Los Juegos del Hambre · Amanecer en la cosecha
Capítulo 11
Segunda Parte: El granuja
—¿Ahogarlo? —supongo que Wyatt tenía razón con lo de que la arena estaría mojada—. ¿Cómo? —La arena tiene la capacidad de ahogarse. Crear el ecosistema para los tributos requiere electricidad, fontanería, calefacción, refrigeración, ventilación… Todo lo que habría en tu casa. —Mi casa no tiene ni la mitad de esas cosas. ¿La tuya sí? —Vivo en la Aldea de los Vencedores, así que, sí, las tiene. En el Distrito 12 también tenemos una Aldea de los Vencedores. Se trata de una docena de casas elegantes en las que puedes vivir durante el resto de tu vida si ganas los Juegos. Burdock y yo solíamos colarnos por allí en las noches de verano y asomarnos a las ventanas. A la luz de la luna se veía lo bastante para saber que tenían muebles, lámparas y bañeras como las de aquí. La aldea se construyó después de nuestra única vencedora, así que nadie la ha usado nunca. Beetee sigue hablando. —Lo que quiero decir es que, al menos durante unas cuantas semanas, la arena tiene que ser capaz de mantener a los tributos y permitir las distintas escenas programadas. No he visto los planes para la arena de este año, pero, hace más de uno, me pidieron que examinara el diseño del Sub- A. En la zona norte de la arena hay un enorme depósito de agua justo por debajo de la superficie. Las arenas necesitan mucha agua para crear lagos y tormentas, y apagar incendios. Esta reserva parece más grande de lo normal. —Entonces, si el ordenador es el cerebro, eso sería la vejiga —comento.
Él se ríe un poco. —Sí. Exacto. Y, una vez que pinchemos la vejiga, inundará el cerebro y lo inutilizará. A mí también se me empieza a inundar el cerebro. —Pero…, si no podemos llegar hasta el cerebro, ¿cómo vamos a llegar a la vejiga? —Hay escotillas repartidas por la arena que conectan la superficie con los pasillos de servicio de abajo. Entrarás a través de una. Los Vigilantes usan las escotillas para introducir elementos en la arena. Llegarás a los pasillos de servicio a través de un portal de mutos. —Un portal de mutos —repito. —Sí. En los planos se veían muchos. Parece que el programa de este año va a estar cargado de mutaciones. Intento no pensar en las comadrejas. —Vale, así que encuentro un portal de mutos, bajo hasta el pasillo de servicio… —Localizas el depósito y le abres un buen agujero para que suelte el agua. La gravedad debería encargarse del resto. Así se inundará el Sub-A. Estoy empezando a agobiarme. —De acuerdo, un segundo. Es mucho. ¿Cómo voy a abrirle un agujero al depósito? ¿Me vais a enviar ahí dentro con explosivos? —No serás solo tú. Tendrás a Ampert. Al mencionar a su hijo se le rompe la voz y se le ve el dolor en la cara. —Este plan suena… bastante peligroso —le digo—. Quizá pueda hacerlo sin él. Por primera vez, el sufrimiento escapa a su control. —¡Lo cosecharon para matarlo, Haymitch! ¡Para castigarme! No se me ocurre ninguna situación realista que no acabe con su muerte. Solo me cabe esperar que sea rápido y no muera en vano. Sé que tiene razón. Incluso con su demencial plan para romper la arena, Ampert está condenado, igual que yo. Si los profesionales no acaban con él, lo harán los Vigilantes de los Juegos. —Lo siento mucho. Intentaré cuidar de él. —No permitas que sufra —susurra Beetee. —Haré lo que pueda —le prometo.
