se sostienen, si los tributos de verdad se defienden a muerte unos a otros, cualquiera tiene una oportunidad. Y, si no te da miedo correr riesgos, ganarías mucho más si apoyas a un novato desconocido, puesto que ni la suerte ni la probabilidad están de su parte, así que, al final, las ganancias son mayores.

—Dame un nombre —dice Drusilla. —Haymitch Abernathy —responde Wyatt. —Le han puesto un uno. —Exacto. Sin ningún hándicap aparente. Está en forma y su comportamiento sugiere una audacia que inquieta a los Vigilantes de los Juegos. —No tienes por qué hacer eso, Wyatt —intervengo, descolocado. —No estoy haciendo nada, Haymitch. Es mi evaluación sincera de tus posibilidades. Maysilee tampoco es una mala opción. —¿Y tú? —le pregunta Drusilla. —Bueno, yo no apostaría por mí —reconoce Wyatt—. Simplemente… —¡No! —lo interrumpe Wiress—. No te subestimes, Wyatt. Ningún tributo es capaz de hacer lo que acabas de hacer tú. Resalta que la inteligencia importa. Úsame a mí de ejemplo. Di que Wiress ganó los Juegos del año pasado sin derramar ni una gota de sangre. El cerebro importa. Wyatt se lo piensa un momento y después se vuelve hacia Drusilla. —Verá, yo sabré las probabilidades de todos en cualquier momento de los Juegos, podré compararlas y saber quién es más posible que reciba regalos. Eso debería impedirme cometer demasiadas estupideces. Es mi ventaja. Si los espectadores se dan cuenta o no, ya depende mucho de su inteligencia. —Bien —dice Wiress—. Sí. Defínete como la elección inteligente para los apostadores. Los que se enorgullecen de ser listos responderán a eso. Cuando le toca el turno a Maysilee, Drusilla y ella se lanzan puñales con la mirada, pero se controlan para no llegar a las manos. —Bien, señorita Donner, ¿qué le parece el Capitolio? —Me parece que es increíble que unas personas con tanto dinero tengan tan mal gusto. Aquí están, con montañas de billetes, ¿y eso es lo que deciden vestir? —Le echa un vistazo al conjunto de Drusilla (un mono a rayas blancas y rojas con un gorro de lana a juego)—. Pareces salida del mostrador de mi tienda de dulces. Un bastoncillo de caramelo con patas. Drusilla se lleva la mano al cuello. —Con esa actitud vas a hacer pocos amigos, so bruja.

—¿Quién ha dicho que quiera hacer amigos? He venido a que la gente me recuerde, ¿no es lo que habías dicho? No eres solo tú, son todas las personas que vi desde el carro. Colores chillones, cortes poco favorecedores. Y algunas decisiones estéticas de las que os vais a arrepentir. Ni se me pasa por la cabeza por qué querría nadie parecerse a un animal de granja, pero espero que esos cuernos de cabra sean extraíbles. Y a la mujer con los diamantes implantados en los dientes le diría que las personas envejecen, no tiene nada de malo, pero creo que comer con esas piedras va a ser todo un reto cuando las encías se retraigan. —Entonces ¿qué? ¿Deberíamos imitar, no sé…, al Distrito 12? — balbucea Drusilla. —Santo cielo, no. Es imposible vestir bien si estás a dos velas. Aunque no hay ni un minero en el Distrito 12 que no tenga mejor físico que la gente que vi en esa multitud. Eso no se cambia ni con toda la cirugía del mundo. —¿Qué…? —Y el buen gusto no se puede comprar ni con todo el dinero del mundo. Está claro. Algunas de las personas del 12 tienen mucho más que las que veo aquí presentes. —¿Has acabado? —pregunta Drusilla. —La verdad es que no he hecho más que empezar. —Siéntate. —Es una estrategia arriesgada —concluye Wiress—, aunque sí, te van a recordar. Entonces regresa Mags con un pañuelo salpicado de sangre. —Se ha quedado dormida. No sé qué le han metido en la oreja, pero ha empezado a sangrar. Drusilla le resta importancia con un gesto de la mano. —De nuevo, no es mi asunto mío. Te toca, Abernathy. Bueno, el Distrito 12 tiene una lunática, un ordenador y una bruja. ¿Qué eres tú? —Un problema, al parecer. Si no, ¿por qué me pusieron un uno en el entrenamiento? —Sí, eso está bien, destácalo de inmediato —me aconseja Mags—. Dilo con orgullo. —Eso, ¿por qué te lo pusieron? —pregunta Drusilla.