—Eso me consuela, gracias. —Se limpia las gafas y se las vuelve a poner, decidido—. Entonces ¿sabes usar explosivos? Curiosamente, sí, un poco. Nos dan clases de producción de carbón, que suelen ser lo más aburrido del mundo. Pero, como somos los futuros mineros de Panem, nos enseñan cómo se extrae el carbón, para lo que hay que colocar explosivos en un agujero de la roca, introducir un detonador con un trozo de mecha y después prenderla. Practicamos con material de mentira. Inerte, lo llaman. Porque el de verdad puede matarte. —Conozco lo básico. Para las minas de carbón. Pero ¿dónde voy a conseguir la mecha y…? —Estamos trabajando en eso. En cómo saltarnos las medidas de seguridad para introducir los materiales. Pero, a diferencia de los componentes que se usan en vuestras minas, que, como ya sabes, son letales, he diseñado estos específicamente para que sean seguros. Nadie puede hacerlos estallar sin querer. Para conseguirlo, hay que montar la bomba correctamente y encender la mecha con fuego. —Eso me tranquiliza un poco. No quiero que el detonador me estalle antes de que llegue el momento de abrirle un agujero al depósito. —Toco mi eslabón. La voz de Lenore Dove me llega flotando desde la Pradera: «Pero no necesitas pedernal. Te valdrá con cualquier piedra que pueda soltar chispas, como el cuarzo»—. ¿Crees que habrá rocas ahí dentro? ¿Pedernal o cuarzo? —Es posible. Puedo intentar averiguarlo. ¿Por qué? —Si las hay, puedo encargarme sin problemas de esa última parte. — Levanto la barbilla para que vea mi regalo—. Es un eslabón. Beetee parece impresionado. —Muy astuto. Como siempre digo, no hay que subestimar al Distrito 12. —¿Eso dices? Estaría bien que alguien dijera algo agradable sobre nosotros, para variar. —Sí. No pensáis como los demás distritos. Se os ha dado mucho mejor seguir siendo vosotros mismos, a pesar del Capitolio. —Creen que somos animales, así que eso ayuda. Entonces aparece Wiress y nos da un buen susto.
—Será mejor que terminéis. Acabo de ver a los técnicos aparcar en la puerta. En cualquier momento volverá la luz. —Seguiremos hablando. No le cuentes a nadie lo que te he dicho. Beetee desaparece en la oscuridad. —Vámonos a la cama —dice Wiress. Vuelvo a mi guardia en el dormitorio. Al cabo de unos minutos, regresa la electricidad, junto con un chorro de aire helado y una constelación de luces. El batiburrillo de instrucciones de Beetee me da vueltas en la cabeza. ¿A qué acabo de acceder? ¿Portal de mutos, vejiga, explosivos…? ¿Cómo narices voy a conseguirlo? La duda me consume. Lo mejor sería que yo me limitara a encender el fuego y Ampert a poner los explosivos. Pero ¿cuenta con la fuerza física necesaria para enfrentarse al portal de mutos y a la bajada? ¿Y si lo consigo? ¿Y si rompo la arena? A Lenore Dove le encantaría saber que he derrotado al Capitolio y detenido los Juegos, al menos por este año. Moriría de una forma gloriosa. Con dignidad. Y ¿si lo hiciera usando su eslabón? Sería como si lo hiciéramos juntos. Pintaríamos un cartel que nadie podría ignorar. Demostraríamos ser más listos que el Capitolio y obligaríamos a sus ciudadanos a reconocer que no somos animales descerebrados. —¿Haymitch? —pregunta Maysilee—. Te doy el relevo. —Vale, gracias. No suena como si acabara de despertarse. O lo ha hecho de golpe o no estaba dormida. —¿Va todo bien? Me pregunto si me vería irme y si habrá intentado escuchar mi conversación con Beetee, pero no puedo hablar de ella. Cuantas menos personas conozcan la trama, mejor, y, aunque ahora me parece más agradable que cuando estábamos en el distrito, tampoco es que seamos íntimos. —Bueno, ha habido un corte de luz, pero parece que ya lo han arreglado —respondo—. Buenas noches. Me arrebujo en las mantas y finjo quedarme dormido hasta que me duermo de verdad. Por la mañana, siento la tentación de contarles el plan de Beetee a los demás. Callármelo no parece decente. Lo único que evita que lo suelte es la
distracción que supone Lou Lou. Decidimos que la forma más sencilla de gestionar su aparición es fingir que, aunque el Capitolio ha conseguido curarla milagrosamente, no está bien de la cabeza. Contamos con que los demás tributos no han pasado el tiempo suficiente con ella como para distinguir la diferencia entre nuestra Louella y su doble. Lou Lou ha pasado de evitar mirar a los ojos a observarnos constantemente, como si intentara encajar las piezas de un puzle. Se tira mucho de la oreja, lo que me lleva a preguntarme si le duele, porque eso es lo que hacía Sid cuando le dolía la cabeza. Cuando va al baño, Wiress dice: —Creo que tiene un implante de audio. Probablemente un transmisor/receptor. —¿Por qué? —pregunta Wyatt. —Para indicarle lo que tiene que decir. Y dirigir su comportamiento. —Y escuchar lo que ella oye —añade Mags. No es necesario que nos explique las ramificaciones de eso. No podemos contarle ningún secreto a Lou Lou. Aunque también está la otra cara de la moneda: podemos ganar ventaja contándole mentiras. Durante los Días Oscuros, el Capitolio nos espiaba con charlajos, mutos que parecían pájaros normales, pero eran capaces de grabar las conversaciones de los rebeldes y reproducirlas palabra por palabra. Lo averiguamos y les pasábamos información falsa. El Capitolio soltó a los charlajos al final de la guerra pensando que se morirían, cosa que hicieron, pero no sin antes aparearse con los sinsontes hembra y dar lugar a una nueva especie: los adorados sinsajos de Lenore Dove. Supongo que ahora Lou Lou es nuestro pequeño charlajo. Cuando nos unimos a los demás novatos en el gimnasio, Lou Lou atrae algunas miradas de curiosidad, pero parecen creerse que es nuestra chica, solo que sonada. Al fin y al cabo, ninguno conocía a Louella, y solo la habían visto de pasada. —Hay que tener cuidado con lo que se dice delante de ella —les advierte Maysilee—. No es la de siempre y podría contárselo a cualquiera. Cuando nos separamos para practicar, Wyatt accede a llevársela. Lo que es de gran ayuda, porque ahora mismo no necesito un charlajo. Ampert capta mi mirada y se libra del resto del grupo. No sé cuánto le ha contado Beetee sobre el plan para la arena, pero, antes de poder sacar el
asunto, me dice: —Mi padre me ha dicho que tenemos que conseguir que el Distrito 9 se una a la alianza. Localizamos a los tributos vestidos de amarillo cerca de nosotros, en el puesto de construcción de refugios. —¿Te ha dado alguna razón específica? Lo pregunto porque el 5 y el 11 todavía no se han comprometido, y parecen bastante más fuertes. —Solo me ha dicho que era esencial. Lo intenté el primer día, pero pasaron de mí. A lo mejor piensan que soy un creído. —¿Tú? ¿Por qué iban a pensar eso? —Porque soy del Distrito 3. Porque sé de tecnología, puede. Los del Distrito 9 trabajan mucho el campo. No creo que los eduquen demasiado, mientras que todos saben que a nosotros sí. La gente nos llama lumbreras. —Lumbreras no está tan mal. —No es un cumplido. Total, que no llegué a ninguna parte con ellos. No son demasiado habladores. «Como mi padre», pienso. Era listo como una ardilla, pero no sentía la necesidad de compartir cada idea que se le pasara por la cabeza. Ni tampoco confiaba demasiado en la gente que lo hacía. Muchos mineros son así. —Lo intentaré —le digo a Ampert—. ¿Por qué no pruebas otra vez con el 11? A medio camino del puesto, Maysilee me intercepta. —¿Qué está pasando? Podría referirse a muchas cosas, sobre todo si anoche estuvo espiándome. Decido parecer directo. —Voy a por el Distrito 9. —¿Necesitan ayuda con sus símbolos? Nos giramos para evaluar el tema de los símbolos. Cada uno de los tributos lleva un collar de hierba trenzada con un girasol del tamaño de un puño colgando de él. Maysilee se responde sola. —Madre mía, sí. Son horrendos. Pero, pobrecitos, hay que reconocer que lo han intentado. Supongo que solo disponían de arcilla de harina y sal.