—Me lo gané. No les gusto a los Vigilantes. Es probable que todo empezara cuando me metí con un agente de la paz durante la cosecha. —¡No puedes decir eso! —protesta Drusilla—. ¡Vas a fastidiar mi increíble esfuerzo por ocultar la revuelta! —¿Qué revuelta? Woodbine huyó y tu gente le pegó un tiro. —¡Sé reconocer una revuelta cuando la veo! Da igual. Eso está prohibido. Y, de todos modos, no te ganará ningún punto con la audiencia. Reaccionarán bien ante un chico malo, no ante un rebelde. Tienes que ser travieso, no peligroso. Por ejemplo, el invierno pasado, uno de los estudiantes de la universidad tiñó de rosa todas las fuentes cuando hubo problemas con el suministro de crema facial. ¡Fue muy provocador! ¡A todo el mundo le encantó! Comprendo que intenta ayudar de verdad, pero… —Sí, vale. Pero voy a los Juegos del Hambre. No creo que una protesta por la falta de crema para la cara me vaya a servir de nada. ¿Puedo hablar de cuando escupí a la multitud? —¡Por supuesto que no! ¿De qué le serviría a nadie? —Bueno, si no puedo hablar de la cosecha y no puedo escupir, ¿de qué se supone que voy a hablar? Drusilla se lo piensa un momento. —Tienes que ser misterioso. Alude a un comportamiento radical sin ser específico. Los que fueron testigos de la ceremonia de inauguración ya estarán cuchicheando. Que la audiencia use su imaginación. —Travieso, no peligroso —repito. —Eso es. Sé un granuja. Un granuja travieso y encantador. Un granuja. Así llamaba mi nana a una ardilla que se colaba en el porche para robar los frutos secos que ella descascarillaba. Delante de sus narices. Osada a más no poder, pero también graciosa. —Bueno, puedo intentarlo. Sin embargo, no tengo la oportunidad de hacerlo porque, justo en ese momento, Proserpina y Vitus entran en tromba en el piso, muy nerviosos. —Es Magno. Fuimos a su casa a ver los trajes para la entrevista y poder planificar el maquillaje y los peinados de esta noche… —empieza Proserpina.

—Se nos permite hacerlo. En realidad, se nos exige como parte del currículo. Vamos, que no es que estuviéramos fisgando ni nada… — interviene Vitus. —Y la puerta de su piso estaba abierta de par en par y él estaba tambaleándose de un lado a otro, enfermo… —Vomitando por todas partes y hablando como si hubiera perdido la cabeza y… —¡Creemos que los rumores sobre el veneno de sapo son ciertos! — exclama Proserpina, que se lleva las manos a la boca como si acabara de irse de la lengua a lo grande. —¿Rumores? —se burla Drusilla—. Ese hombre lleva lamiendo sapos desde la guerra. No puedo creerme que se haya arriesgado a hacerlo durante los Juegos. Pero ¿qué digo? ¡Claro que me lo creo! ¡Aunque solo sea por destruir mi carrera! —¿Por qué lame sapos? —pregunta Wyatt. —¡Porque tiene una cosa rara con los reptiles! Y porque haría lo que fuera por acabar conmigo. —Dicen que algunas especies te hacen alucinar o algo así. Si no te matan, claro —explica Vitus—. Algunos lo hacen por diversión, pero, puaj, qué asco. —¡Voy a interponer una queja formal ante los Vigilantes! Drusilla agarra su bolso y sale hecha una fiera, lo que acaba definitivamente con mi entrevista de prueba. —Por casualidad no tendréis vosotros dos algo de ropa negra que puedan ponerse, ¿verdad? —pregunta Wiress a nuestro equipo de preparación. —¿Nosotros? —pregunta Vitus, incrédulo—. ¡Nosotros no vestimos de negro! —¡Es demasiado deprimente! —Proserpina se echa a llorar, y sus pompones de color magenta botan como locos—. Tengo que llamar a mi hermana. Se deja caer en una silla que está al lado de una mesa en la que hay un teléfono de color naranja tostado, pulsa algunos botones y empieza a gemir por el receptor. —¡Voy a suspender! ¡Voy a suspender!