Conozco esa arcilla. Una vez, en casa de Burdock, su madre mezcló un poco de harina blanca, sal y agua para formar una masa, y los niños hicimos con ella animalitos, estrellas y eso. Para mi familia era demasiado gasto, pero los Everdeen podían permitírselo porque son cazadores y ganan un pequeño extra. Aunque ni parecido a lo de los Donner. —Sí —respondo—. Supongo que se les acabó el oro. Maysilee se dirige al Distrito 9, pero me coloco delante de ella. —Para. Los necesitamos, Maysilee. Y no puedo arriesgarme a que los insultes creyendo hacerles un favor. De todos modos, sus símbolos no están tan mal. Solo un poco… Me cuesta encontrar las palabras para describir esas flores grumosas y demasiado brillantes. —Chillones. Bastos. Chapuceros. —Ajá. Y por eso voy a ir yo solo. Ella se encoge de hombros y se aleja, pero no mucho. Solo hasta un puesto cercano, de preparación de comida. Despellejar ardillas, hacer pan sobre las brasas de una fogata, asar cosas pinchadas en un palo. Como si fuéramos a una barbacoa. Llego al puesto de construcción de refugios justo a tiempo de participar en una sesión con los cuatro tributos del Distrito 9. No puedo evitar pensar en lo que dijo Mags, que seguramente estaremos en movimiento. Sin embargo, quizá pueda montar algo rápido en una tormenta. Aunque el puesto no está dedicado solo a las lonas impermeables, es verdad que son lo más destacado. Se puede fabricar un refugio atando una entre dos árboles. O atando una cuerda entre árboles, echándole la lona encima y anclando la tienda con piedras. O buscar un árbol caído, apoyar ramas en él y cubrirlo con la lona. O construir una estructura en forma de A con las ramas y echarle una lona encima. ¿Con dos lonas? Una para el suelo. Si no hay lonas en la arena, van a encontrarse con un montón de tributos decepcionadísimos. Otros consejos son usar un arma, a ser posible un hacha o un cuchillo, para cortar arbustos y ramas, y dar con una superficie plana sobre la que construir para que, si llueve, la escorrentía no te empape. Se supone que tenemos que trabajar solos, así que cogemos una lona cada uno y nos ponemos a ello. Media docena de postes verticales y una
gruesa columna tirada en el suelo hacen las veces de árboles. Fabrico una tienda atando una cuerda entre dos troncos y colocándole encima una lona mientras observo en silencio al Distrito 9. Todavía se les están curando las últimas quemaduras por el sol que traían de casa. Tienen manos encallecidas, capaces, y músculos fuertes y definidos. Son eficientes y tranquilos. No me hacen falta las instrucciones de Beetee para saber que serían buenos aliados. Justo cuando me uno a un par de ellos en la pila de piedras, quién si no Panache se acerca pavoneándose. Con aire engreído, agarra una lona y unos palos (como si ya hubiera recibido la lección) y ocupa el centro del bosque falso. La instructora frunce el ceño porque lo odia automáticamente, también, y me doy cuenta de que el Distrito 9 se mueve un poco para no tener que verlo. Sin prestarle atención, cargo con mis piedras hasta mi sitio y empiezo a sujetar los bordes de la lona contra el suelo. Panache localiza al tío más grande del 9 porque, por supuesto, cree que será su líder, y lo arrincona contra un tronco caído. —Hemos estado pensando en permitir que os unáis a la manada de los profesionales. El tío no demuestra ninguna emoción. —No. No «no, gracias», ni «por ahora no, pero lo hablaremos». Solo un «no» rotundo y definitivo. Después sigue colocando ramas contra el tronco. Eso no le sienta bien a Panache, que, como es natural, piensa que les ha ofrecido la luna. —¿No? —Da un paso amenazador hacia él, hasta que se fija en un agente de la paz que tiene la mano sobre su táser y se detiene—. ¿Qué estás mirando? —le pregunta a la chica más bajita del 9, que no lo está mirando, sino fabricando una cama con agujas de pino. Ella se niega a mirarlo a los ojos, lo que lo vuelve loco—. De acuerdo —le espeta—. ¡Pues entonces te mataremos primero a ti! Da un paso adelante, le arranca el girasol de su trenza de hierba y lo lanza al suelo. El símbolo se rompe en mil pedazos. Panache se mete entre la gente antes de que el agente de la paz pueda reaccionar.
La chica deja escapar un gritito agónico al agacharse para recoger los pedazos. Creo que el girasol le importaba, que era algo más que su último vínculo con el hogar. Seguro que lo había hecho alguien cercano a ella. ¿Su madre o su padre? ¿Su hermana o su hermano? Alguien a quien quiere. Lo hizo para protegerla y recordarle lo preciada que es, para darle algo a lo que aferrarse al final si ocurría lo impensable y anunciaban su nombre en la cosecha. Y ahora no es más que trocitos de harina salada manchados de pintura amarilla. Los otros tributos de su distrito la rodean y observan el destrozo mientras lágrimas silenciosas caen por las mejillas de la niña. No sé qué hacer. Ojalá supiera cómo consolarla, pero ni siquiera sé cómo se llama. Y no puedo entrarles ahora, por mucho que Beetee diga que son esenciales. Me estoy devanando los sesos cuando, de repente, ahí está Maysilee, arrodillada frente a la chica, mezclando con una rama un engrudo blanco en una hoja. No pide permiso, simplemente recoloca las piezas rotas en su posición original, echa la pringue en los bordes y pega el girasol. Y el Distrito 9 entero se queda plantado en el sitio, sin palabras, dejándola hacer. Me fijo en un trocito amarillo junto a mi bota y lo recupero, después me acerco para añadirlo al puzle de la flor. Al agacharme junto a Maysilee, le pregunto: —¿Qué es eso? —Pegamento. Lo he hecho con harina, agua y sal del puesto de comida. No he encontrado nada mejor. —Se dirige a la chica—. Cuando esté arreglado, vas a tener que tratarlo con mucho cuidado, porque no voy a poder calentarlo. Puede que vuestro mentor te pueda conseguir pegamento de verdad cuando estéis en el alojamiento, pero, por ahora, aguantará. La chica se seca las lágrimas y asiente. Dada la falta de comunicación, lo tomo como una vía de acceso. —¿Es un girasol? —Ella asiente de nuevo—. Me encantan esas flores. Mi madre intenta cultivarlos en el huerto todos los años. Aunque supongo que los vuestros son mejores, con todo el sol del 9. Se produce una pausa tan larga que temo haber fallado, hasta que ella dice en voz baja: —Tenemos campos enormes llenos de girasoles.