Mags nos reúne a los demás, Vitus incluido, nos lleva a la cocina y nos sirve unos cuencos de helado de fresa. Al cabo de unos minutos, Proserpina se une a nosotros. —Mi hermana dice que no es culpa nuestra y que tenemos que hacer lo mejor que podamos para prepararos. —Lame una cucharada enorme de helado y un último hilito de lágrimas le baja por las mejillas encendidas—. Dice que, si intentan suspendernos, podemos apelar al Consejo Universitario. Mi hermana conoce a todos los del Consejo porque antes era la planificadora de actos sociales para los estudiantes y tenía que pedir aprobación para todo. —Su hermana es increíble —dice Vitus. —Cierto —responde Proserpina—. Era la presidenta del Grupo de Cohortes del Capitolio. Y, básicamente, en su primer año de universidad, creó ella sola las Saturnales de Primavera. —Es la mejor fiesta del año —explica Vitus—. Mucho mejor que la antigualla anterior. —Mucho mejor —repite Proserpina—. Total, que cree que no va a pasar nada. Como dice ella, con una actitud positiva se tiene el noventa y siete por ciento de la batalla ganada. Decirles algo así a unas personas que están a punto de morir es tan asombrosamente egocéntrico que no sé ni cómo responder. Sin embargo, Maysilee no pierde pie. —Procuraré tenerlo en cuenta en la arena. ¿Más helado? Mags capta mi mirada, apenas incapaz de reprimir la sonrisa. Proserpina se limita a alargar el cuenco, sin darse cuenta de nada. —Seguro que te ayuda, de verdad. Entonces llegan los equipos de preparación de Maysilee, Lou Lou y Wyatt, y nos turnamos en los baños y dormitorios para que nos arreglen. Intento negociar unos minutos más en la bañera para pensar en cómo parecer un granuja, pero lo único que se me ocurre es robar nueces. Tengo el mal presentimiento de que voy a resultarles irritante. Como no están intentando contrarrestar los insecticidas de la ducha del gimnasio, los equipos obtienen mejores resultados con menos esfuerzo, aunque no son capaces de compensar lo de nuestra ropa. Nos habían dado calcetines y ropa interior de recambio, pero, salvo eso, llevamos vistiendo

tres días seguidos los trajes de entrenamiento. El de Lou Lou está arrugado como una pasa por haberse echado la siesta con él; el de Wyatt tiene una mancha de puré de patatas y, al rasparlo, ha acabado peor; y yo tengo una rasgadura en el hombro, de cuando me atacó Panache. Incluso Maysilee, que es la que mejor ha quedado, tiene una salpicadura de cuando usó su pegamento casero con los símbolos. Además, la tela es barata y conserva el olor del sudor de nuestro miedo, y eso resulta desmoralizador, aunque las cámaras no lo recojan. Intento mantener una actitud positiva, dado que con eso tengo el noventa y siete por ciento de la batalla ganada, y me recuerdo que al menos contamos con ropa negra de nuestra talla y con nuestros símbolos. Pero no puedo negar la verdad. Parecemos lo que somos: posibilidades remotas y abandonadas del Distrito 12 que ni siquiera se merecen un estilista profesional. ¿Quién va a patrocinar eso? Además, tenemos a los ocho miembros del equipo de preparación (la mitad de ellos hechos un mar de lágrimas) absortos en cómo afectará esto a su nota y, por tanto, a su futuro laboral. Drusilla regresa cabreada porque no la dejan presentar una reclamación hasta que acaben los Juegos. En el último momento se le ocurrió ir a ver si podía espabilar a Magno, pero no respondía a la puerta y ahora cree que está muerto, que es lo único que la ayuda a seguir adelante. Junto con la botella de litro de ron que se está pimplando en la cocina, quizá. Wiress y Mags intentan que nos concentremos en las entrevistas, aunque la conmoción general lo imposibilita. El ruido ahoga el tintín del ascensor al llegar, así que parece salida de la nada. Una joven con el pelo de color lavanda, un vestido que parece una bola de chicle de uva y medias a cuadros verdes. Lleva cuatro sombreros negros apilados sobre la cabeza y bolsas de ropa en los brazos, y empuja un carrito lleno de zapatos puntiagudos hasta que llega al centro de la habitación y anuncia: —¡¿Quién está listo para un día absolutamente fantástico?!

Fin del capítulo

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