—¿Sí? Seguro que es precioso. —Me paso un minuto fingiendo observarlo—. Mi chica, en casa, se sabe una canción sobre girasoles. Es una canción antigua. Como los cuatro tributos parecen medianamente interesados, lo intento, aunque sea un poco raro. Ah, girasol, hastiado del tiempo, que sigue del sol el recorrido: buscas el clima dorado y sereno en el que el viajero llega a su destino. Vale, puede que sea demasiado raro. Maysilee ha apretado mucho los labios, como si intentara no reírse. Del resto del grupo no obtengo ninguna reacción. Ampert está en lo cierto: estos chicos no son lo que se dice habladores. Sigo adelante. —Bueno, suena mejor cuando la canta ella. —La chica se ríe un poco, aunque no con maldad—. Soy Haymitch, por cierto. Y ella es Maysilee. —Kerna. Estás con Ampert. —Ah, sí. —Lo digo como si ni se me hubiera pasado por la cabeza—. Nos vamos a juntar unos cuantos. Hemos decidido llamarnos los «novatos». No repito la invitación a unirse. Que sean ellos los que acudan a nosotros. —A nosotros también nos lo pidió —dice Kerna—. Le dijimos que no queríamos. —Es lo que respondí yo la primera vez, pero después pensé que la unión hace la fuerza. Vale, gracias por el aforismo, nana. Me preocupa que suene estúpido, dadas las circunstancias, pero se lo piensan. —Toma —dice Maysilee, que acaba de encajar la última pieza. Está como nuevo. Vuelve a atar la trenza de hierba y se la coloca a Kerna en el cuello con mucha delicadeza—. Recuerda, pregunta si pueden conseguirte pegamento de verdad en el piso y refuérzalo. —Gracias, Maysilee. La instructora nos dice que tenemos que dejar sitio a otro grupo. De todos modos, nos estábamos quedando sin temas de conversación. Sé que
le están dando vueltas y que tendrán que hablarlo entre ellos antes de aceptar. Maysilee y yo nos unimos al Distrito 11 en el puesto de nudos, donde me las veo y me las deseo con mi nudo cuadrado mientras ella repite a la primera todo lo que le enseñan, incluso las trampas. —Vale, eso ya es por presumir. —Sí —responde ella con cara de fastidio—, seguro que los profesionales están temblando al ver lo bien que hago el ballestrinque. Vamos a lanzar hachas. A la hora de comer, sin decir nada más, los cuatro polluelos del Distrito 9 se sientan entre nosotros. Ampert también ha traído al Distrito 11. Ahora somos ocho distritos. En el otro extremo de las gradas, el Distrito 5, vestido de naranja, se ha unido a los profesionales. Los bandos han quedado definidos. Ellos tienen más guerreros entrenados, pero nosotros los superamos dos a uno. Wyatt apenas puede contenerse al calcular las probabilidades. Los Vigilantes están revolucionados con el nuevo giro de los acontecimientos, gesticulan hacia nosotros, absortos en su deliberación sobre cómo incluir las dos alianzas en los Juegos. Cuando terminamos los sándwiches, el Distrito 12 se reúne de nuevo en la sección de alimentos comestibles, que parece concentrarse bastante en las setas venenosas. Lou Lou no deja de metérselas en la boca, lo que desconcierta al instructor. —No sé qué hará en su sesión privada con los Vigilantes —dice Wyatt —, pero supongo que tampoco esperarán mucho de ella. Yo tampoco sé muy bien qué hacer. —Eres un experto en los Juegos, con todo eso de las probabilidades y demás. Podrías hablar de eso —le sugiere Maysilee—. Es más impresionante que lo que se me ocurre para mí. —Tú deberías enseñarles todo lo que sabes hacer con un trozo de cuerda —le digo—. Lo subestimas porque te resulta sencillo, pero a mí me parece impresionante. —Hum, es una idea. Al menos, sería única. ¿Qué vas a hacer tú, Haymitch? ¿Lanzar cuchillos? —Podría ser, supongo. O hachas.
Nos envían a todos a nuestros respectivos vestuarios mientras los Vigilantes empiezan con las sesiones privadas. Será nuestra última oportunidad para influir en la puntuación que nos asignen de cara al público. Una gran cantidad de agentes de la paz vigila por si hay tensión entre los profesionales y los novatos, pero debo decir que me siento mucho más seguro con mi alianza que cuando estaba en la ducha. Por suerte, me toca el último, porque no tengo ni idea de cómo enfrentarme a los Vigilantes. Seguro que han visto las grabaciones de lo que pasó en la cosecha: mi «ataque» al agente y el viaje a los Juegos como castigo. Y fueron testigos en directo de mi acto subversivo en la ceremonia de inauguración. A saber si están enterados del ultimátum del presidente Snow en la biblioteca de Plutarch. He evitado pensar en ese encuentro y en cómo me amenazó con una muerte lenta y dolorosa delante de mis seres queridos nada más empezar los Juegos. Ahora que formo parte del complot para romper la máquina, no pretendo hacer nada más para dejarlo en evidencia antes de los Juegos, y solo espero que eso me mantenga con vida lo justo para llevar a cabo mi parte del plan. Entonces ¿qué puedo hacer para demostrarles a los Vigilantes que ahora soy inofensivo para el Capitolio? Me costará que se crean un cambio radical a tributo obediente. Otro problema es Lou Lou. Seguro que saben que yo sé que es falsa. Sobre todo porque Louella me importaba lo bastante como para llevar su cadáver hasta el presidente. Puede que ella sea la clave. Podría decir que Louella era lo único que me importaba proteger en los Juegos y que ahora me voy a centrar en mí, que uso la alianza con el único objetivo de ganar estos Juegos y regresar con la chica por la que lo arriesgué todo y con la familia de la que me despedí con tanta pena. Los convenceré de que quiero ser el primer tributo del Distrito 12 que viva en la Aldea de los Vencedores. Solo soy un sinvergüenza que intentó escapar de los agentes de la paz, se enfrentó a Snow y, por no quedarse corto, escupió al público. Que no me importa nadie más que yo. Es la única forma que se me ocurre de llamar la atención de los Vigilantes sin que sospechen sobre mis ambiciones reales. Dar la impresión de ser un alborotador egoísta que está decidido a volver a casa y vivir el resto de su vida como un vencedor rico y famoso.
No queda nadie en el gimnasio cuando salgo, salvo por las ordenadas filas de Vigilantes de los Juegos en sus gradas, y el ruido de mis pasos rebota en las paredes. La Vigilante Jefe, Faustina Gripper, una mujer baja y corpulenta con rizos plateados y dorados muy cortos, se distingue de los demás por el cuello de piel morada de su túnica blanca. Me examina y después ordena: —Háblanos de ti. Ladeo la cabeza, la miro a los ojos y respondo: —Soy Haymitch Abernathy, del Distrito 12. No debería estar aquí. Me cosecharon ilegalmente, pero no le importa a nadie. Mi vecina, Louella McCoy, era la única persona que me importaba algo, pero la habéis matado y nos habéis encasquetado a una doble. Así que eso me libera de mis responsabilidades y ahora puedo ganar los Juegos. —¿Y qué te hace pensar que puedes hacerlo? No te hemos visto ninguna habilidad destacable —comenta la Vigilante Jefe. —¿En serio? —le digo, esbozando una sonrisa de suficiencia—. Porque, tal como yo lo veo, he conseguido reunir a treinta y una personas que han prometido defenderme. Aunque quizá esa estrategia sea demasiado sutil para vosotros. La mujer aprieta los labios. —¿Estás dispuesto a dejarlos morir? —¿Por qué no, señora? Vosotros lo estáis. Me dicen que me retire. Espero haber dado la impresión de ser antipático pero centrado en ganar. Si logro una puntuación dentro de la media, quizá consiga algunos patrocinadores. De camino a la puerta, los agentes de la paz recogen mi símbolo para examinarlo. Recorro con los dedos la inscripción y beso el pájaro antes de dejarlo en una cestita etiquetada con mi nombre. Me mata tener que soltarlo porque sé que quizá lo consideren una ventaja injusta y se deshagan de él. Y, además de lo que me duele, perderlo también significa que tendré que encontrar otro modo de hacer fuego para llevar a cabo el plan de Beetee. Por otro lado, es el Capitolio, así que puede que solo vean un collar bonito. En cualquier caso, me siento desnudo sin él al cuello. No hablamos mucho en la furgoneta, de vuelta a casa. Tras cenar pollo asado y puré de patatas, nos reunimos alrededor del televisor del salón para
el anuncio especial de nuestras puntuaciones individuales. En una escala del uno al doce, los profesionales obtienen notas que van del ocho al once. Con la excepción del Distrito 11, que obtiene números similares, los novatos quedan casi todos entre el cuatro y el siete. A nosotros nos anuncian los últimos. Maysilee y Wyatt sacan los dos un seis, Lou Lou consigue un tres. ¿Y yo? Yo saco un uno.
Fin del capítulo